La coqueta

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Por Reinaldo Spitaletta

Huele siempre bien, fragancias florales y cabello brilloso, con vestidos de sugestión tanto como las poses al caminar, al sentarse o tomar un café. El tocador es su amigo antes de salir de casa, con espejos de alta fidelidad, que le dicen cuán bella está, cómo hay que poner los labios, en “O”, como una actriz famosa, con sonrisas de conquista, que coquetear es toda una aventura del cuerpo y el alma, según ella se dice para sí antes de emprender una arremetida.

 

Si usted la ve al atardecer, lleva muy bien puestas pulseras y aretes, collarcito a la ligera, cabellera suelta y tacones no muy altos. El escote, bien confeccionado, no es agresivo, apenas una brevedad para la insinuación. Es curvilínea y sabe de sus dotes, sin darse ínfulas, ¿para qué? Conoce de ritmos y cadencias, que aplica en sus desplazamientos por la acera, o cuando se pasea por oficinas y pasillos. Siente las miradas de los demás a sus espaldas, en sus piernas, en las caderas, y entonces toma aire y aletea como mariposa (claro, más en su imaginación) para dar a su presencia atracciones al desgaire.

 

La coqueta tiene sabor. O salero. Garbosa. No se descompone con ningún piropo ni con las observaciones envidiosas de otras damas. Está enriquecida de glamour y muestra aspectos de sus encantos, solo para despertar emociones, para provocar sensaciones de piel, corrientazos, descargas. Es pura electricidad. A veces, no falta quien diga que es personaje de tango, tal vez de aquel titulado Griseta, o, para no ir muy lejos, de uno que lleva su apelativo: La coqueta. Se escucha en ocasiones que la chica, algunos creen que se llama Margarita, aunque tiene cara de llamarse Concepción (así dijo un tipo que se quedó turulato al verla caminar y nadie supo por qué concibió tal nombre), sí, que ella puede ser una nueva advocación virginal: virgen de las Tentaciones.

 

La coqueta practica con talento las artes de la seducción, de los enamoramientos a primera vista, de las atracciones imantadas. En esta otra manera de la etiqueta, hay finura y elegancia. No está hecha para la vulgaridad ni la ordinariez. Por eso, con un talento congénito, la que así llaman desde las esquinas y los atrios, que deja siempre una grata impresión en sus observantes, está capacitada para producir ensoñaciones y deseos contenidos. Se torna en codiciada. Y cuando al que ella elige la invita a una copa o a un café, sabe cómo tomar, saborear, cómo se alza un meñique y se sonríe con gracia.

 

Su actuar puede causar golpes de adrenalina en quien la acompaña o la tiene cerca. Se sabe que a algunos les sudan las manos, les palpita con inquietud el corazón, se les acelera la respiración. Y cuando eso sucede, y ella siempre lo sabe, actúa con más estudiados movimientos. Es experta en montar un muslo sobre otro, en “hacer cambio de luces” con sus piernas bien torneadas, que la falda cortísima deja al descubierto para goce y apasionamiento de pretendientes y admiradores.

 

La coqueta entorna los ojos, los guiña cuando es necesario, redondea los labios o los pone como si fuera a besuquear, pero de modo sutil y sin extravagancias. En su interior se mueven teatralidades que ella sabe expresar en momentos oportunos. De vez en cuando, se pone un prendedor a la antigua, que resalta sus atractivos. O se amarra una cinta colorida al cabello, todo según las circunstancias y el clima. Porque en verano, con soles de ardor, está más predispuesta a los lucimientos de piel, al uso de menos ropajes, ligera de equipaje. En los días fríos, se cruza un chal vaporoso, un pañolón moderno y utiliza vestidos largos o pantalones ajustados. Todo lo que se pone le luce, así le han dicho algunas amigas, que quisieran, por lo demás, ser como ella.

 

Ella, la de los ademanes sincronizados, la de la refinación en sus manos anilladas, es parte de un paisaje que el tiempo y las costumbres han ido desterrando. Pertenece más a los días de romanticismo que a los de velocidades y comidas rápidas. Es para saborear, para contemplar, para abrir apetitos. En circunstancias del flirteo en la máxima medida, enronquece la voz, porque, se cree, y ella está convencida del aserto, que así es más arrobadora. La coqueta es armonía, no está diseñada para el desbarajuste ni la recocha. Claro, en momentos se da tonos de muy exclusiva y portentosa. Igual, no disuena.

 

La coqueta es un canto (un encanto) ambulante; una suerte de alegría se riega a su paso. No falta quien aduzca que tiene la “poesía del quartier”, del barrio sentimental, de la callecita que ella contenta e ilumina con su fina estampa. Es una lástima, se ha dicho, que sea una especie, maravillosa especie en extinción.

 

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La coquetería es la conquista del espíritu por los sentidos, decía Coco Chanel.

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1 comentario

  1. Ester Goeta

     /  enero 29, 2017

    Juiciosa observación, apreciado Reinaldo, para completa descripción de este elogio a la coqueta.

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