Un coro de silbidos y otras melodías

(Crónica con tango, reos meditabundos y algunas películas con silbos)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

En casa hubo la cultura del silbido, tal vez porque papá la introdujo, con su capacidad para interpretar piezas del Caribe y una que otra canzonetta napolitana, como O sole mio. Tenía una manera peculiar de cambiar del genuino silbar, en el que los labios se recogen y se disponen como si se fuera a dar un beso, para transitar a otro que consistía en poner la punta de la lengua entre el paladar y los dientes, con una vibración de gracia y originalidad. Con esa misma técnica, llamaba a mamá o anunciaba su llegada, sin necesidad de tocar la puerta. Pero también hacía sonar con propiedad desde La pollerá colorá y Santa Lucía hasta El bobo de la yuca.

 

Y por tal cualidad, nos animamos sus hijos a silbar, como un contagio. No era raro que en un momento, en cuartos distintos de la casa, se alzaran melodías de juventud. De un lado podía emitirse Yesterday, al tiempo que, de otro, sonaba un fragmento de la Cantata Santa María de Iquique o una balada de Nino Bravo. Era común que nuestro hogar fuera silbante. Era una forma de ser, y también de no sentirse solo en determinado momento. “El que canta, sus males espanta”, se afirma en alguna parte del Quijote, pero en nuestro caso, era el que silba.

 

Aquel trabalenguas de candideces que decía “nadie silba como Silvia silba, porque el que silba como Silvia silba es porque Silvia le enseñó a silbar” era una tontada. Nosotros, cada uno de los cuatro chiflados, chiflantes y chifladores, además del silbador mayor que era papá, estábamos capacitados para recitales interminables, con trémolos, trinos, vibratos y demás matices expresivos. Aparte de cantar, nos entusiasmaban los silbidos. Los pájaros del vecindario a veces acompañaban nuestras entonaciones. Y, por lo demás, aparecían en los patios de casa para reforzar la silbatina.

 

A mamá, en cambio, el ejercicio le costaba. Mejor dicho, era casi un imposible sacarle una nota de esa manera. Tal vez por eso, con su voz de tiple, entonaba canciones casi todas tristes, de mares lejanos, de naufragios y despedidas. Para ella, los pasillos ecuatorianos, en las voces de mexicanos (como Margarita Cueto y Juan Arvizu), eran una cantera de desdichas musicalizadas. También le gustaban barcarolas mediterráneas y uno que otro tango gardeliano. Silbar no era su don.

 

En mi adolescencia “avanzada”, cuando ya estaba estudiando en el conservatorio de la Universidad de Antioquia, los ejercicios de solfeo los practicaba a punta de silbidos. Y me gustaba silbar trozos de obras de Schubert, Liszt, y, para recordar los días de serenatas estudiantiles, canciones de tunas, más bien simplonas. Había una, llamada El silbidito, que en coro nos hacía estallar en risas y los silbidos se destruían en una farra de recocha.

 

Me parece que en esos días felices a mucha gente le encantaba silbar. A veces, en las madrugadas, se escuchaban las bicicletas obreras y silbidos andantes por las calles recién amanecidas. Los hombres solos, sentados en bancas de parques, silbaban quizá como una manera de sentirse acompañados. Y me da la impresión que el silbar (a diferencia de lo que dice el trabalenguas citado) era más de hombres que de mujeres. Aunque en este aspecto no tengo certezas. Las muchachas de antes no estaban en esa onda, digo, porque, más que todo, sus inclinaciones propendían por el canto, debido, claro, a los juegos callejeros de pegajosas y rítmicas rondas.

 

En mi caso, era un silbador de categoría, facultad que se me redujo a casi la mínima expresión después de haber tenido hace años un tratamiento de ortodoncia. Quizá el canino que tenía medio torcido, con el enderezamiento me hizo perder “embocadura” y ya no fue lo mismo, pero algo siguió sonando. Sin embargo, ya no es un silbido de concierto.

 

No sé cuándo escuché por primera vez un viejo tango, de nostalgias italianas, que, bien lo dijo Borges, los inmigrantes de ese país entristecieron el gotán. Pudo haber sido en una pianola de bar bellanita. Era una pieza compuesta por Sebastián Piana y Cátulo Castillo, con letra de José González Castillo, de 1925, con versiones de Gardel, pero estrenada por Azucena Maizani: Silbando. Es un tango trágico, con brillos de facón y tajos fatales, mientras el eco transporta acentos de un monótono acordeón y otros lamentos. Pero lo que más me llamaba la atención  (bueno, todavía me seduce) era aquello tan categórico, sugestivo, de “un reo meditabundo va silbando una canción”.

 

Silbando es un tango con fuelles rezongones y traiciones de amor, con galanes y perros vagabundos. Y si el intérprete, el vocalista, no sabe silbar, o prescinde de ese mecanismo indispensable, se pierde la esencia, o, por lo menos, parte de ella. Da cuenta, por cierto, de una manifestación de la cultura porteña. En Buenos Aires casi todo el mundo silba al caminar, en el café, en la esquina, en el autobús. Es una ciudad de silbidos, de melodiosos silbidos callejeros.

 

En una película de Adolfo Aristarain, Martín (Hache), protagonizada por Federico Luppi y Cecilia Roth, el padre, que ya vive en Madrid, en una suerte de exilio, le dice al hijo que lo que más extraña de su ciudad, de Buenos Aires, son los silbidos, “la gente que iba silbando por la calle”. Y dentro de esos extrañamientos están los entejados, las callecitas del barrio, alguna esquina inevitable, pero Martín se queda con los silbidos, tal vez los que se escuchan en Barracas al sud, o en cualquier lugar de esa metrópoli.

 

Silbar tiene su gracia. Y su desgracia. Como ocurre en El vampiro de Düsseldorf, película de Fritz Lang, en la que el asesino silba un fragmento de Peer Gynt, de Grieg, con lo cual proporciona pistas para su identificación. Y un coro de silbidos se da en la épica banda sonora del filme El puente sobre el río Kwai, de David Lean, lo mismo que en varios de los spaghetti westerns de Sergio Leone.

 

A veces, la brisa de los recuerdos trae lamentaciones cantadas, pero, sobre todo, el eco de silbidos de adolescencia y juventud, en una casa en la que los pájaros se sentían opacados por la musicalidad sibilante de cuatro muchachos y un señor, todos con alas grandes y melodías de tiempos de tranquilidades.

 

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Otro burócrata *

 

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Por Reinaldo Spitaletta

Con indiferencia, si no con burla, mira a veces de reojo la fila de expectantes ciudadanos de espera larga entre los que hay alguno que murmura su rabia porque ha visto al hombre detrás de un mostrador de cartón duro —lo que sabe porque es un hacedor de módulos de oficinas— sonreír con grotesco rictus (así lo ha pensado) al de camisa blanca y corbata azul, que a veces pone sus dedos sobre el teclado, pero en la pantalla no aparece nada. El empleado observa ahora con desaliño a uno que ha arribado hasta su puesto, le recibe un paquete de hojas, de lejos da la impresión de un legajo de formularios, las examina, o, mejor expresado, se hace el que las está revisando con la técnica y experiencia del que quiere hacer una representación, y después de unos minutos despacha al anónimo para que traiga fotocopia ampliada de la cédula, registro civil de nacimiento y constancia notarial de que está vivo.

 

Se pasea por el breve espacio de su oficina y de pronto se agacha sobre la computadora, da un clic y le pregunta a un compañero que cuál es el código de no se sabe qué categoría de formatos para los que son pensionados y cuáles para quienes aspiran a serlo. La fila ya es abrumante. Han llegado señores y señoras de edad, caras de amargura y en alguno de tantos hay una actitud de desazón por tener que visitar este género de establecimientos en los que, según él, todo o casi todo, al menos los que allí posan como atendedores, no son más que ineptos parásitos —así lo ha dicho, tal vez como una manera de la venganza— que se tragan el erario y los impuestos de gente como la que ahora engorda la cola de los desesperados.

