El azulejo y el carbonero

(Crónica mortuoria con tragedia en un ventanal)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

El carbonero, ahora condenado a muerte porque sufre un proceso irreversible de pudrición, parecía sonreír esta mañana, porque, a su fronda en desbandada, arrimaron un sartal de azulejos, saltando por sus ramas de verde escaso, picaron tallos y, me pareció, tragaron algunos “grajos”, parte de su dieta. Una enorme rama que se direcciona al norte, sobre la carrera San Martín, ya no tiene ningún verde nuevo. El resto, apunta a una extinción sin remedio.

 

Así lo consideraron hace unas semanas los de una cuadrilla de ingenieros forestales y otros profesionales del Área Metropolitana que, en el barrio El Prado, harán un corte de algunos árboles, pero, a su vez, una siembra de más de cuatrocientos en una suerte de inicio de un plan piloto para reforestar parte de Medellín.

 

Cuando llegaron y Marcela, mi compañera, los vio en el antejardín en una especie de deliberación, les pregunto qué pasaba. Bajó al primer piso y le explicaron que el carbonero tendría que cortarse, pero, que en su reemplazo, plantarían otro árbol y que ellos mismos se iban a encargar de esa faena. Las lágrimas acompañaron el gesto de pesar de ella. Como si estuviera adelantando la despedida del viejo árbol. Y los de la comisión de expertos no pudieron ocultar su asombro ante tanta sensibilidad, según dijeron después, por las muestras de dolor ante lo inexorable.

 

Todavía el carbonero está a la espera de su derrumbe y quizá sepa que “los árboles mueren de pie” y que sus días están contados. Puede ser que los pájaros, los que vi esta mañana, sean de los últimos en tenerlo como parte de su hábitat. Pero lo que sucedió unas horas después me dejó sin aliento.

 

Escuché que desde la entreabierta ventana de la sala, Marcela le decía bellezas a un pájaro. “Qué lindo está”, “qué hermosura de azulejo”. Percibí de súbito el correteo de Dana, nuestra mascota, que asaltada por los celos, se subió a un sofá para mirar a través de la vidriera quién era el que se estaba ganando tantos halagos. Luego, para calmar la ansiedad de la fox terrier, Marcela le dijo que en realidad ella era la más bonita de la ciudad.

 

Un momento después, doña Edilia, una señora del sector, estaba pasando por enfrente con dos mascotas, y Marcela la vio desde la ventana. La llamó para conversar sobre perros. Desde arriba, Marcela le preguntaba por los dos ejemplares y ella, abajo, en la acera, junto al carbonero, interrogaba sobre Dana, la que también se asomaba a través del ventanal. Quizá con más intenciones de vigilar el vuelo del pájaro y seguirle la pista.

 

De súbito, un grito de Marcela me hizo parar del escritorio donde estaba leyendo una novela de Nikos Kazantzaki (El pobre de Asís) e ir hasta la sala. La Mona (así le dice todo el mundo) lloraba y decía “ay, se chocó contra la vidriera, pobrecito”. Me dijo que el azulejo se había estrellado y caído a la acera. Le suplicaba a doña Edilia que lo cogiera y examinara. “El pájaro lloraba, lloraba, qué dolor”, contó Marcela, sin interrumpir el flujo lagrimal. “¡Se va a morir, se va a morir!”.

 

“Creo que ya se murió”, se oyó la voz de doña Edilia, que, según la Mona, lo acariciaba, sobaba y quería revivirlo. Todo fue inútil. Yo, adentro, no sabía si consolar a la Mona, o asomarme a atisbar el cadáver del ave que hacía poco era la más bella, quizá una de las últimas que revolotearía alrededor y se posaría en las ramas agonizantes del carbonero.

 

La vecina, con sus dos canes, se llevó al azulejo muerto para dejarlo en una manga cercana, según dijo. Creo que su voz era de dolor. La Mona siguió llorando, mientras acariciaba el lomo de Dana. Por la ventana (¿siniestra?), entraba un pedazo de cielo azul.

(Último domingo de octubre, en vísperas del Día de Brujas)

 

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El narcisista

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Por Reinaldo Spitaletta

No solo soy el más bello, inteligente y rico, sino el que mejor baila en la comarca llamada cosmos. Cuando quiero, me rizo los cabellos, y cuando me cansó, los aliso, porque mi presencia, con ojos de deslumbre, hipnotiza muchachas, como pasó con mi antecesor mitológico, que una ninfa lo amó con consecuencias más bien poco halagadoras. Mi casa está surtida de espejos: hay en el zaguán, el patio, las piezas, los baños, la cocina, el comedor. También hay uno, muy pequeño, sin ánimos de feng shui, pero sí de que alcance a reflejarme para que los espíritus del mal no entren en la mansión, que mantengo decorada con mis fotografías, con retratos al óleo, claro, que me representan a mí y mi bonitura, y ¿si no? Ajá.

Me gusta lucir ropas de vivos colores, fina eso sí, para llamar la atención por doquiera que yo vaya, y perfumarme con las esencias más fragantes y costosas, que las traigo de París y Nueva York, y mis zapatos están lustrosos siempre, charolados, que un refinado como yo no puede andar de cualquier manera, ni estar, como me decían las tías, cuando yo era niño, desgüaletado, que era como decir mal presentado, sin elegancia, sin chic, nada.

No sé qué escritor dijo, bueno, lo escuché en alguna parte, que uno era uno y sus circunstancias, pues qué les digo, soy yo y solamente yo, lo otro es accesorio, porque, por ejemplo, nadie iguala mi color de piel, miren no más y enamórense de la tonalidad y lozanía, ni mi nariz de medidas y proporciones únicas, que ni un perfil griego es más delicado. Todo, las partes y el conjunto, revela mi belleza celestial, porque, si me analizan de arriba abajo (o de abajo a arriba, como deseen) y observan mis dimensiones áureas, soy un ser perfecto. ¿Modestia? ¿Por qué y para qué? Me falta, eso sí, alcanzar la categoría de un dios, pero no entra en mis aspiraciones. Por ahora. Ya es suficiente con tener el mundo a mis pies, que en todas partes, cuando me descubren, solo hay una conjunción de asombros y admiraciones. Se arman bisbiseos y rumoradas, y todo alrededor de mi atracción, por lo demás, nada fatal ni letal. Adorable.

Si hubiera vivido en la antigua Grecia no hubiera atraído tanto como ahora, porque me ayudan las tecnologías, lo que es uno ser de buenas. Cada segundo estoy tomándome selfies que de inmediato pongo a circular en las redes y siempre me atiborran de “megustas”, porque, como vengo anunciando, soy único e irrepetible, que más de miles de mujeres quieren tener una cría, un duplicado, una copia de mí, pero no me interesa, debido a que puedo dejar de ser exclusivo. Así que tienen que aguantarse las ganas y utilizar tretas diferentes, de las cuales me entero ahí mismo, porque además de ser un descendiente de Zeus, un efebo sin mácula, soy muy despierto y listo, qué les digo.

No sé de dónde salí tan bien hecho, porque y dejen que les muestro fotos más tarde, mis padres no eran ningunas postales, aunque sí era él bien parecido y mamá una señora muy distinguida; sin embargo, para su conmoción, cuando nací ahí mismo dijeron que era más lindo que el niño Jesús, según me contaron después, y llegaban los vecinos, más enfermeras, y alguna (relató papá) miró sin discreción mis partes pudendas y dicen que dio un suspiro largo y entornó los ojos. Creo que sí. Después, en el colegio, las maestras se desvivían por mis facciones y soñaban con tener algún hijo así; tal vez, digo yo ahora, pensarían más bien que esperarían a que creciera para ser felices conmigo, que las mujeres, de cualquier edad, son así, se lo quieren tragar a uno con la mirada.

