Historias de ladrones y otros robos

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

I

 

Por algunas o por muchas razones, las historias de ladrones son atractivas. Solo en Colombia podrían escribirse decenas o centenas de ellas, en un país en el cual han abundado estos especímenes. Tanto de cuello blanco como de los otros. Y no se sabría aun cuáles son los más. Ladrones de ayer y de hoy, los que les han robado a los peones, a los jornaleros, a los obreros, a los ahorradores… Los que se robaron hidroeléctricas y minas y el ferrocarril…

 

Digamos, para no entrar en detalles, que en el país de los asesinos y de los mentirosos, los ladrones se han distinguido, unos por esquilmar al Estado, y otros por robarle a la gente. Cada uno puede confeccionar un catálogo —y siempre se quedará corto— sobre las hórridas celebridades que se han dedicado a tales menesteres, que parecen dar categoría, pero, más que todo, ganancias. Los hay de bancos y de tiendas, de oficinas públicas y “natilleras”, los artistas del “paquete chileno” y los que han defraudado el erario público.

 

Hay, por otra parte, ladrones en la poesía y la literatura, reales y de ficción. Genet, el de Las criadas, el santo canonizado por Sartre, podría ser uno de ellos. O el ladrón de Bagdad y los de las cuevas de Alí Babá. También se podría mencionar a Villon, el de la Balada de los ahorcados, y a todos los truhanes de la picaresca española. Hay ladrones en el paraíso y en los bancos de la Iglesia. Que robar ha sido parte de la trágica y cómica historia de la humanidad.

 

Se volvió famoso, por ejemplo, el ladrón innominado que le robó la maleta al detective y poeta y cantor popular Tartarín Moreira (le dedicó una diatriba ponzoñosa), así como los que se trastearon la espada de Bolívar. De igual modo, ha habido los ladrones de diligencias y los salteadores de caminos, como los asaltantes de los tiempos de la depresión económica en Estados Unidos, tales como Bonnie y Clyde, Dillinger y otros, muy cinematográficos y hasta heróicos.

 

Y este preludio tal vez sirva para introducir un robo de maleta que le hicieron, en un hotel francés, al escritor austríaco Stefan Zweig. En efecto, el autor de Fouché, el genio tenebroso, y de tantos otros libros, se hospedó en el Hotel de Beaujolais, al que eligió, entre otros motivos, por la vista de los “jardines cerrados al caer la noche”. Escribió que en ese hotel “se oía el leve murmullo de la ciudad, indistinto y acompasado como el incesante batir de las olas en una remota costa…”.

 

Zweig estaba emocionado en aquel lugar, en el cual habían estado en otros días, Balzac y Víctor Hugo. El caso es que el escritor estaba encantado por la soledad de “esta habitación estudiosa y romántica”, hasta cuando se dio cuenta de que su maleta había desaparecido. Un tipo se había introducido al hotel, pronunciando cualquier nombre. Tras unos minutos, el hombre volvió a salir sin contar con que el dueño del hotel lo seguiría hasta otro hotel donde el sujeto se metió.

 

Zweig y el dueño del hotel fueron a la comisaría. Luego, al cuarto del ladrón. Y allí estaba la maleta, intacta. Hubo declaraciones, detención del “maletero”, en fin. “Con los ojos bajos, temblando ligeramente, como si tuviera frío, he de reconocer, para mi vergüenza, que no sólo me daba lástima sino que sentía hacia él una especie de simpatía”, escribió Zweig, que además se negó a poner denuncia.

 

El dueño del hotel entró en cólera, gritó y advirtió que “aquel gusano debía ser exterminado”. Fue entonces cuando el escritor tomó su maleta para devolverse con ella al hospedaje, pero ocurrió algo insólito. El ladrón se acercó y con humildad dijo: “Oh, no, caballero, ¡permítame que se la lleve yo!”. Y así fue como Zweig, autor de novelas, biografías y ensayos, caminó las cuatro calles que lo separaban del hotel “mientras el agradecido ladrón me seguía, llevando la maleta”.

 

Esta historia, que la incluye la periodista Natalie de Saint Phalle en su libro Hoteles literarios, tiene un final extraño. El dueño del hotel, escandalizado, la emprendió contra su huésped, al que le hizo la estancia imposible. Ordenó que no le arreglaran el cuarto, se perdía la correspondencia, no lo saludaba. Y entonces el gran Zweig tuvo que marcharse (claro, con su maleta) “como si el delincuente fuera yo”.

