Doña dueña

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Pintura de Raquel de Bocos

 

Por Reinaldo Spitaletta

La señora de hablar de simulaciones, con suavidades cuando quiere aparentar  que es “buena gente”, y con quiebres y ondulaciones altisonantes en la voz cuando desea dejar claro que ella es la que manda, es la dueña de la información en un diario de parroquia. Le gusta que le digan que está bonita, que el traje nuevo le queda de maravilla, que los zapatos de relumbres son los indicados para andar por las alfombras rojas de la oficina. La cara, en la que los pómulos sobresalen, de piel estrujada, disimulada con afeites, le da un aire como de doña propietaria de un ventorrillo de comidas para viajeros. Con perdón de esta última.

A veces, por no decir casi siempre, gusta de aparecer en la página social, una de las más comentadas por los lectores, porque, además de la doña creerse fotogénica, ama la vitrina, que la muestren en una visita a una fundación de caridad, o en su vuelta de un viaje de invitación a una ciudad turística, y así, que para eso, puede pensar ella, es la doctora, como le dicen muchos de sus subordinados, aunque no haya estudiado sino una diplomatura.

Eso sí, sabe inglés e italiano, porque, de chica, sus padres se lo inculcaron, que una hija de ricos y prohombres no puede ser ignorante en lenguas, así cuentan que dijo una día su padre, en una reunión de despedida de año con los empleados. La señora, muy aseñorada, posa de estar del lado de los humillados y por eso envía, de vez en cuando,  a un dependiente de sus preferencias a escribir notas sobre gentes a las que les han vulnerado algún derecho. Pero, en esencia, y según se ha sabido, ella también comete desafueros con algún trabajador, cuando no de su publicación menor, de peones de sus finquitas, que así las califica ella como para disminuir impuestos y otras connotaciones. En ese asunto, no quiere que se sepa mucho de sus posesiones.

Casi siempre viste chaqueta y falda, de paños y fibras finas, importadas, porque una mujer como ella debe estar bien perchada, elegantona, aunque, si se la observa con detenimiento, sus ropajes pueden estar mejor exhibidos en vitrinas y armarios de almacén. En algunos editoriales que publica, escritos por colaboradores, se afirma con tono de ensalzamiento propio que el periódico está para defender a los desamparados y fustigar a los cometedores de desafueros. Todo con lindas palabras y argumentos convincentes.

No está de sobra advertir que la señora, cumplidora de misas y visitadora de iglesias, se rodea de uno que otro músico, para que, en los almuerzos y otras reuniones, canten canciones de campo, bucólicas y tristes. En su oficina, a la que solo se entra con cita, tiene discos de baladas italianas y uno que otro de la ya anciana y remota Nueva Ola. Canta con voz roncona y ella se toma en serio cuando le dicen que es afinada y que tiene buena voz. Los de su círculo más próximo, la adulan y con sus flores verbales la hacen creer que es talentosa y sensible.

En los últimos tiempos, algunos han notado que la señora, a la que nadie ha visto llorar, se acerca cada vez más al poder político y económico, que no es que antes lo haya cuestionado o criticado, sino que es, hoy, así dicen en las afueras de esa empresa, sí, hoy es más notoria su inclinación, por no decir su lambisqueo, con los que mandan en el país. Ella sabe que así, con sus posiciones que se han ido deslizando hacia la absoluta desvergüenza, puede que tenga más anuncios publicitarios y cocteles de sociedad. Quizá, según sus actitudes, hasta la nombren un día en un alto cargo de gobierno. Merecido lo tiene.

En todo caso, y olvidando en apariencia que en otros momentos su hoja parroquial estaba en concordancia con la información sobre atropellos y desajustes sociales, le ha dicho a sus redactores que, pase lo que pase, hay que estar con las instituciones, que son las que mandan y hacen las “guerras justas” (son sus palabras). “Hay que obedecer y no cuestionar tanto la autoridad, no hay por qué salirse de los cauces tradicionales, estamos con la aplicación de la gobernanza. Les pido, apreciados colaboradores, amor y fe en nuestra empresa y en los hombres y mujeres que nos gobiernan”.

Cada vez son menos los espacios para asuntos de pobres y desafortunados. Y, en cambio, más y muy generosos para los eventos oficiales. Doña dueña entiende de estas incidencias y las aplica. Hay, dice con énfasis, que dedicar más páginas a los discursos, reuniones y medidas de gobierno. Se siente feliz con esas divisas. En algunos de sus colaboradores, como ella los llama en tono maternal, se aprecian caras de desconcierto, aunque ninguno se atreve a replicar. El ejercicio de la sumisión funciona como un engranaje de relojería. Ella ordena, los otros obedecen. Y listo. Sin lugar a intenciones ni disposiciones anímicas que alteren la armonía del que ya parece un rebaño muy aconductado.

Doña dueña, madona, madama, madame, mandona, la de los trajes sastre y las carteras distinguidas, cada vez se parece más a una marioneta. Se le ha visto caminar a saltitos y dar pasos estudiados de teatrino. Se dice —en ninguna parte faltan las malas lenguas, las viperinas— que tiene un amante. Y para tales faenas, la avejentada donna puede ser buena, ma non troppo.

 

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2 comentarios

  1. albeniz velez g.

     /  diciembre 6, 2016

    Me huele a directora de periódico parroquial local o no.

    Responder
  2. Ester Goeta

     /  diciembre 17, 2016

    Qué pintoresca y ocurrente descripción de la dama dama doña dueña…
    Genial!

    Responder

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