El asesinato de Julio César

(Una crónica con brazo colgante, veintitrés puñaladas y la venganza)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El arte, como decía Marcel Schwob, abomina de las generalidades y busca lo único, lo distinto, lo que no se parece a nada. Asesinar a un político puede ser un asunto que, en la historia, tiene muestras abundantes, y, en ocasiones, se presenta como una necesidad ineludible. O como un deber. El de Julio César, en el año 44 antes de la era cristiana, en los idus de marzo, ha proporcionado materiales para la novela y la tragedia, pero, como es obvio, para la historia. Solo que, en el caso de Suetonio, un historiador con sensibilidad de escritor, la narración del crimen tiene un elemento sui generis, como de artista, cuando describe el traslado del cadáver del líder militar (también era un connotado escritor), cargado por tres esclavos en una litera, “de la que pendía uno de sus brazos”.

 

No sabemos cuál de los brazos, pero, a la larga, qué importa. Lo que le da un toque distinto al relato, digamos del que pudiera recrear un historiador duro y puro, es ese detalle en apariencia insignificante. Sin embargo, el mismo le confiere una carga humana única, una dosis de mortalidad, de vulnerabilidad al yacente, que ha sido sacerdote de Júpiter, exdictador romano, un conquistador y experto en tácticas guerreras. Es el césar en su tránsito definitivo de vencedor a vencido. Con un brazo exánime, colgante, síntoma de su humanidad atravesada por las veintitrés puñaladas que le han propinado los conspiradores (que eran más de sesenta).

 

El hecho de alta relevancia histórica, lo muestra Cayo Suetonio con una óptica preciosista de esteta y, si se quisiera una conexión con el mundo moderno, de reportero que sabe que en los detalles hay un aporte de irremplazable factura a la información.

 

“En cuanto se sentó, le rodearon los conspiradores con pretexto de saludarle; en el acto Cimber Telio, que se había encargado de comenzar, se le acercó como para dirigirle un ruego; mas negándose a escucharle e indicando con el gesto que dejara su petición para otro momento, le cogió de la toga por ambos hombros, y mientras exclamaba César: Esto es violencia, uno de los Casca, que se encontraba a su espalda, lo hirió algo más abajo de la garganta”.

 

César, un hombre de guerra, que va a tener en esos momentos postreros un tiempo fugaz para el asombro cuando se da cuenta de que el hijo de Servilia, amante suya, Marco Junio Bruto, el que le propina la última puñalada: “¡Tú también, hijo mío!”, le dice en lengua griega y quizá ahí, en ese instante, resigna toda posibilidad de resistencia, la misma que había demostrado cuando, con un punzón, con un instrumento de escritura, había herido en el brazo (pudo ser el derecho, tampoco se supo), atravesándoselo, a su primer agresor. Y quiso incorporarse, pero otro asesino se lo impidió. “Viendo entonces puñales levantados por todas partes, se envolvió la cabeza con la toga y se bajó con la mano izquierda los paños sobre las piernas, a fin de caer más noblemente, manteniendo oculta la parte inferior del cuerpo”.

 

César, herido veintitrés veces, solo a la primera, según Suetonio, que reconstruyó muchos años después el acontecimiento, lanzó un gemido (que pudo haber sido más de sorpresa que de dolor). Antiscio, el médico, testimonió que solo una de las veintitrés era mortal, la segunda, que recibió en el pecho. “Los conjurados querían arrastrar su cadáver al Tíber, adjudicar sus bienes al Estado y anular sus disposiciones; pero el temor que les infundieron el cónsul M. Antonio y Lépido, jefe de la caballería, les hizo renunciar a su designio”, dice el autor de Los doce césares.

 

Parece que Julio César había dicho a algunos de sus parientes que no quería vivir más, sobre todo porque sentía su salud deteriorada, lo que lo llevó a desconocer “las advertencias de la religión y los consejos de sus amigos”. La víspera del crimen, la esposa del estadista Calpurnia Pisonis había tenido una pesadilla en la que se le advertía del asesinato de su marido. Otros prodigios y augures anunciaron a César acerca de su inminente fin. Los caballos consagrados por él a los dioses antes del paso del Rubicón, por los días anteriores al desenlace fatal se negaban a comer y lloraban. Un arúspice, Spurinna, tras leer los mensajes secretos luego de un sacrificio, le dijo que se guardase del gran peligro que lo amenazaba para los idus de marzo.

 

El día de su muerte, César camino al Senado encontró al vaticinador y en tono burlón le dijo: “Ya llegaron los idus de marzo y no hay ninguna desgracia”, a lo que le contestó sin titubear el adivinador: “Ya llegaron pero no se han ido todavía”.

 

En la crónica de Suetonio hay, además del perturbador detalle del brazo colgante de César, aspectos que, por su exactitud y capacidad de relevar lo que en apariencia es insignificante, sirvieron a dramaturgos, escritores, pintores y otros artistas, como por ejemplo Shakespeare y Thornton Wilder, autor de una novela epistolar (García Márquez alguna vez la calificó como la mejor que él había leído) Los idus de marzo, que termina con una presagiadora carta de Calpurnia a su hermana Lucía. Por ejemplo, Artemidoro, el profesor de griego del líder, le entregó un manuscrito en la puerta del Senado con noticias de la conspiración, pero César no alcanzó a leerlo. Y así otras manifestaciones premonitorias se exteriorizaron sin que Julio César diera crédito a ninguna. El sino trágico estaba trazado y era ineludible.

 

El detalle del brazo colgando en la litera muestra a un mortal, a alguien que era una suerte de deidad, de mito, recubierto de deslumbres y heroicidades, trasmutado en un ser inerte, un muerto más, un hombre. Y esa aparente pequeñez puede ser tan importante como la nariz de Cleopatra, la despojada melena de Sansón, la quijada con la que Caín mató a Abel, la carta que el Quijote envía con Sancho a la inexistente Dulcinea, el movimiento del bosque de Birnam…

 

Cuando el brazo estaba vivo, Roma temblaba. Cuando estaba vivo el brazo divino, tal vez muchas mujeres seducidas por el poder del César, sintieron sus caricias. Cuando el brazo estaba vivo, una imperativa señal de este bastaba para movilizar ejércitos. Pero un brazo muerto, colgando de una litera que cargan tres esclavos, es una revelación de la caída, del naufragio, de la soledad del poder y de su vulnerabilidad. De la finitud.

 

Sesenta y cinco años después del tremendo acontecimiento histórico, Suetonio escribió su relato sobre César, con énfasis en los funerales y el duelo popular. César, muerto a los cincuenta y seis años, fue elevado a la categoría de dios no solo por los decretos sino por el clamoroso sentir del pueblo, “persuadido de su divinidad”. La crónica termina de un modo contundente, como si fuera el final de una película épica (perdón por el anacronismo) y con una constreñida tonalidad de vindicta: “Casi ninguno de sus asesinos murió de muerte natural ni le sobrevivió más de tres años”. Todos sufrieron condena. Unos perecieron en naufragios; otros en combate y “algunos clavándose el mismo puñal con que hirieron a César”.

Pintura de Vincenzo Camuccini

Anuncios
Deja un comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: