Caracolas caseras y la canción de Alfonsina

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Hubo un tiempo cuando las casas de barrio permanecían con sus puertas abiertas, los caracoles, casi todos de rosada entraña, enroscados, con suturas y espiras  —bien vistos con asombro eran como ejemplares extraterrestres—, digo que esos restos de gasterópodos tenían la pragmática función de cuñar puertas. Sin embargo, su encanto radicaba en la música que llevaban adentro, como grabada durante años, y solo había que arrimarlos al oído para escuchar los sinuosos rumores del mar.

 

En casa siempre hubo caracolas marinas, o sea, aquellas conchas casi fosilizadas, que papá traía de Cartagena de Indias en sus viajes de retorno de labor, cuando guiaba en La Heroica gringos que parecían con piel de camarón, azotados por el sol inclemente del Caribe.

 

Además de bollo limpio y de coco, queso costeño y ñame, se empacaba de vez en cuando en su maleta uno o dos caracoles que mamá utilizaba en las piezas y en la puerta de entrada. Ella, que gozaba de fino oído, aprendió a distinguir las sonoridades, los cantos de náufragos, el rumor de estrellas marinas y las canciones tristes de sirenas enamoradas. Y nos transmitió el gusto por acercar esa suerte de extraño equipo de sonido a las orejas para sentir el lejano mar de galeones y piratas.

 

Tal vez la más bella caracola marina que hubo en casa era una que parecía sonrojarse con los halagos. A veces estaba en la sala de recibo; otras, en el comedor, y cuando había hecho un periplo doméstico por casi toda la casa, mamá la ponía en la puerta del solar. Era una atracción para los visitantes, aunque, al final, de tanto verla y pasearla de un lado a otro, se nos volvió paisaje y se hizo invisible.

 

Al principio, nos sedujo a los miembros de la familia su canto de ecos profundos, una música que parecía venir del más allá, con oquedades y susurros de olas. La caracola, que al principio era una sensación, con el trajín de los días perdió protagonismo y se convirtió en un objeto más del hogar, a veces como obstáculo sobre el que uno se tropezaba y acaba de darle puntapiés a modo de represalia. El camuflaje de la costumbre.

 

Las mudanzas también la estropearon, y había perdido su esplendor y belleza por golpes que la totearon y desdibujaron su alcurnia. Al fin de cuentas, no supe su destino, dónde fue a parar, si el aburrimiento la mandó al tinaco de las basuras o si de pronto mamá la echó en el cuarto del rebujo, del que desapareció para siempre. Lo cierto es que la belleza de otros días se redujo a palideces, a puntas quebradas, a decoloración. Nadie se volvió a interesar por su música interior, por su oculto mensaje de aguas tenebrosas.

 

Además, el uso de caracolas como tranca se quedó atrás. A casi nadie se le siguió ocurriendo tenerlas en puertas y ventanas como ornamentación. O como una manera de tener una breve muestra del mar en casa. De todos modos, descubrir aquellas músicas interiores tenía un tono de ensueño, de misterioso hallazgo. A veces, uno creía que de una caracola, como de aquella reina de presencia perturbadora que nos acompañó por años, podía salir un genio de ficciones orientales, o quizá una serpiente en forma de silbido. Aquellos restos marinos tenían conexiones con la imaginación y los cuentos del mar.

 

Cuando comencé a escuchar, tiempo después, la canción Alfonsina y el mar, de Félix Luna y Ariel Ramírez, en días de agitaciones e inquietudes estudiantiles en la Universidad de Antioquia, los recuerdos de las que hubo en casa me llegaban por oleadas. Me quedaba pensando en aquel arrullo de la caracola, e imaginaba a la poeta metiéndose de a poco en las aguas hasta desaparecer y confundirse con las melopeas del fondo del mar.

 

Aquella zamba argentina, que tenía una introducción triste, estaba llena de caballitos de mar, de algas y corales fosforescentes, y uno, escuchándola, se sentía como un buzo. Me parece que en ocasiones, como si fuera un alucinado, vi a Alfonsina con sus cabellos móviles rodeada de burbujas, sin desesperos ni agonías, descendiendo a las profundidades, con la luz de una lámpara de peces coloridos.

 

Y en momentos de la canción, creí que la caracola hogareña tenía voces de vientos, muy antiguas, que llegaban desde la historia para acostarse junto a una puerta. Y cuando ya no se usaba, descubrí que el último poema de Alfonsina Storni era el que se escuchaba entre los rumores muertos del ejemplar de fábula que papá había traído de su ciudad natal: “voy a dormir, nodriza mía, acuéstame…”.

 

Luego supe que a Pablo Neruda le gustaban los caracoles, que coleccionaba. Viajó por los siete mares en busca de aquellas conchas que tenían “la pureza lunar de una porcelana” y buscó y rebuscó por México, Cuba, Francia y otras partes para irse llenando de ese “tesoro marino” con el que llenó muchos de sus cuartos caseros.

 

Y entonces tuve una revelación: si Neruda hubiera conocido la belleza de aquella reina de los caracoles que hubo en casa, y a la que mamá a veces le cantaba barcarolas, el hombre se hubiera quedado solo con ella, sin más acompañantes que se hubieran podido morir de la envidia ante la perturbadora presencia en la que había sonidos de todos los mares del mundo.

 

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