 

El sujeto de marras se ha parado y con paso propio de aquel que camina con aires de superioridad, se ha dirigido a un cuartito del fondo del salón, cerca del que hay más oficinistas, desaparece tras una puerta y entonces alguien de los de la fila dice: “Trabaja más una pala empeñada”, otros que lo escuchan sonríen y advierte el de más allá: “Cuántas veces ha ido a mear, debe tener una incontinencia”. Hay risitas de impotencia, que quizá hacen menos torturante la fila perpetua.

 

Ha vuelto el hombre y llama al “siguiente”. Revisa papeles. Para. Continúa. Llega un compañero y le pregunta algo. Contesta con consejos: “dígale que traiga los documentos en regla”. Sigue en el examen de lo que le ha entregado un ciudadano. “A usted le falta llenar el formato número tres, que debe reclamarlo en la primera oficina, la de la entrada”. El otro muestra en la cara toda la desilusión. “Ya es la tercera vez que ustedes no me dan información completa”, dice, con tono de derrotado. El otro, con su rostro impertérrito, contesta: “Son las normas, señor”.

 

—Ah, ¿las “normas” son acaso para desorientar al usuario? —En la voz del que esperaba, del que seguirá esperando, hay un dejo de desdicha, que va subiendo en intensidad.

—(…)

—Ah, ¿a usted lo tienen aquí para desinformar, cierto? ¿Lo tienen para no hacer nada, para lastimar a los que llegan, para estar sentado en nuestra escasa reacción? ¿Qué es esto? ¿Cuántas veces tengo que venir a lo mismo, para que aquí siempre me dejen esperando?

 

Hay movimiento en el salón. Algunos de los empleados miran hacia el módulo del incidente. Luego siguen como si nada. De los que esperan surge un murmullo, creciente, que, de súbito, como si se tratara de una conspiración, de una concertación para la resistencia, estalla en gritería, dispersa, resentida, herida. “Ay, qué castigo es venir a estas oficinas”, “oh, cuánta desidia hay aquí”, ¿Qué mierda es todo esto, y uno necesitando que la pensión llegue pronto”, “Cuando me atiendan ya seré muy viejo”. Luego, ante el movimiento del celador de camisa azul celeste que ya está llamando por un celular, la que intentó ser una vocinglería decrece.

 

Junto a la puerta de entrada, a la derecha del tipo que recibe la perorata del visitante, hay señoras y señores sentados en bancas de plástico. Todos portan sobres, carpetas, fichos y, por la palidez de sus caras, parecen gentes a las que la vida se les está yendo por los poros. El celador ahora está muy cerca del hombre que en su desespero se desenfrena.

 

—Como sea, señor, usted tiene que reunir la documentación requerida  —dice el de la oficina.

 

En la actitud del burócrata hay una estela de triunfo. Es, o por lo menos así lo retrata, un imperturbable. Debe de estar entrenado para recibir sin alterar los músculos de la cara algún improperio, pero, sobre todo, reclamaciones a granel. Justificadas. El otro, al que la cercanía del vigilante parece disuadirlo, toma los documentos y sin mirar a los demás que tienen laya de curiosos, se va. El rumor se resigna a la espera. Quizá haya algunos que en su interior sepan que sus documentos son los adecuados, que haber llenado espacios y contestado preguntas, tienen la corrección requerida.

 

Puede ser, lo que no sería extraño, que esta oficina esté pensada para que siempre los que llegan a buscar información y a hacer trámites, tengan la rastrera sensación de que son inferiores. De que no pueden ir contra la corriente. De que su actitud tiene que ser la del sometimiento. Sin protestas. Pasivos. Qué importa si hacen uso de derechos como el de petición. O de recursos jurídicos. Su llegada a un ámbito diseñado para que los otros, los que no son parte de la nómina, se sientan humillados, está en la manera de ser del que los teóricos de la política llaman el Estado.

 

—¡El siguiente!

 

El hombre del módulo lo ha pronunciado, sin alteraciones. Sin interés. Con tono neutro. Qué importa quién diablos sea el siguiente.

 

(* En este mismo blog publiqué otro cuento titulado Un burócrata)

 

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Pinturas de Gustavo Díaz Sosa

 

Vejez

 

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Se envejecieron los ojos, menos la mirada.

Y la voz, claro que sí; mas no del  todo las palabras.

Se arrugaron los años en el rostro y el cuello

Se cayeron las pestañas y menguaron los cabellos,

Pero el mundo se acercó más al pensamiento

Que en ocasiones fue recuerdo.

Se paisajeó de nieves —pero no del Kilimanjaro—

La crencha cada vez menos engrasada.

Y desde un cielo distante

A veces llega sonriente la voz de un niño azul

Que cada que puede nos dice adiós

Con su cometa.

 

Reinaldo Spitaletta

 

Una lagartija lectora

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Lagartija de rayas, langaruta y lóbrega, lánguida lagartija de mis muros y baldosas, leés en mi biblioteca de toda la pared y lamés con tu luenga lengua, rápida y certera, los lomos de Don Quijote y de Alicia en el país de las maravillas. Lagartija (linda si estoy de buen humor) lagartijita-lagartijita (lagartijota hijueputota, si me cogés bravucón), no puedo vivir sin vos. Sos parte de mi doméstico paisaje y quizá por eso en este momento lloro tu herida: ¿quién te cercenó la cola? ¿Dónde andará ese apéndice sin tu cuerpo mutilado? tal vez se estará metamorfoseando en una nueva lagartija, que vendrá impasible a acabar con los mosquitos, hormigas y zancudos que se pasean por dentro de mis ojos viejos con retina agujereada.

 

Lagartija rayada: ¿acaso morirás por haberte quedado sin aquello que armonizaba tu figura? Si así fuera, te meteré entre un libro gordo para que sirvás de separador y de ilustración natural de doble página,  que llevará impreso tu nombre, con una leyenda imaginaria al pie de la letra: “lagartija lectora busca su cola”.

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En esta noche de luna y de recuerdos

(Un tango luminoso con brujas sobre escobas de neón)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Que un tango le propine a uno un golpe de sentimentalidad y lo ponga en plena adolescencia, edad en la que no hay pasado, ni memoria de alguna pena de amor o de un desprendimiento de corazón herido, digo que un tango te refriegue el alma y te enrute a cavilar sobre lo poético, sin saberse entonces cuáles eran las esencias de tal categoría, sí es una rareza. Una extemporaneidad. Porque el tango, se ha dicho y comprobado, bueno, sobre todo el tango-canción, es para aquellos que son dueños de un repertorio amplio de recuerdos y desazones existenciales.

 

Me pasó en la pubertad —que no es edad de tango— cuando en algún piano de bar, o quizá en una emisora, escuché: “acércate a mí y oirás mi corazón contento latir como un brujo reloj…”, que me fue desnivelando la sesera y despertándome la atención por palabras que sonaban con eufonía y tenían un misterio que no me podía explicar: “la noche es azul, convida a soñar, ya el cielo ha encendido su faro mejor”.

 

¡Huy!, en esta cara de la luna, metáfora luminosa, mejor dicho, en esta parte de la interpretación, creo que era Alfredo Rojas con la orquesta de José García y sus Zorros Grises (eso lo supe después), sentía luz plateada en los bolsillos de atrás, en los cuadernos de colegio, en esa ensoñación que me producía aquello de “el cielo ha encendido su faro mejor”. Tremendo verso. Deseaba entonces la noche, porque traía en sus lomos oscuros no solo luciérnagas (ah, claro, mamá cantaba, y ya ese acto, en rigor, era un recuerdo infantil con luciérnagas curiosas) sino una luna de barrio, la que, cuando se paseaba de calle en calle, nos permitía jugar fútbol en la nocturnidad.

