La máquina asesina de Kafka

(Una visión sobre la tortura y el poder En la colonia penitenciaria)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Introito con pesadilla

Caminaba por una acera estrecha sin saber a dónde iba. El ambiente era gris. Llegué, tras una curva, a una casa que me pareció al principio no tenía ventanas. La puerta era muy angosta. Una mujer de cara redonda y cabello corto oscuro, me recibió. Adentro, en un espacio de reducciones, la sala era, en rigor, una alcoba en penumbras con una cama doble. Al fondo, todo era oscuridad. Una voz mandó a que me acostara. Sé que alguien, y no era la mujer del principio, se estiró junto a mí. De pronto, cuando ya estaba boca arriba y me disponía a relajarme para el sueño, un dolor agudo me atravesó de abajo a arriba. Una suerte de punzón o quizá un aguijón desmesurado, arremetía en mi zona lumbar, un poco hacia la derecha. No me atreví a moverme, pese a que, como reacción instintiva, bien hubiera podido brincar a la primera chuzada.

 

Era un dolor jamás sentido. Y al menor movimiento mío, se agudizaba. “¡ay, ay, ay!”. Una voz, distinta a la primera, bueno, quizá pudo ser la misma, dijo con sequedad que se me había advertido. Nadie podía acostarse en esa cama, reservada a… (Y no entendí el nombre, pero imaginé a una suerte de bebé diabólico)…  “Nada qué hacer”, se escuchó, al tiempo que el dolor alcanzaba límites irresistibles, “¡ay, ay, ay, ayayay!”.

 

Al despertar, ante los llamados de mi esposa, el dolor continuaba. Más como sugestión que realidad. Y de súbito, llegaron imágenes viejas de un cuento de Kafka que había leído hacía años (En la colonia penitenciaria), tal vez cuando la adolescencia en despedida estaba a punto de enfrentar sus últimos desafíos, y creí que en mi espalda estaba grabada alguna frase condenatoria, la culpa imborrable de haber cometido un delito que no sabía cuál era, pero por leve que fuera la falta, el castigo era igual. La purga inevitable.

 

En otros días, había soñado que yo era Joseph K. y cuando llegaba el momento de la ejecución, me despertaba con sudores fríos y aceleres de pulso. Y me parece que también soñé alguna vez con el ataque funesto de un buitre que metía su pico por mi boca y luego se ahogaba en mi sangre. Sin embargo, no era nada de ello tan doloroso como lo que había sentido en esta pesadilla que, según pude comprobar en un espejo y también porque mi mujer me lo dijo, me dejó un rayón enrojecido en la espalda.

 

 

Escribir en el cuerpo

Desde el “lead” el “peculiar aparato” se introduce en el lector que se enterará sobre un “viajero investigador” invitado a presenciar la ejecución de un soldado condenado por “desobediencia y ofensa a su superior”, en una colonia situada en un valle pequeño, arenoso, profundo, rodeado de pendientes, y verá a un guardián que sostiene mediante una cadena al condenado y se enterará de un detalle que lo puede dejar sin aliento, y todo en el primer párrafo: “el condenado tenía un aspecto tan perrunamente sumiso que, al parecer, lo hubieran podido dejar suelto en las pendientes circundantes, y el momento de la ejecución solo se necesitaría silbarle para que viniera”.

 

Kafka, maestro de las resignaciones, del destino irreversible, de la inutilidad de la lucha, de la pérdida de la conciencia por el sujeto, que no se resiste, que se deja llevar por los acontecimientos, plantea en esta novela corta, o cuento largo, una angustia de la modernidad: la pérdida del individuo como un ser de derechos. El viajero, un extranjero, que llega a la isla tropical convertida en una colonia penitenciaria, observará, a veces sin inmutarse, el aparato de tortura diseñado de un modo cruel para la ejecución de los condenados.

