Los fugitivos, esclavitud e instinto

(Cuento de Carpentier, con fuga y contrapunto, sobre un perro y un negro cimarrón)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

La caña de azúcar, domesticada por primera vez en Nueva Guinea, llegó a América con Colón, que en su segundo viaje trajo de las Islas Canarias las primeras raíces, sembradas en La Española y luego en Puerto Rico. El cultivo se regó por las Antillas (las Sugar Islands) y creó, además de riquezas a las compañías europeas, la esclavitud, primero de aborígenes y, después, de los negros importados de África. En Cuba, como en otros lugares del Caribe, se tornó monocultivo y produjo ingenios con mano de obra negra, sometida a toda suerte de infamias.

 

El escritor cubano Alejo Carpentier (1904-1980), hijo de rusa y francés, una especie de poliédrico cultural, un erudito en cuyas obras literarias aparecen las negritudes, además de la música, la arquitectura, las gestas independentistas, el barroco, el realismo maravilloso, escribió en 1946 su primer cuento (se destacó por ser, sobre todo, un eximio novelista, además de ensayista e investigador musical), Los fugitivos, en el que plantea asuntos como el instinto animal, el retorno a lo salvaje, la presencia del cimarronismo en los ingenios esclavistas y la aplicación de sus conocimientos musicales, en particular del barroco y de formas y técnicas como la fuga y el contrapunto.

 

Los fugitivos (cuya primera aparición sucedió en El Nacional, de Caracas), un cuento en ocho partes, casi todas de la misma extensión, es, a su vez, una conjunción sensorial de olores, un relato olfativo, animal, perruno, como que uno de los protagonistas es un perro (“nunca lo habían llamado sino Perro”), que hace parte de la “guardia” o jauría de los del ingenio, especializado en perseguir negros en fuga y que, como presencia de su esclavización o domesticación, tiene un collar de púas de cobre con una placa numerada (que será clave en el desarrollo del relato).

 

Desde el principio, los olores están flotando en el ambiente. Y el primero, es un olor a negro y el que lo percibe es Perro, que busca a un prófugo del batey y de la zafra. Pero advendrá otro olor, más poderoso y perturbador, sobre todo para el can: un olor a hembra, y este sí provoca una alteración de los sentidos y un desvío del propósito inicial de perseguir a un hombre, que en el relato se denominará Cimarrón. De cierto modo, el negro y el perro serán como una misma entidad, con el denominador común de los instintos, de las percepciones sensoriales.

 

El olor a hembra que viene desde lejos, desde algún lugar que Perro percibe con ladridos fieros de una jauría, conducirá a que la persecución inicial se trastoque en “amistad” del perro hacia el negro, al que encuentra dormido, después de haber corrido en dirección contraria de donde estaba el hombre para dirigirse hacia la fuente irresistible del olor a perra. Y en este primer apartado, perro y hombre se juntan y comienzan una convivencia dada por una novísima condición que los reúne: ambos son fugitivos. Perro ya no es parte de la batida promovida por los del ingenio para capturar al innominado esclavo. “Ambos seguían en plena fuga, con los nervios estremecidos por una misma pesadilla”.

 

Y, en efecto, Perro y Cimarrón que habían dormido juntos, abrazados, con el negro que ponía uno de sus brazo sobre él como si en el sueño creyera que se trataba de una mujer, se despiertan con el tañer de la campana del ingenio y es cuando el uno y el otro tienen una revelación: uno se inclina a tener dueño y el otro a recuperar alguna amistad. Se escuchan los inquietos ladridos de los dogos cazadores de negros y de sus cadenas, que quieren que se les suelte para emprender de nuevo la búsqueda. Y ahora, desde la perspectiva de Perro, el olor que indica peligro es el olor a blanco, que podía ser el del cura, el del mayoral, el del organista, el de las señoritas perfumadas de la casa. O el del dueño del azucaral.

 

Las circunstancias, las fuentes de los olores, una situación impredecible, condujeron a que Perro hubiera cambiado de bando. De a poco, se operará en Perro una especie de salvajización. De lucha tenaz por la sobrevivencia, de vuelta a la cacería de jutías, de algún cochino jíbaro, de acorralamiento de alguna presa. El negro y el animal se erigen en seres elementales, primarios, hechos solo para no morir de hambre. Una vuelta a la caverna. Un retorno al mero instinto. Y así, el hombre, el huidor, parece no tener nociones de categorías más elevadas, como la libertad, sus significados, su goce y práctica. Es otro animal, quizá inferior a Perro.

