El payaso y una guitarra verde

(Imaginaciones alrededor de un cuento de Cepeda Samudio y un tango circense)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

1.

Me parece que al payaso le pasa hoy lo que al diablo: nadie cree en él (aunque decía Baudelaire que esa era una de sus astucias: hacer creer que no existía). El uno y el otro se han desprestigiado y perdido el indiscreto encanto que los hacía tan respetables. Aquel era un experto para desatar risas en los niños —se dice que también en los adultos—. Con el diablo (y todas sus variables) los señores de antes intentaban asustar al muchacho malcriado y a fe que la invocación satánica surtía los efectos deseados. Los papeles se han invertido. Los payasos, sobre todo los malos, producen pánico en los chicuelos, mientras el demonio les provoca una risa burlesca, de absoluta incredulidad. Los tiempos cambian. Menos mal.

Creo que es más difícil ser payaso en estos días de sobresaltos y desamparos, porque la gente se volvió triste. Se ha olvidado la risa, aquella que en el Renacimiento era aliada de la razón y de la estética. Ya para nada asombran una redonda nariz roja ni una bocaza pintarrajeada de encendidos colores ni unos carrillos con colorete. No emocionan los zapatones que sirven hasta para dormir de pie, ni los trajes anchos estampados de bolitas, ni la voz funambulesca que articula chistes llenos de lugares comunes, salpicados de ingenuidad y de tontería. Se envileció el oficio de payaso (y, sépanlo, los políticos y algunos periodistas deportivos han contribuido mucho en tal descaecimiento).

Hace tiempos, intentando imitar a un personaje de un cuento de Álvaro Cepeda Samudio, quise vestirme de payaso con la intención de encontrar a alguien que supiera tocar una guitarra verde, única en su género: servía para dar serenatas. Me puse una nariz de plástico y, frente a un espejo, comencé a pintarme la sonrisa y a teñirme los cachetes con pintura roja y blanca. Me puse una peluca anaranjada (quería una de alondras como la que sugería el loco del tango-balada de Piazzolla y Ferrer, pero a mano sólo había golondrinas), ensayé varias sonrisas, risas y carcajadas, probé morisquetas y alguna acrobacia, me puse un camisón fosforescente y un pantalón morado y me calcé unos desmesurados zapatones, pero antes de salir a buscar un circo, antes de enfrentarme a posibles espectadores, me di cuenta de que era un payaso muy triste y que la tristeza se me notaba en todo el cuerpo. Nada podía camuflarla. Es más: resaltaba entre tanto maquillaje. “No sirvo como payaso”, pensé, mientras dos lagrimones rodaban por la pintada cuesta de mis mejillas.

Entonces me dediqué a ir a los circos con el propósito exclusivo de observar a los payasos. Los del circo pobre y los del circo rico eran iguales, en el fondo y en la superficie. Reían en la misma tonalidad. Los rusos, los chinos, los estadounidenses, los mexicanos, los argentinos, los colombianos, todos hacían un descomunal esfuerzo para no llorar de verdad en escena. Luchaban contra sí mismos. ¡Vaya! si es que es muy difícil ser un payaso risible. Un payaso de verdad. Su alma despedazada se les asomaba por los ojos, y casi siempre estaban a punto de quebrarse en llanto. Creo que yo era el único que me percataba de esa tragedia y entonces me salía antes de que la función acabara.

Durante un tiempo los payasos ocuparon mis sueños. Y mis pesadillas. Los veía convertirse en monstruos, en zombis de torpe caminar, en recaudadores de impuestos, en verdugos, en presidentes de la república… Por considerarlo vergonzoso y estéril no consulté el caso con ningún psicólogo ni alquilé los oídos de algún psicoanalista. Hoy, ya curado de tales tormentos oníricos, salgo de vez en cuando por las calles con una guitarra verde en bandolera, y escucho a la gente, burlona, decir a mis espaldas: ¡ja, ja!, miren, qué risa, ese tipo se cree payaso”.

2.