Cuando nací, sigamos con esa historia, había música en casa, con guitarras y flautas, los de un conjunto que papá, que tocaba muy bien el saxofón, contrató para mi recibimiento. Y desde ahí, digo yo, no solo me encantan los sonidos porque yo mismo soy música, sino el baile, otra de mis maneras de la seducción. Cuando lo hago, todos se detienen a verme y aplauden. Cuando se unen belleza y talento no hay fronteras y todos se tienden a los pies de uno, como feligreses. O como vasallos.

No sé si se habrán enterado, pero me gusta hablar de mí mismo, no puedo resistirme, hay una fuerza interior que me lo pide, me aconseja, me advierte que no puedo estar en la tierra sin que los demás se den cuenta de que existo por encima de todos.

Hoy, todo contribuye a destacar mis atributos. No solo los espejos, artefactos muy antiguos y no siempre amados por la fealdad tan abundosa y que yo amo porque, lo he dicho tantas veces, reproducen mi belleza, sino las maneras de ser de mis contemporáneos, moldeados solo para ver la superficie, el barniz, los maquillajes, porque, digo yo, el mundo parece hecho a mi medida: lo que vale ahora es la representación (claro, también la presentación), el brillo de los ojos, la suavidad de piel, los efluvios de perfumes sin par como los que uso y así. Soy por lo que aparento, como una ilusión óptica. Valgo por mi exterior. Y yo adoro ser así.

¿Alma? Qué me importa. ¿Pensamiento? ¿Para qué? Soy el afuera. Lo demás, como decía un vecino muy intelectual, es literatura. Espero sobrevivir a todos aquellos que desean, más por envidia y menos por sus defectos físicos, que me suceda lo que a mi antecesor. No pasará. La fuente en que me miro ahora, embebido, ido, perplejo, seducido por mí mismo, me ha dicho que nunca me ahogaré en ella.

 

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Las porquerías que los españoles trajeron a América

 

(Crónica sobre hedores y vahos pestilentes que disminuyeron a los aborígenes)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Cuando iba en el automóvil del señor que me transporta, que tiene nombre de poeta modernista (el conductor, no el carro), vi cómo desde una motocicleta el parrillero lanzaba a la calle un vaso desechable y una servilleta. “Vea, qué cochino es ese tipo”, le dije. “Sí, es un indio”, añadió el del volante. Y aquí empieza la historia que quiero contar sobre la suciedad, la higiene y, más que todo, de cómo los indios de América (no los de la India) perecieron muchos de ellos por los vahos apestosos que desprendían los “descubridores” e invasores de la Europa del siglo XVI y de después, y no tanto por el uso de las armas.

 

“No, señor. Los indios eran y son muy higiénicos. Nosotros heredamos de ellos el baño diario. Los españoles no se bañaban”. El hombre se quedó un tanto desconcertado. Y le dije, no sé por qué, puesto que había otras maneras más simples de explicación, que algunos cronistas de Indias advertían en sus relatos acerca de las costumbres de limpieza diaria, de baño cotidiano, en los ríos y quebradas, de los nativos. Sana costumbre que abarcaba desde México hasta la Patagonia.

 

Y agregué, un poco en broma, que cuando los españoles comandados por Hernán Cortés arribaron a México, hubo indígenas que, al recibirlos, al tener contacto con ellos, quemaban plantas medicinales y aromáticas como una suerte de sahumerio purificador, no solo porque a lo mejor pensaban en conjuros y posibilidades de destruir hechizos (los indios eran muy previsivos, todo lo que les parecía enfermedad y pestilencia lo trataban como si se refiriera al mundo de los hechizos) procedentes de tierras desconocidas, sino por el apestoso hedor de los visitantes. Así lo narra Bernal Díaz del Castillo, agregué, tal vez de modo mecánico.

 

Después, cuando ya había quedado atrás el señor conductor (tal vez había seguido su marcha pensando en suciedades europeas y limpiezas indígenas), el profesor Memo Ánjel, con el que no sé por qué tocamos el tema de los tipos que van por la calle, o a pie, o en carro, o en motocicleta, arrojando desperdicios al asfalto, recordó un ensayo de Baldomero Sanín Cano, titulado El descubrimiento de América y la higiene, al cual quiero hacer algunas glosas, a propósito de los guarros que por estas tierras desembarcaron hace más de quinientos años y produjeron, más que con sus espadas y otras agresiones, un despoblamiento de nativos por sus asquerosas maneras de vivir sin baño y las nuevas pestes que a estas tierras exóticas trajeron desde remotos reinos.

 

Si bien, hoy, un sartal de investigadores europeos han dedicado su cacumen y tiempo a historiar la higiene, lo limpio y lo sucio, las letrinas y los hedores, los perfumes y lo que ocultan, es necesario advertir que pese a tantos adelantos, a los descubrimientos científicos, las vacunas, la jabonería de tocador y mil vainas de buen olor más, los europeos (sin generalizar, claro) en su cultura no tienen el baño diario como una de sus prioridades. A veces, cuando uno se acerca a alguno de ellos, se siente la sobaquina (o grajo que decimos en Antioquia) y olores agrios, mejor dicho, como los que sintió un personaje de la novela Zazie en el metro, de Raymond Queneau, cuando en una estación parisina espera a su inquietísima sobrina.

 

Pero no nos desviemos. Se hablará, más que todo, según lo enunciado, del brillante ensayo del escritor de Rionegro, traductor, crítico literario, y uno de los más destacados cultores del género inventado por Michel de Montaigne (que seguro poco se bañaba), sí, don Baldomero, autor de El humanismo y el progreso del hombre.

 

El escrito de Sanín se inicia con un panorama sobre la crueldad, la que poetas e historiadores de toda laya atribuyen como un factor de despoblamiento de las culturas autóctonas americanas invadidas y saqueadas por los europeos y establece, como hipótesis, “que la crueldad tuvo poco que ver en esta obra de exterminio”, si bien no se puede eximir de tal ejercicio a conquistadores, virreyes y otros extranjeros del cargo de sevicia ejercida contra los aborígenes. Con una salvedad (que puede no serlo): más que un acto de barbarie personal, o grupal, fue un asunto de los tiempos, cuando la crueldad era inherente a las maneras de ejercer el poder. Algo así como si la depredación fuera parte de su “humanitarismo” civilizador.

 

En cualquier caso, la población de América en los días del llamado Descubrimiento era de más de veinte millones (ah, y no de almas, porque hay que recordar que, según la cosmovisión españoleta, los indios carecían de tal propiedad o entidad inmaterial), con cifras que, según el ensayista, de más o de menos, eran suficientes para que en menos de dos generaciones “el contingente blanco peninsular” fuera absorbido por los más numerosos lugareños. Y más adelante, al citar a un etnógrafo, que las civilizaciones de estas tierras fértiles (ubérrimas, dirá el poeta de Azul y Cantos de amor y de esperanza) preferían lo bello a lo útil, por lo que hacían más uso de la plata y el oro que del hierro, que ni lo conocían. Y entonces ¿a qué se debió el vertiginoso despoblamiento americano?

 

Algunos sacerdotes españoles, como Francisco García Figueroa, advertían que la evangelización de los nativos se veía perjudicada porque cada vez eran menos, debido a enfermizos “efluvios” y mortandades lastimosas, por la presencia de los españoles “cuyo vaho parece les infunde pestes…”. Y en este punto, los interrogantes abundan: a qué vaho se refieren los evangelizadores, de qué se trata ese hálito nada vital, y entonces se van aclarando los paisajes. Y la mortandad.

 

Y entonces el ensayista se pregunta de dónde demonios procedía ese vaho letal, mefítico, con el que se desbarajustó la población amerindia. Los americanos del siglo XVI, advierte Sanín, eran un pueblo sano, pulcro y débil, “en tanto que las ciudades europeas de la misma época eran un conglomerado infecto en que la higiene no era conocida y en que la suciedad y los parásitos dominaban señorialmente”, sobre todo porque en Europa, cuna de inteligencias y tantas filosofías y ciencias, nadie se bañaba. Y se cree que,  por ejemplo, Felipe II de España y el papa Alejandro VI (también de España y miembro de la familia Borgia) murieron por enfermedades causadas por el desaseo.

