Los desalmados bancos y otros bandidos

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Los bancos no tienen alma. Es más, sus dueños deben de ser unos desalmados. Están hechos para la frialdad, el cálculo, las ganancias a toda costa. Y abundantes. Un banco no puede tener sentimientos. Los banqueros, menos. Así que nunca verás caer lágrimas de un aviso bancario ni de los propietarios de una empresa financiera que es capaz de engullirse a cualquiera que, por razones o sinrazones de plata, no cumpla con sus obligaciones.

 

Mi tía Betsabé, una señora que vivió de leer cenizas de cigarrillo y los posos de café y chocolate (cafeomancia, chocomancia), además de otras adivinaciones, decía que si el banco no le hubiera prestado para comprar una casa, ella hubiera seguido pagando alquiler toda la vida. Durante quince años pagó diez o veinte o treinta veces más del valor prestado, pero para ella todo fue pura corrección (¿monetaria?) y entonces decía, ante cualquier comentario en contra de los bancos, que ella quería mucho a los banqueros, y que ojalá hubiera podido casarse con alguno de ellos, válgame Dios.

 

La misma visión, por ejemplo, no la tuvieron los cosecheros estadounidenses que, tras el crack del capitalismo, en la Gran Depresión de 1929, quedaron a merced de los bancos y sus tierras pasaron a ser propiedad de empresas financieras, como se describen en algunos apartados de la novela Las uvas de la ira, de John Steinbeck. El banco, según la narración, es un monstruo que traga dividendos sin hartarse. No puede dejar de crecer porque entonces morirá. Y por eso, devora y devora.

 

La depresión capitalista creó, en una suerte de paradoja social y económica, la aparición de bandidos que, tras sus hazañas de robar bancos, se convirtieron en leyenda por los mismos años en que a los campesinos gringos los despojaban de sus propiedades y tenían que emprender un largo viaje desde Oklahoma hasta California, en una especie de epopeya triste y dolorosa que es la que cuenta Steinbeck, primero en un reportaje (Los vagabundos de la cosecha) y después, a fines de la década del treinta, en una novela maestra.

 

Uno de los bandidos más afamados surgidos durante los días de la crisis capitalista (que en rigor la sufrió el pueblo, pues los banqueros y demás organismos de poder financiero no disminuyeron sus caudales) fue John Dillinger, un sujeto que poseía encantos donjuanescos y enamoraba a las cajeras bancarias mientras su banda asaltaba la empresa. Más que como un delincuente, fue observado por mucha gente como un género de vengador social, un malhechor que se enfrentaba al sistema por injusto y corrupto.

 

Dillinger y su banda causaron el terror en los bancos del Medio Oeste norteamericano. Él y sus socios pusieron un fuerte trabajo al FBI y lograron asaltos memorables que, en particular al jefe de los maleantes, lo erigió como una figura icónica, rodeada de leyendas y admiraciones de muchos desposeídos. Lo mataron a la edad de treinta y un años y de esa manera desapareció “el enemigo público número uno” de aquellos tiempos en los Estados Unidos.

 

Bonnie y Clyde (Bonnie Elizabeth Parker y Clyde Champion Barrow), una pareja que inspiró, como Dillinger, películas y muchos reportajes periodísticos, dedicaron buena parte de su juventud y su talento (que tampoco era tanto) a los asaltos bancarios en los tiempos de la Gran Depresión. Se dice de ella que más que unos ladrones con distinción, su característica básica lindaba con la chambonería, como el asaltar un banco que hacía tres semanas había cerrado. Los dos murieron juntos, acribillados por el FBI, en una balacera que dejó el carro de los forajidos como un colador, lo mismo que a los cadáveres, sobre los cuales se ensañaron los pistoleros oficiales.

 

Por aquellos días, en que mucha gente padeció hambrunas y hubo quiebras empresariales, los atracadores bancarios se multiplicaron. Uno de ellos, que también hizo parte de la banda de Dillinger, era George Nelson, alias Babyface , que era en particular muy violento, aunque su cara no lo denotaba. Llegó a matar a más agentes del FBI que ningún otro norteamericano. A los trece años lo detuvieron y pasó dieciocho meses en un reformatorio, donde, al parecer, aprendió nuevos procedimientos delictivos. Cuando salió, se vinculó con mafiosos de Chicago, con los que se “graduó” de asaltador a mano armada en joyerías y casas de lujo. Después, tras considerar que había lugares más atractivos para robar, se dedicó a los bancos con la peligrosísima banda de Dillinger. Una de sus víctimas, la esposa del alcalde de Chicago, dijo: “Era bien parecido, era muy joven tenía el pelo negro y cara de niño”. Murió a balazos a los veinticinco años de edad.

 

Otra joya de la corona bandidesca norteamericana era Charles Arthur Pretty Boy Floyd, que comenzó su carrera delictiva a los diecisiete años. “Aprendió” luego a robar bancos, y muchas veces el producto de sus asaltos lo repartía entre gente necesitada y quemaba cédulas hipotecarias, con el fin de salvar las tierras de familias endeudadas. Lo mataron a balazos en un huerto de manzanas en Ohio, a la edad de treinta años.

 

Antes de los anteriores, en el siglo XIX, en los Estados Unidos hubo otros bandidos de leyenda, como los hermanos Frank y Jesse James, también de película, y como Butch Cassidy y Sundance Kid, de los cuales se hablará en otra nota.

 

En Medellín, en los sesentas, los asaltadores de bancos florecieron como los coloridos sembrados de Santa Elena. Se caracterizaron, sobre todo los miembros de la banda denominada La Pesada, por su “buena presencia”, sus figuras de galanes aptos para la seducción de muchachas y su habilidad para el ejercicio delincuencial. Entre ellos, estaban Toñilas, el Pote Zapata, Pacho Troneras y el Mono Trejos. Manejaron un código de honor que prohibía el asesinato de guardias y policías. Trejos, que alguna vez declaró que todavía no se había hecho una cárcel para guardarlo a él, también era un secuestrador, pero, ante todo, su especialidad, como la de los mencionados, eran los bancos.

 

Al dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht se atribuye la frase: “Robar un banco es un delito, pero más delito es fundarlo”. Y por eso, en algunos momentos, mientras se planea el golpe contra una de esas instituciones, se puede decir que, desde la perspectiva de la moral, es mejor robar un banco que fundarlo.

 

Después de todo, de los ladrones robinhoodescos que en la historia han aparecido como si en realidad estuvieran haciendo justicia al robar un banco, lo que queda claro es que un banco no tiene alma. Y se puede decir, aunque sea como una manera de la guasonería, que los dueños de banco son seres desalmados, tal vez en mayor proporción que el encantador Dillinger y la simpática Bonnie Parker.

 

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Bonnie y Clyde, amantes del crimen

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