 

Había una convocación a los arcanos de la noche y uno imaginaba vuelos de brujas enamoradizas con escobas de neón. Después se decía “si un beso te doy, pecado no ha de ser; culpable es la noche que incita a querer”. Era (es)  un tango con claroscuros, con sugerencias de caricias e invitaciones a alguna aventura iniciática: “me tienta el amor, acércate ya, que el credo de un sueño nos revivirá”. Canciones oníricas si las hay, esta es una de ellas.

 

Y de pronto, había una transición, o, más que este efecto, un salto, un cambio de clima: “corre, corre barcarola, por mi río de ilusión. Que en el canto de las olas surgirá mi confesión”; y a veces, en particular la palabra barcarola, me volvía a canciones domésticas, en el caso concreto de unas que interpretaba mamá mientras cocinaba el desayuno o cuando se estaba tomando un café cantante. Eran músicas de mares de otros mapas con marineros y naufragios, como una que relataba cómo “la mar brava” se tragó a unos navegantes.

 

Después, el tango con su armonía tornaba por sus cauces, serenaba el espíritu y comunicaba experiencias distintas. Uno se sentía arrobado, quizá como si la noche tuviera nuevas modos de la seducción: “soy una estrella en el mar que hoy detiene su andar para hundirse en tus ojos. Y en el embrujo de tus labios muy rojos, por llegar a tu alma mi destino daré”. Y aquí, en este punto, me imaginaba muchachas con cuerpos de sirena, y no sé por qué aparecían en el aire bocas flotantes y ojos de constelaciones. Embriaguez de palabras. Eso sentía.

 

Y lo que venía era todavía más contundente, como si se tratara de una inevitabilidad: “soy una estrella en el mar, que se pierde al azar sin amor ni fortuna. Y en los abismos de esta noche de luna, solo quiero vivir de rodilla a tus pies para amarte y morir”. Era una declaración categórica, sin reversa, una especie de desafío que no se podía eludir.

 

Uno quería, tal vez en una representación de muchachas imaginarias con caritas de luna, mientras escuchaba el incesante tictac de un “brujo reloj”, encender un fuego, el fuego mejor bajo un cielo de estrellas, para ir entrenando el amor que tardaba. Y el tango seguía ahí, tocándonos con sus fascinaciones.

 

El tiempo, otro material de tango, pasó. Y llegaron en gramolas y radios otras versiones de esta pieza (compuesta en 1943 por José García y Héctor Marcó), como la cantada por Jorge Maciel con Osvaldo Pugliese, y la de Carlitos Roldán con el acompañamiento de Francisco Canaro. Esta noche de luna es un tango con extrañas vibraciones que desde días (o noches) de hace tiempos nos persigue y nos encuentra de vez en cuando para mostrarnos que en el cielo de la nostalgia hay siempre un faro mejor para iluminarnos la memoria.

 

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Obra de John Atkinson Grimshaw (1836-1893)

11 de septiembre en el inodoro

(Una novela y un golpe de estado con el que la “vía chilena al socialismo” se fue a pique)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

A veces, todo se puede reducir, como suele pasar en América Latina, al imprescindible acto de defecar. Tal vez lo único seguro que tenemos. Y esto viene a colación porque he recordado, el pasado 11 de septiembre, un histórico día, por lo negro, por lo mortal, una novela que leí hace años: En este lugar sagrado, del escritor chileno Poli Délano (con acentuación esdrújula, para evitar confusiones o desviaciones).

 

El 11 de septiembre, martes, 1973, el experimento de la “vía chilena al socialismo” se volvía trizas, por culpa de los oficios negros y perturbadores de los Estados Unidos, con Henry Kissinger y Richard Nixon y la CIA y la ITT. La nacionalización del cobre y el carbón, el que hubiera tierras para los campesinos pobres, y leche y escuela para los niños, no gustó a la burguesía ni a los intermediarios chilenos del capital extranjero. Y menos a las transnacionales. Y ¡zas! Golpe de estado, evento que por años se repitió en las Américas con la anuencia e injerencia estadounidenses.

 

Bombardeo al Palacio de La Moneda, asesinato (dicen que suicidio) del presidente Salvador Allende, persecución a miles de adeptos de la Unidad Popular, muerte y represión. Sí, y todo sucedía un martes, 11 de septiembre, que es, cuando en la ficción, un hombre (Gabriel Canales) se queda encerrado en un cine céntrico, precisamente en un inodoro. Y en medio de una suerte de desesperanza, comienza a mirar los grafitis en las paredes del wáter closet, nada que ver con la política, sino con lo escatológico. Bueno, se preguntará alguien: ¿cuál es la diferencia?

 

El hombre comienza por expresar que más que un absurdo es una estupidez ir al cine “en los días inquietos que vivimos”. En efecto, se promovían sabotajes, apagones provocados por “sigilosas sombras traidoras”, se ponían bombas contra las casas de ciudadanos de las juntas de abastecimiento, balaceras por aquí y por allá. Y en esas ve un categórico escrito en la pared: “En este lugar sagrado / donde viene tanta gente/ hace fuerza el más cobarde / y se caga el más valiente”.

 

El 11 de septiembre de 1973, en Chile, un gobierno elegido popularmente es derrocado por una banda criminal orquestada por Washington. Ya Kissinger, el secretario de Estado de los Estados Unidos, había dicho: “no veo por qué deberíamos dejar que un país se vuelva comunista debido a la irresponsabilidad de su propio pueblo”. Y ahí fue Troya. Los norteamericanos iniciaron el cerco contra el gobierno de la Unidad Popular (aquí vuelven a la memoria las voces de Quilapayún y el Himno a la Unidad Popular: “Porque esta vez no se trata / de cambiar un presidente / será el pueblo que construya / un Chile bien diferente”).

 

El tipo encerrado en el inodoro de un cine, que en medio del inicial desespero y de los aceleres de una diarrea, no sabe que Chile está siendo arrasada por los intereses del mercado y de las transnacionales, ve, de pronto, un pene grueso con dos testículos que parecen melones: “Aquí me tiré a la S. Pinto”. Y luego, en letras rojas: “Caga tranquilo, caga sin pena, pero huevón de mierda, tira la cadena”.

 

La CIA, a instancias del gobierno de Nixon, organizó un golpe militar contra Allende. Antes del 11 de septiembre, preparó huelgas de transporte y paros comerciales, instigados y financiados por Estados Unidos, además de estimular grupos neofascistas que apelaron al terrorismo para ir minando la resistencia popular. La construcción de un  “porvenir de justicia y libertad” augurado por Allende, se convirtió en cenizas ese día, el mismo día en que Gabriel Canales se quedó atrapado en un sanitario de un cine del centro de Santiago.

 

Y mientras lee grafitis, como uno dirigido a los que tienen mala puntería (“Se suplica por favor / y también por cortesía / no dejar la mercancía / encima del mostrador”), el hombre va recordando momentos clave de su vida y de su relación con la política de izquierda. “De los placeres sin pecar / el más sabroso es cagar”.

 

Ese día, en medio de los bombardeos y el incendio del palacio, Allende al dar vivas al pueblo y a los trabajadores, advirtió que no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. “La historia es nuestra y la hacen los trabajadores”, dijo. La Unidad Popular cayó. Y entonces se inició un régimen de represión, que dejó más de treinta mil muertos y desaparecidos. Y una vasta oleada de exiliados. Y la muerte de un cantor que decía: “Yo no canto por cantar ni por tener buena voz…canto porque la guitarra tiene sentido y razón”.