 

Y ni qué decir, más adelante, en el los comienzos del siglo XVII, el celebérrimo y absolutista Rey Sol, el que inventó los zapatos de tacón alto y mandó a construir el fastuoso palacio de Versalles, jamás sintió el agua sobre su cuerpo. Así que bien pudiera parodiarse su frase cumbre (“El Estado soy yo”) por “el estado de cochinada soy yo”. Pero sigamos con los que por estas tierras de las Américas estuvieron con sus malos humores.

 

Los indios, que según tantos testimonios eran gentes sanas y pulcras y limpias, sufren el tormento de las hediondeces de españoles (bueno, también llegaron portugueses, alemanes como Alfinger y Federmann, en fin), se disminuyeron a su tercera parte por tanta contaminación de procedencia europea. El ensayista, apoyado en otros investigadores, va documentando su hipótesis. Por ejemplo, al citar a López de Gómara (autor de Historia General de las Indias) sobre los indios del Darién dice que se lavaban dos o tres veces al día, para no oler a “sobaquina”.

 

“La mala ventura de las tribus americanas quiso que Colón hubiera descubierto aquellas tierras en el momento en que el viejo mundo se estaba convirtiendo en una pocilga”, dice el ensayista. El agua para muchos de los habitantes de la Europa de entonces (después también) era como un asunto diabólico, un líquido infernal. Para aquellas gentes, los piojos y otras plagas se metían en sus cuerpos. Ninguna inclinación hacia la limpieza se conoció en aquellas calendas de fetideces que, según la cultura, a lo mejor les olía muy sabroso.

 

A América, o como se llamara antes de que sus “fragantes” invasores llegaran desde lueñes latitudes, la violaron con pestes y porquerías a granel. La inmundicia que arribó de más allá del mar, destruyó a una buena cantidad de habitantes nativos limpios y que acostumbraban a bañarse hasta dos y tres veces al día. ¡Ah!, y podríamos ensayar una moraleja: los que a la calle arrojan basuras, como el parrillero del comienzo, son parte de una inconsciencia pública, de una mentalidad atrasada y puerca, derivada, quizá, de aquellos sujetos de mucha ropa encima que llegaron con la cruz y con la espada, y con sus suciedades asesinas, a contaminar la tierra que pudo ser el paraíso terrenal.

 

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El último encuentro: la vejez y la venganza

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“Se pasan las horas, los días, los meses y los años, y el tiempo pasado nunca vuelve, ni se sabe el que vendrá. Conténtese cada uno con aquel espacio de tiempo que se le concede para vivir”.

                                                                                         Marco Tulio Cicerón. De la vejez

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Se llega a decir que es una novela sobre la soledad; no, o más bien sobre la decadencia y la vejez; no, señores, se trata de una venganza muy particular, no digamos a la manera, por ejemplo, de El barril de amontillado ni a la usanza de un oriental que esperó años preparándola hasta que la cumplió (en un cuento de Jack London), no; es una venganza elegante, sin sangre, también sin piedad. Es una venganza al estilo de un novelista que con esta obra, tras años de ausencia en las librerías en español, tornó en 2004 a las palestras literarias en traducciones al castellano, cuando ya llevaba muchos años de suicidado (en San Diego, Estados Unidos, 1989).

 

Se trata, ¿o todavía no lo intuye, amigo lector?, del húngaro Sándor Márai, un escritor que en sus creaciones hace hablar a ciertos personajes como si estuvieran dictando una conferencia, en un tono en el que la razón se va imponiendo a las emociones, con frialdad y precisión. No, se vuelve a decir de pronto en alguna tertulia literaria, no, mis queridos: es ante todo una novela sobre un triángulo amoroso. O, de otro modo, acerca del adulterio, de la infidelidad. Puede que sí. Pero otro lector podría aseverar que es, en esencia, una ficción muy regulada y mejor medida, como si la escribiera de forma paradojal un sastre de alta costura, que se refiere a la desgracia de una mujer llamada Krisztina, trágica esposa y amante, que cuando es descubierta en su traición por el marido, este no solo deja de hablarle, sino que ella se encierra en una casa cerca del castillete donde, en medio de melancolías no reveladas, pasó tantas jornadas, tal vez con muy escasos paisajes.

 

El último encuentro, cuyo título en húngaro se refiere a la extinción de velas, que en la obra por cierto se constituyen en un símbolo de enorme importancia, referidas a un mundo que se agota, a una manera de vida que agoniza sin remedio, es, también se puede afirmar, una novela sobre la amistad (en la que se presentan rupturas, quiebres dolorosos). La obra, cuyos escenarios están en un viejo castillo de caza en inmediaciones de los Cárpatos, se inicia en realidad con una clave para el lector, cuando un general (después sabremos que es un viejo de setenta y cinco años, general del imperio, llamado Henrik), recibe una carta que lo hace meditar en una lejana fecha de cuarenta y un años atrás (hay varios números clave en la novela, como una extraño cifrado cabalístico) y a partir de esa suerte de notificación, El último encuentro irá en un crescendo (la música también es sustancia en ella), en una borrasca de altas tensiones, como si se tratara de una ficción policíaca, con suspense y ciertas pistas, que el lector irá descubriendo hasta alcanzar instantes en los que se puede quedar sin respiración.

 

Es una novela que huele a moho, a vejeces y vejestorios, como un personaje de encanto, una anciana de noventa y un años, la nodriza Nini (setenta y cinco años en ese mismo castillo fantasmal), que tiene un rol amoroso, como de abuela de poco hablar, en medio de una situación que el autor sabe dosificar, sin excesos ni alargues inútiles, solo con una maestría en la tasa y la medida. Sándor Márai emplea en esta breve novela el recurso del dato escondido, muy utilizado en reportajes de crónica roja y en relatos detectivescos, pero con una finalidad de alta estética y de elegancia en la narración. Porque se está tratando, en medio de una atmósfera de descaecimientos y pátinas tristes, del derrumbe de un mundo, el despeñamiento de una cultura. “La nodriza se sentó. Había envejecido en el curso de aquel año. Cuando pasa de los noventa, la gente envejece  sin resentimiento. La cara de Nini estaba llena de arrugas y era rosada: envejecía como los paños más nobles…”, dice el narrador al principio de la novela que tiene como trasfondo la caída de vértigo del imperio austrohúngaro.

 

La obra, con ambientes cerrados y algunos desarrollos al aire libre, en particular los de cacería, tiene flashbacks a lo película, que permiten al lector ir tejiendo la trama, atar cabos e introducirse en atmósferas a veces mefíticas, a veces plenas de morriña, con la certeza de que se topará con dolorosas formas de lo que ya no tiene cura. En aquella mansión, que por momentos puede recordar la ruina de la Casa Usher, se “desmoronan los restos de varias generaciones y se deshacen las vestimentas de seda gris y paño negro de las mujeres y de los hombres de antaño”. Todo allí está moribundo. La vida se va, con lentitudes pero inevitable en su descenso. Uno, como visitante de este castillo desventurado, se encuentra con retratos de gente que ya no está y regresa a lo gótico, a tiempos de penumbras en comedores inmensos y habitaciones a granel. Y, como una suerte de invocación a otras maneras de ser, la música de Chopin (también hay valses vieneses) nos recoge en calendas románticas que, por lo demás, huelen a escaparates y retratos al óleo.

 

Y así, con sutilezas narrativas, el autor introduce a sus lectores en la infancia y adolescencia de dos personajes distintos, quizá complementarios, que es ahí, en la diversidad y lo diferente, cuando nace la amistad. Uno con riquezas y abolengo; el otro, sin cuna de oro e inclinado a la bohemia y rico en sensibilidad artística. Henrik y Konrád crecen juntos y, como se sabrá después, aman por separado a una mujer enigmática, que completa el triángulo mortal (y moral) de la historia. Solo que el segundo es, si se analiza, un amigo que, arrastrado por la lujuria y por las afinidades con Krisztina, seduce a la dama que, aunque no es un personaje de tantas intervenciones, es fundamental en El último encuentro. Puede ser que la gran tragedia que cruza la novela sea la de ella, que muere en un aislamiento de espanto. Incomunicada.

