Un burócrata

 

Por Reinaldo Spitaletta

Mira por encima del hombro, con desprecio y burlonería por el que está al otro lado de la ventanilla, sin dársele nada, que espere, que es un ser inferior, que no merece una atención amable ni pertinente ni adecuada, ni más faltaba. Uno acá, en la oficina, con la animosidad dispuesta a no hacer nada, y el otro, el visitante, con sus molestias, con sus fastidios, que si le pongo un sello, que por qué falta una firma, que qué es lo que está pasando que no cuenta con un trato de respeto; y el tipo sin remociones interiores, sin siquiera una lastimita por el ciudadano que al otro lado parece estar muy lejos, sin defensa, sitiado, sin maneras de defenderse.

 

—Pero, señor, atiéndame mi reclamo, falta una firma suya y un sello y un ganchito.

—(…)

—Por favor, que si hoy no diligencio este formulario, me quedaré sin pensión.

—(…)

—¡Ay, quién podrá ayudarme! No sé a usted para que lo tengan ahí…

—(…)

—Es increíble. Usted parece no existir, no sentir, no pensar, ¿cierto?

—Cierto.

—¡Huy!, este tipo habla pero no es capaz de resolver un problema tan simple como el de cumplir con su deber.

—El problema que usted tiene, no es conmigo. Tiene que ir a otra oficina.

—¿A cuál?

—No sé, averigüe.

—¿Con quién?

—En la taquilla seis

—Pero está vacía. No hay quién atienda.

—No es mi culpa. Tiene que esperar

—¿A quién?

—Al funcionario.

 

Da la espalda, pone las manos sobre el teclado del computador, teclea, pero, qué curioso, en la pantalla no aparece ningún signo. Cero caracteres. Se mesa el cabello, se mete un dedo a la nariz, carraspea, toma un pocillo que está al lado, se lo lleva a la boca, quiere escupir. Se reprime. “Esto está frío”, se le oye el farfullo. El visitante, como él lo llama, retorna.

 

—Psss, pissss, hey, oiga, hágame el favor, o al menos el “fa”…

—(…)

—hey, epa, caballero, sí, usted, el que parece una máquina, jejeje, ¿me puede poner un sello en este oficio?

 

El oficinista hace un gesto de repulsión. No se sabe si es por el contenido del pocillo o por el fastidio que le produce el ciudadano que ha optado por la táctica de rebajar al otro a su auténtica dimensión, la de un ser rastrero, serpentario, parásito…

 

—Se acabó la tinta, señor.

—unte el sello con salivita, amigo.

—No soy su amigo. Soy un servidor público.

—Ah, vaya, pero no lo parece.

—Las apariencias engañan.

—Lo que no engaña es su evidente mediocridad.

—Si sigue ofendiéndome, no lo atiendo. Además, podría hacer llamar al guardia.

 

El aire de las oficinas cubicularias se espesa. De las otras taquillas, nadie se entera, o no les interesa el batiburrillo. Puede ser que estén embebidos, tanto los que requieren atención como los que se tornan paquidérmicos en no prestarla. O les importa un pepino la alzada de voz que se emite con tono de desespero en uno de los puestos de atención al público.

 

—No sé si usted tiene nombre, que ni en la escarapela se entiende. No creo que usted tenga amigos, ni si recibe estimación de alguien. Su jefe debe ser peor que usted. Así que una queja mía sobre usted y su indiferencia, o su ineptitud, valdría menos que un comino.

—Puede dirigirse a la sección de quejas y reclamos. O dejar una nota en el buzón.

—Lo que me gustaría, y de hecho me está gustando, aparte de querer darle un pescozón, pero mis manos no se ensuciarán con un hecho de tal indignidad y porquería, es decirle que usted es un robot.

—(…)

—¿Sí me está escuchando? ¿Por qué trabaja o simula trabajar aquí?

—A usted esa información no le debe importar.

—Ah, habla cuando alguien le da cuerda, ¿está usted conectado a algún control remoto?

 

El burócrata continúa sentado frente a la computadora. El escritorio de melamina, que tiene a un costado una botellita verde oscura con una flor de plástico, aparece con un despicado en una punta. El tipo del nombre ininteligible da la impresión de ser un mueble. Es un inmutable.

 

—(…)

—¿Cómo han hecho para automatizarlo? Me gustaría que lo programaran para matar al presidente.

—¿Y por qué a él?

—Bueno, entonces a su jefe.

 

El visitante, con cara desencajada, alza el formulario con el que ha estado paseándose de taquilla en taquilla, da un grito y comienza a desmenuzar el papel. Queda como un cúmulo de confetis. Los arroja y brillan en el vuelo a la luz blanca de las lámparas del techo. El suelo queda tapizado. El visitante camina hacia la salida. El hombre robotizado, el burócrata, ni se vuelve a mirar lo que pasa. En su cara de impenetrabilidades se dibujan una muy leve sonrisa y un gesto de fastidio.

 

 

Un diseño de Adolfo Vásquez

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