 

Casi treinta años después del golpe a Allende, otro martes, otro 11 de septiembre, las torres gemelas de Nueva York desaparecían de la faz del mundo. Tres mil muertos. Otro horror para recordar. Así vamos pasando, en medio de bombas atómicas, edificios caídos, palacios incendiados, presidentes asesinados y pueblos sometidos a la humillación. Así vamos pasando en medio de la destrucción y de la mierda. “Tapate la nariz / si asfixiarte no querís”, decía otro grafiti de inodoro, mientras un hombre encerrado por tres días en él va memorando su vida y la historia de un país al que un golpe militar hizo añicos.

 

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Patio de las dichas perdidas

(Visión de un espacio familiar que cosechó pájaros y libélulas)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Había un patio en el que una pelota de niñeces golpeaba las paredes para que él y yo creyéramos que asistíamos como héroes de estadio a una partida multitudinaria de fútbol. Y en ese mismo espacio —o quizá en otro, ya el tiempo se ha encargado de revolver el ayer y el todavía—  había bifloras y azaleas en materas de barro con tierra negra. Y ladrillos a la vista con empates grises que formaban figuras de fantasmas celestes, como los de las nubes. Y las nubes se agazapaban para meterse de a poco entre las tejas y bajar a decirnos que el día era el ahora, sin futuro, sin mañanas.

 

El patio es el lugar, o tal vez era, porque muchos de ellos han muerto ante las novísimas casas unas sobre otras que no dejan luz ni vista al arriba azulado, digo que es el ámbito por donde —ya lo meditó un poeta— “el cielo se derrama en la casa”, se riega por el piso y no se escapa por el sumidero, porque lo que hace es poner la cara al sol, patas arriba, para que el pedacito de cielo que no puede entrar sienta ganas de ir a buscar otros patios.

 

Había un patio de mosaicos de granito rojo y amarillo, con antiguas huellas de pasos perdidos en la casa vieja, de aleros y tejas españolas, con envigados y alambres de electricidad de los que colgaban, como en un trapecio, los bombillos. Y en aquel espacio a veces se sentaban los taburetes para que el cielo los bañara con su luz celeste y alguien tocaba una guitarra. El patio conversaba y el olor caliente del café se volvía música en medio de tapias agrietadas y encaladas.

 

Había un patio, patio mío, como en un tango, en el que la luna se colaba a mitades para alumbrar una y otra ventana que con sus alas batientes se refrescaban y dejaban pasar las estrellas de reverberos, de fuegos helados. Ladrillos viejos recibían brisas y lluvias y retazos de cielo y también la luz temblorosa de las luciérnagas urbanas, cuando se turnaban con las volátiles diurnidades de una libélula, helicóptero de la infancia perdida. Ni las unas ni la otra se volvieron a ver y solo quedaron intermitentes recuerdos y la esbelta transparencia de unos élitros de celofán.

 

Había un patio con columnas redondeadas sobre bases rectangulares y capiteles con volutas. Y había humo de cigarrillos con figuritas nubosas y palabras de mamás y tías y de señoras del vecindario. En la noche clara, del cielo bajaban luces y las matas se iluminaban como si estuvieran en navidad. Era la posibilidad de unión-comunión de la casa con el universo.

 

El patio es la comunicación con el vuelo de los pájaros y la algarabía de los loros que vuelan al atardecer en busca de casco’evacas y otras casas de verdes frondosidades. Es una conexión con el infinito que en otros lados es finito ante las carencias de ese espacio que con la lluvia suena a cristal y a cielo desleído. Cada patio tiene luna y soles propios. Están hechos para hospedar canciones emplumadas y pequeños otoños de jardines parcos.

 

Patio de ropas con alambres destemplados, olorosos a jabón y humedades, en los que, en otros días, uno sentía las manos de mamá. Instalación de recuerdos y de otras cosas entrañables que se han ido, porque el patio ya no está. El viento de otras tardes se llevó las blancuras con detergente de sábanas y pañuelos del adiós. Y los vientos también se fueron.

 

Patio de carritos de juguete y de luces decembrinas que bajaban desde el cielo como un milagro de la noche. Patio de lunas tristes que lagrimeaban porque estaba próxima la aurora. Patio de las voces perdidas, de abrazos de fin de año, de elevada de un globo que imploraba alturas y recibía vivas a su vuelo de candela. Y candileja. Patio de silla mecedora y abuela de cuentos dichosos con palabras que amamantaban la imaginación.

 

Patio que las modernas cárceles han encerrado en la nada, abatido por los espacios de calabozo, por las ausencias de luz y alegría, por una arquitectura macabra que deshumaniza al habitante y lo convierte en presidiario. Patio que se murió en los planos y en la construcción de celdas. Lejos quedaron los versos de Atahualpa Yupanqui: “quiero llegar a mi patio / y ver la planta crecer, / jugar con su primavera, / quedarme quiero, después”.

 

En los tórridos patios de la casa había flores y abejas, y hasta ellos llegaban los ecos de canciones contentas que salían de la cocina, de algún cuarto, de la sala o de los entejados de tres aguas. O caían del ático y se volvían sol, o luna, o estrellas. Anochecían con el cielo que se acostaba a su lado y despertaban con serenatas de pájaros.

 

¿Dónde están aquellos patios de enredaderas y hormigas de azúcar? ¿Adónde se marcharon con las rosas amarillas y los aromas de bebidas de yerbabuena? El claro de luna que dormía en su suelo familiar parece llorar ahora tantas ausencias y la fuga de cielos extraviados.

 

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La utopía cabalga de nuevo

(De los días aquellos en que don Quijote y otros poetas nos cantaban al oído)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Éramos tan jóvenes que pensábamos que el mundo era nuestro. Y que podíamos transformarlo. Conjeturábamos, tal vez, que el futuro traería menos desamparos y más posibilidades de figurarnos que la imaginación llegaría al poder. Y ahí, en esa congregación de utopías, estaba el movimiento social de los chilenos, al que habíamos accedido antes, plenos de ilusión, gracias a las canciones de Víctor Jara y Violeta Parra, y por habernos acercado a la Escuela Santa María de Iquique, la de la masacre de los obreros del salitre, ocurrida en 1907, en las voces sediciosas de Quilapayún.

 

También por haber conocido una obra de teatro, Los que van quedando en el camino, sobre “los que murieron sin ver la aurora”, que testimoniaba la epopeya de miles de inquilinos de la tierra, con una protesta de largo aliento, reprimida por el gobierno chileno de 1928. Ah, y recordábamos que en ese mismo año, en Colombia, se produjo la masacre de las bananeras, de parte de la United Fruit Company con la aquiescencia del gobierno conservador de Miguel Abadía Méndez.

 

Estábamos todavía con la juventud empotrada en cuerpo y alma cuando quedamos estupefactos por la noticia del derrocamiento de Salvador Allende, el 11 de septiembre de 1973. Era un sueño que se derrumbaba; lo pulverizaron Nixon y Kissinger, con la CIA, las transnacionales como la ITT, la oligarquía chilena. El asesinato (que no suicidio) del presidente, elegido tres años antes por el pueblo, nos convocaba a continuar en la profundización de las utopías. Nos enseñaba, tal vez, que transformar el mundo no es asunto de unos pocos días, y que siempre habrá enemigos (agazapados, unos; evidentes, otros) de los cambios que tengan que ver con la dignidad y el ascenso de los oprimidos.