Estaba parado frente a un cajero electrónico de Junín. Delante de mí había unas muchachas de uniforme de colegio, que se filaban para hacer transacciones. Entraban de a dos. Y se demoraban. Quizá adentro, en la cabina, conversaban de sus novios, de sus profesores, de sus días en que dejarán atrás los cuadernos para dedicarse a aventuras de otra índole. Quizá. Cuando salían, las otras se entraban, y las que esperaban, les decían: “no se demoren”. Y más tardaban en su tarjeteo y conversa de vidriera.

Mientras lamentaba en mi interior no haber tenido un libro para tan larga espera, pasó un tipo de melena ensortijada, de tenis, y con una guitarra verde al hombro. No sé si palidecí. En otros días, ya lejanos, era casi un milagro ver una guitarra verde. No daba crédito a lo que estaba viendo. Cuánto tiempo busqué en vitrinas de almacenes de música una como la que ahora portaba el hombre que se alejaba hacia la avenida La Playa.

Quise abandonar la fila, pero me contuve. Ya había esperado mucho. Sí, pero sentía en mi interior el arrebato de salir tras él para decirle que, por favor, tocara la guitarra, que una guitarra de ese color debía sonar distinto, tener músicas propias, quizá en su caja sonora podría albergar a algún duende… Y ya estaba a punto de perseguirlo cuando las últimas muchachas salieron del cubículo y decidí (no vestirme de payaso, como en el cuento de Cepeda) entrar ahí. Y mientras hundía teclas y marcaba cantidades y clave, tuve la tentación de cantar una tonada que me pareció siempre de lo más surrealista: “un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña”, que podía irse hasta el infinito porque dos, tres, cuatro elefantes se balanceaban en una telaraña imposible, y así.

De pronto, llegaron las músicas de Soy un circo, un tango de Héctor Stamponi y Horacio Ferrer. Y decidí cantarlo a media voz: “Soy un circo, hermano mío, soy un circo, / secá tu llanto en la melena del león, / después vestite con mi frac de pajaritos / que el Quijote y Buster Keaton / nos esperan en el hall…”.

Cuando salí, enrumbé hacia la avenida por donde había desaparecido el de la guitarra. No estaba por ningún lado. Tal vez ya estaría en algún bus cantando canciones de emergencia o en un bar buscando una muchacha que le escuchara los arpegios y acordes de su vagabunda guitarra verde.

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Fantasmas en los nimbus

(Cine patasarriba, caras virginales en las paredes y un caleidoscopio de infancia)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Las ensoñaciones podían advenir por el polvillo flotante en un rayo de luz que penetraba por un orificio de la ventana de madera. A veces, porque sobre el techo se reflejaba la calle patas arriba, con gente caminando al revés, proyectada por la luz de resquicio que nos hacía tener un cine natural en casa. La imaginación se acrecentaba con las juntas de los ladrillos, cuya mezcla de cemento y arena formaba rostros de vírgenes desmirriadas y palomas al vuelo, o, cómo no, la imagen de la verónica de semana santa.

 

En las paredes del cuarto, que todavía estaban sin repellar, era posible hacer un álbum de fisionomías, de fantasmas de arena y polvo, con figuras danzantes o carreras de caballos y perros, todos creados por un magín de calenturas. Y, en los desayunos, cuando quedaban en la taza las borras de café o chocolate, se podían avizorar anuncios de buenas nuevas y presagios de suerte pesarosa. En esas formas aleatorias se podía leer el futuro “que yo no perdí”. La incertidumbre del porvenir.

 

La niñez era una invitación a robustecer las imaginaciones y volar sobre tejados y azoteas. Leer las nubes, descubrir en ellas disímiles figuras, como caras barbadas, trompas de elefantes, perros de caza, era una manera de la fantasía. Después, sobre nimbus, stratus, cirros y cúmulos, era factible crear una historia de brujas y hadas, con grafismos celestes. La pareidolia, ese fenómeno que nos hace ver cosas donde no las hay, se trasladaba a montes y pináculos en los que era posible desentrañar rostros pedregosos, jorobados en actitud vigilante y voces siniestras que se desprendían de troncos y malezas.