 

Konrad que, con Krisztina, tiene un refugio: la música, donde el otro, su amigo militar que “tiene callos en los oídos” y al que le eran suficiente la música cíngara y los valses vieneses, es un intérprete que, con la madre de Henrik, toca La Polonesa-Fantasía de Chopin, el compositor polaco-francés, que, en la novela, era pariente de la mamá del inquieto Konrád.

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Y mientras el lector, mediante un narrador omnisciente en tercera persona, se va enterando de aspectos del pasado de los protagonistas, la obra vuelve a un presente en el que parece no habrá posibilidades de sobrevivir a lo que decae. El general se prepara con todas sus medallas y uniforme de gala para recibir, después de cuarenta y un años, a su amigo, que, como sabremos después, se ha ido (escapado) al trópico asiático, a Singapur,  y que ahora vuelve desde Londres, donde consiguió una casa de campo en las afueras. ¿Por qué tantos preparativos, por qué se había fugado uno y el otro se quedó a la espera con más certezas que incertidumbre?

 

La vieja construcción parece revivir en sus candelabros, en sus vajillas, en sus vinos y potajes, porque algo va a pasar, porque está por suceder el último encuentro, como un duelo sin espadas, entre dos amigos que hace años (bueno, cuarenta y uno) no se ven. El que llega está viejo; el que lo recibe, también. Son el mismo tiempo, pero otras las circunstancias, otro el que tendrá la palabra, ante la mudez del rival. La obra entra en una suerte de monólogo, de juicio imperturbable de Henrik contra Konrád, que no tiene defensa y que, por lo demás, no la necesita, porque sabe que es culpable. Un culpable sin arrepentimientos aparentes. Lo hecho, hecho está, pero hay que dar la cara (ya arrugada y perjudicada por el paso destructor del tiempo) ante el otro, que está igual de viejo, pero puede ejercer el discurso a guisa de juez.

 

“Los dos sentían que el tiempo de espera de las últimas décadas les había dado fuerzas para vivir. Como cuando alguien repite el mismo ejercicio durante toda la vida. Konrád sabía que tenía que regresar y el general sabía que aquel momento llegaría algún día. Esto los había mantenido con vida”. Después, se desatarán las fuerzas narrativas, el talento del novelista, la manera de mantener al lector en vilo, sin parpadeos, dando de a poquito nuevas claves, descosiendo amarres, todo en un cálculo producto, además, de una planeación, sin titubeos.

 

De pronto, hay contextos históricos, señales y eventos. Sugerencias. Se sabe sobre el influjo de la revolución rusa en obreros de lejanías asiáticas. Se sabe de aspectos de la Gran Guerra, y de la tragedia de un país como Polonia (patria de Konrád: “Mi patria dejó de existir. Se descompuso. Mi patria era Polonia, Viena, esta casa y el cuartel militar de la ciudad, Galitzia y Chopin. ¿Qué queda de todo aquello?).

 

Y mientras la obra asciende en intensidad, vuelve La Polonesa- Fantasía, y los significados de la amistad, del erotismo, y los sentimientos que produce la cacería, una faena en la que un hecho fundamental en la novela desencadena un cataclismo: una huida, el hallazgo de una traición y una larga espera. Y en alguna parte, y por razones íntimas y casi que inquebrantables, retorna la filosofía de la amistad: “La amistad es una ley humana muy severa. En la antigüedad, era la ley más importante, y en ella se basaba todo el sistema jurídico de las grandes civilizaciones”, dice el general. Y agrega: “en la amistad no se desea nada del otro; se puede matar a un amigo, pero la amistad nacida entre dos personas en la infancia no la puede matar ni siquiera la muerte…”.

 

Henrik y Konrád eran amigos legendarios, como Castor y Pólux, “compañeros durante veintidós años en lo malo y en lo bueno”. Y de súbito, o, más bien, tras un proceso, unas conexiones, unos hechos que parecen producto de la fatalidad, surge, en una actividad venatoria, con monteros y ciervos, con rifles y momentos en los que las ganas de matar a un amigo se erige en acontecimiento fundamental, hay un quiebre en la obra. Un punto en el que la historia se parte, la amistad se resiente, se resquebraja y el mundo se oscurece. Y a estas alturas, hay, introducidos con sutileza y efectividad, elementos policíacos, pistas y pesquisas.

 

El último encuentro es otra demostración de la capacidad envolvente de la prosa de Sándor Márai, de su magín y facultades para las sutilezas y el conocimiento del hombre. Se puede preguntar, sin afanes de respuesta, como pasa en buena parte de la literatura, ¿qué es un hombre? ¿Cuándo un hombre deja de serlo para convertirse en fiera? ¿Cuándo es capaz de mantener la razón pese a los dolores y las agresiones?

 

En el último encuentro hay sobrevivientes de la Gran Guerra, pero, sobre todo, de una guerra no convencional entre dos amigos que se separan durante años por un amor, por una infidelidad, por una especie de ultraje a la confianza, y vuelven a verse tras una larga y forzosa separación. Uno se explayará en la palabra, en las acusaciones, en la reconstrucción de la ofensa. El otro escuchará, sin muestras de contrición. “¿Qué venganza puede haber entre dos viejos a quiénes ya solo los espera la muerte… Han muerto todos, ¿qué sentido tiene entonces la venganza? Sin embargo, sí lo tiene, por lo menos en esta obra de extrañas perfecciones.

 

Hay un ventarrón, las velas se apagan, la oscuridad aparece. En una mesa gigante, y alejados, están los dos viejos: quién es la víctima, quién el victimario. No hay lugar para la culpa ni la exculpación. El tiempo que queda es poco. La muerte lo borra todo. Y al final, un retrato ausente, un cuadro exiliado vuelve a su sitio en una antigua pared llena de melancolías.

 

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Un ignorante

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Por Reinaldo Spitaletta

Se le insiste en los lugares que frecuenta, donde, sin que él se entere ya ha pasado a ser un “rey de burlas”, que lo que está diciendo es un auténtico y escabroso yerro por esto y por aquello, porque se nota que no investiga, que no tiene información, cómo va a decir que es de día si está de noche, pero, en últimas, como le dijo un profesor de literatura, “la ignorancia da seguridad”. El hombrecillo, cara colorada y frente de amplitudes severas, sonríe cuando le señalan que está equivocado y la actitud que asume es la de no parar bolas. Continúa en su apreciación, aferrado a ella, cualquiera que esta sea, indiferente a la crítica, apático a la opinión de los demás.

 

Una desbarrada, por ejemplo, es cuando dice que el novelista Marcel Proust no requería hacer descripciones tan extensas ni solazarse en la importancia de una magdalena o en el humo de un cigarrillo, que toda esa obra (bueno, solo dice que leyó una parte del primer tomo) sobra porque pocos lectores se van a gastar tantos días para leer sobre cortinas y ventanas y otros asuntos inútiles, según él. También se acerca al absurdo cuando anuncia, con pompa, con una certeza que ni siquiera le da para parpadear como señal de duda, que todos los campesinos son analfabetos, que nacieron para ser esclavos y para servir a amos aunque estos no existan, porque el campo está hecho para que la gente no piense. “Ninguno de ellos merece más de lo que tiene”, se le ha escuchado en corrillos, donde lo aceptan porque, a la postre, sus aberraciones en la calificación sobre cualquier cosa pueden hacer pasar momentos sabrosos, con hilaridad, con alguno de los circunstantes especializado en adulaciones y halagos baratos, que le da palmaditas en el hombro. Aunque, se han dado casos, en que alguien no resiste tanta barrabasada junta y le advierte, cachetiencendido, que se calle o lo derribará de la silla.

