El goterero

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Por Reinaldo Spitaletta

La premisa es que hay que tener talento para ejercer este oficio (más bien, una impostura) que, si no se es avezado, puede culminar en una exposición de rabias impulsivas de las víctimas, que lo arrojarán de la mesa y le harán marchar con el rabo entre las patas y sequía en el guargüero. El goterero, como lo llaman en jerga de pueblos alicorados, es un campeón del pegamento y la pantomima. Tiene la sonrisa fácil y el verbo abundante. Intenta estar bien vestido y oler a limpieza, como mínimo, en caso de carecer de fragancias enfrascadas, para que los otros no lo vean ni repulsivo ni descuidado.

 

Posa de tener refinamientos, como lecturas de varios periódicos al día, y, en efecto, debe mantenerse enterado, porque, así, tendrá repertorio cuando se acerca a una mesa a saludar y sentarse sin permisos ni venias, con palabras de cortesía estudiada que hacen que los allí congregados lo acojan sin resistencias. Y aparte de titulares, debe, por su temor a convertirse en un pelmazo, acercarse a libros de autoayuda, saber un tanto de esoterismos y secretos de cocina y, si este catálogo no le basta, aprender (bueno, o posar de que sabe) a interpretar y vaticinar el futuro, los misterios del tarot y estar atento a la actualidad deportiva.

 

El goterero, que intenta no aparecer como un vulgar pegajoso de cantina, viste en ocasiones de saco (se le notan las veces que le ha volteado el cuello) y zapatos a los que casi nunca tiene tiempo de lustrar. Sonríe tras haber ensayado muchas veces frente a un espejo sus mejores sonrisas y mataditos de ojo. Lo que sí es que debe estar sin aplazamientos bien afeitado. En el fondo, debe ser un “buen sicólogo”, que es la expresión popular que se refiere a gentes con talento para descifrar fisonomías y estados de ánimo casi a la velocidad que dura una mirada de afán.

 

Lee periódicos semiserios y sensacionalistas, casi nunca pasa de los encabezamientos, y uno que otro libro de aventuras. Se preocupa por las noticias radiales matinales y carga una agenda con apuntes de situaciones pintorescas, como las que, según él, se publican en un almanaque de agricultores y tenderos. Sabe, o dice que sabe, leer las cenizas de los cigarrillos situación que lo pone en un lugar de privilegio en ciertas mesas, y conoce el tarot y sus misterios. Lee, para reproducirlo en sus conversaciones, asuntos sobre exorcismos y embobamientos y es capaz de hablar con precisión sobre las fases de la luna y su influencia en los humanos.

 

Egidio, que así se llama el personaje, tiene idea de geografía y se sabe los nombres de los árboles de varios parques de la ciudad. Tiene, desde hace años, seleccionados los bares donde entra a comprobar qué tanta influencia ejercen sus mañas y saludos en los clientes. Uno de sus preferidos es El Selecto, al que entran burócratas, estudiantes universitarios y alguna gente con preparación académica. Le gusta, además, porque hay equipo de sonido con música seleccionada y reproducciones litográficas de pinturas en las paredes.

 

Cuando está en la acera, frente al bar, ya tiene escogida la mesa a la que se arrimará en primera instancia. Ingresa y algunos de los circunstantes se ponen a observar las iconografías o dirigen su atención al mostrador. El dueño del bar sin falta esboza una sonrisa de picardía. Egidio se acerca a los clientes y los saluda con efusiones. Después, les pregunta, por ejemplo, ¿saben qué pasó en el palacio de gobierno? Y de inmediato se gana la atención. A alguno de los allí sentados, le dice que tiene buen semblante y que lo mejor es que lo más pronto haga una apuesta y compre lotería. “La suerte te sonreirá”, le advierte con certidumbre.

 

Egidio tiene la palabra fácil. La cordialidad lo hace simpático. Se sabe el nombre de casi todos los que por allí recalan. No falta, pese a que en el fondo preferirían no hacerlo, quién lo invite a sentarse, porque, además, es un interlocutor con información y buenas maneras. Articula con solvencia las palabras, vocaliza y da la sensación de conocer el mundo y sus alrededores. Si le preguntan sobre política, sobre política sabe. Si acerca de las marcas y récords de deportistas retirados, también.

 

A Egidio hay que invitarlo a sentarse. Y ofrecerle un trago. Que se prolonga, porque él es experto para seducir con su conversa y hacer que las copas se deslicen por su garganta. “Garganta profunda”, le han dicho, entre risitas de malicia y gestos de doble sentido. Su fuerte es la historia patria. Es capaz de revivir con su parla la batalla de Boyacá y recitar de memoria proclamas de Bolívar y Policarpa Salavarrieta. De Mon y Velarde, el regenerador colonial, que suscribió la sentencia de muerte contra el comunero Josef Antonio Galán, dice que se fue con un muchachito para Quito, donde lo mandaron a presidir la Audiencia de esa ciudad.

 

Además del mencionado bar, también hace presencia en otros, como El abrojito, el Avenida y el Nocturnal. En todos, dispensa su verba y su cuentería. Y termina, como los contertulios, ebrio pero sin gastarse un solo peso. Sí, no hay duda: es un campeón de esa simulación oficiosa, que le permite disfrutar los fines de semana de “gorriar” a los que le dejan sentarse a su mesa. Un día, en que los concurrentes de una de esas cantinas no estaban de buen humor, lo dejaron a la espera, ignorándolo. Y de pronto, como si el mundo se fuera acabar, echó mano de las palabras de un antiguo bohemio de otra ciudad y Egidio gritó con todo lo que la voz le daba: “¿¡van a dejar morir de sed a Grecia!?”. Ese día le sobraron botellas de licor.

 

La única vez que invitó a los de su mesa a una tanda, que se prolongó, ha sido el día en que su equipo del alma ganó el primer campeonato después de estar años en blanco en los torneos de fútbol. Egidio, esa vez, tiró la cantina por la ventana. El dueño de El Selecto no lo podía creer. Y los circunstantes, tampoco.

 

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Pinturas de Zara Cañiza

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