 

¿Y qué tal la gota de aceite en el asfalto? Era una productora de imágenes irisadas con las que el cielo descendía a la calle. ¿Y los charcos sobre el pavimento? Otro modo de ver el mundo, a escala, como una maqueta, de sentir tormentas y escapar a naufragios de esquina. Había en muros y postes una convocatoria de ilusiones ópticas, de fotogramas urbanos que nos convertían en espectadores de lo asombroso en lo ordinario.

 

Cuántas fascinaciones nos contaron los techos, mientras vos, bocarriba, trazabas mapas y montabas en camellos a través de desiertos con simunes y arenas desenfrenadas. Eran modos baratos de enardecer el cerebro con imágenes de mujeres desnudas, que se reflejaban en los espejos imaginarios de la terraza. A veces, cuando se buscaban otras emociones, entonces se fabricaba el artesanal caleidoscopio, con conos de hilados y vidrios y cuentas de colores. Era subirse en una aventura visual que cambiaba de episodios y personajes con solo mover el artefacto para mezclar su mecanismo elemental.

 

Con el caleidoscopio, sin saberlo quizá, nos introdujimos en el universo de las formas geométricas y los fractales (cuando este término ni se usaba), en la óptica de lo imaginario, espejismos para la relajación y el disfrute de los sentidos. Era un ejercicio que trascendía la hechura de barquitos y aviones de hojas de cuaderno. Había un ritual en su preparación, en la búsqueda de los cristales, las cartulinas y los espejos fragmentados.

 

Armar un caleidoscopio rústico tenía su gracia. Esperar, por ejemplo, que los conos de hilo de la máquina de coser de mamá o de las vecinas se acabaran para utilizarlos en el cuerpo del aparatejo elemental. En ocasiones, se picaba papel de globo para efectos especiales, que no era más que darle un toque de color al interior. Una vez, a casa llevaron uno de mejor confección, con decorados exteriores que representaban un gnomo y un niño montado sobre un perro y en el que se podía ver el otro lado del mundo, con geometrías móviles, deslumbrantes,  que se prolongaban hasta el infinito.

 

Se podría decir que el universo de la luz, el de sus efectos y misterios, nos mantuvo atentos en buena parte de la infancia. Era la unión de cinematógrafos domésticos, de espejuelos cromáticos, de pinturas en el cielo, de esculturas en las montañas vecinas, con nubarrones que siempre deparaban sorpresas. Una invención de coordenadas nuevas, de hemisferios impensables, de sombras chinescas revueltas con lunas de papel.

 

Tal vez los que aprendimos a interpretar las nubes, a buscar en sus formaciones otros modos de los relatos mágicos, de las ficciones efímeras, nos sigue gustando observar los cielos, porque, sin falta, habrá en ellos una historia de golondrinas y arreboles apresurados que a veces se parecen a los colores de los caleidoscopios de un tiempo luminoso y feliz.

 

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Historia de un oso con exilio

(Recordando a Benedetti y un cortometraje chileno ganador de un Oscar)

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Por Reinaldo Spitaletta

 

La conversación con Mario Benedetti, a quien entrevisté en 1985 para un diario de Medellín, fue derivando en simbologías y representaciones del exilio. Para entonces, el poeta y narrador uruguayo, que bebió de las amargas experiencias de los que se tienen que ir (huir) de su país para preservar la vida, había construido una suerte de noción en sentido contrario: el desexilio y de cómo, tras la caída de la dictadura militar argentina (1983), se abrían las puertas del retorno para los que se habían tenido que marchar.

 

Benedetti, que tuvo que salir de Uruguay, y fue perseguido por todas partes por la policía militar de su país (Buenos Aires, Lima, La Habana), vivió en España, su penúltimo refugio, hasta muy entrado en años. Y, al final de cuentas con la vida, retornó a su tierra natal, donde murió en 2009.

 

Para el autor de La tregua, los que se quedaron, perdieron la libertad; los que se fueron, el contexto. Y en ese aspecto, señalaba que ni unos ni otros debían hacerse reproches mutuos. Y ya en estas se andaba en la charla, cuando comenzó a hablar del concepto de “contranostalgia” como una parte esencial del desexilio, proceso de retorno a las raíces, al territorio ancestral y la identidad.