 

Atrás habían quedado el Mayo francés, Tlatelolco y la masacre de estudiantes, los movimientos de la contracultura de los sesenta. Pero el mundo seguía hirviendo, y la muchachada parecía tener conciencia de su rol histórico, quería ser parte de las lizas y cambios sociales. Más que para interpretarlo, el mundo está hecho para transformarlo, seguíamos pensando. La utopía no se acababa con el golpe de estado de los militares chilenos. Como tampoco se había terminado con la Primavera de Praga, ni con el socialimperialismo soviético.  Y seguíamos cantando, porque no queríamos que la canción se volviera ceniza, como lo decía un poeta uruguayo.

 

Éramos todavía muy jóvenes cuando en la voz de Serrat, con palabras de Milanés, se escuchaba aquello de “yo pisaré las calles nuevamente / de lo que fue Santiago ensangrentada…”. Las utopías estaban vivas. A veces, flaqueaban. A veces, se perdían en el horizonte. Pero, como lo advirtió un argentino (Fernando Birri), hacían caminar a la gente, sobre todo a los que tenían el “divino tesoro” de la juventud.

 

Después de la liberación de Vietnam, de los poemas de Ho Chi Minh (“Todo cambia, la rueda de la gran ley gira sin pausa…”), del surgimiento de los discursos posmodernistas y del neoliberalismo, aquel modelo económico devastador que tuvo dos adalides: Ronald Reagan y Margaret Thatcher; de que con la caída del Muro de Berlín quisieron poner fin a la historia y a las utopías; estas últimas, pese a todas sus adversidades y a todos sus adversarios, siguieron viviendo.

 

Se dirá, y no sin razones, que habitamos el universo de las distopías, el país del Gran Hermano, del poder que se mete a nuestra intimidad a través de pantallas y teléfonos inteligentes; de un nuevo narcisismo que hace olvidar el mundo del afuera; que camufla las contradicciones sociales, que mimetiza las injusticias. Se observará que somos seres alienados por las mercancías, el consumo y el dios mercado. Y las transnacionales y sus adláteres podrán afirmar: ¡qué cuento de utopías, al diablo con esas vainas que no dan plata!

 

Y, en efecto, los gendarmes del mundo podrán dárselas de listos cuando dicen que para qué utopías, no pierdan el tiempo (que es oro) en esas banalidades, si nosotros tenemos marines y aviones y acorazados que los mandamos a inyectar democracia y libertades donde hay petróleo y otras riquezas naturales. Para qué cambiar lo que, según ellos, está bien: los de arriba, arriba, y los de abajo, en el infierno. En los basureros de la historia.

 

Y de pronto, con el desmoronamiento de tantas edificaciones que querían llegar al cielo, con las risotadas de burla de los que triunfaban de momento sobre los desventurados de la tierra, las utopías se mantenían en la mente y en los sueños de los que nunca cejan. En aquellos que, con Bertolt Brecht, seguían loando el estudio: “¡Estudia lo elemental! Para aquellos cuya hora ha llegado no es nunca demasiado tarde”. Y lo que parecía una consigna de paso, se volvía una salutación, un llamado a no derrumbarse: persigue el saber, empuña el libro (es un arma): “¡estás llamado a ser un dirigente!”.

 

Y en medio de las dificultades, en medio del naufragio de las ideas que convocaban a derrumbar los sistemas opresivos, el caballero andante se nos aparecía en cada esquina de la desazón, para recordarnos que la “libertad es el mayor don que a los hombres dieron los cielos”. Y sabíamos que, más que los cielos, eran las luchas, las únicas que deben ser eternas, las que servían para conquistar el paraíso terrenal. El Caballero de la Triste Figura, un hombre libre, nos seguía convidando a ser heraldos de la libertad.

 

Bueno, al fin de cuentas, convengamos en que las utopías sirven para eso, para caminar. Es suficiente. Nos llevan a hacerle eco a las palabras de un antiguo poeta: “tú marchas en busca de un mundo mejor y de un tiempo más bello”. Y cuando el desgano nos esté consumiendo, siempre habrá que evocar e invocar a ese caballero del honor, don Quijote de la Mancha, para, con León Felipe, pedirle que nos haga puesto en su montura para irnos con él a ser pastores…  El ingenioso hidalgo de algún lugar de la Mancha sigue siendo el gran utopista. Por eso continúa cabalgando.

 

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Pintura de Roberto Matta

 

La mula, el buey y el pobre de Asís

(Sobre una vieja declaración del expapa Benedicto XVI acerca de los pesebres)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Dicen con fundamento que San Francisco de Asís, Il poverello, ha sido el único cristiano auténtico en la historia sanguinolenta del cristianismo. El único santo verdadero. Lo tuvo todo y de todo se despojó. De noble cuna, terminó desnudo entre leprosos y labradores. De sus días de juergas con vino francés y canciones provenzales, Francisco (su nombre original era Giovanni) no conservó nada y se transmutó en un ser sin pretensiones de riquezas, a las que renunció para imitar a Cristo.

 

Nacido en Asís, pueblo de Umbría, fue una suerte de símbolo de su tiempo, que era época de caballerías, cruzadas y guerras; de persecuciones e incendios de poblados. Precisamente, su desencanto con el mundo material comenzó cuando hubo una disputa sangrienta entre su aldea natal y Perugia, y entonces marchó a Roma, besó a un leproso, se deshizo de sus vestiduras para regalárselas a un caminante pobre, impetró limosnas, oró en medio del canto de pájaros perdidos y sintió que su destino era el de la pobreza y el amor no sólo al prójimo sino, en particular, a los animales. Todos para él fueron sus hermanos: hermano lobo, hermana luna, hermana enfermedad…

 

Hace mucho tiempo (era yo un adolescente), en un asilo de ancianos, en Copacabana, Antioquia, un viejo me regaló un libro de hojas añejas: El pobre de Asís, de Nikos Kazantzakis, escrito a modo de aventuras, como si se tratara de otro Quijote (aquí valga recordar que Cervantes perteneció a la Tercera Orden Franciscana y fue enterrado con el hábito de San Francisco). Digo que ahí, en la primera lectura, me llamó la atención la vida de aquel sujeto medieval, fundador de una orden mendicante que, en rigor, no representaba ningún riesgo para la Iglesia, y que de parrandero se convirtió en un extraño santo.

 

Lo más impresionante de aquel encuentro con Kazantzakis y el hermano Francisco fue una literatura plena de pájaros, que a veces, como símbolo, eran parte de su hambre: “sentía mis entrañas colgantes y secas como un racimo saqueado por los pájaros”. El caso es que aquel hombre, que tuvo doce discípulos, tan pobres como él, una noche de invierno, en la navidad de 1223, se metió a una ermita en el pueblo de Greccio, rememoró el nacimiento de su modelo de vida e inventó el pesebre. Ah, sí, con un buey y una mula (Francisco puso un asno) al lado de pajas y del niño Jesús.

 

Francisco, que no se sabe por qué se salvó de ser acusado de herejía, el mismo que naufragó en el camino a Tierra Santa, el que intentó predicar entre los moros de España y se embarcó a Egipto, llegó a espantarse de cómo su orden crecía en seguidores y riqueza, y más bien prefirió refugiarse en una montaña. Francisco, el que tuvo los estigmas del Crucificado, el que se opuso a los fastos y riquezas de la Iglesia, fue declarado santo por ésta, porque la canonización es otro modo del negocio. Y de la propaganda. Bueno, y a veces, como en el caso del hombre de Asís, un acierto.

