Luna de octubre con agitación juvenil

(Crónica de un cantante de barrio con muchachas sollozantes)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Debo confesar que, a falta del cine argentino, cuya distribución sabotearon los norteamericanos en los tiempos de la Segunda Guerra y parte de la Posguerra, en un bloqueo que en modo principal iba contra la exportación de carne, el cine mexicano entró con liberalidad a todos los países de América Latina. En los sesentas, en las salas de proyección, era común una cartelera con películas de lucha libre (como las del Enmascarado de Plata), humor (Clavillazo, Tintán, Cantinflas, Resortes, etc.) y de pistolones y rancheras.

 

La radio molía (a diferencia de las gramolas de las cantinas, que hacían sonar tango) canciones de Pedro Infante, Javier Solís, Antonio Aguilar, José Alfredo Jiménez, Miguel Aceves Mejía y otros charros y machotes. Quizá entre ellos, el que ya era un ícono continental, en particular no solo por su buena voz, sino por su actuación en cerca de sesenta películas, era Infante, cuya leyenda creció con su muerte en un accidente de aviación en 1957. ¡Ah!, el artista era piloto y se le conocía en ese medio como el Capitán Cruz.

 

Muchos años después, cuando estudiábamos en la Universidad de Antioquia y agitábamos a Medellín con manifestaciones, mítines y convocatorias a la movilización social, conocí a Milcio, un negociante en pájaros de bellos cantos, y que en reuniones políticas que terminaban con cervezas y otros etílicos, le daba por cantar mexicanerías. Y su pieza de combate era Luna de octubre (en rigor, un vals), que además se la solicitaban otros compañeros (y compañeras, como la activista Sandra White, que, junto con su marido Alfonso Calderón, pereció en 1985 en Armero).

 

Con él, a veces, en noches de viernes íbamos algunas heladerías de la 45, en Manrique, donde ya campeaban desde hacía tiempos el tango y la Casa Gardeliana. En algunos establecimientos había en ocasiones concursos de canto y presentaciones de intérpretes de baladas. Y en una de esas noches, ya atravesados por los efectos del alcohol, a Milcio le dio por hacer una versión de su tema preferido. Era un tipo de bigote a lo Infante, pulido y muy negro, y dueño de una voz bien timbrada, aunque a veces desafinaba.

 

Comenzó a cantar Luna de octubre y yo a hacerle una segunda voz: “De las lunas la de octubre es más hermosa porque en ella se refleja la quietud…”. Se le oía bien, o eso creíamos, y de las otras mesas comenzaron a mirar, al principio con cierta manera del fastidio, pero al tiempo que avanzábamos en la canción, las mesas callaban y la atención crecía. “… de dos almas que han querido ser dichosas al arrullo de su plena juventud”. No sé de dónde surgió un muchacho con una guitarra. Y de inmediato se sumó a la presentación improvisada.

 

A Milcio se le veía concentrado, a veces cerraba los ojos y seguía diciendo: “Corazón, que has sentido el calor de una linda mujer en las noches de octubre. Corazón, que has sabido sufrir y has sabido querer desafiando el dolor…”. Había muchachas que suspiraban al sentir las caricias de la voz del émulo de Infante. De alguna mesa enviaban cortesías de aguardiente y cerveza. La guitarra hacía arpegios y el guitarrista adornaba el acompañamiento con armonías más propias de la bossa nova que de la ranchera. Sonaba bien.

 

La luna de octubre se regaba por aquel ámbito oloroso a alcoholes y a perfumes de mujer. Afuera, algún viandante se detenía y curioseaba. La voz de Milcio era ya una imponencia en el café. “Hoy que empieza la vida tan solo al pensar que tu amor se descubre, el castigo de ayer que me diste tan cruel parece que murió”. El cantante no hacía juegos de manos ni dramatizaba en exceso. Solo entrecerraba los ojos y le ponía a su presentación espontánea mucho sentimiento. Mucho corazón.

 

Me callé para que fuera él el dueño de aquel escenario de taburetes y botellas. “Si me voy no perturbes jamás la risueña ilusión de mis sueños dorados”. La audiencia estaba como hipnotizada. Vi a una rubia que no pestañeaba con sus ojos fijos en la cara del cantante aficionado. Había comunión entre él y los circunstantes. “Si me voy nunca pienses jamás que es con el único fin de estar lejos de ti”. De pronto, la canción transitaba de un momento feliz a otro de tristuras y dolores. La muchacha lagrimeaba, el guitarrista se sumía muy en serio en sus cuerdas.

 

Y advenía el momento cumbre, el desenlace, la pieza entrando en tierra derecha, a punto de llegar a la meta. “Viviré con la eterna pasión que sentí desde el día en que te vi, desde el día en que soñé que serías para mí”. Y ahí la voz de Milcio ponía más sentimiento, más expresividades. Un aterrizaje limpio, mientras la muchacha sollozaba.

 

Los aplausos inundaron la heladería. Milcio abrió los ojos y sonrió. Se tomó una copa y varios concurrentes se acercaron a felicitarlo. El tipo parecía la reencarnación del artista mexicano. Le dije que había cantado muy bien, sin desafines y que había perturbado a más de una dama…

 

Pasaron los años, los caminos se bifurcaron y no volví a saber nada del Infante de barrio. En octubre, cuando hay plenilunio, miro hacia las montañas del oriente de Medellín, por el Pandeazúcar, para ver nacer la luna (“luna de acuñar monedas”, diría algún escritor brasileño) y la voz de Milcio, también la del piloto muerto, llega con su cadencia evocativa de días de juventud y no queda duda: “De las lunas la de octubre es más hermosa…”.

 

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Fotograma de una de las películas de Pedro Infante.