 

El hombre, de baja estatura y ojos saltones, gusta, cuando se presenta la ocasión, de sentar cátedra sobre temas disímiles que brincan desde relatos de tierras vírgenes que él jamás ha visto, pasando por momentos de literaturas montañesas que tampoco tiene idea de quiénes son sus creadores, como sucedió hace unos días, según estuvieron diciendo en un bar que a veces el tipo frecuenta, que se enzarzó en sostener que los relatos de Carrasquilla eran una invención sobre la nada, que el escritor no sabía de lo que estaba narrando, asuntos fáciles que no tenían nada que ver con el arte literario, porque, según su sapiencia y modo de ver las cosas, no había ninguna profundidad en los personajes, ni la ciudad que mostraba en algunos de ellos, era real, ni tenía en ella lo que todos los críticos advertían: ciudad simuladora, de ricos emergentes que querían ser como parisinos, como los de lejanas metrópolis y se avergonzaban de lo propio. “¡mentiras!”, decía. “Ese escritor es un farsante”, dicen que dijo.

 

Para darse tono, aduce que ha leído mucha filosofía, pero si le preguntan por Kant o por algunas ideas qué planteó Nietzsche en Genealogía de la moral, se va por las ramas, porque los filósofos, advierte, son antiguos y más que todo griegos, y ninguno de estos dos lo es, así que se despacha con La caverna de Platón, pero sin dar a entender de qué se trata, o con algunas notas en torno a la Poética, y él pronuncia este título con énfasis sacerdotal, con un categórico acento que pueda impresionar a quien lo escuche, pero solo da dos o tres daticos y entonces el interlocutor le dice que deje de expulsar tanta babosería, que él es un posudo sin gracia, ni siquiera es capaz de llegar a la farsa con talento y que, lo mejor, es que se ponga a estudiar de verdad, que no importa la edad, que recuerde que un día antes de que a Sócrates le hicieran beber la cicuta estaba estudiando a Esopo y poniendo en verso las fábulas que se sabía.

 

—La ignorancia es un estado de llenura —Así le dijo uno que ya estaba fastidiado con sus peroratas vacías y de apariencia enjundiosa.

 

El pequeño hombre no supo qué contestar, solo sonrió con pesadumbre y luego siguió como si nada hubiera sucedido. Pero el otro insistió: “La ignorancia es un estado en el que la padece se siente pleno, abundante, afortunado. No tiene preguntas. Se ha secado para el entendimiento…”.

 

Parece, y es lo que se rumora en los mentideros donde el tipo suele desfilar con sus discursos inanes, que no hay remedio. No valen sugerencias ni aclaraciones ni recomendaciones. Nada. Sigue convencido de que es un sabedor de lo que habla y que ya está dotado de toda la ciencia que se requiere para existir. A lo mejor, va a morir tranquilo y sin las penas y otros sufrires que produce el pensar. Cada vez, en la colorada faz del hombre de escasa estatura y poca reflexión, se nota la expresión de sentirse como un elegido, como un iluminado al que los otros no están en capacidad de entender.

 

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Vientos del Che Guevara

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Le cortaron los pulgares, quizá para guardarlos sus verdugos como amuletos. O como trofeo de caza. Lo de las huellas dactilares era un decir, porque ¿quién otro podría ser aquel barbado, de ojos de profeta y respiración asmática, como la de un bandoneón melancólico? “Va a matar un hombre”, le dijo, serena la voz, firmeza en la mirada, al que le iba a disparar a mansalva y sobre seguro. Y después de la fotografía del hombre muerto (alguien gritó: “¡parece un cristo!”), después de incinerar su cadáver, después de la primicia periodística, el hombre, ¡ay!, siguió viviendo.

 

El mismo que había viajado en motocicleta por la América neocolonial, y recalado en Guatemala donde presenció la invasión gringa y de la United Fruit que depuso al presidente Jacobo Árbenz en 1954, el mismo del Granma y de la Sierra Maestra, el que entró en Santa Clara para ser parte de la historia, lo convertían en cadáver en un perdido caserío boliviano, con su desenfocada teoría foquista derrotada por la realidad, pero con sus utopías vivas. Era octubre 9 de 1967. Y aquel hombre que en Punta del Este pulverizó al imperialismo y a la Organización de Estados Americanos, yacía muerto.

 

La patrulla al mando del general Gary Prado Salmón, en La Higuera, con armas norteamericanas, “dio de baja” a Ernesto Guevara, alias el Che, argentino y cubano. Ese día, el sol salió temprano. El muerto era de contextura histórica, que crecería con el tiempo, al tiempo que los “soldaditos bolivianos” y su general pasaban a ser parte de la oscuridad. El certificado de defunción advertía que “el día lunes 9 del presente, a horas 5.30, fue traído el cadáver de un individuo que las autoridades militares dijeron pertenecer a Ernesto Guevara, de aproximadamente 40 años de edad habiéndose constatado que su fallecimiento se debió a múltiples heridas de balas en tórax y extremidades. Vallegrande, 10 de octubre de 1967”.

 

El “cañón de futuro” del Che se apagó en Bolivia, pero, qué extraño, siguió disparando sobre la historia, con su “mano gloriosa y fuerte”, como lo canta Carlos Puebla. Aquel hombre al cual la CIA le puso espías con cara de mujer y cuerpo de ametralladora, moría para seguir viviendo en banderas, en consignas revolucionarias, en la memoria popular y en la eterna fotografía de Alberto Korda, que adivinó su presencia en el porvenir.

 

En La Higuera apagaron al rosarino-habanero, al de “patria o muerte”, al del destino itinerante, aquel que no dejó nada material a sus hijos ni a su mujer, al médico revolucionario. Lo apagaron para que su fuego siguiera vivo. Aunque con su efigie han promocionado rones, lencería, bombones, cosméticos, carros de lujo, camisetas y otras mercancías, también su figura ha desfilado por las manifestaciones estudiantiles, por las huelgas obreras, por los gritos de humillados y ofendidos del mundo.

 

Las ideologías dominantes lo han querido transmutar en caricatura, en llavero, en poster vacío, en anécdota. En efigie de mercaderías. Con todo, el hombre sigue ahí, a veces comparado con Gandhi, a veces con Jesús, iluminando el espinoso camino de los que aspiran a cambiar la sociedad, a los que anhelan justicia social y a construir progreso para todos.

 

El Che, acribillado por militares en una escuela; el mismo que tuvo contradicciones con Castro; aquel que el capitalismo ha querido vaciar de ideas y contextos históricos para volverlo fetiche, sigue caminando. Como las utopías. Como los sueños. Convertido en símbolo de luchas por la dignidad de los pueblos, su comportamiento de darlo todo por una idea, lo asimila a una suerte de profeta (¿profeta del fracaso?, se preguntarán algunos), que no se dejó obnubilar por los espejismos de la burguesía.

 

Al Che, tras ser capturado, lo asesinó el suboficial Mario Teherán. En La Paz habían hecho un consejo de guerra y la oficialidad boliviana (manejada por la CIA) decidió que había que matarlo, porque, después del ruido que había hecho la detención del vitrinero Régis Debray, era mejor no someterse a las presiones internacionales. Y enjuiciarlo para ponerlo en la cárcel, no les pareció pertinente.

 

Octubre tiene memorias de La Higuera, de una escuelita donde fue abatido un hombre. Y el viento trae canciones que homenajean a ese que, transformado en cadáver, siguió andando. “¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!”, le hubiera cantado Vallejo en su poema Masa. Pero Vallejo había muerto casi treinta años atrás. El Che continúa cabalgando, como don Quijote. Dicen que los vientos del pueblo lo llevan al vuelo. En la historia.

