Guárdame las vacas y otras ubres

(Crónica con menciones a vihuelas, abuelos muertos y Luis Buñuel)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

El campo me produce, desde siempre, una suerte de urticaria anímica, una sensación de vaciedad, como de estar lejos del brutal encanto de las calles, de parques y esquinas, que —digo ahora, tras tantos años— ir a la finca del único abuelo que conocí me originaba un desespero de agonía. Era una tierra extensa, con árboles nativos (sietecueros, carates, amarraboyos, encenillos, mortiños y no sé qué otras especies) y también coníferas. Había helechos y musgos y ladridos perrunos y, en especial, mugidos de vacas lecheras.

 

Digo que en esa heredad, sita en una vereda de Rionegro, Antioquia, llamada Abreíto, pasteaban unos cuantos vacunos que, en las madrugadas frías, el abuelo ordeñaba y a veces me hacía levantar en los días en que más deseaba quedarme dormido, los días de temperar en las vacaciones escolares de mediados y fin de año, para que observara la faena. No me llamaba la atención. Ni me gustaba la leche caliente, porque, en rigor, estaba acostumbrado a la pasteurizada que era, por aquellos tiempos, una dificultad comprar en las tiendas, en las que se formaban filas para el efecto.

 

Mi abuelo, que tenía nombre de protagonista de película (Marcelino), las llamaba en el día, con pitos de guadua o con una onomatopeya larga que me causaba cierta sonrisa de burla: “¡te, te, te, teeeee!”. Las vacas además tenían nombre: Sultana, Doncella, Dulcinea, Reina, Princesa, Mortiña y otros que ya son parte de la amnesia. Lo único que me gustaba de aquellos rumiantes era su olor dulce, inconfundible, olor azucarado que me disminuía mis repulsiones frente al campo, aquel lugar terrible, sí, home Oscar, irlandés querido, por donde los pollos se pasean crudos.

 

Y llegaban a abrevar en troncos ahuecados que a mí me daban la impresión de rústicas canoas en los que había sal y no sé qué otras sustancias. Entonces, el paisaje de las vacas con un fondo de verdores y cantos de pájaros, me parecía lo único atractivo, me comunicaba apacibilidad (digo hoy). Muchos años después, una periodista de la que nunca volví a saber nada, me dijo que las vacas deberían ser el símbolo de la paz, en vez de las palomas. Por aquellas jornadas, cuando ella me lo comunicó, acababa de pasar el asalto y posterior destrucción del Palacio de Justicia. Y, según ella, las palomas parecían gozar con las explosiones y los fuegos, en un vuelo de incomprensible celebración.

 

Pero no quiero desviarme. En realidad la intención que tengo de hablar de vacas, y no de las que Luis de Narváez, un vihuelista granadino del siglo XVI puso a sonar en la historia y que yo conocí la pieza en el conservatorio de la Universidad de Antioquia (Guárdame las vacas), surge porque en estos días recordé un paisaje urbano pleno de vaquería, en algunas calles de Bello. En uno de los primeros barrios por donde discurrió mi infancia, muy cerca de una acequia y de los “filtros” del perverso acueducto que tuvo aquella población de obreros, había vacas deambulando por aceras y calles sin asfaltar. Eran las de “doña Elena”, así las reconocía el vecindario. Pues bien, una de esas, que yo ya había fijado sus maneras de ser como pacíficas, revolcó a un mi hermano y si no es porque mamá y algunos vecinos llegan a tiempo para salvarlo, lo hubiera atravesado con la cornamenta. El pobrecillo quedó, en medio de llantos y gritos, con el vientre lleno de cardenales.

 

Digamos que más tarde, por otras calles de Bello, olorosas a algodón crudo, se armaban jaleos cuando algún novillo se escapaba del matadero y corría con desenfreno mientras la persecución de los “vaqueros” y de espontáneos manteros era toda una fiesta urbana, un ejercicio de algarabía y gozadera. Las vacas no hacían tal cosa. Eran y son más recatadas, creo.

 

En el escudo de Barranquilla, que tiene cañones y aguas del Río Grande de la Magdalena, debía estar la figura de una vaca, puesto que fueron esos cuadrúpedos de ubres colgantes las que la fundaron. Lo que sí es una sensación de viejas fotos de Medellín, es que en sus callejuelas, en distintos lugares, las vacas eran parte común del panorama. Ya bien metido el siglo XX, todavía en algunos sectores de la ciudad, en una especie de contradicción entre la ruralidad y lo urbano, entre el nuevo mundo de la industrialización y el ascenso terrible del automóvil y los restos de “campechanidad”, se presentaban contrastes en la urbe. Había vagabundeo de animales por las ya modernas calles de la Bella Villa.

 

Y, al parecer, dentro de un cúmulo de animales, entre perros, caballos, toros y vacas, estas últimas no parecían una representación de la apacibilidad. Lo digo porque, a finales de la centuria del ochocientos, una vaca produjo una noticia judicial tremenda, según relato titulado Accidente desgraciado, publicado en el periódico El Cascabel: “El martes por la mañana bajaba una viejecita por la Avenida Izquierda de la Quebrada Santa Elena; una vaca que tranquilamente rumiaba yerba en la orilla de la dicha quebrada, partió sobre la infeliz mujer y la levantó en alto. Cuando cayó al suelo ya era alma del otro mundo”. (El Cascabel, Medellín, septiembre 29 de 1899).

 

Ahora, mientras escucho una versión de Guárdame las vacas, con la guitarra de Andrés Segovia, vuelven imágenes de una ya extinguida finca de abuelos con vacas de olor dulzón, y el recuerdo de un niño atropellado en una calle por una de ellas, que al parecer (así tuvo que haber sido) tenía los cachos recortados, y aparecen en la memoria fotogramas, primeros planos, de una teta de vaca y una mano que la ordeña con suavidad en la película Viridiana de Luis Buñuel, un filme pleno de símbolos sexuales y de irreverencias.

 

Y no sé si darle la razón a la colega que un día, con cara de acontecimiento, me dijo que la vaca debía ser el auténtico símbolo de la paz. Me parece, más bien, que lo debe ser de la paciencia.

 

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