Piratas en barquitos de papel

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Uno se montaba al barquito y ya estaba convertido en un pirata de parche negro en un ojo, bandera con calavera y cara de pocos amigos. Era una aventura en la que se corría el riesgo de un naufragio o de caer por una avenida de agua que, en una vorágine de terror, se tragaba la embarcación, catarata de vértigo en la que había que saltar antes de que la alcantarilla se zampara la imaginación.

 

Uno convocaba a una competencia acuática, cuando la lluvia había cesado pero los arroyuelos continuaban en la orilla de la calle, rumbo a los sumideros urbanos. Los barquitos, al principio en un orden de partida, se desubicaban después de soltarlos a su carrera al garete; no, qué va, iban dirigidos a control mental, remoto, con las ganas desaforadas de que el nuestro llegara a una meta que a veces estaba señalizada con piedras, o con endebles banderines, también de papel.

 

Uno deshacía los cuadernos de tareas, con mamarrachos ingenuos en las hojas, con vocales y números, con trazos a lápiz, con manchones de tinta china, en fin, y confeccionaba barquitos, que el astillero estaba a veces en casa, o en la escuela, y según el lugar, los ensayaba en los estanques del solar, o en alguna pileta casera. O los dejaba reposar hasta que un aguacero nos invitara a la navegación callejera.

 

Unos y otros en reunión de alborozo formábamos una flota de veleros, sin timón ni capitán, que bastaba la dirección de un viento imaginario para moverlos hacia el arcoíris o, mejor dicho, al lugar donde este moría o nacía, que también se proclamaba que allá quedaba el fin del mundo o el principio del paraíso. La calle, en días en que ella era el universo, se volvía río y mar, con bahías y radas, con márgenes en las cuales en ocasiones había curiosas caras de adultos, más que todo de señoras en las ventanas, en los balcones, como si miraran su infancia lejana.

 

Asistíamos a naufragios de ciudad, con barquitos desechos, deformados por la fuerza de la corriente, desbaratados por el choque contra piedras o contra el cordón de la calle. Uno sabía que una construcción de esas, tan ingeniosa y todo, estaba destinada a lo pasajero, a una corta duración, que igual nos daba la impresión de un tiempo feliz, de horas inacabables, con risas de pantalón cortico y tenis enchumbados.

 

Montarse en un barquito de papel tenía su cuento. Era cantar otra vez aquella tonada escolar de “soy pirata y navego en los mares”, o creerse un poco Morgan, o un tanto John Silver El Largo, que en casa nos relataban historias de mares e islas misteriosas. Era representar con credibilidad un capitán con motín a bordo y sentir el vuelo hambriento de las gaviotas. E izar banderas negras y ver uno que otro desconchinflado marinero con pata de palo.

 

Un barquito de papel iba siempre repleto de ensoñaciones, las mismas que no se dejaban vencer por los caudales traicioneros y turbios de las tormentas de barrio. ¿Cuántos cuadernos de tareas metamorfoseamos en esas embarcaciones frágiles y ligeras que nos llevaban sin brújula ni astrolabios hasta el fin del mundo? ¿Cuántas casitas y soles y caminos y árboles y patos iban en esas arcas nada bíblicas? En cualquier caso, así se los hubieran engullido los desagües públicos —y el tiempo asesino—, aquellos barquitos de papel continúan navegando en la memoria.

 

 

 

 

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3 comentarios

  1. Nilton Fabian Henao Aguirre

     /  junio 9, 2016

    Maestro Spitaletta, como estremecen las opalescentes aguas de la memoria sus lúcidos recuerdos que con su pluma de Barrio nos comparte. Daba esos recuerdos por perdidos…Gracias

    Responder
  2. José M. Ruiz P.

     /  junio 9, 2016

    Algunos seguimos desembarcando a saco en islas de los mares del sur, repletas de mujeres hermosas, maese Reinaldo.

    Responder
  3. renandario

     /  junio 9, 2016

    y navegar… hacia el ignoto recodo de la esquina del tiempo hasta perder de vista un pasado que nos ha dejado el futuro en entredicho… capitán hemos perdido la naos!

    Responder

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