El esnobista

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Usa las uñas bien barnizadas, más por mostrar que es limpio, pero, ante todo, porque es un guardador de apariencias. Las camisas tienen que ser de las más recientes en corte y confección, porque nada de antiguallas ni de prendas que pertenecen a tiempos viejos. Ni más faltaba. De vez en cuando, aunque pudiera ser con más frecuencia, observa figurines y revistas chic, porque no puede estar desactualizado, según se le ha oído decir, de los surtidos en zapatillas, calzoncillos, relojes, calcetines, lo mismo que en muestrarios de cinturones y bluyines. Solo tiene ojos para los centros comerciales, a los que acude solo por mirar vitrinas y babear ante lo que quisiera adquirir. No siempre, dicen que casi nunca, tiene con qué suplir sus innecesarios deseos.

 

La novelería lo entusiasma. Le sube el ánimo y lo pone a delirar. Es urgente dar una vuelta por almacenes y bazares a ver qué hay de nuevo, de qué se puede enamorar, que aunque no haya parné suficiente las ganas son más poderosas; muchas veces le toca ver y no comprar. Lo emocionante radica en el alelamiento, en perderse por zaguanes y escaparates para sentir olores a nuevo, estimular los sentidos con el colorido y disposición de las exhibiciones. Su respiración aumenta el ritmo cuando ve pantalones de tonalidades fuertes, de moda, que antes daban mala impresión, por poco varoniles.

 

Lo que está al uso lo desenfrena. Aunque no es lector, se preocupa por los bestseller, salpica una que otra reseña de periódicos y revistas para enterarse de los temas y autores de vitrina, a fin de tener información rápida sobre la cual conversar en salones de coctelería, en los que aparece para darse tono, levantar el meñique, saborear un trago largo y buscar a otros que, como él, están ahí para mostrarse, posar de sabelotodo o arrimarse a algún corrillo que esté dedicado a la parla sobre hechos del día o el más reciente chisme de pasarelas.

 

Vive para husmear en redes sociales comentarios e imágenes acerca de restaurantes nuevos, o sobre los atorrantes que muestran en fotos los platos que se están saboreando, o por si hay una promoción de lo que sea. Si lo que se estila es el vegetarianismo, pues hay que probar por unos días, darse ínfulas acerca de lechugas y verduras orgánicas o pasar por algún servidero aunque sea para olfatear desde afuera los vapores de brócolis y berenjenas. Pero si lo que da caché es la carne, pues entonces está listo para decir entre sus allegados que estuvo en un asado y que los churrascos son de lo mejor que cualquiera de buen gusto puede saborear.

 

Cuando hay un estreno de cine, más que todo del muy taquillero, se las ingenia para ir a la primera función y poder, así, tener elementos para hablar del filme por días y semanas, pero, más que de asuntos técnicos o del guion y las actuaciones, de los baldados de palomitas de maíz que devoró en la proyección y sobre conocidos que estaban en la sala.

 

Cuánto quisiera tener un reloj fino, de marca, para lucirlo y que los otros lo crean de alta posición. Lo mismo con los teléfonos móviles, que cada día están cambiando y él, en lo más recóndito de sus ansiedades, desearía poder estar al compás de los avances. Habla del que tiene, que no está tan atrasado, como si fuera la última maravilla del mundo. Se fija en los de los demás para saber qué tan adelantados están. Para él la vida es poder estar en sintonía con las novedades. Ah, y en unos aspectos puede parecerse al arribista. Aunque son caracteres diferentes. Y también al lechuguino, que todo lo sintetiza en la presentación personal. Tiene de uno y de otro, pero se introduce en nichos en los cuales no solo la apariencia es la clave del denominado “éxito” social, sino en el ámbito de los sentidos y, sobre todo, las simulaciones.

 

Si hay un baile nuevo, hay que aprenderlo. Si una manera de hablar, con ciertos tonos, inflexiones, casi siempre con poses y torcedura de labios, entonces hay que adoptarla. Si por él fuera, mejor dicho, si la diligencia burocrática fuera más fácil, se cambiaría el nombre cada vez que surgiera uno que estuviera en medios y redes, en sonajeros de premios de música, en galardones de cine, en reinados o programas de “busca talentos”. Él mismo es una suerte de reality, como una telenovela de sí mismo.

 

No es que se distinga por el caminado o por los ademanes. Mas sí por las frases escogidas, las modulaciones estudiadas, que para él es importante tener un tono de actor de televisión o de presentador de revistas de frivolidades. Dicen que, si quisiera, o si por alguna misteriosa razón cambiara de personalidad de un momento a otro, pudiera valerse de esas inclinaciones por lo que está en boga, para interesarse por los logros de la ciencia y las artes, en esferas de más complejidad y dedicación. Entonces, ya no sería lo que es y él no va a ponerse en esas así porque así. Su vida está hecha para imitar a otros, no para ser él.

 

Dicen que el esnobismo, que puede tener origen en París o en Londres, en todo caso es una expresión más de lo vulgar que lo elitista. Aunque, lo que es fácil comprobar, muchas élites han estado cortadas con las tijeras europeizantes o agringadas. Este personaje, a quien le placería mucho pertenecer a una minoría de adinerados, sacia sus carencias con imitaciones de gestos de divos y divas de la moda, del jet set, de los círculos de clubes de alta sociedad, de los cuales está muy lejos. Debe ser un drama aunque la parte de los sufrires internos se queda así, guardada. Tal vez en las noches, cuando está a punto de dormirse, lamenta su posición socioeconómica que se acerca más a los de abajo, a los que el hambre no les permite ninguna apariencia (y menos posesión) de lujos o elegancias (aunque a veces la aguantan por comprar alguna pendejada), que a los de la mitad y a los más encumbrados.

 

Él, de todos modos, cree que con sus posturas, sus puestas en escena sin arte ni decoro, está por encima de los demás. No falta quien le desee un embrujamiento para que algún día se convierta en maniquí y se quede para siempre en una vitrina caduca en la que ya nada se exhibe.

 

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1 comentario

  1. Jairo Ramírez Casas

     /  febrero 18, 2017

    j

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