 

Postdata

A fines de los setentas, con guitarra en bandolera, y muchas ansias de contribuir al cambio social en un país de injusticias y desafueros oficiales, recorrimos con varios compañeros que todavía teníamos los sueños en ciernes, pueblos y veredas de Antioquia. Y cantábamos la canción de Carlos Puebla, en ritmo de son: Hasta siempre. En una de tales presentaciones, en la plaza de un poblado conservador, nos persiguieron hordas laureanistas machete en mano. Pero las guitarras siguieron sonando y seguimos, como la cigarra, cantando al sol…

 

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Pintura de Françoise Nielly

El extraviado destino de una vieja vajilla

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Por Reinaldo Spitaletta

 

En un viejo aparador reposaban partes de una vajilla antigua, reservada solo para visitas especiales y fiestas de ocasión, que mamá guardaba con celo, porque, según ella, algunas de esas piezas eran inconseguibles y otras tenían un valor sentimental relacionado con sus días de juventud y horas de gracia en su casa materno-paterna. Se habían salvado de romperse en cuantiosa mudanzas y eran, sin posibilidades de elusión, depositarias de polvos agazapados y recuerdos en conserva.

 

En el buffet envejecido se apiñaban en una suerte de desconcierto de porcelana y cristal, algunos platos hondos, pandos y de postre, con tazas de té y consomé, junto a otros recipientes como salseras y saleros, además de pocillos finos, que, pese a los años, no se habían toteado, ni presentaban fisura alguna. Había una sopera con flores estampadas y una jarra de excelsa blancura que mamá decía había pertenecido a su abuela María Estanislada, una señora que también figuraba en álbumes descaecidos con una cara adusta y cabellera frondosa.

 

Aquellos vetustos trastos, que parecían un tesoro por las palabras de elogio que, a veces, sobre ellos soltaba mamá, nos acompañaron durante muchos años. Pasaban inadvertidos meses y meses, aguardando el momento luminoso de poder salir de los anaqueles y gavetas, en los que, por otra parte, también se hospedaban cubiertos brillantes y uno que otro mantel de comedor de damasco y lino. La oportunidad de lucimiento llegaba cuando aparecía alguna tía que habitaba más allá del mar o con la presencia de señoras de casas de beneficencia que mamá invitaba para un almuerzo de regocijo cada año.

 

Pero, con todo, aquellos objetos que permanecían alejados de la vida cotidiana doméstica, eran más una especie de capricho de mamá, de tenerlos ahí, a la sombra, porque le recordaban tiempos de su niñez y juventud en su casa de una vereda de Rionegro, de gruesas tapias y techos de tres aguas, en cuyos alrededores florecían sietecueros y había “guayabas de leche y miel”. No era tanto para las visitas exclusivas, que eran escasas, sino por albergar en un mueble de caoba objetos que a la final se iban tornando inútiles.

 

Sin embargo, haberle sugerido una cosa de tales dimensiones era ofenderla. En efecto, una vez le dije que para qué guardar tanto vejestorio de porcelana y cristales si bien pudieran esos elementos emplearse para servir fríjoles y arroz, incluso sopas de harina de maíz que eran comunes en casa y ahí fue Troya, porque se regó como verdolaga en playa y dijo que esas cosas eran suyas y no había por qué cuestionar lo que a bien ella pudiera hacer o no con sus objetos. Jamás torné a decirle nada al respecto, aunque, en algún lugar de la maldad, deseé que un día, en cualquiera de los inevitables cambios de casa, se pulverizaran aquellas frágiles (y distinguidas) piezas.

 

Había, entre todas las antiguallas, una tetera de porcelana, con rosas grabadas, que perteneció a una maestra de mamá en un internado de monjas a las que ella, con tono de molestia, llamaba “las gorronas”. Se la había dado como premio a su interés por las clases de canto y, según contó años después, por su talento. De vez en cuando, la sacaba de su prisión de madera y vidrio para echar en ella leche caliente y mezclar con café, en una ceremonia en la que ella la tomaba de la oreja con cuidado y certeza, no sin un toque de elegancia.

 

La tetera parecía ejercer una influencia soterrada sobre mamá. Después de tenerla en la mesa, cantaba canciones de paisajes marinos y amores en zozobra: “Cuando lejos, muy lejos, en hondos mares, / en lo mucho que sufro pienses a solas, / si exhalas un suspiro por mis pesares, / mándame ese suspiro sobre las olas…”. Luego, al terminar su improvisada serenata, y tras vaciar todo el contenido del recipiente, lo lavaba y guardaba con primor en su original cárcel de porcelanas añosas.

 

Cuando un día de infortunio se rompió la tetera, en un accidente que no presencié, mamá se lamentó por un rato hasta que, no se sabe cómo, extrajo en contra de su decencia verbal una expresión de rabia: “Qué mierda se va a hacer, a buena hora se quebró esta hijueputa tetera” y entonces las risotadas de sus hijos estallaron como un artefacto de bengalas. Había recogido los trozos de su alhaja y los envolvió en un pañuelo de seda, que no sé desde cuándo también guardaba en un compartimento de escaparate y los depositó en un viejo baúl.

 

De a poco, y según se fueron espaciando las visitas, ella sacaba alguna de sus piezas para servir alguna comida de fin de semana, en la que a veces cocinaba arroz con coco y frijolitos blancos de cabeza negra y nos llamaba con entusiasmo como si se tratara de una festividad súbita. Y con tales usos se fueron quebrando varias de las muy apreciadas partes de la vajilla. No sé cuándo desaparecieron las soperas y los platitos de postre. Una jarra de cristal fino también se esfumó.

 

Cada vez, según el paso del tiempo, mamá se despreocupó por aquella vajilla envejecida. Se volvió paisaje doméstico, incomunicado, aislado, sin expresividades. Luego, cada uno de nosotros buscó otras rutas, otros ámbitos y mamá se fue quedando en un caserón de piezas frías, muy sola. Cuando íbamos a visitarla ya no le importaba si las piezas estaban a buen resguardo o si se habían ido con alguno que las quería para llevarse recuerdos de tiempos entrañables.

 

No sé cuándo desapareció la última parte de esa vajilla que era como un miembro más de la familia y con la que, según la sorprendimos a veces, mamá palabreaba a lo mejor como un ejercicio de memoria, de comunicación con el pasado. Todo se fue. El buffet, los escaparates, el viejo baúl. Todo. Menos el pañuelo de seda con los restos casi pulverizados de una tetera de rosas muertas que conservo todavía en un aparador en el que hay copas italianas y una canción dormida.

 

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Pintura al óleo de Levi Wells Prentice

La acumuladora

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Por Reinaldo Spitaletta

 

En el cuarto de San Alejo, que no se distingue de los otros de su casa de paredes descaecidas y baldosas antiguas, las multitudinarias cosas tocan el techo. Hay atados con cintas de amarre, convocatoria de todos los elementos de navidad desde que ella tuvo noción de los diciembres, que engordan como marranos de fiesta año tras año. En otros, los pesebres con musgos artificiales y nieves de fantasía se agrupan en bolsas de plástico y en otras muchas de telas importadas. Ella, cada día, les da vuelta a sus objetos envejecidos y a las cajas de cartón, amarradas con cabuyas y cuerdas sintéticas, para sentir un enorme placer que la recorre de cuerpo entero y la hace vibrar de cabo a rabo.

 

Cuando uno la visita, y eso porque se trata de ir a contarle historias de la vieja ciudad, lo invita al altillo para que le ayude a buscar entre periódicos añejos, en medio de polvorientos estantes, alguno que tenga en la primera plana la foto de la visita del sumo pontífice a Colombia en tiempos en que en otras partes había levantamientos de estudiantes y trabajadores y aquí la gente, en su mayoría, se dedicaba a persignarse y a coleccionar camándulas. Como las que ella alberga en un armario dedicado en exclusiva a reliquias de Tierra Santa y a santicos de bulto que ha conseguido en visitas a los almacenes de todas las parroquias.

 

No es que sea rezandera. No le consta a nadie. Pero tiene novenarios y libros de devociones. Hay santorales y estampas virginales regadas por cuartos y atiborradas en escaparates. Sobre mesas de caoba y de imitación mármol hay porcelanas que se empolvan sin remedio, desde ángeles de alas doradas hasta Venus de Milo de imitación. Le gustan las arañas luminosas y allí, en aquellos espacios de apiñamiento, se puede decir que el tiempo transcurre a la luz de lámparas apagadas y de elefantes de madera y de resina que llegaron de la India y de bazares de tierras de muy allá.