 

Es una máquina que escribe en el cuerpo del desgraciado, que debe estar boca abajo en una de las tres partes del artefacto, en la Cama, mientras el Rastrillo irá haciendo un paciente trabajo de marcar en la espalda del culpable con agujas que, a modo de tatuaje doloroso, grabarán con el diseño del Dibujo (la otra parte de la inhumana creación mecánica) “el mandamiento que ha violado”. En el caso del condenado (que, al fin de cuentas, será el penúltimo de esa decadente manera del castigo) se le escribirá: “honra a tus superiores”.

 

Escrita en 1914, cuando la Gran Guerra ya cobraba víctimas a granel en una Europa a la que todavía le faltaban cosas más espantosas por vivir, En la colonia penitenciaria es un alegato contra la tortura, la falta de los debidos procesos y los abusos del poder. En aquella apartada isla, en la que un comandante diseñó la particular máquina de escritura sobre el cuerpo de los condenados, que estarán en ella, desangrándose durante doce horas, hasta el final de su existencia que puede ser muy miserable y, más que todo, sin posibilidades de anteponer algún recurso legal. La ley está más allá de la razón. Y debe ser cumplida, sin atenuantes, sin discusiones.

 

En la colonia no hay lugar para la aplicación del concepto de justicia. Este se ha degenerado y es más una imposición. Y mientras un oficial va explicando las maravillas del aparato, el condenado observa, encadenado, sin entender qué es lo que hablan. El soldado que lo vigila, tampoco, pues parlan en otra lengua (francés). El relato es una parábola del autoritarismo. El comandante que craneó la infernal parafernalia era juez, soldado, químico, dibujante. Un talento para la aplicación de penas y tormentos.

 

El visitante —que en apariencia no se conmueve con los horrores que presencia: la máquina, su labor, el escribir agujereando al condenado—  es una suerte de representación de un observador de otras partes que, en realidad, nada puede hacer frente un establecimiento que ha echado raíces. Pero que, en simultánea, está en decadencia. Es, tal vez, una de las últimas colonias dedicadas a la tortura, lejos del mundo (¿de la civilización?).

 

La frase que se escribirá sobre el condenado, “¡honra a tus superiores!”, conduce a una explicación de por qué no se le dirá la sentencia. “Sería inútil decírselo. Lo sabrá en carne propia”, le dice al viajero, en una oración que suena a ironía. El aparato, por su parte, parece representar todo el poder judicial, es el que carga las culpas, las castiga, impone la pena. “La culpa siempre es indudable”, dice el oficial, al explicar el principio según el cual actúa.

 

Durante un buen rato, oficial y viajero se dedican a hablar sobre la máquina, sus cualidades, los diseños, cómo funciona el Dibujante, la sangre (o la aguasangre) cómo correrá por canales, los algodones absorbentes, en fin. Hay una descripción de las funciones, acerca de la frialdad del aparato, la caligrafía, el modo de cómo va apareciendo la inscripción en el cuerpo, “cada vez más hondo, durante doce horas. Durante las primeras seis horas el condenado se mantiene casi como al principio, solo sufre dolores”, explica con sapiencia el oficial.

 

El cuerpo, entonces, lee las inscripciones, la sentencia, la pena. Es una manera casi medioeval de disciplinar la corporeidad, de azotarla, afligirla, adecuarla para la muerte. El condenado es un ser que carece de voluntad, no hay repulsa, ni siquiera interrogantes. Es una especie de buey, de preso que acepta su falta sin saber siquiera por qué se constituye en un infractor de una ley invisible, sin códigos ni jueces. Kafka retoma en esta narración impresionante su visión de la justicia sin justicia, de tribunales mudos y sordos, que solo ven al culpable y su culpa por encima de cualquier otra consideración.

 

En la colonia, la crueldad es una forma de aplicar las penas. Y la palabra, allí, está hecha para la obediencia, para el mandato y la solución final. No hay, para el condenado, ninguna posibilidad de contestación. Debe aceptar y morir en silencio, con su cuerpo como receptor de un juicio que nunca se ha hecho, como captador de una orden que él ni siquiera entiende. Es un resignado. En la colonia penitenciaria la máquina asume un papel deífico, todopoderoso. Sin embargo, en una fase de la narración, cuando el lector incluso está a punto de estallar ante un espectáculo siniestro de martirio, la máquina sufrirá un traspié.

