Vientos del pueblo…Vientos de Miguel

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N.B. Estas palabras las escribí en 2010 con motivo del centenario del natalicio de Miguel Hernández. Ahora, en un nuevo aniversario de su muerte, creo que tienen vigencia.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En estos tiempos de crímenes y corrupciones, de balaceras y asaltos, de ciudades inseguras y mafias, se preguntarán algunos —muy utilitaristas— qué importancia tiene reunirse a hablar de un poeta. Qué interés puede despertar, hoy, en un país como Colombia, dizque “tierra de poetas”, conversar, por ejemplo, sobre un poeta de la sangre, de hospitales y guerras, de hambres y desolaciones como Miguel Hernández.

 

Tal vez sea un asunto de locos, de nuevos desadaptados, de una confraternidad de seres extraños que creen todavía en los milagros de la palabra, en la conversación y las posibilidades de la cultura como una expresión de civilización. Sucedió por estos días (agosto de 2010), para conmemorar con antelación el centenario del nacimiento del poeta de Orihuela.

 

En la Biblioteca Marco Fidel Suárez, de Bello, el Centro de Historia de esa ciudad realiza cada quince días una tertulia literaria. En ella se aborda en análisis y conversación sin pretensiones a Steinbeck o Dostoievski, se habla de Faulkner o Rulfo, de Cepeda Samudio u Osorio Lizarazo, de Borges o Kafka, de Mejía Vallejo o Gonzalo Arango, en fin, que en la más reciente celebración de la palabra se habló de aquel poeta perito en lunas, el pastor de cabras, el mismo que se extinguió en la cárcel y al cual un hijo se le murió de hambre.

 

“La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda”

 

No deja de ser raro en tiempos en que todavía la sangre llueve boca arriba, en surtidores hacia el cielo, que haya gentes dedicadas a recordar a ese poeta que venía de sangre en sangre, mientras el mundo se consume en despropósitos. Por estos días, muy cerca de ahí, de la biblioteca, una chica mató a otra por robarle unos tenis, y en la villa vecina las comunas se incendian a balazos. Entre tanto, una tertulia evoca de nuevo el canto del poeta.

 

“Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento.
A las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.”

 

Y alguien dice quién pudiera ser Miguel Hernández para cantarles a los heridos y a la libertad, a los hospitales de sangre y a la tierra, a esa misma que “ocupas y estercolas”. Y la conversación toma otros caminos para decir que Miguel Hernández, autodidacta, se formó en la lectura de la poesía del Siglo de Oro español, y en las de Virgilio y San Juan de la Cruz y Verlaine.

 

Poeta de corta vida (murió a los 31 años, el 28 de marzo de 1942) y de largo aliento, su compromiso militante con la libertad y, desde luego, con la poesía, hace que se convierta en un poeta necesario. De aquellos cuyos versos van de boca en boca, de memoria en memoria, hasta instalarse en el corazón del pueblo. “Vientos del pueblo me llevan, / vientos del pueblo me arrastran, / me esparcen el corazón / y me avientan la garganta”.

 

Su poesía, mucha de ella nacida en medio de la guerra, se ha convertido en himno de combate, en denuncia de los desastres bélicos, en recordación de los días difíciles. Y en testimonio de lo que es la condición humana, sobre todo en tiempos de humillaciones y angustias. “Me llamo barro aunque Miguel me llame. / Barro es mi profesión y mi destino / que mancha con su lengua cuanto lame”.

 

Poeta de la guerra (cuando todas las madres del mundo ocultan el vientre), Hernández da cuenta de los desafueros de ella. Como se sabe, la Guerra Civil Española, de tantos muertos, fue, además, una suerte de escenario en la que se experimentó con anticipación el infierno que llegaría en 1939 con la Segunda Guerra Mundial. El nazismo y el fascismo tuvieron en España un buen caldo de cultivo. La Legión Cóndor, de la aviación alemana, destruyó la población de Guernica. Picasso creó una de las obras más perturbadoras sobre aquel genocidio.

 

Miguel Hernández escribió con sangre (algo así recomendaba Nietzsche). Fue un peregrino de cárceles y su existencia trágica terminó entre barrotes y tuberculosis. “Tristes guerras / si no es amor la empresa. / Tristes, tristes”. El poeta de Orihuela, y de todas partes, nos sigue cantando con una voz de alerta, con elegías y canciones que nos siguen doliendo. Y abriendo caminos. Los vientos de su poesía siguen soplando con fuerza.

 

(En el centenario del natalicio del poeta de Orihuela)

 

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Deja un comentario

4 comentarios

  1. luis guillermo alvarez alvarez

     /  marzo 28, 2017

    que lamenta los desabrazos que nos damos en falsas ternuras

    Responder
  2. CARMEN ÚSUGA

     /  marzo 28, 2017

    Maravilloso artículo. Un abrazo maestro Spitaletta!

    Responder
  3. Daisy

     /  marzo 29, 2017

    Hoy más que nunca el poeta de Orihuela, mi pueblo y el tuyo, está vigente. Aquí en Toronto también nos reunimos para disfrutar de sus versos, muy necesarios y dolorosos algunos de ellos, activistas de la comunidad latina. Por suerte algunos hemos tenido la posibilidad de visitar su casa museo en lo más céntrico de Orihuela y los casi 50 murales dedicados al poeta en el barrio de San Isidro.Llegue nuestro saludo a toda la Comunidad Hernandiana y especialmente a to, por este artículo.

    Responder
  4. Ester Goeta

     /  marzo 31, 2017

    Bello y sentido homenaje al Poeta Miguel Hernández.

    Responder

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