El genocidio armenio

(Recuento sobre una de las infamias cometidas en el espantoso siglo XX)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Cabezas de armenios empaladas; cabezas de armenios en repisas, exhibidas por los verdugos como muestra de su sevicia y crueldad; cadáveres de niños, mujeres y ancianos, apilados. Ni siquiera en el infierno de Dante una visión tan apocalíptica ni tan feroz es posible: entre 1915 y hasta 1923, el imperio otomano y el Estado de Turquía cometieron un genocidio contra los armenios, con más de millón y medio de muertos. Qué barbaridad.

 

El primer genocidio del siglo XX, tal vez la centuria más horripilante de la historia, produjo el exterminio de una de las primeras civilizaciones, como la armenia, una de las que conocieron a fondo el cobre y el hierro, y el desarrollo del cultivo de cereales. Por su estratégica posición, estuvo ocupada en muchos periodos de su larga historia por asirios, persas, romanos, mongoles, turcos y rusos. En momentos de libertad, su territorio iba del Caspio al Mediterráneo hasta puntos de la actual Siria. Se convirtió, en los albores del siglo IV, en el primer estado cristiano del mundo.

 

A fines del siglo XIX, las rebeliones armenias contra el sultanato otomano, iluminadas por conceptos de libertad y revolución, se esparcieron en el territorio, promovidas en lo intelectual por autores ilustrados. La represión cobró la vida de miles de personas. Abdul Hammid II, conocido como el sultán rojo o “el gran asesino”, dio la orden de aniquilamiento entre 1895 y 1896. El estallido de la Gran Guerra, en 1914, volvió a poner entre los turcos y otomanos como asunto primordial la desaparición del pueblo armenio, que tenía aspiraciones independentistas y nacionalistas.

 

La estrategia turca y otomana dispuso que, primero, se deshicieran de los intelectuales, poetas, dirigentes políticos y religiosos, para evitar una rápida defensa popular. En Estambul, por ejemplo, el 24 de abril de 1915, se presentó el secuestro de numerosos representantes de la cultura armenia. Otra medida tuvo que ver con la “desmasculinización” armenia. Enrolar hombres entre 15 y 45 años en la guerra, pero para mandarlos a abrir trincheras, que servirían como sus propias tumbas.

 

Luego vendrían las caravanas de la muerte. Las deportaciones de mujeres, ancianos y niños, que morían de sed y hambre en los desiertos, o en los campos de concentración. El genocidio fue planeado por el Estado turco y su fin era exterminar de la faz de la tierra a los armenios, que fueron masacrados, torturados, secuestrados, convertidos en gran miseria humana. Niños y mujeres raptados y abusados. Sus tierras y otras posesiones, expropiadas.

 

Por los días de la guerra, Rusia, Francia e Inglaterra advirtieron a los Jóvenes Turcos (así se llamaba el partido dirigente, promotor del exterminio) que serían responsables de un crimen contra la humanidad. Ni bolas pararon. El Estado turco desconoce hasta hoy el genocidio, descrito por la ONU como “el acto cometido con el propósito de destruir, en parte o en su totalidad, a una nación, etnia, raza o grupo religioso”. En 1939, Hitler decía: “¿quién habla hoy del exterminio de los armenios?”, como una antesala a lo que sería su política genocida contra otros pueblos y culturas.

 

El genocidio de los armenios no tuvo un Núremberg, no hubo castigo. Impunidad total. Turquía sigue negándolo, y, lo que es peor, reprimiendo a sus intelectuales que se atrevan a denunciarlo, como pasó, por ejemplo, con el nobel de Literatura Orhan Pamuk, y el periodista turco-armenio Hrant Dink (asesinado en 2007). La consigna de “Maten a cada mujer, niño y hombre armenio sin ninguna contemplación”, pronunciada por Talat Pasha, líder del partido Jóvenes Turcos, continúa en la historia como una muestra de lo peor de la condición humana y del poder.

 

Charles Aznavour, cantante francés de origen armenio, que ha compuesto varias canciones contra el genocidio (una de ellas: Ils Sont Tombés —Ellos cayeron—), dijo alguna vez que “mi madre no odiaba a los turcos. Siempre decía que entre los turcos también hay gente buena” y pidió el reconocimiento de parte de Turquía del crimen de lesa humanidad. El papa Francisco dijo que el de los armenios fue el primer genocidio del siglo XX.

 

En más de veintiséis campos de concentración se llevó a cabo el exterminio. Ahí está el testimonio del horror: armenios colgados de horcas; niños desnudos, boquiabiertos, flacos, tirados en el piso, las moscas volando a su alrededor; mujeres y ancianos en fosas comunes; hombres y mujeres que huyen por los desiertos, que aspiran a vivir para dar muestra del calvario que sufrió su pueblo. La razón y la civilización se desplomaron en el siglo más sangriento de la historia.

 

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Los desalmados bancos y otros bandidos

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Los bancos no tienen alma. Es más, sus dueños deben de ser unos desalmados. Están hechos para la frialdad, el cálculo, las ganancias a toda costa. Y abundantes. Un banco no puede tener sentimientos. Los banqueros, menos. Así que nunca verás caer lágrimas de un aviso bancario ni de los propietarios de una empresa financiera que es capaz de engullirse a cualquiera que, por razones o sinrazones de plata, no cumpla con sus obligaciones.

 

Mi tía Betsabé, una señora que vivió de leer cenizas de cigarrillo y los posos de café y chocolate (cafeomancia, chocomancia), además de otras adivinaciones, decía que si el banco no le hubiera prestado para comprar una casa, ella hubiera seguido pagando alquiler toda la vida. Durante quince años pagó diez o veinte o treinta veces más del valor prestado, pero para ella todo fue pura corrección (¿monetaria?) y entonces decía, ante cualquier comentario en contra de los bancos, que ella quería mucho a los banqueros, y que ojalá hubiera podido casarse con alguno de ellos, válgame Dios.

 

La misma visión, por ejemplo, no la tuvieron los cosecheros estadounidenses que, tras el crack del capitalismo, en la Gran Depresión de 1929, quedaron a merced de los bancos y sus tierras pasaron a ser propiedad de empresas financieras, como se describen en algunos apartados de la novela Las uvas de la ira, de John Steinbeck. El banco, según la narración, es un monstruo que traga dividendos sin hartarse. No puede dejar de crecer porque entonces morirá. Y por eso, devora y devora.