 

Y en este punto, en medio de la exuberancia del lenguaje carpenteriano, el lector irá penetrando en la composición de una pieza con fugas y contrapuntos. El instinto parece estar por encima de todo, y Cimarrón, tras una trastada hecha por Perro al paso de un coche, en un accidente provocado por el desenfreno de la jaca y el quiebre de una vara del tiro, se tornará en asaltador, soñando tras el botín obtenido “con placeres olvidados”, como el de ir de fiesta con mujeres. Y Perro se volverá violador de una perra, de un ejemplar inglés que el dueño del ingenio había comprado en una exposición de París, y el Cimarrón en un violador de una negra de la dotación del ingenio. El canino y el humano llegan a parecerse.

 

Olor a negro, olor a perro, olor a blanco, olor a huida, pero no propiamente hacia la libertad sino hacia la consecución de nuevas cadenas. Perro, en todo caso, parece estar por encima de su amo de ocasión. Y mientras Cimarrón se hacía cada vez más imprudente, más rondador de caseríos, menos cuidadoso, el instinto del can le indicaba cómo tenía que estar más lejos de los pueblos. El negro, más inclinado a la satisfacción de los deseos sexuales, caerá otra vez en la red, como si su destino de esclavo fuese inexorable.

 

Carpentier, en una narración en la que se notan profundos conocimientos acerca de la animalidad, la esclavitud, la naturaleza y la cultura, pinta un fresco pleno de contrastes entre hombre y perro. Tal vez, el cuadrúpedo sea poseedor de unas cualidades o, por qué no, de una inteligencia significativa, que lo conducen a la sobrevivencia, pero, a su vez, al ejercicio de la atracción, del olor ineludible de una hembra. Y es en este punto, cuando en el relato se presenta el regreso de Perro al mundo de la selva (como puede suceder, claro que en otros niveles y condiciones, con el perro Buck en La llamada de lo salvaje, de Jack London), al reino de los instintos. Y, desde otra perspectiva, al universo de la posibilidad de no depender de los hombres, de los cuales hay que cuidarse.

 

El planteamiento de libertad y esclavitud, de esta oposición, presente en el relato, se resuelve a favor de aquel al cual el instinto de conservación lo encamina hacia el origen, hacia la conquista de otros territorios. Y en Perro, que había conocido tanto al hombre blanco como al negro, se despertará la ansiedad de ir por una hembra, para lo cual tendrá que derrotar toda una jauría de jíbaros selváticos.

 

Con un narrador omnisciente, que se enfoca a veces más sobre el negro que sobre el perro, pero que, al fin de cuentas, se inclina a saber más de lo que le sucede al can, de sus transformaciones y aventuras, Los fugitivos son una metáfora de la libertad y sus implicaciones. A partir de un ingenio azucarero se generará un esclavo que huye y un perro que persigue, pero perseguido y perseguidor se encuentran y, más como una necesidad instintiva, tornan a una convivencia, que se romperá más tarde. Y el libre, volverá a la esclavitud, y el esclavo en apariencia, el animal, al fin de cuentas volverá al mundo libre de la naturaleza pura.

 

Perro es, quizá, el único libre en ese mundo de los cultivos de caña de azúcar que condujo en América a formas aberrantes de la trata negrera; en que había hombres dueños de otros hombres, en una de las peores infamias históricas de la llamada modernidad. El discurso narrativo de Los fugitivos resalta, además de la musicalidad y de apelar a fórmulas y esquemas de las armonías y polifonías barrocas, a la sensorialidad olfativa y auditiva. “Un día, los jíbaros agarraron un rastro habitual en aquellas selvas de bejucos, de espinas, de plantas malvadas que envenenaban al herir. Olía a negro”.

 

Es una historia de ladridos, campanazos, aullidos, voces montaraces y con una incontrovertible posibilidad, por lo demás, ineludible: un olor a hembra puede conducir al infierno o al paraíso. Y todo con efluvios que se esparcen por todo el cuento: los de la hierba de Guinea y la caña de azúcar.

 

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