 

No se sabe a ciencia cierta por qué la acumuladora es así. Se cree, o eso sugieren vecinos que han conversado con ella, pese a que es una mujer alejada del mundanal ruido, que se trata de una carencia que sufrió en la infancia y que, en la adultez, o tal vez un poco antes, la condujo a llenar los espacios de su caserón por temor al vacío. En cualquier resquicio hay objetos: unas medallas de plata en los alféizares de casi todas sus ventanas que, por lo demás, están abarrotadas de cortinas de cretona y otras telas de las que, como una fijación, pega mariposas disecadas. En los cobertores hay cintas y pequeños cojines, con almohadones de plumas en todas las camas, que, sin saberse para qué tantas, quizá para huéspedes fantasmagóricos, acaparan espacios de cuartos y aun los de una sala de estar. En el vestíbulo tiene una tarima con muñecas de trapo que parecen dormir un sueño de justos y de tranquilidades.

 

En las paredes de los zaguanes y también en las del salón de costuras hay fijados cuadros de paisajes acuáticos, con embarcaciones en la que mujeres de velos se asoman por la cubierta para ver el mar, y otras marinas con soles en el ocaso y gaviotas ciegas. En los arcos del comedor, en la que sobre la mesa de mantel fino, se posa un florero con hortensias artificiales, cuelgan atrapasueños y móviles que cuando entra una corriente de viento suenan a músicas orientales. Ella, de cara abotagada y manos regordetas, parece gozar con las colecciones de pocillos chinos y grecas inglesas y con cubiertos de plata y ollas de todos los tamaños. Es el caserón una miscelánea de cintas y botones y carpetas de croché. Raro es que, entre tantos calendarios con pintorescas ilustraciones, no haya relojes. El único que tuvo, una herencia de abuelos, de madera fina, vidrio importado y péndulo de brillos, lo vendió a un anticuario porque no soportaba el ruido nocturno ni el campaneo cada media hora, eso dijo.

 

La acumuladora, que cambia con frecuencia de servicio doméstico, está en el día pendiente de inventariar sus joyas de oropel y las de finas pedrerías, de cambiarlas de un cofre a otro y de conversar con los collares de perlas y de cuentas de semillas. En dos o tres repisas que tiene en su cuarto,  cuelga escapularios y coloca figurines franceses. Es posible encontrar banderines de colores subidos en el cuarto de baño de atrás y muchos zapatos en un cuartito que mandó a adecuar a propósito.

 

Es, pese a que ella misma en su cotidianidad usa candongas, colgandejos, pulseras y esclavas y ajorcas, que viste trajes anchos con telas crudas de la India y calza babuchas de colorines, es una mujer que no causa repulsión, tal vez porque está dibujando siempre una sonrisa que le atraviesa el cuerpo y la proyecta como una dama con don de gentes y muy saludadora.

 

La acumuladora parece no controlar sus ansias de tener y sostener muchos objetos en casa y cada tanto, como decir una o dos veces a la semana, va a centros de comercio y se extasía en todas las vitrinas. No se sabe de dónde le viene la fortuna, que gasta y gasta, compra y compra, y es conocida en almacenes y bazares, en los que la reciben con gentilezas. Cuando la ven entrar, los dependientes se alegran y mandan por jugos y aguas aromáticas para atenderla.

 

Uno piensa, tal vez como una plusvalía de la imaginación, que llegará un día en que la casa de la acumuladora la sacará a ella, la expulsará, la mandará a otras esferas, porque las cosas pueden complotar, conspirar, y cansarse de tanta juntura, de estar en un aglutinamiento de sofoco. Sí, los objetos pueden cobrar vida y entonces, pese a las simpática figura de la señora que además guarda en cofres y cajas de galletas inglesas cartas y oraciones, la terminarán odiando. Quién sabe si tantos collares y bufandas planeen un ahorcamiento. De ser así, pasará a ser ella parte de las misteriosas historias de la ciudad. Que el dios de las cosas y las mercancías la ampare y le dé larga vida.

 

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Pintura de Ghenie

Un virtuoso llamado Raúl Garello

(Bandoneonista, director de orquesta, compositor y figura del tango)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Raúl Garello (Chacabuco 1936-Buenos Aires 2016), bandoneonista, compositor, arreglista (arreglador, dicen los argentinos) y director, era un músico post-Piazzolla, que logró un estilo propio y penetró en los misterios del tango, en la noche duende porteña, en todas las armonías y que, como Troilo, su principal maestro, “caminó derecho por atriles torcidos”.

 

El compositor de Margarita de agosto es, como lo han dicho analistas del género, una consecuencia de las aperturas de vanguardia que creó Astor Piazzolla después de los años cincuenta, pero sin sonar como él. En sus búsquedas, tras estudiar contrapunto, armonía y fuga en su adolescencia, se vinculó a la orquesta de la Radio Belgrano, en Buenos Aires, donde conoció a otro de los más grandes bandoneonistas y músicos del tango: Leopoldo Federico.

 

Precisamente, reemplazó a Federico en el cuarteto de Roberto Firpo (hijo), en 1954. Era un comienzo con brillos y otras sonoridades. El muchacho ingresaría después, con su bandoneón y su talento, en las formaciones de los cantores Carlos Dante, Alberto Morán y en la orquesta de Horacio Salgán, el director y compositor que también murió en 2016, a los cien años de edad. Todavía le faltaba un escalón para ascender a nuevos mundos del tango: la orquesta de Aníbal Troilo, a la que ingresó en 1963 y estuvo hasta la muerte de Pichuco, en 1975.

 

“Yo soy hijo de Troilo. Recibí la influencia de Salgán, Astor Piazzolla, Alfredo Gobbi, Osvaldo Pugliese… El tango es algo enorme. Claro que hay extravagancias y fantasías, pero el tango tiene mucho fondo”, me dijo en una entrevista realizada en noviembre de 1997, en Medellín, cuando, con la Orquesta  del Tango de la Ciudad de Buenos Aires, que él codirigía con el pianista Carlitos García, estuvo en esta ciudad en presentaciones en el teatro Pablo Tobón Uribe.

 

En la orquesta de Troilo, además de bandoneonista, fungió como orquestador, cargo en el que se destacó. Tanto que también realizaba arreglos para las agrupaciones de Leopoldo Federico, Baffa-Berlingieri y Enrique Mario Francini. Entre sus primeras instrumentaciones estuvieron, en 1966, las de las piezas La Guiñada, de Agustín Bardi y Los mareados, de Juan Carlos Cobián.

 

“El tango es esencialmente europeo. En el Río de la Plata se hace híbrido y el criollo le agrega la gracia americana. Pero está todo el Mediterráneo en el tango. Por eso seduce a los músicos de todo el mundo”, dijo aquella vez el compositor de Che Buenos Aires y Muñeca de marzo. Desde 1965, con el rol de director, grabó discos con solistas de exquisita calidad interpretativa, como Roberto Goyeneche, Rubén Juárez, Edmundo Rivero, Roberto Rufino y Floreal Ruiz, entre otros. En los vinilos del sello Víctor, figura la que él dirigía como la Orquesta Típica Porteña.

 

Tal vez la mejor interpretación que se hizo sobre una composición de Raúl Garello haya sido Buenos Aires conoce, con letra de su hermano Rubén, en la voz del Polaco Goyeneche: “Buenos Aires conoce mi aturdida Ginebra / el silbido más mío, mi gastado camino… / Buenos Aires recuerda mi ventana despierta / mis bolsillos vacíos, mi esperanza de a pie”.

 

Garello, que en 1974 creó un sexteto para presentaciones en El viejo almacén, de propiedad del cantor Rivero, sostenía que en el tango siempre hubo compositores, autores y músicos progresistas. Así, por ejemplo, en la década del veinte estuvo Eduardo Arolas, y después Julio de Caro, y más tarde Pichuco, al que “a veces, en Ronda de Ases (espacio multitudinario de Radio El Mundo) le decían: ‘largá la ópera’. Y qué no le dirían a De Caro. Lo interesante de todo esto es la posibilidad de otro tango”.