 

La depresión capitalista creó, en una suerte de paradoja social y económica, la aparición de bandidos que, tras sus hazañas de robar bancos, se convirtieron en leyenda por los mismos años en que a los campesinos gringos los despojaban de sus propiedades y tenían que emprender un largo viaje desde Oklahoma hasta California, en una especie de epopeya triste y dolorosa que es la que cuenta Steinbeck, primero en un reportaje (Los vagabundos de la cosecha) y después, a fines de la década del treinta, en una novela maestra.

 

Uno de los bandidos más afamados surgidos durante los días de la crisis capitalista (que en rigor la sufrió el pueblo, pues los banqueros y demás organismos de poder financiero no disminuyeron sus caudales) fue John Dillinger, un sujeto que poseía encantos donjuanescos y enamoraba a las cajeras bancarias mientras su banda asaltaba la empresa. Más que como un delincuente, fue observado por mucha gente como un género de vengador social, un malhechor que se enfrentaba al sistema por injusto y corrupto.

 

Dillinger y su banda causaron el terror en los bancos del Medio Oeste norteamericano. Él y sus socios pusieron un fuerte trabajo al FBI y lograron asaltos memorables que, en particular al jefe de los maleantes, lo erigió como una figura icónica, rodeada de leyendas y admiraciones de muchos desposeídos. Lo mataron a la edad de treinta y un años y de esa manera desapareció “el enemigo público número uno” de aquellos tiempos en los Estados Unidos.

 

Bonnie y Clyde (Bonnie Elizabeth Parker y Clyde Champion Barrow), una pareja que inspiró, como Dillinger, películas y muchos reportajes periodísticos, dedicaron buena parte de su juventud y su talento (que tampoco era tanto) a los asaltos bancarios en los tiempos de la Gran Depresión. Se dice de ella que más que unos ladrones con distinción, su característica básica lindaba con la chambonería, como el asaltar un banco que hacía tres semanas había cerrado. Los dos murieron juntos, acribillados por el FBI, en una balacera que dejó el carro de los forajidos como un colador, lo mismo que a los cadáveres, sobre los cuales se ensañaron los pistoleros oficiales.

 

Por aquellos días, en que mucha gente padeció hambrunas y hubo quiebras empresariales, los atracadores bancarios se multiplicaron. Uno de ellos, que también hizo parte de la banda de Dillinger, era George Nelson, alias Babyface , que era en particular muy violento, aunque su cara no lo denotaba. Llegó a matar a más agentes del FBI que ningún otro norteamericano. A los trece años lo detuvieron y pasó dieciocho meses en un reformatorio, donde, al parecer, aprendió nuevos procedimientos delictivos. Cuando salió, se vinculó con mafiosos de Chicago, con los que se “graduó” de asaltador a mano armada en joyerías y casas de lujo. Después, tras considerar que había lugares más atractivos para robar, se dedicó a los bancos con la peligrosísima banda de Dillinger. Una de sus víctimas, la esposa del alcalde de Chicago, dijo: “Era bien parecido, era muy joven tenía el pelo negro y cara de niño”. Murió a balazos a los veinticinco años de edad.

 

Otra joya de la corona bandidesca norteamericana era Charles Arthur Pretty Boy Floyd, que comenzó su carrera delictiva a los diecisiete años. “Aprendió” luego a robar bancos, y muchas veces el producto de sus asaltos lo repartía entre gente necesitada y quemaba cédulas hipotecarias, con el fin de salvar las tierras de familias endeudadas. Lo mataron a balazos en un huerto de manzanas en Ohio, a la edad de treinta años.

 

Antes de los anteriores, en el siglo XIX, en los Estados Unidos hubo otros bandidos de leyenda, como los hermanos Frank y Jesse James, también de película, y como Butch Cassidy y Sundance Kid, de los cuales se hablará en otra nota.

 

En Medellín, en los sesentas, los asaltadores de bancos florecieron como los coloridos sembrados de Santa Elena. Se caracterizaron, sobre todo los miembros de la banda denominada La Pesada, por su “buena presencia”, sus figuras de galanes aptos para la seducción de muchachas y su habilidad para el ejercicio delincuencial. Entre ellos, estaban Toñilas, el Pote Zapata, Pacho Troneras y el Mono Trejos. Manejaron un código de honor que prohibía el asesinato de guardias y policías. Trejos, que alguna vez declaró que todavía no se había hecho una cárcel para guardarlo a él, también era un secuestrador, pero, ante todo, su especialidad, como la de los mencionados, eran los bancos.

 

Al dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht se atribuye la frase: “Robar un banco es un delito, pero más delito es fundarlo”. Y por eso, en algunos momentos, mientras se planea el golpe contra una de esas instituciones, se puede decir que, desde la perspectiva de la moral, es mejor robar un banco que fundarlo.

 

Después de todo, de los ladrones robinhoodescos que en la historia han aparecido como si en realidad estuvieran haciendo justicia al robar un banco, lo que queda claro es que un banco no tiene alma. Y se puede decir, aunque sea como una manera de la guasonería, que los dueños de banco son seres desalmados, tal vez en mayor proporción que el encantador Dillinger y la simpática Bonnie Parker.

 

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Bonnie y Clyde, amantes del crimen

A Federico lo mataron por socialista y “por maricón”

(Breve memoria del autor del Romancero gitano y Poeta en Nueva York)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

La luna, tan cantada por el poeta, no estaba en el cielo cuando lo asesinaron. Según uno de sus presuntos matones (y su nombre de mierda no quiero recordarlo), que proclamaba con ufanía su acto al entrar a un bar granadino, a García Lorca lo mataron por socialista, por ser partidario del Frente Popular, por masón y por homosexual. “Le metí dos tiros en el culo por maricón”, dijo.

 

Sucedió el 19 de agosto de 1936, cuando el nacido en Fuente Vaqueros hacía poco había terminado su obra teatral La casa de Bernarda Alba. Franco, el generalísimo (y dictadorsísimo), había ordenado la eliminación de un tercio de la población masculina con ánimos de “limpiar” al proletariado de los influjos rojos. La guerra civil había incendiado a España, y de pronto, un poeta de romanceros gitanos y cante jondo, era un peligro para el fascismo, un enemigo por sus maneras de decir, de cantar, de armonizar el mundo con el poema.

