La exhibidora

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Pendiente de la apariencia y lista para mirar de reojo a ver quién la está observando, la exhibidora camina entaconada, con swing bien estudiado y alborotador, cálculo en el desplazamiento, que mueve las nalgas con sabrosura, el pecho arriba, más o menos descubierto, con insinuaciones apenas, que lo que más le gusta es la evidencia. Es una “mostrona”, como dicen las señoras de edad, aquellas que, por lo demás, ya no pueden hacer gala de ninguna exposición. Va con certidumbre, la falda ceñida y corta, las nalgas protuberantes, labios pintados, aretes al desgaire, la sonrisa entre contenida y libre, como para impresionar.

 

De niña, según advierte una historia de sicología clínica, a esa dama de colorete y cejas repintadas, la pusieron a desfilar en pasarelas de colegio, le crearon un falso mundo de espejismos y le dijeron algunas buscadoras de talento en el modelaje, que podía llegar muy lejos si se lo proponía. Ella se creyó el cuento y, más tarde, en la adolescencia, ya nadie la pudo contener en sus ansias de caminar a la torera, calzar zapatos de plataforma, comprar figurines parisienses para sacar algunas muestras y llevarlas a las modistas, que ella fue ascendiendo de la baja a la alta costura. Y se obnubiló con vitrinas de boutiques y revistas de farándula.

 

Por aquellos mismos tiempos, en que crecieron sus encantos, se erigieron como monumento y alteraron la cotidianidad del vecindario, la bicicleta le sirvió para ir de pantalón caliente, muy cortito, que sus piernas tenían que ser el espectáculo de los domingos a la matinal. Vecinas con envidia en la mirada se asomaban a las ventanas o se paraban en los balcones para fisgonear el trajinar de seducción de la muchacha, que, de paso, (“al paso camina al paso”, le cantaban algunos) era una tentación no solo para pelados sino, en particular, para señores de edad, alelados ante la presencia perturbadora de esa aparición “irreal”, según se escuchó decir.

 

A la edad de ahora, cuando se presume que aún le quedan unos cuantos calendarios para que haga sufrir a unos y otras, la exhibidora da cuenta de sus galanuras en el ámbito de sus ambiciones, que ella ha convertido en una pasarela permanente. Por doquiera que vaya, habrá murmuraciones, miradas de malicia, otras de admiración, y, claro, unas de vituperio. No está fabricada para la indiferencia.

 

—Qué diosa ha caído del cielo. —se oye al pasar.

 

—Oh, cuánta carne bien repartida. —se parlotea.

 

Ella, sabedora de sus atributos, los estimula para que la vista de los otros se riegue por su cuerpo, para sentirse dueña del alrededor, que no pasa inadvertida. Va siempre. Y con certeza debe sentir ojos desmesurados en sus espaldas, que el que la ve venir de frente, tendrá que voltear la cabeza a su paso, sentirá aromas finos, imaginará desnudeces, soñará con jardines de delicia y a lo mejor, como también se ha escuchado en corrillos, “llevará ganas para la casa”.

 

La exhibidora está hecha para ser vista. Y esa característica la torna en deseo desmesurado, en manifestación de concupiscencia inaccesible, porque no cualquiera puede arrimarse a tal figura, descubrir lo poco que queda oculto, ni siquiera imaginar más allá de la evidencia, porque esta mujer que da la impresión de una insurrección andante, no está hecha para la imaginación, a la que, por lo demás, casi nada deja. Lo dicho: camina como si hubiera planeado la irrupción del caos a su alrededor.

 

Lo que menos interesa es escuchar su voz. Casi nadie sabe de sus tonalidades. Tampoco si ha leído algún libro o pagado una promesa a una virgen, santo o cristo. Solo es atracción, un resplandor que obnubila, una ráfaga de luz que enceguece. O, al menos, encandila. Pasa y arrasa. Pero la visión es efímera. Estrella fugaz. Al rato, el cielo vuelve a quedar oscuro. A la expectativa. ¿Cuándo volverá a mostrar sus radiaciones? Que aproveche su cuarto de hora, se ha escuchado vociferar detrás de las paredes. Mañana ya será ceniza. O, peor: decrepitud. Por ahora, es una fiesta ver cómo se adueña del mundo.

 

 

 

 

 

 

 

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1 comentario

  1. renandario

     /  junio 19, 2016

    Y… las hay, que hacen creer que la per(ver)fección existe… incólume e impune…

    Responder

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