 

“Así como la patria no es una bandera ni un himno, sino la suma aproximada de nuestras infancias, nuestros cielos, nuestros amigos, nuestros maestros, nuestros amores, nuestras calles, nuestras cocinas, nuestras canciones, nuestros libros, nuestro lenguaje y nuestro sol, así también el país (y sobre todo el pueblo) que nos acoge nos va contagiando fervores, odios, hábitos, palabras, gestos, paisajes, tradiciones, rebeldías, y llega un momento (más aún si el exilio no se prolonga) en que nos convertimos en un modesto empalme de culturas, de presencias, de sueños”, escribió Benedetti en un artículo de prensa.

 

El exilio, que para los de América Latina se tornó cotidianidad, casi paisaje (paisaje de desierto y dolor), en los setentas y ochentas, producto de las dictaduras, gobiernos represivos, el avance de la ultraderecha, auspiciado por los Estados Unidos, como sucedió, por ejemplo, con el Plan Cóndor, volvió años después (2016) a la palestra de actualidad, ya no como una realidad de desventuras y desprendimientos, sino como metáfora, gracias a un cortometraje chileno, Historia de un oso, ganador del Oscar a mejor corto animado. Chile, que padeció la dictadura del general Augusto Pinochet, fue uno de los países del Cono Sur que más exiliados tuvo en aquellas calendas de horror.

 

Chile, la de los Parras cantores y poetas, la de Huidobro y Neruda, y la de los testimonios musicales de masacres en escuelas y estadios, vivió en los setentas, y durante largo tiempo, uno de los martirios más desgraciados de América Latina: el desarraigo de miles de sus ciudadanos. Y la desaparición y tortura de muchos otros.

 

Los chilenos Gabriel Osorio y Pato Escala, mediante una hermosa metáfora, recorrieron en diez minutos los significados del exilio no solo en su país sino en América Latina, con un oso robado por un circo y sometido a una disgregación familiar y a la tristeza permanente.

 

La historia, con sonidos de cajitas de música, de tiovivos y reminiscencias infantiles, es de un oso solitario (los osos han aparecido en distintas películas, pero también en la afición sanguinaria de un reyecito español que mató muchos de ellos en Rumanía) que construye un diorama como una posibilidad de que la memoria no se pierda y de que la tragedia ocurrida no quede del todo en esa impunidad tremenda, que es la del olvido. Pero, según el director, la pequeña narración visual, de exquisita construcción, va más allá: tiene que ver con la historia de su abuelo (Leopoldo Osorio), militante del Partido Socialista, que en 1975, tras dos años de prisión en su país, se tuvo que exiliar en Inglaterra.

 

Y aunque el espectador desconozca estos antecedentes, que están ligados al derrocamiento de Salvador Allende y la dictadura de Pinochet, la historia está tejida con una honda y delicada representación de la libertad, los encadenamientos y represiones. Es una historia política, sin que la política sea evidente, pero sí atraviesa el corto. Hay (como lo advirtió el nieto cineasta en la premiación de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas) una condensación de lo vivido por los presos políticos, los desaparecidos y exiliados del régimen pinochetista.

 

Apreciar la intensa cortedad de esta historia, puede provocar en algunos espectadores un retorno a la infancia, pero, al mismo tiempo, una dolorosa sensación de lo perdido y jamás recuperado. Con apariencia de juguete, el filme, que utiliza lo artesanal en una mezcla con tecnologías avanzadas, es otra posibilidad para la imaginación y la reflexión política.

 

¡Ah, sí!, y volviendo a Benedetti, que usó la palabra desexilio por primera vez en su obra Primavera con una esquina rota, y que en 1985 pudo retornar a su patria, el escritor (que también apareció en películas como El lado oscuro del corazón, de Eliseo Subiela) decía que “el exilio es el aprendizaje de la vergüenza y el desexilio, una provincia de la melancolía”.