 

Cuando lo mataron, ya García Lorca había conquistado la gracia de anidar en el alma popular. Por ejemplo, los versos de La casada infiel (dedicada “a Lydia Cabrera y a su negrita”) iban de boca en boca, por las Américas y España: “Y que yo me la llevé al río / creyendo que era mozuela, / pero tenía marido…”. Lo mismo que La muerte de Antoñito el Camborio: “Tres golpes de sangre tuvo / y se murió de perfil. / Viva moneda que nunca / se volverá a repetir”.

 

A su muerte, ya era un poeta universal. Y con su asesinato, la guerra civil española estuvo en la mira de todo el mundo, con sus horrores y despropósitos. Se convirtió en una especie de héroe de guerra, lo que él jamás quiso ser, aunque estaba para cantar a la vida y a la muerte. Y, como diría Luis Cernuda, “para el poeta la muerte es la victoria”. García Lorca, que estuvo en Estados Unidos, en Cuba, en Buenos Aires, que de aquellos recorridos dejó una obra tan lograda como Poeta en Nueva York, en la que se tornó común la Oda a Walt Whitman (“y tú, bello Walt Whitman, duerme a orillas del Hudson…”), fue, a su vez, una especie de rey de las metáforas.

 

“Cobre amarillo, su carne, / huele a caballo y a sombra.  / Yunque ahumado sus pechos  / gimen canciones redondas”…

Poeta, dramaturgo, pianista, discípulo musical de Manuel de Falla, García Lorca pronunció un discurso en su pueblo natal en la inauguración de una biblioteca, en 1931, que pasó a la historia con el título de Medio pan y un libro. “No solo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan, sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombras jamás las reivindicaciones culturales, que es lo que los pueblos piden a gritos”.

 

En su bella apología del libro, el poeta hace un recorrido por la cultura, por escritores, por la manera cómo hay que preservar la inteligencia y la memoria de los pueblos. “¡Libros!, ¡Libros! He aquí una palabra mágica que equivale a decir: amor, amor, y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras”, declaró el poeta, que terminó su discurso con estas palabras, convertidas en refrán: “Dime que lees y te diré quién eres”.

 

Parte de una generación que desde España iluminó las letras mundiales, la del 27, García Lorca entonó nuevas músicas, sonoridades distintas, emparentadas muchas veces con el canto popular, con las maneras de decir de la gente. La gitanería, las saetas, las bulerías, los miriñaques de una virgen morena, el llanto de la guitarra, las peteneras, van enriqueciendo las creaciones del poeta. “Pasan caballos negros / y gente siniestra / por los hondos caminos / de la guitarra”, dice en uno de sus cantos.

 

Tenía duende. O ángel. Era poeta, según sus palabras, por la “gracia de Dios o del demonio”. Y también por la “gracia de la técnica y del esfuerzo”. El asesinato de García Lorca hace ochenta años vistió de luto la tierra y dejó un crespón negro sobre el mundo. A Lorca lo amaron todos: Borges, Miguel Hernández, Alberti, Hemingway, Bukowski, Ginsberg, los maricas neoyorquinos, los intelectuales rusos, Lezama Lima. Y los pueblos. Y el amor continúa por el poeta que “se durmió de plomo” y siguió viviendo en las palabras.

 

(Medellín, agosto 16 de 2016, mientras se escuchan los acordes del piano del poeta)

 

 

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Federico García Lorca (1898-1936)

 

 

Preguntas de muchachos a un escritor

(Sobre comidas, helados y qué quería ser cuando era niño, entre otras)

 

 

Hace algunos años, no muchos por cierto, la organización Juego Literario (unida a la Fundación Taller de Letras) me envió unas preguntas formuladas por pelaos que después iban a escucharme una charla sobre vida cotidiana y literatura en un colegio del barrio San Benito, en Medellín. A continuación, el cuestionario y sus breves respuestas. Algunas de estas, los chicos las ilustraron a su manera.

—¿Qué te gusta hacer en tu tiempo libre?

—En mi caso, el tiempo libre está conectado con mirar el cielo, unas veces en el patio de mi casa, otras desde las ventanas, y las más de las veces cuando voy por la calle. Por eso, suelo tropezar o estar a punto de chocar con otro, que grita: “¡hey, ponga cuidado!” o cosas parecidas. El tiempo libre es aquel en el que se goza a plenitud, sin estar pendiente del reloj ni del trabajo ni de nada que te aleje de lo gozoso. Así que tomar vino con amigos me gusta mucho, conversar con alguien en un parque, ir al estadio a ver al DIM, jugar con mi perrita Dana, una foxterrier a la que la gente llama la vaquita, por sus manchas vacunas. Me gusta mucho caminar, recorrer las calles de la ciudad, ver fachadas, leer (o imaginar) lo que pudo haber antes en las casas viejas; cuando llueve, me gusta andar bajo la lluvia, pero con paraguas (en la infancia era una exposición completa a las gotas, los chorros, los charcos callejeros) y zapatos impermeables. En los tiempos libres escucho música, unas veces Beethoven, Bach, Mozart, Ravel, Tchaikovski y otros de los denominados compositores de “música culta”, pero también escucho tango, jazz, música cubana, baladas italianas. Cada vez parece ser menos el tiempo libre, quizá porque ya uno lo ha gastado casi todo, pero aún quedan horas para ver pasar gente por mi calle, sobre todo a las muchachas bonitas, que son casi todas.

La lectura, la escritura, ir a cine, dar clases, orientar talleres literarios, hacen parte no solo de mi tiempo libre sino de mi vida cotidiana, de mi “trabajo”.

—¿Qué te hace enojar?

—Un alumno que no pone cuidado y mientras yo hablo, él se ríe con sus amigotes o está disperso en otras actividades. Me enojo con todo lo que tiene que ver con la injusticia social, la inequidad, la mentira. Con ciertos funcionarios que no son servidores públicos, sino parásitos; con la política oficial colombiana. Todo eso me enoja, así como el maltrato a los niños, a los perros, a los ancianos. Me enojan la gente impuntual y el periodismo mediocre y vulgar que se hace en el país. Ah, también que haya tanto envidioso. Debían reducirse a sus “justas proporciones”.

—¿Cuál es tu comida favorita?

—Había comidas en la infancia, como el dulce de mango, que me gustaban mucho. También los confites de mandarina que llevaba papá y que eran ingleses. En la niñez me moría por la leche condensada y una carne dulce, postas y solomos, que preparaba mamá. Creo que una de las comidas que más me entusiasma es el arroz con coco.

