Una situación absurda

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Tras observar que su turno aparecía en pantalla, el hombre se acercó a la taquilla, presentó su documento de identidad y otros papeles y esperó. La dependiente de la oficina de salud tomó la cédula y verificó en el computador. “Señor, son veinticinco mil trescientos pesos”, dijo ella, sin mirar al que ya estaba introduciendo las manos en el bolsillo. “¿Tiene los trescientos en menuda?”, “no, señorita. Lo siento”. Ella sonrió. Él le puso cuidado al destino de su billete de cincuenta mil, que ella depositó en una gaveta que tenía una pinza aprisionadora. “Le devuelvo, señor”. El tablero electrónico pitaba a cada momento, anunciando nuevos turnos para los circunstantes, sentados en sillas de plástico en la sala de espera.

 

El sonido de la fotocopiadora llamó la atención del hombre, que tenía en una mano una pequeña tarjetera, esperando la devolución de su cédula de identidad. “Debe llamar a pedir la cita de cardiología. Aquí tiene la orden y cuando sepa la fecha de su cita viene antes para autorizarle otros exámenes”, dijo la mujer, que había remarcado con amarillo intenso las instrucciones para la solicitud médica. “Hola, señora —la dependiente se estaba dirigiendo a una mujer que se había arrimado por un lado de la taquilla—, creo que usted ya no tiene posibilidades de atención, porque dice en su orden que trabajó hasta el primero de diciembre, y entonces estaba cubierta hasta el primero de enero”. El hombre recordó que era veinte de enero, miró a la recién atendida, una mujer regordeta, de cara redonda y cabello corto, negro, que no pareció inmutarse cuando le dieron la información. La empleada le devolvió unos papeles y la cédula de ciudanía a la solicitante.

 

La de “orientación al usuario”, según decían los avisos encima de las taquillas, le entregó las autorizaciones al hombre, que segundos antes había visto, inclinándose de un modo poco habitual, cómo su cédula permanecía junto a la caja registradora. Se guardó con automatismo la tarjetera en el bolsillo de la camisa, siguió con los papeles en una mano y dio dos pasos, como para retirarse, tras decir gracias. Frenó en seco. Se volvió y le dijo a la mujer: “No me entregó la cédula”. “Cómo, claro que se la devolví”, dijo sin convicción la atendedora. “No, no la tengo en mi guarda documentos”. El hombre metía las manos en el bolso en el que hospedaba un libro de Mijail Bulgakov, un paraguas y papeles diversos. “No, no me la entregó, señorita”, insistió. Se inclinó a mirar donde la había visto antes, y ya no estaba.

 

La muchacha buscaba y rebuscaba entre papeles, cajones, volteaba la cabeza, se agachaba a escudriñar el piso. Ya había desconcierto entre sus compañeras y algunos impacientes que esperaban su turno. “Busque bien en la billetera”, dijo la de otra taquilla. “Ya busqué y no está mi cédula”. El hombre tenía la convicción de que su documento lo había entregado, porque, de lo contrario, no hubiera sido atendido. Nada. La cédula había desaparecido. “¿Y entonces?”, preguntó. “No me puedo ir sin ella. Ni más faltaba”, dijo, sin aparente alteración. Otra taquillera se puso en cuclillas para buscar por debajo de los escritorios. Inútil.

 

—Habrá que ir a mirar en las cámaras a ver qué se hizo —se escuchó la voz de otra empleada.

 

A estas alturas, el asunto era incómodo. Y parecía grave. El hombre volvía a explorar en su bolso, en el pequeño porta documentos de cuero. Miraba a los de la sala de espera, al piso de baldosas opacas. La mujer que se había arrimado antes, estaba sentada. El hombre la ojeó y ella se estremeció. La empleada le preguntó si ella por casualidad no tenía la cédula del señor. “¿No se la pasaría a usted por equivocación?”, interrogó. La otra parecía no preocuparse. Buscó, sin embargo, en su billetera y nada.

 

“Cómo era posible que hubiera desaparecido, esto es absurdo”, pensó el hombre. Y después expresó su pensamiento en voz alta, pero sin gritos. La que lo había atendido ya se había ido a la sala de sistemas, a examinar la grabación. El hombre esperaba con inquietud. “Perder la cédula debe ser un trauma. Qué lío. Poner denuncias, ir a la Oficina Civil, esperar quién sabe cuánto tiempo. Y yo con todas las diligencias que hago, qué mierda”. El hombre comenzó a pensar en el concepto de eternidad, del tiempo que pasa sin detenerse, sin devolverse, siempre hacia el infinito. O hacia la nada. Recordó de súbito la cabeza decapitada por un tranvía de un personaje de El maestro y Margarita, el libro que tenía en su mochila. “Debe ser obra diabólica esto de la desaparición de la cédula”.

 

No supo al cabo de cuánto tiempo apareció la muchacha, por detrás de él. Estaba preguntándole a la mujer sentada que si ella no tenía el documento del señor. La otra volvió a mirar en su cartera. Nada. “¿Qué pasó, qué mostró la cámara?”, interrogó el hombre, ya con síntomas de impaciencia y preocupación.

 

—Sí, muestra cuando usted me entregó el documento y yo lo puse junto a la registradora; luego, cuando usted paga, yo meto el billete en ella y la cédula no se ve más. —La voz de la dependiente era de susto y extrañamiento.

 

—Esto es absurdo. —El hombre ya estaba a punto de explotar. “Creo que comenzaré a insultar a esta muchacha inepta”, pensó.

 

La empleada estaba otra vez detrás del mostrador. Abrió la registradora con billetes organizados y aplanchados por los sujetadores. Sacó el cajón. Miró con ansiedad por el boquete. Metió una mano y gritó: “¡Aquí está!”.

 

—Mis disculpas, caballero. —La muchacha, boquiabierta, estaba pálida y de a poco iba recobrando su color natural. Tenía una sonrisa bobalicona.

 

El hombre guardó la cédula, sonrió como sin ganas, con gesto de desprecio y salió. Afuera, el tráfico era intenso y había un sol de justicia. El hombre sudaba. Su corazón estaba a punto de salirse y brincar a la calle.

 

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 Pinturas de Fabio Amaya y Tangshi.

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3 comentarios

  1. RUBEN CRESPO PEREZ

     /  enero 22, 2017

    Saludos Reinaldo !

    Sí esto es una cotidianidad y vaya el lío en las farmacias y con exámenes de laboratorio. Buen relato.

    Saludos

    Un abrazo

    RUBEN CRESPO

    ________________________________

    Responder
  2. albeniz velez g.

     /  enero 25, 2017

    Que relato tan cotidiano, casi siempre está en el bolsillo menos escudriñado, ese era el final que esperaba, si buen relato maestro.

    Responder
  3. Ester Goeta

     /  enero 28, 2017

    De diaria ocurrencia, deliciosamente relatado.
    Gracias admirado Reinaldo.

    Responder

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