 

Giovanni di Pietro Bernardone, después Francisco, era un joven mundano —que de todos modos, y en todas partes, la juventud es para hacer ruido y experimentar alegrías rumbosas—, hijo de un muy acaudalado mercader llamado Pietro di Bernardone. Una serie de circunstancias, entre ellas un altercado con su padre, por haber donado ayudas para la reconstrucción de un templo, lo llevaron a renunciar a la abundosa herencia familiar y, de paso, a las riquezas materiales. Escogió como plan de vida la pobreza. Y así, con su ejemplo, creó una orden, en un principio de doce seguidores.

 

Resulta que estos preliminares sobre el hermano Francisco, tienen que ver con una declaración (realizada a fines de 2012, tiempo en el que escribí lo esencial de este artículo) del ahora expapa Benedicto XVI de que ni la mula ni el buey son parte del pesebre. Era una actitud en contravía de villancicos, relatos navideños, novenarios, cascabeles y otras tradiciones que, pese a todo, se mantienen por encima del papá Noel, un invento mercaderista de la Coca-Cola. Los pesebres o belenes, que han sido una suerte de revoltura entre lo kitsch y la imaginación infantil, estuvieron a punto de quedar  huérfanos de buey y mula, por un plumazo pontifical.

 

Ah, pero lo más nefasto es que otra vez se estaba arremetiendo contra el único auténtico santo que ha dado el cristianismo, opuesto a la riqueza material, a la pompa, y a cualquier expresión de fuerza o violencia. Es como borrar las Florecillas (Fioretti) de San Francisco, cantos preciosos medievales, escritos en el siglo XIV para resaltar las virtudes del pobre de Asís y contar su historia. Aunque por papa que haya sido su opositor, la mula (o el burro) y el buey proseguirán “comiéndose la paja del niño inocente”. Después de aquella declaración pontifical, los pesebres han mantenido su presencia imaginativa en los diciembres de aquí y de allá.

 

El portal de Belén, todos los nacimientos, toda esa cultura de maravilla que mezclaba un tanque de guerra con un pastor español; un muñeco de caucho con una virgen de madera; a un cisne enorme con un elefante en miniatura; el musgo natural (una actitud contra el medio ambiente) con lagunas de papel celofán, en fin, que el pesebre ha tenido una arquitectura loca de bonitas desproporciones, fueron víctimas de un atentado. Que Il Poverello, patrono de los veterinarios y de los ecologistas, los siga protegiendo.

 

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El cuento o cómo poner a volar una alfombra

(Ensayo sin descuento sobre el género más antiguo de la literatura)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

  1. Donde se relatan los orígenes y desarrollo del cuento (de la caverna a la Edad Moderna)

 

El cuento es tan antiguo como la humanidad. Y ha evolucionado como ella. O más. Al principio todo era oscuridad. Hasta cuando apareció la palabra, creadora y explicadora del universo. Origen y fin de todas las cosas. El hombre, en los inicios, estaba solo sobre la tierra, con su corazón poblado de miedos y asombros, y quizá preguntas. Miedo a lo desconocido. Miedo a sí mismo, miedo a los otros. Tenía que reinventar el mundo. Imaginarlo. Explicarlo. Moldearlo. El hombre es el único animal que tiene la capacidad de fantasear (también de destruir). Con la palabra, como una presea a su descubrimiento, comenzó a crear paraísos e infiernos. Recompensas y castigos. Se erigió a sí mismo como dios. Con poder de creación. Y la palabra fue la herramienta fundamental para tal fin. Había que dar sentido al sol, los mares, las estrellas y a la luna. Y solo la palabra era la única capaz de realizar esa tarea descomunal.

 

El hombre, al no poder dar una explicación científica, racional, a los fenómenos de la naturaleza, la entendió como manifestaciones del más allá, de lo ininteligible. ¿Qué era lo desconocido? ¿Quién estaba tras todas esas presencias que el hombre no comprendía? No había otra salida ni otros modos de interpretar, de dar respuestas, al universo. Entonces comenzó el proceso de invención de dioses y mitos y héroes y brujas. La imaginación entraba en estados de ebullición.

 

Primero fueron la epopeya y la poesía. Esta última, como es fama, es la madre de la filosofía, como una expresión del amor por el conocimiento. Después advino el cuento. No en la manera como hoy lo conocemos. Tenía, para usar una metáfora, una vestidito de algodón crudo, estaba descalzo, carecía de pretensiones. Era muy elemental. Y esa condición también le otorgaba belleza. Y como no existía la escritura el cuento voló de boca en boca. Recorrió llanuras y montañas. En sus principios, no tenía ninguna finalidad estética. Sus propósitos eran, más bien, los de enseñar y moralizar. Eran cuentos religiosos, mágicos, de iniciación sexual o matrimonial (como el de Barba Azul, por ejemplo), cuentos para exponer, con claridad y ritmo, principios éticos. La literatura primitiva abunda en tales manifestaciones.

 

Las epopeyas, por ejemplo, están abarrotadas de mitos, son parte de una fundación, de los caracteres de pueblos y culturas. Basta con mirar la Ilíada y la Odisea para darnos cuenta (o cuento) de estas aseveraciones. Son textos religiosos y políticos (antes de escribirse existieron mediante la palabra oral).

 

Tras los cuentos mítico-religiosos, de naturaleza mágica, advinieron los cuentos morales. Vemos entonces que el cuento (o el relato) era una suerte de teoría del conocimiento, un vehículo importante de transmisión de normas y una manera de dar al mundo un sentido. Nacieron los apólogos, las fábulas, las parábolas. El universo se hacía cada vez más pequeño (e infinito) gracias a la palabra, a la capacidad de contar y de cantar. Porque el cuento también es canto, es música a veces de las esferas y de lo que está más allá de lo físico.

 

Hasta hace pocas centurias las descripciones geográficas y las instrucciones para los marinos se hacían mediante cuentos. Así, por ejemplo, los cíclopes eran volcanes que arrojaban enormes piedras al mar. Los monstruos marinos eran estrechos o canales peligrosos para los antiguos navegantes. Los océanos y los continentes estaban superpoblados de gigantes y enanos, de caballos voladores, de sirenas que hipnotizaban con su canto a los hombres de mar, de presencias incomprensibles y espantosas, mezcla de distintos animales. El descubrimiento por los indios de la India de muchas islas del océano Índico constituye en rigor el trasfondo de los enigmáticos cuentos de Simbad el marino, que integran Las mil y una noches. A su vez, los desplazamientos por el Mar Ártico suscitan una floración de leyendas místicas de los pueblos celtas, tales como los viajes de San Brandán en busca del paraíso terrenal y del purgatorio de San Patricio, santo patrón de Irlanda.

 

Se cree, por otra parte, que cuentos como los de Cenicienta y Caperucita Roja, entre tantos arraigados en el folclor, son explicatorios del universo, de sus cambios y de las estaciones. En tiempos de devastadoras hambrunas aparecieron, como una suerte de alimento imaginario, los relatos de ogros, devoradores de niños.

 

Del antiguo Egipto proceden los más viejos cuentos que todavía se conservan (por ejemplo, el cuento de Sinuhé, que en el siglo XX le sirvió de referencia al novelista finlandés Mika Waltari para su novela histórica Sinuhé el egipcio, y también al escritor Naguib  Mahfuz). Se cree que datan de los siglos catorce a doce antes de nuestra era. En la India, tierra misteriosa y propicia para diversas fantasías y culturas, se utilizaron en la predicación del budismo, cinco siglos antes de Cristo, los apólogos y las parábolas (jatakas). Todavía se conservan en sánscrito hermosas colecciones como Panchatantra (o cinco libros, en prosa y verso) y la instrucción salutífera. Múltiples fábulas de la India han llegado, tras un largo viaje, al español con el nombre de Calila e Dimna (también llamadas las Fábulas de Bilpai). Los más perturbadores mitos de Occidente están hospedados en los poemas homéricos y han servido para la elaboración de nuevas obras.