—¿Qué querías ser cuando chico?

—No recuerdo bien si quería ser, en un momento, un aviador (me gustaban los super-costellation) o un conductor de camiones. Quise ser un maquinista (manejar trenes) y luego alguien que pudiera volar hasta la luna. Cuando aprendí a jugar fútbol, quise ser un gran delantero y en otro momento aspiré a ser un velocista de cien metros planos. A veces, creo que quise ser médico, pero esa aspiración me duró poco. También, cuando leía cuentos del mar, quería ser marinero y recuerdo que papá me regaló una gorra de la marina. En otros días quise ser un héroe como Tarzán o como Hércules, tal vez por la influencia de revistas de aventuras y del cine. En los días de infancia nunca quise ser ni cura, ni policía, ni presidente de la república. Ah, tampoco periodista.

—Si vas caminando por ahí y te dan ganas de helado, ¿de qué sabor lo pides?

—De chico, siempre me gustaron los conos de vainilla con pasas y de nata. Pero también unos helados domésticos, de coco, de frutas, de esos que vendían en casi todas las casas del barrio. Ahora, hay tantas variedades y sabores que es tan difícil la escogencia. En todo caso, qué rico un helado.

—¿Qué es lo que más recuerdas de tu infancia?

—Son tantos los recuerdos de infancia, que por eso digo que la única patria de uno es ese período de la vida. Allí está todo: los sueños, las pesadillas, los juegos, las palabras de mamá, el fútbol, las sorpresas de diciembre, ir a robar mangos y naranjas a las fincas de Bello, hacer barquitos de papel, escuchar las narraciones fantásticas de mamá, cantar en la calle con otros muchachos, tirar piedras a los entejados, las peleas a la salida de la escuela, las vacaciones escolares, las cometas… Había también cosas horribles, como ir a la finca del abuelo, en Rionegro, porque había que cargar leña, ir por agua lejos, y sufrir las picaduras de pulgas y mosquitos, además de tener que rezar rosarios y otras oraciones. Aquí en este punto, junto con mis hermanos, nos cogía un ataque de risa. Y el abuelo estallaba en rabietas que más risas nos daban.

—¿Cuál es tu cuento favorito?

—Mi cuento favorito de chico era uno que contaba mamá sobre ogros y niños que estaban a punto de ser devorados por el monstruo, ella siempre le hacía variaciones y los prolongaba hasta el infinito. Me gustaban muchos las historias sobre batallas, piratas, aparecidos y brujas. Un cuento que me gustó mucho en la juventud, en la adolescencia, fue uno de H.G. Wells: La puerta en el muro.

—¿Cuál es tu lugar preferido para leer o ilustrar?

—Leo en muchas partes: en la sala, en el inodoro, en el metro, en la oficina, en el estudio, en las bibliotecas, en un parque, pero me gusta mucho leer acostado en mi cama.

 

Atentamente,

Reinaldo Spitaletta

 

El joven Gardel

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Los Beatles eran más viejos que yo, los Rolling ni hablar.

Pero Gardel, no.

Más viejos eran Leonardo Favio y John Lennon

Y recuerdo la imagen arrugada de Leo Dan.

Todos los policías y los guachimanes y los taxistas

Eran más viejos que yo.

Y el papá de Olimpia, y el de Roberta y el de Vanesa…

Todos los señores de la cuadra, claro, eran más viejos que yo.

Y sus señoras también.

Menos Gardel.

En la esquina del Florida estaba la estampita, sonriendo.

En la del River Plate y el Torrente,

En el bar de Emilio y en el Tango Bar,

En todos, incluida la tienda de don Juan, estaba él.

Más joven que yo.

Los caramelos con futbolistas del Brasil

Con efigies de negros y blancos,

Que reposaban en los bolsillos de atrás

Todas esas caras de malabaristas del balón

Se veían más viejas que la mía,

Lozana, colorada, con uno que otro puntito de acné.

“Cuando envejezcas tendrás el rostro de tu padre”

Me lo dijo la tía Verania y se cumplió su vaticinio.

Gardel, sin embargo, siguió joven.

Y ahora, los otros, los de las guitarras y los del volante

Los del bolillo y los de los cantos de juventudes,

Todos, todos, incluidos los muertos de la cuadra,

Incluido mi padre muerto,

Todos son más jóvenes que yo.

 

 

 

La voz de humo del tano Pagliaro

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Su papá le dijo, cuando llegó a Argentina, que cantara con acento para que tuviera atracción, que por esas tierras gustaban bastante de los extranjeros. Tal vez, su progenitor estaba anticipando las palabras de Moustaki y su poema cantábile, El extranjero, que habla de tener una facha de judío errante, de pastor griego, de embaucador y de feriante y con los cabellos al azar.

 

Al cantor lo conocí en la agonía de los noventas, cuando era una “estrella” de la canción social, de los poemas recitados con fondo musical y cuando ya había pasado el boom latinoamericano de la protesta cantada, pero él continuaba con su barba como en los días en que, lucirla, era una suerte de distinción revolucionaria. Ya era célebre con sus musicalizaciones de poemas de Neruda y su voz ronca y sin esfuerzos. Y supe de su amistad y de su carácter de italiano-argentino que no tragaba entero.

 

Alguna vez me contó lo que significaba ser napolitano, ser de una ciudad antigua, amante de la libertad y en la que siempre hubo (y hay) una consigna: “Ué, ca nisciuno é fesso”  (que es como decir, a lo paisa, “donde nadie es güevón”). La frase se la repitieron a todos los que querían someter la ciudad, a los ostrogodos, a los bizantinos, a los normandos, a los alemanes, a los norteamericanos. Y también a los romanos del antiguo imperio.

 

“Nací en Nápoles en donde todo lo que parece no es y todo lo que es desaparece… La ciudad convertida en burdel por los aliados en la última guerra mundial. Seducida, violada pero jamás poseída por nadie. La ciudad del golfo más lindo del mundo, la tierra del sol, de la pizza alla Margherita, (tomate, muzzarella,  albahaca  y aceite de oliva en honor a la reina),  donde todas las palabras, dulces o amargas, son palabras de amor”.