 

 

El desbarajuste del poder

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El relato tendrá algunas variantes, que el lector asumirá con desconcierto o, quizá, con una mirada expectante frente a la máquina, el viajero, la isla, el condenado, el soldado guardián. Habrá un cambio en las relaciones con el aparato que comenzará a desbarajustarse, a sufrir un desmoronamiento, como el de un régimen que se hunde en sus propias oquedades y cae en los abismos que él mismo ha abierto. Las averías son parte de otra condena. Y de un cambio de roles. El que iba a morir ya no morirá. Y otro ocupará su lugar. Una vuelta de tuerca inesperada. Y es en ese punto cuando el poder inicia su desintegración.

 

Entre tanto, el viajero, un hombre que parece neutral, solo un observador, tendrá que enfrentar la nostalgia que el oficial tiene de las ejecuciones de otros tiempos, tan distintas, tan multitudinarias. El espectáculo de una muerte lenta pero contundente. El visitante no es un experto en asuntos judiciales ni parece enviado por ningún gobierno o sistema. Está allí como un extranjero, ni siquiera como un diplomático.

 

No es su personalidad impresionable. Ni siquiera se conmueve con las heridas lectoras, con esa manera de cómo un cuerpo condenado a muerte debe alfabetizarse a través del dolor, pero su presencia (que no influencia) hará cambiar el destino del condenado y del oficial. El mundo de la isla-colonia se trastocará. El final del relato tiene una tonalidad apocalíptica, pero, a su vez, hay una posibilidad, no tan remota, que algún día la isla vuelva a ser un centro penitenciario en el que la tortura se impone a cualquier racionalidad.

 

Con una estructura lineal (basada en la visita del viajero investigador a la isla, en su llegada, permanencia y salida), el relato muestra, como en otros del autor (Ante la ley, El proceso, por ejemplo), las preocupaciones del escritor en torno al poder, al ejercicio tiránico del mismo, a la deshumanización que alcanza a disminuir a los condenados mediante la tortura realizada por una máquina, que además escribe con agujas y tinta roja.

 

La isla-colonia es una especie de no-lugar, un absurdo, una aberración en cuanto a lo que pudiera ser, en otras latitudes, la aplicación de justicia, los sistemas penales. Y el visitante, el extranjero, aunque no tenga como misión un examen a fondo de lo que allí acontece, contribuye, tal vez sin proponérselo, al desmantelamiento de un artefacto extraordinario y de su singular uso.

 

 

Epílogo con más pesadillas

No sé por qué la pesadilla de los agujazos terribles, proporcionados por un ser al que yo no podía ver, porque (imaginaba en medio de los dolores) que la vista sería peor a los efectos de su ataque, de su modo de ir aumentando hasta niveles de insoportabilidad un dolor monstruoso, digo que no sé por qué me impulsó a buscar de nuevo el libro donde el relato estaba esperándome, como si con esta nueva lectura pudiera exorcizar la espantosa “yegua de la noche” que había llegado con rastrillos de torturador en una tenebrosa casa sin ventanas.

 

Así que las pesadillas, como otros sueños, no son inútiles. Y, en ocasiones, son una especie de misterioso llamado, una exhortación a explorar. ¿Qué clase de convocatoria son esas? ¿A explorar qué asuntos y adónde? Quién sabe. El caso es que, al despertarme con tanto desasosiego, supe después que había dormido sobre un olvidado lapicero. Espero que esta pesadilla no se repita. Porque, se los digo, dolió bastante. Y el terror no fue de poca monta.

 

  1. PD. No sobra decir que, después de todo, mi compañera estalló en un ataque de risa. Se burlaba de mis terroríficos alaridos. Vale.

 

 

 

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