 

El cuento se ha ido transformando. Mitos y leyendas le sirvieron como argumento inicial. Batallas y guerras; conquistas imperiales; amores furtivos; infidelidades conyugales; frailes y curas libertinos; pestes y otras desolaciones; aventuras caballerescas y de convento; diversas peripecias pasaron a formar parte de los cuentos antiguos y medievales. Para hacer menos traumáticas las noches en los mesones y hostales, para evitar el contacto con las pulgas de las alcobas, para hacer menos larga la estadía en pocilgas y posadas, se contaban cuentos. Las noches eran más emocionantes y claras gracias a la literatura oral y escrita. La edad media no fue en realidad tan tenebrosa como nos la han pintado o despintado. Por lo menos a nivel del relato hubo desarrollos muy interesantes.

 

Cuenta Emilio Gebhart, citado por el tratadista Julio Torri en el estudio preliminar del libro Grandes cuentistas, que los viajes de los peregrinos, de los mercaderes y de los cruzados difundieron esta literatura de relatos por todas las regiones del mundo. Hubo entonces una emigración continua de reyes, señores, grandes criminales y ladrones, monjes, corsarios y piadosos vagabundos, yendo y viniendo por los mares, valles, desfiladeros de montañas, ríos… Desde lo más remoto de España, Irlanda y Dinamarca, hombres ansiosos por su salvación, caminaban sin tregua hacia Roma y Jerusalén.

 

Al mismo tiempo que en el medievo las empresas feudales mantenían entre el occidente latino, Constantinopla y Asia una tumultuosa corriente de mercaderías e ideas, los relatos se iban sucediendo. Marco Polo descubrió otro mundo, y puso en contacto a Europa con las milenarias culturas del Lejano Oriente. La fantasía y la imaginación, que son hermanas, se dieron la mano y se entronizaron. Narradores orales de estupendas dotes animaron los días y las noches de la Edad Media. Historias e historietas se entremezclaron en los conventos, los navíos, las posadas, los castillos. En todas partes. Se hablaba del paraíso terrenal y del demonio; de los muertos que resucitaban para dar testimonio del más allá. Aparecieron crónicas a granel sobre las cruzadas, y a Occidente fueron llegando los cuentos musulmanes. Huríes y harenes y califas poblaron con nuevos deslumbramientos la mente de la Europa de la Alta Edad Media.

 

Y a todas estas, los predicadores también sacaban dividendos del relato, y en sus sermones se servían de cuentos morales, cuyas colecciones se multiplicaban. Apólogos de Esopo, conocidos a través del fabulista Fedro, atestaban los escritorios de los propagadores del buen ejemplo. El relato cumplía así su función moralizadora. Sin embargo, había que inyectarle al cuento, además de sus virtudes pedagógicas y éticas, de sus objetivos moralizantes, belleza literaria. Los primeros ejemplos conocidos en ese aspecto fueron los del infante don Juan Manuel y los de Giovanni Boccaccio (1313-1375). El florentino es el cuentista moderno por excelencia, como es, digamos, Cervantes el novelista. Con El Decamerón, colección de cien cuentos contados en diez jornadas por tres hombres y siete mujeres mientras la peste negra asolaba los campos italianos, Boccaccio se torna un clásico de la prosa. Es la encarnación de su siglo, el catorce, pagano e irreverente, que desprecia a su manera los ideales cantados por Dante Alighieri (1265-1321) en el siglo inmediatamente anterior. Después de Boccaccio aparecerá en Inglatera Geoffrey Chaucer con sus portentosos Cuentos de Carterbury, escritos en verso.

 

El cuento siguió caminando por el mundo al lado de la poesía, la filosofía, las ciencias. Una centuria antes del surgimiento del autor de El Decamerón, surgieron en Florencia relatos breves, conocidos en el universo literario como novelinos, anónimos y de espíritu satírico, como el siguiente “que cuenta cómo un caballero requirió de amores a una dama”:

 

Un caballero solicitaba en amores a una dama cierto día, y decíale, entre otras palabras, que él era gentil y rico y hermoso sin medida, “y vuestro marido es así de feo como vos sabéis”.

Y el tal marido estaba tras la pared de la cámara; habló y dijo:

—Messire, por cortesía concretaos a los hechos vuestros y no os mezcléis en los ajenos.

Messer Licio di Valbuona fue el feo, y Messer Rinieri de Calvoli fue el otro.

 

El Renacimiento y la Edad Moderna nos trajeron más cuentos. Voltaire, Diderot, Voisenon, Perrault, los hermanos Grimm (que con sus cuentos contribuyeron a la unidad cultural alemana), La Fontaine y muchos otros, deleitan al mundo con sus creaciones. Las fuentes folclóricas vuelven a ser importantes para la inventiva de los narradores. Otra vez las hadas, las ninfas, las nereidas, las sílfides, los gnomos, los duendes, los silvanos y otras creaturas fantásticas de los bosques y los mares, tornan con su carga de maravillas a asombrar a niños y adultos.

 

Y vienen más escritores. Están en la vasta literatura rusa Pushkin, Chejov, Tolstoi, Turgueniev, por solo mencionar a cuatro de sus prominentes cultores. Y franceses como Maupassant, Próspero Mérimée, Balzac, e ingleses como Stevenson, Wilde (irlandés), Kipling, Wells, Chesterton. El cuento, a su vez, se va enriqueciendo en forma y contenido. Se viste de otras maneras. Entra en las aguas de la purificación. Ya no es solo la mera anécdota, una peripecia, sino mucho más. Sus funciones primigenias de moralizar y enseñar buenos ejemplos, se transforma. Ya es la estética combinada con los temas que, desde siempre, han apasionado y preocupado al hombre los que están en la palestra: el amor, la vida, la muerte, el odio, la guerra… Digamos que en el siglo XIX, sobre todo en su primera mitad, el cuento está a punto de revolucionarse, de ser otro cuento.

 

En América, mientras tanto, los primeros cuentistas (no por supuesto como entendemos hoy el cuento) son los cronistas de Indias, que se maravillan con ese paraíso terrenal (también es un infierno) que después tomaría su nombre en honor a Américo Vespucci. La flora, la fauna, los ríos, los mares, las montañas, el hombre nativo, todo, absolutamente todo, asombra a los visitantes o, de otro modo, a los invasores, para usar términos más precisos. Y ellos dejan testimonio de ese mundo exagerado, hiperbólico, a veces inverosímil, que es todavía la América. Y los relatos se van creando en nuestro continente hasta llegar, en la contemporaneidad, a convertir nuestra literatura en una de las más importantes y ricas del mundo. ¿Cómo no emocionarse con un cuento de Machado de Assis, o con uno de Quiroga? ¿Cómo no hundirnos en el universo deslumbrador  de Arlt, Rulfo, Cortázar, Borges, Felisberto Hernández, o en los cuentos de Adel López Gómez, José Félix Fuenmayor, José Restrepo Jaramillo, Efe Gómez, por solo mencionar a cuatro pioneros del género en Colombia? América es tierra abonada para la creación literaria.

 

 

  1. De cómo se formó el cuento contemporáneo y otras arandelas

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El cuento tal como lo conocemos en nuestros días es un género complejo, riguroso y muy exigente. No es fácil escribir cuentos. Se requiere una trabajada maestría para ejercitarlo con acierto. Es producto (como la novela) de arduas planificaciones, de reescrituras, de una larga paciencia y disciplina. El cuento es la síntesis de una situación o de un personaje. No se desvía de su asunto central. La novela, en cambio, es análisis y en ella pueden conjugarse infinidad de situaciones, conflictos y personajes. Es más: la novela es, en esencia, la creación de personajes.