 

Gian Franco Pagliaro, que de él se trata, el que apareció con Carlos Monzón en una película de Leonardo Favio (Soñar, soñar, 1976) y les cantó a los hombres libres y a los que ansiaban conquistar la libertad, se murió el 27 de marzo de 2012, en Buenos Aires. Tras su deceso, escribí una breve nota para lamentarlo. O, en otras palabras, para celebrar su vida al servicio de la canción y la poesía. La titulé Adiós al Tano Pagliaro (que era un gomía), y es la que aquí trascribo:

 

En estos tiempos de arribismos y ordinarieces de narcotraficantes; en estos días de sequedades mentales y pornografía a la carta; digo que en estas calendas de vulgaridad y negocios ramplones, los juglares, especie en extinción, son seres extraños y necesarios. Lo era, por ejemplo, el tano Pagliaro, al que se la paró el corazón tal vez de tanto usarlo en canciones, o quizá por haber “mandado a la mierda”, hace rato, a fascistas e izquierdistas o por haberse metido en líos al decir que los caminos de la libertad están llenos de esclavos (y de esclavistas, le agregaría).

 

En medio de tantas miserias, para los que conservan su capacidad de reflexión y crítica, para los que no tragan entero y sueñan aún en utopías y futuros de gloria para el hombre, los juglares, los poetas, los cantores, son imprescindibles para recordar la condición humana, las contradicciones sociales y las intrínsecas del ser, y para mantener vivo, ¿por qué no?, aquello que llaman la esperanza, sobre todo en tiempos de desamparos e inequidades.

 

Gian Franco Pagliaro, el de la voz ronca de cigarrillo (había dejado de fumar en 2007), el de la voz de asfalto, como una garganta con arena (así dirían del polaco Roberto Goyeneche), era, en esencia, un juglar. Cantaba para pocos, sin masificaciones ni chabacanerías. A él no se le podría asociar con el símbolo capitalista del “éxito” comercial. Tenía esa voz de canzonetta tristona que hablaba de mares remotos y naufragios de amor. O de un abrazo a una muchacha frente al golfo de Sorrento, como en el Caruso de Lucio Dalla.

 

Era una suerte de anarquista contemporáneo —en desuso—, siempre en lucha por la libertad (Yo te nombro libertad fue uno de sus piezas célebres en los setenta, con reminiscencias de Paul Eluard), por la intimidad y dignidad humanas. Era un trovador (término también en desuso) del amor y de lo contestatario, dos asuntos que, bien mirados, se complementan. Al amor sí que le cantó, sin cursilerías ni demagogias. Lo hizo de amores contrariados, de amores retardados, de amores a primera vista y de amores entre los cuales jamás se ha pronunciado un “te quiero”.

 

Como todos los napolitanos, Pagliaro nació cantando. Su padre, agente textil, quería que fuera arquitecto, pero al joven Gian Franco (Carlo era su nombre de pila), le gustaban las letras y la filosofía. Cuando a los dieciséis años llegó con su valija de inmigrante al barrio Caballito, de Buenos Aires, le dijeron en la barra que tenía buena voz. Y un productor (siempre hay un Colón de todas las cosas) le aconsejó que cantara en castellano con acento italiano. Y así comenzó su camino —que sigue abierto—  por las protestas y las irreverencias. Apareció en listas negras en los negros años de la dictadura argentina. “Soy un bocón compulsivo, con pasaporte italiano”, dijo alguna vez el cantante que memoró a los desaparecidos con su canción a Verónica.

 

Pagliaro cantó contra la intolerancia y la represión y cuestionó no sólo a la derecha sino a la izquierda. En la Balada del boludo (letra de Isidoro Blaisten)  recomendaba no dar la espalda al llanto ni comprar “ningún tílburi en desuso”.

 

En septiembre de 2011, en una veloz visita que hizo a Medellín, lo invitamos al Centro de Historia de Bello, donde nos contó (y cantó) de su vida y obra. Y de sus raíces poéticas que se hunden (o hundían) en Ungaretti, Quasimodo, Montale, Leopardi, pero también en Guillén y Neruda y Vallejo. “Fernando Pessoa —según me dijo una vez— me abrió el corazón y la cabeza”.

 

Pudo haber sido el último romántico de una generación, pero, a su vez, el último de los cantores irreverentes de un mundo que se idiotiza con la robotización, el facilismo y la uniformidad de los discursos. Era dueño de sus dudas y un vendedor de jardines y arco iris: “vendo semillas y otras esencias que hacen milagros en la conciencia”.

 

Gian Franco Pagliaro, que también tenía el corazón mirando al sur, se fue a los setenta años a encontrarse con la luz. O con Jacques Brel y Georges Brassens, de los que aprendió palabras y actitudes. Se fue el juglar que supo, con Pessoa, que el poeta es un fingidor, “que llega a fingir el dolor, el dolor que en verdad se siente”.

 

Recuerdo otra vez sus palabras referidas a su patria chica, que, según él, le dio una voz quebrada por lontananzas y melancolías, y le permitió sobrevivir a los “quilombos de la postergación”: “cómo iba a ser distinto yo y dónde podría vivir, lejos de Nápoles, si no es en esta porteña y napolitana ciudad de Buenos Aires, donde además, en el 71, conocí  la poesía…, a Pablo Neruda y me enamoré de una señorita llamada Libertad”.

 

 

 

 

Fantasmas y musas del Teatro Lido

(Uno de los teatros más elegantes de Medellín sigue contando historias)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Era el cine de los deslumbramientos, por varias razones. A la entrada, en una suerte de hall uno continuaba mirando los afiches de películas de próximo estreno, que en las afueras en la fachada más elegante que haya tenido teatro alguno del centro de Medellín, con vitrales de enormidad, ya uno había observado, incluido el aviso luminoso que anunciaba con títulos y horarios la función del día.

 

Y la gracia era mirar hacia arriba para ver no solo el mundo sino verse uno mismo patas arriba, en un espejo inmenso que, claro, como éramos adolescentes todavía, las dimensiones del mundo nos parecían de aquí a la eternidad. El techo como espejismo, como otro modo de apreciar el universo, que, adentro, sería distinto, en sus silleterías rojas, con un escenario prometedor enmarcado por dos columnas de mármol oscuro; y arriba, un arabesco de metal con suaves curvas coronaba la embocadura.

 

Ir un domingo al Lido era toda una aventura. Desde temprano, merodeábamos por el parque Bolívar, con sus conos San Francisco, su heladería de jardines interiores llamada Sayonara (donde asistían en un tiempo muchachas a besarse con otras muchachas), y a escuchar a las once de la mañana la retreta con la banda sinfónica de la Universidad de Antioquia. A veces, uno se quedaba extasiado en las carteleras, con las películas de Federico Fellini y MichelangeloAntonioni, o con una cara de ojos grandes de una actriz italiana.

