Recital de órgano y un policía muerto

(La Catedral, entre clarines de luto y la potencia sonora de Juan Sebastián Bach)

 

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                                                                                                                                                     La organista Maude Gratton

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Eran las tres de la tarde, cuando, por una de las puertas laterales de la Catedral Metropolitana de Medellín, entré a escuchar un recital de órgano. Para mi sorpresa, había una enorme asistencia de policías. Se estaban oficiando las honras fúnebres de un patrullero muerto en un tiroteo en el barrio Villatina. Mientras el alcalde de la ciudad decía algunas palabras, pregunté a unas muchachas que parecían también estar allí por lo del recital de una intérprete francesa, si sabían algo sobre el mismo. No tenían ni idea. “¿Lo cancelarían?”, se preguntó una, sin certeza.

 

Salí un momento y afuera, en el atrio, la banda marcial de la Policía Nacional esperaba con sus cornetas, tambores y xilófonos. Había policías en traje de gala y muchos curiosos alrededor. Las palomas revoloteaban. El sol de incandescencias que obligaban a buscar sombra se regaba por el parque de Bolívar y ponía coloradas las caras de algunos agentes. El ambiente sudaba y olía a crispetas frescas.

 

Había aparcados sobre la carrera Venezuela patrullas y carros oficiales. Eran las tres y cuarto (así lo marcaba el reloj de la catedral) cuando comenzaron a salir con el féretro. Se escucharon redobles y clarines de luto. Era la despedida de Juan Carlos Herrera Londoño, de 32 años, agente asesinado en un enfrentamiento entre las bandas La Libertad y San Antonio, del sector de Villatina. Para los policías y familiares de la víctima era un triste domingo de febrero.

 

La catedral neorrománica, la más grande del mundo en adobe cocido, con sus lámparas colgantes y sus columnas redondeadas, con sus vitrales europeos y los capiteles con motivos indígenas, pobló sus bancas color caoba con nuevos concurrentes, ávidos de música (o de novelería). Se anunció a Maude Gratton, nacida en Francia en 1983, y algunos miraron hacia el elevado coro, donde está el órgano monstruoso de la catedral de Medellín, con sus tres mil tubos de estaño y sus tres pisos de altura.

 

El órgano alemán, construido por la casa Walcker, comenzó a sonar con una obra de Juan Sebastián Bach, que hizo retumbar las naves y les confirió al baldoquino y al retablo de los canónigos una presencia de músicas propicias para un escenario de gran belleza, como el de la Catedral diseñada por el francés Charles Carré.

 

Un hombre moreno, alto, de camisa blanca, cruzó por la nave central y en el pasillo que forman las hileras de bancas, se volvió hacia el altar e hizo una venia. Bach seguía sonando, con su música profunda y el espacio estaba lleno de misteriosas sensaciones. El aplauso resonó en ecos que lo hicieron más notorio y voluminoso.

 

El tercer domingo de febrero andaba sobre acordes barrocos. Luego se subió a los más modernos del organista y compositor César Franck. Alguien, atrás, comentó que sonaba más bello Bach. Las bancas de adelante y las laterales mostraban cabezas rubias, canosas, oscuras, pelilargas, pelicortas, toda una variedad, y un señor y una señora se abrazaban con emoción, cubiertos por la música. Arrobados.

 

La última pieza era una de Olivier Messiaen, un músico francés que, además, siempre vivió obsesionado con el canto de los pájaros, el que incorporó a sus composiciones, en particular en su Cuarteto para el fin del tiempo. El color de su música se regó por todo el ámbito catedralicio. Era una fuerza de tormenta. Nadie quedó impune ante la interpretación de la Gratton. El aplauso final subió en temperatura e intensidad. Y la concertista se asomó al balcón del coro a saludar. Creció la ovación. No hubo “bis”, pese a la insistencia y a los reiterados “¡bravo!”.

 

Afuera, el sol quemaba menos, las palomas sobrevolaban el parque o se entretenía picoteando en el piso gris. Había nubes oscuras. El domingo de febrero tenía resonancias de órgano a la francesa y alguna lágrima furtiva por la muerte a balazos de un policía.

 

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