 

II

 

El día que me invitaron a aprender las normas básicas del golf en un club de la ciudad, los ladrones se metieron a la casa y dejaron intactas las paredes en las que había varios cuadros originales, y la colección de música clásica y tango, pero se alzaron con el equipo de sonido (ah, se les olvidó un bafle), un televisor, varios frascos de lociones y los perfumes de mi compañera, las candongas de oro de la abuela que nunca conocí y un caso raro: la olla arrocera, con arroz de la noche anterior.

 

No recuerdo el mes ni el día en que ocurrieron los hechos, pero fue en 2002, cuando vivíamos en un barrio sin identidad (así me lo pareció siempre), en un edificio de tres pisos, con varios apartamentos. Los hampones se llevaron, además, el computador, una cajita con discos en los que tenía guardada la versión de una novela (la reconstruí después y se publicó años más tarde con el título El sol negro de papá), algunas cobijas (tal vez para tapar y envolver parte de lo robado), los pasaportes con visas “americanas”, pero no tocaron ningún libro, que estaban en estanterías repartidas por varios sectores del “apartaco”, situado en el tercer piso.

 

Del vecindario, nadie vio nada, ni sintió nada, ni escuchó ruidos sospechosos (eso dijeron). La chapa estaba reventada y la primera que se dio cuenta del episodio, fue la Mona, que al llegar del trabajo se encontró con la sorpresa malévola y, tras hacer un rápido inventario visual, me llamó a dar la mala noticia. Yo había terminado en un club situado en un morro, bueno, en un altozano, con verdores de primor, un “green” de fantasía, el curso rápido de golf que les estaban ofreciendo a algunos reporteros.

 

Del golf, sabía más de los caddies (tal vez por una novela de Faulkner y otras de Philip Roth), de los vecinos del club, que eran muchachos desclasados de El Rincón y que dominaban los secretos de un deporte elitista y del cual a mí antes (ni durante ni después) me había interesada para nada. Digamos que fui por no desatender la amable invitación de los relacionistas públicos del club aquel.

 

Los instructores hablaron de los golpes, los palos, los hoyos, el swing y sus técnicas, del drive y el bunker, del boogey y los pares, y mientras tanto, el campo se extendía con un ambiente campestre, casi bucólico, en el que el mundo exterior parecía no existir. Solo estaban las colinitas onduladas y los árboles y el cielo. Blancuras y verdosidades, que todo parecía estar atravesado por la elegancia, la distinción y el buen tono, del que se hablaba hace años.

 

Me sentí como una suerte de extraterrestre con los palos, ensayando los golpes, calculando las distancias. Digamos que había algo de ridículo en esa experiencia, en la que, para mí, había un aire de impostura, de mascarada. Lo único parecido, o medio parecido al golf que había jugado, era el “golfito”, toda una farsa. Sabía en medio de las indicaciones, que nunca más volvería a tener en mis manos un palo de golf, que son de distintos tamaños y todo según las necesidades y distancias para los golpes en las calles del campo (ah, y mientras estaba en el club, me acordé de una canción de los sesenta: Los campos verdes, el cielo tan azul, sí, Green Fields)…

 

Cuando llegué, tras la jornada golfista, a mi lugar de trabajo una llamada me alertó. Y de inmediato salí para la casa. Al llegar, ya estaban los de la policía, con sus parafernalias para tomar huellas, con gestos estudiados e ínfulas de importancia; ya habían preguntado al vecindario, en fin. Me alegró que los cuadros estuvieran todos, y los discos los libros también. Después, sentí un vacío existencial cuando descubrí que no tenía ninguna copia de la novela y de un libro de cuentos. “De algo se ha salvado la humanidad”, pensé y después se lo dije a la Mona, que sonrió con aflicción.

 

Nos reímos mucho con lo de la olla de arroz y ella dijo que entonces no era tan mala cocinera. A los pocos días, nos marchamos de esa casa en el barrio Rosales. El mundo no cambió por la pérdida. Y el golf celebró que un advenedizo no gustara de esas faenas tan refinadas y exclusivas.

 

 

 

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