 

En rigor, el Lido, fundado en 1945, no fue construido para la proyección de cine, sino para la presentación de estrellas de la música, sobre todo clásica. Allí estuvo Claudio Arrau con su prodigio para la interpretación del piano, y la Orquesta de Cámara de Berlín. El teatro, diseñado por Federico Vásquez, se construyó con materiales importados de Estados Unidos, y su creación se debió a los buenos oficios y dinero del potentado Francisco Luis Moreno, de exquisitos gustos clásicos musicales. En los interiores, el escultor Jorge Marín Vieco realizó unos relieves con figuras alegóricas de la música y el teatro, y en sus vitrales y mármoles grabó cinco de las nueve musas griegas.

 

En el segundo piso el espectador se puede topar con Calíope, musa de la poesía; con Terpsícore, la de los pies ligeros y musa de la danza; con Talía, protectora del teatro, musa de la comedia y de la poesía pastoril;  con Clío, otorgadora de fama, musa de la historia, protectora de las bellas artes; y con Euterpe, señora de la canción, protectora de los intérpretes y musa de la música.

 

Cuando lo compró Cine Colombia, en 1948, el Lido cambió su funcionalidad, y aunque siguió presentando recitales, vodevil y conciertos, su uso cotidiano se dedicó al cine. Con una capacidad inicial de mil cuatrocientos espectadores, debido a la ampliación del escenario, se redujeron sus localidades a 1090. Durante años, este teatro, de acústica de alta calidad, debido, entre otros factores, a sus revestimientos de yeso acústico, sirvió como un centro de sociabilidades, una atracción de cine calificado (después, el Libia, en Perú entre Venezuela y Palacé, se dedicaría en exclusiva al cine arte), y un ámbito elegante cuando todavía el centro histórico no había sido sometido a la descomposición por la disputa entre bandas delincuenciales, al tráfico de estupefacientes y a la presencia de “convivires” y otras lacras. El parque Bolívar, entre otros espacios públicos, se revistió de peligrosidades y los cines a su alrededor entraron en decadencia.

 

El Lido, como otros teatros del sector, se debilitó por diversas razones. Una, la lumpenización del centro, pero, además, por la proliferación de centros comerciales que construyeron nuevas salas de cine en la periferia. Los teatros (o cines) de la zona entraron en agonía y poco a poco se despidieron de un tiempo de ensoñaciones cuando el cine era una convocatoria a la imaginación colectiva y sus aventuras. Así, se murieron el Aladino (que en el imaginario popular era el de las “muchachas del servicio”); el Odeón, el Cid, el Ópera, el María Victoria, el Dux, los dos Junín (en la torre Coltejer, en el lugar donde en 1924 se erigió el teatro Junín, junto al hotel Europa, edificio diseñado por Agustín Goovaerts, con el nombre de Gonzalo Mejía, derribado en 1968), el Libia, el Diana, el Metro Avenida, el Cine Centro… solo sobrevivió el Sinfonía (sala X), en Sucre entre Caracas y Maracaibo.

 

En los noventas, el Lido, con su belleza y distinción, también cerró. En 1997 se declaró patrimonio cultural de la ciudad y el Municipio pasó a ser su nuevo dueño y actual administrador. Y si bien el cine ya no es su razón de ser, allí se presentan funciones de ballet, teatro, música, se realizan espectáculos del Festival Internacional de Tango de Medellín, recitales de poesía, veladas y actividades con las cuales las musas de Marín Vieco siguen sonriendo.

 

El Lido, hoy de silletería azul, mantiene su aspecto de edificación digna y sobresaliente. Un viejo y gigantesco (y ya inservible) proyector de cine continúa empotrado en un cuarto de su parte alta, soñando con antiguos filmes, con los días de gloria en que el “el séptimo arte” era un encuentro de clases sociales, de asombros y hasta de caricias en la penumbra. Dicen que en los camerinos, en noches sin luna, se escuchan lamentos y quejumbres fantasmales.

 

Las lámparas redondas ya no alumbran pero prosiguen en los techos como testigo de aquellos días de cine y músicas. Tal vez para los miembros de la “vieja guardia” el Lido no tenga hoy los significados y representaciones de otros tiempos. Pero, al menos, se recuperó para el arte y la cultura. Y puede ser un aliciente para que retornen los que se resisten a volver al parque Bolívar, a un espacio histórico que conserva trazas de su antiguo esplendor.

 

Luneta y balcón del Teatro Lido, vistos desde el escenario. El Lido es patrimonio cultural de Medellín. Foto de Sielo Posada (Semillero de Periodismo Urbano UPB).

Un vino por Facundo Cabral

(Memorias de un cantor que perseguía en bicicleta a una muchacha)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El hombre es tierra que anda, decía el inca, reproducido bellamente por Atahualpa Yupanqui, el gran juglar latinoamericano, que no tenía “tiempo, ni fechas, ni calendarios”, según la expresión de Daniel Viglietti. Atahualpa, tal vez sin proponérselo, fue el fundador de lo que se denominó la Nueva Canción de América Latina, de la cual, de distintas maneras, a su modo, hizo parte el asesinado Facundo Cabral (muerto por sicarios el 9 de julio de 2011 en Guatemala, cuando lo confundieron con un narcotraficante).

 

De esa nueva canción, que canta (o cantaba) contra las injusticias y a favor de las rebeldías sociales, también hicieron parte, como gestores, Violeta Parra, Armando Tejada Gómez y Alfredo Zitarrosa, por citar solo a algunos. Las décadas del sesenta y del setenta, vieron nacer y crecer el movimiento de la canción social o de opinión, tiempos aquellos de dictaduras y opresiones. Se escuchaban desde “pobrecito mi patrón, piensa que el pobre soy yo”, hasta las arremetidas poéticas —y políticas— de Víctor Jara.

 

Y en medio de aquella insurrección musical, surgió la voz de Facundo Cabral, que en rigor se llamaba Rodolfo, aunque su mamá lo quiso bautizar con el nombre del caudillo argentino del siglo XIX, pero para aquellos tiempos (1936) estaba prohibido poner a los niños nombres de caudillos, según lo recordó el autor de No soy de aquí ni soy de allá, el mismo al que le gustaba ser amigo de los ladrones y de las canciones en francés.