 

Atendiendo a estas características generales, el cuento contemporáneo es una invención (como el periodismo) de los norteamericanos. Es al pragmatismo del pueblo gringo que se debe la aparición luminosa del “short-story”, del cuento corto. Pueblo ávido y curioso, inquieto, de fácil expresión es el estadounidense. Necesitaba una forma literaria que le viniera bien a sus necesidades de emocionarse e informarse de tajo en el menor tiempo y con la mayor intensidad posible. Esas funciones, además, solo podía cumplirlas el cuento, y, en otro sentido y dimensión, el reportaje. Quizá por eso en los Estados Unidos los grandes periodistas fueron (lo siguen siendo) excelentes cuentistas. Baste mencionar, a guisa de ejemplo, a Hemingway, Capote, Crane, Bierce, Steinbeck y Jack London. Tuvieron que pasar muchos siglos para que la humanidad llegara a esa forma perfeccionada del cuento contemporáneo, a esa esencia alquímica (una especie de piedra filosofal) destinada a ser escrita por privilegiados.

 

La modernidad le debe a Edgar Allan Poe, un pionero en la ciencia ficción pero también en el relato policíaco, la creación del cuento corto, una combinación de tensión e intensidad, que después no solo sus compatriotas, sino escritores de otras geografías, llevarían a alturas estéticas impredecibles.

 

Álvaro Cepeda Samudio, nacido en Barranquilla (también se da como su cuna a Ciénaga) es el que, en Colombia, introduce esa forma literaria tal como hoy la conocemos. Bajo el influjo de narradores norteamericanos, Cepeda escribe la colección de cuentos Todos estábamos a la espera, que obedece sin duda a los cánones del “short-story”. Y continuando con una aproximación a lo que es el cuento, el polifacético autor de Los cuentos de Juana y de reportajes tan celebrados como el de Garrincha, advierte que “el cuento, como género literario independiente, no está ampliamente definido en castellano. Quiero decir que existe todavía la tendencia a confundir el relato con el cuento: de llamar cuento a la simple relación de un hecho o un estado. El cuento como unidad puede distinguirse con facilidad del relato: es precisamente lo opuesto. Mientras el relato se construye alrededor del hecho, el cuento se desarrolla dentro del hecho”.

 

Con estas premisas, emitidas en 1955 por el narrador, publicista, cineasta y novelista (bueno, solo escribió una: La casa grande), podemos tener claridades acerca de las diferencias entre lo que es un cuento y un relato. La más nítida diferencia la otorga la práctica. Digamos, por ejemplo, que Bola de sebo, de Maupassant, es un relato, muy bien contado por lo demás, mientras La siesta del martes, de García Márquez, es un cuento. Relatos pueden ser Dimitas Arias y Blanca, de Tomás Carrasquilla, mientras cuentos son El hombre muerto y La gallina degollada, de Horacio Quiroga.

 

Al llegar a nuestros días, fines del siglo XX, el cuento ha bebido de las fuentes primigenias. Se alimentó de los relatos antiguos, de los mitos, de las leyendas, de las fantasías de todos los tiempos. No hubiera existido el cuento como se escribe hoy sin la Cenicienta o sin El traje del emperador. Y mucho menos sin los maravillosos relatos de Las mil y una noches. Todo ese conocimiento, todo el bagaje anterior, enriqueció y transmutó esa forma literaria que hoy denominamos cuento. No se puede entender a Hemingway o a Faulkner sin la presencia del primer narrador de relatos en Norteamérica, Washington Irving, el de los Cuentos de la Alhambra, o sin las obras de Poe y Nathaniel Hawthorne.

 

 

  1. De cómo se escribe el cuento hoy y otros asuntos relativos al género

 

El cuento contemporáneo y la novela son las dos formas literarias por excelencia. Entre ambos existen similitudes y enormes diferencias. Mientras un buen cuento no tolera defectos, la novela puede tenerlos, sin que ellos resientan la estructura general. Julio Cortázar, comparando alguna vez estos dos géneros con una pelea de boxeo, dijo que la novela define su combate por puntos, mientras el cuento lo hace por nocaut. Un símil gráfico con el cual se puede establecer una diferenciación tiene que ver con la fotografía y el cine. La primera toma un fragmento de la realidad y lo encierra, lo encajona, lo petrifica. Solo se ve, por ejemplo, a una mujer desnuda y algún sugerente decorado, pero no más. El cine, en cambio, es una sucesión de imágenes, entornos, ambientes, atmósferas, la realidad (y la virtualidad) es más amplia y tiene más complejidades y personajes. Algo parecido ocurre entre el cuento y la novela. El cuento es a la fotografía lo que la novela al cine. La extensión, por otro lado, no es un diferenciador exclusivo de estos géneros.

 

El cuento, el buen cuento, solo tiene un personaje central. Los otros que puedan aparecer son tributarios, son afluentes. Ayudan a caracterizarlo, a definirlo. Se puede decir que El viejo y el mar o El coronel no tiene quien le escriba son cuentos largos o novelas cortas (los franceses se inventaron un término muy adecuado para estos casos: la nouvelle). Solo hay una situación y un personaje clave en ellos. Los otros, son sus criados, sus complementos. El cuento, ya se dijo, es pura síntesis. Atiende a un tópico, sin decaer en intensidad y tensión. No le puede faltar ni sobrar nada. Es exactitud y medida. No puede tener distractores ni adornos excesivos. Todo en él es rigurosamente necesario.

 

Es interesante precisar que la técnica por sí misma no es suficiente para hacer un cuento extraordinario. Se requiere mucha vitalidad. Sentir el tema como un dolor, como un asunto que no puede evitarse. Cortázar decía que el tema era lo de menos; que lo importante era el tratamiento. Creo que me gusta más la filosofía de Steinbeck al respecto, quien sostenía que para escribir un gran cuento, una pequeña obra maestra (como puede ser, en su caso, Los crisantemos), era necesario que el autor, aparte de dominar la técnica, sintiera algo que le fuera importante y le impusiera “una urgencia dolorosa” de comunicarlo. Es decir, creo que uno debe vivir el tema con hondura, aferrarse a él, conocerlo, dominarlo, torcerle el cuello hasta que aparezca la necesidad ineludible de escribirlo. Esto, desde luego, es válido tanto en la novela como en el cuento.

 

  1. Desenlace sin afán y con miedos

 

Pienso que el cuento, debido a la velocidad de los tiempos que discurren, tiene un futuro promisorio. Ante tantos desasosiegos la gente, los lectores, están ansiosos de buenos cuentos, de leer historias intensas, bien escritas, con belleza (bueno, hay que recordar, con alguna bruja shakesperiana que “lo bello es feo y lo feo es bello”). Nuestra América está repleta de extraordinarios cuentistas, tanto de ayer como de ahora. Cada uno puede hacer su antología, su catálogo personal.

 

Como en el principio de los tiempos, el hombre está dispuesto a los asombros, a los miedos, a la perplejidad. Se siente solo en medio de las tinieblas. Sigue inventando paraísos y produciendo infiernos. Mediante la palabra prosigue los ejercicios de la imaginación y crea universos. Con todo, seguimos estando habitados por incertidumbres y otros desamparos. Y todas estas sensaciones son ingredientes del cuento. Escribimos cuentos para seguir soñando, como parte de alguna utopía. El sueño, la imaginación y la fantasía son facultades que todavía no nos han podido robar. Y ninguna aduana puede requisarlas ni decomisarlas. Menos mal.

 

 

(Ensayo publicado en el libro La pipa del rabino y otros cuentos, de Itsic Leib Peretz, 1994, en la colección Biblioteca Distinta, Edilux).

 

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Ilustración del cuento La gallina degollada, de Horacio Quiroga.