 

El Raúl Garello compositor, además de sus actuaciones como director, comenzó a brillar a partir de 1977 con la grabación de cuatro discos, con su orquesta ampliada a veintisiete músicos, en los que incluyó temas como Aves del mismo plumaje, Pasajeros del tiempo y Verdenuevo. Hay que destacar que, también se alió con letristas para la composición de obras cantábiles, entre las que están Dice una guitarra, con una impecable interpretación de Goyeneche con la orquesta de Atilio Stampone; Llevo tu misterio, grabada por Roberto Rufino; Hace doscientos tangos, con letra del uruguayo Federico Silva, y Tiempo de tranvías, con la autoría de Héctor Negro.

 

En 1980, junto con el mencionado García, se convierte en director fundador de la Orquesta del Tango de Buenos Aires, con la que se presentó en el Teatro Colón de Buenos Aires y realizó numerosas giras. A fines de los ochentas, con Horacio Ferrer, escribe todos los temas del álbum Viva el tango. Con el mismo Ferrer grabó en 1992 un disco de homenaje al director de cine Woody Allen, en la voz de Gustavo Nocetti, con tangos como El último bailongo, El Rey y el que le dio nombre al álbum: “Woody Allen, tengo ganas de abrazarte / contemplando que el final del siglo veinte / es un show de funerarias: / Chernobyl, El Golfo, El Sida. / Y, al fin, si es inmoral seguir con vida, /
vení, que aquí están Groucho y Pepe Arias / y nos vamos a morir, pero de risa, / para dentro de dos siglos despertar
”.
 

Garello fue convocado en 1992 por la Orquesta Nacional del Capitolio de Toulouse, Francia, dirigida por Michel Plasson, para escribir y grabar quince orquestaciones sobre obras de Carlos Gardel, como Mi Buenos Aires querido, AmarguraArrabal amargo y Volvió una noche. En 2003 compuso unas de sus piezas cumbre: Arlequín porteño, en tres movimientos: Pantomima (tango); Tema de arlequín (cadencia y vals); Adioses (tango).

 

Al hablar sobre los avatares del tango, sus aristas y esencias, Garello siempre estuvo atento a las complejidades del género, a sus cambios y permanencias. “Piazzolla abrió un camino muy importante. Antes, las orquestas sinfónicas tenían vedado el tango. Pero después de Salgán y Piazzolla, ya no… Las sinfónicas de Lieja, París, muchas orquestas, abrieron las puertas a Piazzolla, debido al tango, porque a Astor nunca se le cayó de la falda el bandoneón, y es más tanguero de lo que muchos creen”.

 

Entre sus cantantes predilectos estuvieron el Polaco Goyeneche, con quien grabó ciento veinte registros; Rubén Juárez, con cien registros y Floreal Ruiz, con veinte. Y para él, un músico de tanta calidad, el tango siempre fue un fenómeno inmenso. “Aunque no se escribiera más tango, hay para llenar el mundo de tango”, me dijo entonces.

 

Raúl Garello, virtuoso del bandoneón, se murió el 26 de septiembre de 2016, en Buenos Aires, ciudad que todavía lo llora y extraña.

 

 

 

 

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Raúl Garello, director, compositor y virtuoso del bandoneón.

¿Qué es ser colombiano?

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Los resultados de la magra votación del plebiscito pueden conducir, de nuevo, a la búsqueda de pesquisas y a un ejercicio de indagaciones que ayuden a interpretar lo que significa ser colombiano (si es que tal condición quiere decir algo o nada, o mucho, quizás). Tal vez, en la superficie, pertenecer a este ámbito que algunos políticos y predicadores denominan “patria” (los poetas resolvieron el enigma hace años: patria es la infancia y basta), es polarizarse en torno a figuras grises, a la vulgaridad de sus maneras de ser y de dominar al rebaño “desconcertado”.

 

Y digo “magra” a la elección que produjo el triunfo del NO sobre el SÍ, con participación de minorías, porque, y vuelve y juega, las mayorías son abstencionistas. Mas no deliberativas. Son pasivas, apáticas, con una actitud que parece de desprecio consciente pero solo es “importaculismo”, como lo han calificado en barras y mentideros.

 

Decía Octavio Paz, el gran poeta y ensayista mexicano, que “despertar a la historia significa adquirir conciencia de nuestra singularidad”. Para el caso colombiano, diferente por supuesto a cualquiera otro del limitado orbe, no hemos despertado. Y más bien la pesadilla ha sido parte de la cotidianidad. El dinosaurio (Santos, Uribe, las Farc, en fin) sigue ahí, lanzándonos su aliento hediondo, del cual ni siquiera nos damos cuenta.

 

Ser colombiano tal vez no vaya más allá de ser víctima. O victimario. Puede ser una extraña idea de felicidad, que en medio de la sangre, del espanto, se ríe, se canta (incluidos los goles de una seleccioncita de fútbol), la que hace que el colombiano (cualquier cosa que esto signifique) tenga rasgos de raras patologías, incluido el sadomasoquismo, convertido en empresa y divisa. Tenemos muchas máscaras. Las lucimos en el carnaval y en un juego de pelota con cabezas humanas. O en erigir como héroes a seres que no son paradigmas de civilidad, ilustración, democracia… el catálogo puede causar rasquiña. Vida y muerte pueden ser en Colombia la misma cara de una falsa moneda.

 

Somos estupendos simuladores. Apariencia vana. Ya en las novelas y relatos de Carrasquilla esa condición se radiografía para el caso antioqueño. También con Fernando González. El complejo del hijo de puta nos trastocó en seres desvergonzados. O, de otra manera, de esos, tan abundosos, que se avergüenzan de su madre, de su padre. Mas no de lo que, en esencia, debe producir penas y ruborizaciones: las inequidades, las manipulaciones, el crimen, la inconsciencia…

 

Se demuestra una vez más que la paz es más compleja, más difícil de construir, que la guerra. Sobre todo en una región del mundo acostumbrada a los dolores y a la resolución de las diferencias a punta de machete (como en Palonegro, “batalla estéril como vientre de mula”) o escopetazos. El pacto nacional del que ahora se habla, con exceso de babosidades, no puede ser un acto ni una metáfora excluyentes (como por ejemplo lo fue el Frente Nacional). Debe evitar nuevos crímenes. Nuevas inequidades. El respeto a la vida humana (otra vez Paz, qué coincidencia) “que tanto enorgullece a la civilización occidental (que por lo demás, poco ha respetado esa consigna) es una noción incompleta e hipócrita”.

 

Tal vez somos todos —o al menos eso que con tanta pompa se bautiza como colombiano— parte de un circo desmirriado, en el que espectadores y actores son integrantes de una perversa función en la que se derrumban los trapecistas y los payasos lloran por su incapacidad para hacer reír. Y tal vez, en un país llamado Colombia, sucede como en las narraciones del marqués de Sade: “no hay sino verdugos y objetos, instrumentos de placer y destrucción”. Quizá en este país de pesadilla y como en un laberinto de soledades, “gracias al crimen accedemos a una efímera trascendencia” (El laberinto de la soledad, Octavio Paz).

 

Quizá ser colombiano no es, como en alguna ficción, un acto de fe, sino una sumatoria de irreflexiones. Casi todas promovidas por los que siempre —y desde la historia de infamias, desde las sinrazones de nuestra desvirolada historia— han mantenido el poder para dominar a placer a un pueblo cada vez más desdibujado. ¿Está la oligarquía colombiana dividida? ¿Qué mecanismos inconscientes hacen que algunos celebren con tiros al aire (a veces, al aire de los pulmones) un resultado electoral?

 

La polarización (“miti y miti” casi) que se notó en la flaca votación plebiscitaria debe conducir, si de civilización se trata, a una amplia discusión nacional, deliberación democrática, que no tenga como centro (o sofisma) lo que dicen o piensan los figurines de uno y otro bando, sino para que esa entelequia que llaman pueblo comience a descubrir su rol transformador.

 

 

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