 

Cabral, que pasó su adolescencia en una correccional, se definió siempre como un cronista; “lo mío es la literatura oral”, dijo en varias ocasiones. Advertía que su maestro había sido Atahualpa, pero que también le debía mucho a Gardel. “En el aspecto literario le debo a Schopenhauer, Bloy y Spencer; además a Jorge Luis Borges, un hombre generoso conmigo, del cual tuve la suerte de ser amigo”, afirmó en una entrevista.

 

El cantor, que en sus últimos tiempos había adoptado un tono de pastor protestante, fue perseguido por la dictadura militar argentina, a la que él calificó como la mancha más grande y la mayor vergüenza sufrida por su país. Según Cabral, no había una nueva canción, porque siempre hubo cancioneros populares, juglares y poetas luminosos en toda la historia, lo que pasa —agregaba—  es que la gente seguía distraída y no se daba cuenta de la presencia de esos rapsodas. “En mi país, el menos comercial de los cantantes, es el mejor de todos: Atahualpa Yupanqui”, dijo.

 

El cantor, que de joven padeció a fondo los castigos de la pobreza, conoció a Eva Perón, a la que fue a buscar para solicitarle trabajo. Se dice que ella le dijo: “Sos el primero que en vez de limosna me pide trabajo”. Facundo Cabral, un “vagabundo de primera clase”, que se presentó en 170 países, era un juglar de nuestros días, una suerte de predicador del pacifismo, que en los últimos tiempos más que un irreverente cantante de protesta, se parecía a un promotor de mensajes de autoayuda.

 

La corriente de la entonces llamada nueva música social, hoy parte de una arqueología, o de una especie de educación sentimental para varias generaciones, tuvo en Cabral un representante muy sonado. Aquel muchacho que a los quince años empezó, gracias a un jesuita, a conocer a Quevedo, Góngora, Horacio y Plotino, se erigió primero en un contestatario y luego en un místico. Se autodeclaró librepensador y libresentidor. “Yo quise cambiar el mundo, pero el mundo me cambió a mí”, se le oyó decir.

 

Amigo de Krishnamurti, un día le preguntó: “¿hasta cuándo voy a caminar, maestro?”. “Hasta que te metas en tus propias botas”, le contestó. Cabral era un caminante, alguien que no dejó testamentos y que, como el Che, no quería dejar nada material a los suyos. Compró un cuarto en un hotel porteño. Se bañó en el Mar Muerto y flotó en las aguas del Mar Rojo. No era de aquí ni de allá; tal vez, sí, de muchas partes.

 

Cabral, el mismo que advertía que los pendejos eran peligrosos “porque al ser mayoría eligen hasta el Presidente”, el trovador que cantó contra la barbarie, fue víctima de ésta. Lector de Almafuerte y de Whitman, todavía sigue persiguiendo en bicicleta a Manuela. Y a algunas malas señoras, que, a la larga, si no son las mejores, sí son las más buenas. Va un vino en su memoria.

La felicidad ja-ja-ja-ja…

(Nota sobre un país feliz lleno de asesinos, mentirosos y arribistas)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Ahí está indispensable Walt Whitman, con su canto grande, diciendo que podría transformarse y vivir con los animales, seres apacibles y dueños de sí mismos, que no lloran por sus pecados ni fastidian a los demás hablando de sus deberes para con Dios (ni con el diablo). La voz del poeta estadounidense advierte que a ningún animal (excepto al hombre) lo enloquece la manía de poseer cosas. Carecen de vanidad. No son arribistas. Ni esnobistas. Ni se arrodillan ante otros.

 

Y estos preliminares me sirven para decir, con cierta incredulidad, que Colombia, según una encuesta mundial, de esas que se hacen cada tanto, vuelve a ser el país más feliz de la tierra. ¡Cómo es posible! ¿De qué material estamos hechos los colombianos? Tal vez de sueños incumplidos. Quizá de promesas vanas. O de ingredientes que pueden estar entre el cilicio y la autoflagelación. ¿Sadomasoquistas? O a lo mejor haya un equivocado concepto de felicidad. Bueno, y cuál es entonces el apropiado, preguntará algún inquieto.

 

La encuesta entre 68 países señaló que Colombia tiene el mayor índice de felicidad, con ochenta y cinco por ciento. Y aquí habría, por ejemplo, que volver a Bertrand Russell y su célebre ensayo La conquista de la felicidad, a ver qué aspectos de los allí tratados coinciden con el modo de ser de los colombianos, habitantes de un país con alta inequidad social, con injusticias a granel, con un desempleo que supera el diez por ciento, con niveles educativos y culturales bajos, y, además, con muchos mentirosos y asesinos.

 

El asunto de la felicidad, tratado por budistas, hindúes, musulmanes, cristianos, judíos, por los antiguos griegos (ah, ahora figura Grecia como uno de los países más infelices del mundo, según la mencionada encuesta), por ateos y agnósticos, ha sido una preocupación humana. Así como la desdicha, la vejez, la amistad, la guerra, la paz…

 

El siglo XX, que según algunos historiadores y filósofos ha sido el más cruento de la desventurada historia de los hombres, no es un sinónimo de felicidad. Qué tal los modos de destrucción masiva, los campos de concentración, las persecuciones, las bombas atómicas, los genocidios, las devastadoras guerras, la ciencia al servicio de poderes siniestros, etc. Y lo poco que va corrido de esta centuria tampoco es paradigma de convivencia pacífica ni fraternidad universal.

 

En el pasado siglo hubo pensadores que, más que el concepto de felicidad, desarrollaron el de las angustias y desazones del hombre. Así, desde que el hombre es “una pasión inútil” hasta que es un “lobo para el hombre” (que ya tenía cierta antigüedad), pasando por el de somos seres para la muerte, lo que han primado son las concepciones de humanos desgraciados y poco dignos de habitar el planeta.

 

Así que hablar de felicidad se tornó arriesgado, y se llegó a decir, como lo sugiere Fernando Savater, que “nunca ha estado del todo claro si el secreto de la felicidad consiste en no ser completamente imbécil o en serlo”. La felicidad es para tontos, se rumora en corrillos y cafetines. O, ya en el mundo del capitalismo, se aduce que la felicidad está conectada con el dinero y la idea de éxito, o con el consumo, o con la posesión de bienes materiales. Con la vanidad y el narcisismo, como puede pasar en la ya vieja novela Las amistades peligrosas, de Choderlos de Laclos.

