Tango con fantasma y oscuridad

 

(La agridulce tristeza de La noche que te fuiste)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Cuando Eva de los Ángeles, una adolescente de cara pálida, pelinegra y cuerpo de bailarina del paraíso, se marchó del barrio, a mí el mundo se me transformó en tinieblas. Y no solo se fue de aquella calle en diagonal, que desembocaba a una plazoleta de asfalto a medio pegar, en una barriada que tenía en cada esquina un café de tangos, sino del país. Nunca más la volví a ver y en aquellos días en que su ausencia me pesaba en el pecho y en lugares inexplorados más allá de la anatomía, una o dos baladas de Leonardo Favio me alteraron los lagrimales.

 

Bello era entonces una acumulación de cantinas en las que obreros y comerciantes, además de vagos y camajanes, se dedicaban a gastar mesas metálicas y taburetes de tijera, también de metal, y a echarles monedas a las gramolas iluminadas para sonsacar músicas de desesperanzas y amores desmoronados. En uno de esos aparatos, creo, fue donde primero escuché, tiempo después de que la muchacha ya era un recuerdo, un tango de desilusión que comenzaba (y sigue comenzando, claro) así: “A veces, cuando en sueños tu imagen aparece, radiante y fugaz como un rayo de sol…”, que al principio no le presté nada de sesera ni de entendimientos, pero me quedó sonando con palpitaciones.

 

La pieza, que seguro antes había oído sin que nada me transmitiera, tal vez porque no había sufrido una desgarradura sentimental, tenía en todo caso —así la sentía— un amargura permanente, una desazón que subía a los labios a modo de acíbar. “Siento que tus manos entibian las mías trémulas y frías… ¡y hablas de tu amor!”, y la cara bella y de palideces pronunciadas de Eva tornaba a la memoria para desbalancearme los sentimientos. “Entonces lentamente mi espíritu adormeces, arrullo sutil de una vieja canción”. No sé si fue por aquel tiempo cuando escuché en la radio una composición que la cantaba un baladista de moda: “Este día sin sol es todo mío, golpea en mi ventana tanto frío… una vieja canción en mi guitarra”, y aunque en rigor nada tenía que ver con el tango de esquina nocturna, también me evocó los días en que desde el frente de la casa de la ida, yo me quedaba alelado con ella en el balcón.

 

No sé cuánto tiempo se quedó dentro de mis padeceres la no-presencia de aquella muchacha a la que un día le mandé dos proletarias flores de sanjoaquín y unas rosas amarillas que crecían en el solar de mi casa, acompañadas con una barrita de chocolate dulce. Las llevó una chica que, ahora que lo analizo, tenía celos del presente enamoradizo. A lo mejor pensó por qué no eran esas declaraciones indirectas de amor para ella. Se le notaba cierta desidia para llevarlas, pero solo lo hizo porque le di un beso en la mejilla y otra chocolatina.

 

Después, Eva de los Ángeles desde su balcón de enrejado oscuro, me parlaba sobre sus tareas de colegio y acerca de las canciones que más le gustaban, todas de la denominada Nueva Ola y del Club del Clan. Y más que sus gustos juveniles, lo que más me interesaba era estar junto a ella, sentir su perfume nuevo de piel de lozanías y quedarme callado, solo viéndola con sus facciones pulidas, la sutilidad en las manos que no sé por qué me daban la impresión de ser de pianista. No duraron nuestros días lo suficiente para un enamoramiento de prolongaciones, pero sí para que su ida me dejara un vacío, tal vez el primero de aquellos días en los que todavía los dolores de amor no eran una desventura con cataclismo existencial.

 

El tango con el oscuro título de La noche que te fuiste se me fue entrando, casi sin darme cuenta, como una inoculación de microorganismos, y entonces, en un momento que ya no sé cuál fue, la voz del cantor con sus melancólicas frases me hizo ver de nuevo a Eva de los Ángeles, en la distancia, pero tan cerca que ya no era posible no experimentar un desgarramiento. Después supe que la música era de Osmar Maderna y la letra de José María Contursi, y sin duda la primera versión que escuché en desaparecidos cafetines de mi barriada, y de otras vecinas, era la de Floreal Ruiz con la orquesta de Aníbal Troilo.

 

“La noche que te fuiste (más triste que ninguna) palideció la luna y se tornó más gris la soledad…”, en esos versos ya había una declaración dolorosa, una imagen de desdichado vacío… “La lluvia castigando mi angustia en el cristal y el viento murmurando: ya no vendrá jamás”. Lo que sigue es para ocasionar una depresión de profundidades a lo Edgar Allan Poe: “La noche que te fuiste nevó sobre mi hastío, y un hálito de frío las cosas envolvió… Mis sueños y mi juventud cayeron muertos con tu adiós”. Un tramo irresistible. Un momento cumbre para agudizar la desolación. “La noche que te fuiste se fue mi corazón…”.

 

Sí, ese tango, con fantasmas y oscuridades, me persiguió por las calles, los bares, las encrucijadas, y entonces la imagen de la muchacha ida reaparece cada vez que el disco gira con sus vibraciones de misterio. Tiempo después, cuando ya el Polaco Goyeneche era mi intérprete de tango predilecto, su versión de La noche que te fuiste me causó (me sigue causando) una demolición interna, además porque canta la estrofa que en aquellos años ninguno cantó: “Más fuerte que tu olvido, / el tiempo y la distancia, / se ensaña, tenaz con mi desolación, / el remordimiento de todo el pasado / ¡todo mi pasado trágico y burlón…”.

 

Y remata con una tristeza jubilosa: “Por eso cuando en sueños tu imagen se agiganta / y entonas sutil esa vieja canción, / yo vuelvo a ser entonces el de aquellos días, / radiante y feliz como un rayo de sol”. En esta parte, que no deja de entristecer, hay una suerte de retorno con luminosidades a un tiempo que ya no es, pero que la canción lo mantiene vivo en la ilusión.

 

Eva de los Ángeles, ni aquellas calles con plazoleta gris y los cafés con pianolas, jamás volverán. Solo ese tango inevitable hace que los relojes retrocedan y causen una dulce pena que puede llevar sin remedio a que brote un lagrimón, por lo demás, dulce también.

Pintura de Teresa Ahedo, 1987

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1 comentario

  1. renandario

     /  agosto 6, 2016

    Faltaron en los adioses esos pañuelos olvidados, las flores disecadas marcapaginas de los recuerdos, y el riso de un quedejo perdiendo su color

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