 

Russell comienza a preguntarse qué es lo que hace desgraciada a la gente y a partir de ahí inicia un recorrido que atraviesa la familia, el trabajo, el aburrimiento, el sentimiento de culpa…, con el fin de detectar las causas tanto de la infelicidad como de su antónimo. Y todo esto puede servir a los interesados para aplicarlo en desentrañar por qué los colombianos son los “reyes mundiales de la felicidad”, o si se trata, por el contrario, de una simulación, tan cara a estos breñales.

 

La encuesta señala, por otra parte, que los ateos son los más felices del mundo, tal vez porque no están pensando en pecados, o en rezar con el fin de empatar. La unión Europea, con los niveles de vida más altos del globo, registró los más bajos porcentajes de felicidad. Así que habría que volver a empezar: ¿qué diablos es la felicidad?

 

¡Oh, capitán, mi capitán!, tal vez la felicidad (¿Una quimera? ¿Una ilusión?) nada tiene que ver con el poder político ni con el prestigio ni con el éxito; quizá, solo tenga relación (lo dice Epicuro) con la conversación amena, las artes y la gratificación sexual. O, más simple aún, con la mirada amigable y sincera de un perro. Así de sencillo.

 

“Me celebro y me canto a mí mismo / Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti…”: Whitman.

Una misteriosa entrevista a García Márquez

 

(Historia de la primera visita de Gabo a Medellín en 1954)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La primera entrevista a Gabriel García Márquez se la hicieron, en Medellín, dos redactores del diario El Colombiano, en julio de 1954, fascinados por los cuentos que hasta ese momento el joven escritor había publicado en periódicos y suplementos literarios. Hasta ahí no habría nada de raro sino fuera porque la entrevista, por razones aún desconocidas, jamás se publicó, pero él la recuerda con nitidez en su libro de memorias Vivir para contarla.

 

García Márquez llegó por primera vez a Medellín en ese mes a reconstruir la tragedia de Media Luna, en la carretera a Rionegro, ocurrida el 12 de julio, en la que perecieron la madre del ciclista Ramón Hoyos Vallejo y 74 personas más.

 

El reportero de El Espectador, de 27 años, arribó a esta ciudad dos semanas después del mortal alud. “Se sabía que el 12 de julio en la mañana había habido un derrumbe de tierras en La Media Luna, un lugar abrupto al norte de Medellín, pero el escándalo de la prensa, el desorden de las autoridades y el pánico de los damnificados habían causado unos embrollos administrativos y humanitarios que no dejaban ver la realidad”, recuerda García Márquez en sus memorias (pág. 526), con un notorio error de punto cardinal. Media Luna todavía está al oriente.

 

Se hospedó en el hotel Nutibara “con ropa para dos días y una corbata de emergencia”. Hasta entonces —dice él— lo único que el “mundo entero sabía de Medellín era que allí había muerto Carlos Gardel, carbonizado en una catástrofe aérea”.

 

A la segunda noche de su estada en Medellín lo esperaban en el hotel dos redactores de El Colombiano, “tan jóvenes que lo eran más que yo”, evoca el Nobel, “con el ánimo resuelto de hacerme una entrevista por mis cuentos publicados hasta entonces” (pag. 531).

 

El caso es que a ambos les costó trabajo convencerlo, “porque desde entonces tenía y sigo teniendo un prejuicio tal vez injusto contra las entrevistas…”. Al fin de cuentas, sin embargo, concedió aquella primera entrevista, que fue, según él, “de una sinceridad suicida”.

 

El memorioso García Márquez añade que hasta hoy han sido incontables las entrevistas “de que he sido víctima a lo largo de cincuenta años y en medio mundo, y todavía no he logrado convencerme de la eficacia del género, ni de ida ni de vuelta”.

 

Pero, a su vez, considera que la mayoría de las que no ha podido evitar sobre cualquier tema “deberán considerarse como parte importante de mis obras de ficción, porque sólo son eso: fantasías sobre mi vida”. Las memorias, de 580 páginas, tienen el epígrafe “La vida no es lo que uno vivió, sino la que recuerda y cómo la recuerda para contarla”.

 

Casi un año después, en junio de 1955, García Márquez retornó a Medellín, otra vez como reportero de El Espectador, con una diferencia: ya brillaba nacionalmente por su célebre reportaje al marino Luis Alejandro Velasco, publicado por entregas en ese diario, y por su primera novela, La Hojarasca. Llegó para escribir un reportaje seriado con el campeón ciclístico Ramón Hoyos.

 

El 26 de junio de 1955 apareció en El Colombiano Literario una extensa entrevista a Gabo, realizada por Alonso Ángel Restrepo, en Medellín, en la que se mezclan ambientes y declaraciones, resumen de dos horas de conversación en el Nutibara.

 

Y mientras García Márquez se tomaba una Coca-Cola, le dijo al entrevistador: “Yo no tomo licor sino cada siete años”, sentencia que podría considerarse una de las tantas fantasías del inventivo escritor de Aracataca.

 

En la nota habló de la creación y peripecias de La Hojarasca. La había enviado a la Editorial Losada, de Buenos Aires, y ocho meses después se la devolvieron con una misiva “en la que se me comunicaba que mi obra exigía un gran esfuerzo de los lectores para comprenderla y que ese esfuerzo no se compadecía con la calidad literaria de la novela”. En sus memorias, sin embargo, García Márquez dice que jamás le devolvieron el original, porque esa no era política de la citada editorial.

 

“¿Cuál es el novelista de su predilección?”, le preguntó Alonso Ángel a Gabo: “Sófocles, bien pueda anotarlo. Y algo más: Edipo Rey es, a mi juicio, la mejor novela policial de todos los tiempos”, contestó García Márquez, al agregar que el de este diario era el mejor suplemento literario que había entonces en Colombia. Lo dirigía Eddy Torres.

 

Tras una minuciosa pesquisa en los archivos de El Colombiano, no se encontró la primera entrevista que Gabo dice le hicieron en su vida, y que él registra en sus memorias, evocando avalanchas y sinceridades suicidas. Ah, tampoco se supo quiénes fueron los dos jóvenes reporteros. Se los tragó la dantesca selva del olvido.

 

(Nota publicada en octubre 4 de 2002 con motivo de la aparición de las memorias de García Márquez)