 

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El chicanero

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Por Reinaldo Spitaletta

Puede ser —no hay claridad al respecto—  que haya tenido una infancia de desventuras, en la que nunca el Niño Jesús (o su equivalente) le trajo un regalo, ni siquiera tuvo una pelota, artefacto de maravilla que jamás cae y es la gracia infinita para un chico, o tal vez pudo ser lo contrario: le sobraban las atracciones de juego, la ropa refinada, los cuadernos más costosos y el colegio más caché. Lo que hubiera sido, le dio hoy esas ínfulas que se le notan hasta en el caminado, con superioridad en la mirada como de príncipe a punto de coronar trono, pasos medidos de modo que no altere el ritmo uniforme, y en estar pendiente de quiénes lo observan.

 

Le interesa lucir relojes y anillos de pedrería, cadenas colgantes, camisas de exclusividad. Y no solo es con la ropa con la que expresa su altivez de pose. Que se puede hacer listado de zapatos distinguidos y de los informales que, para mayor fatuidad, deben ser de marca internacional. Cuando habla se le siente un tufillo de petulancia. Un aire de altanería. Puede ser, si se le examina mejor, como el narciso, e incluso un poco como el petimetre. La diferencia radica en que él desea con obstinación que lo miren para producir en el otro —eso cree— una especie de rivalidad. Es como si dijera: “mirá, yo puedo usar estos vestidos y vos apenas podés tener unos de cargazón, si acaso”. O “ve, puedo tener una loción fina, fragancia de maderas, exclusiva, mientras a vos el pachulí y el pino silvestre te dan la estofa de bajeza y ordinariez que siempre te han caracterizado”.

 

El chicanero tiene un género de complejo que puede rayar en la estupidez. Solo que él considera que las cosas que compra, sus modos de ser de estar exhibiendo aunque sean oropeles, de creer que nadie es capaz de ocupar la calle, la acera, como él lo hace cuando se desplaza, porque sabe de caminados, de dejar una estela de cometa Halley, tan escaso, lo convierte en un tipo chocante ante los demás, pero él, como si fuera autista, ni se entera de que es un rey de burlas, centro de chistes y consejas. “Vean, ahí va ese que no es más que nadie y se las da de café con leche”. “Ah, si es que no hay pinzas con qué cogerlo”. “Huy, qué man tan mostrón y no es nadie. O sí: es un don nadie”.

 

A la larga, se va volviendo paisaje, porque nadie lo toma en serio, ni lo determina a propósito, parece que no existiera para los que quieren darle una lección de sencillez. Claro que él ni se da por enterado. Ni le importa, en tal caso. No puede dejar de pavonearse y sacar pecho. De relamerse porque está montado en un automóvil recién comprado y entonces pita, acelera, da vueltas por el barrio y piropea a las muchachas pero no porque piense que ellas son unas bellezas, aunque lo sean, sino porque —es su convicción— deben rendirle pleitesía y creer que es un ejemplar único y sin par.

 

Entre su repertorio de sandeces, como pensar que en cualquier momento lo contratarán para anuncios publicitarios, por su finura en el porte, según él, están, por ejemplo, las muestras de lucir sus zapatos charolados. Se alza un poco el pantalón de modo que se vean sus relumbres. También (él dice que con ello despertará envidias) vocifera que hará un viaje de placer a fin de año, que puede ser un crucero por las Antillas, o si no, que lo está analizando con agentes viajeros, por ciudades de Europa, que está hasta la coronilla de conocer las ciudades de por estos lados.

 

“Vaya, qué sujeto ordinario, no sabe que estaría mejor si manejara perfil bajo”, se ha escuchado decir, más que todo en voces de señoras que reunidas en corredores o en el mercado de barrio, lo han visto en faenas de pura pose. “Caranga resucitada”, dicen en la tienda, cuando lo ven discurrir con su tumbado arrogante, que lo muestra como si creyera que por los pestillos y hendijas, por las claraboyas y los calados hubiera ojos que lo enfocaran con admiración y ganas de imitarlo.

 

El chicanero es producto de una carencia. O de muchas. Su vocación es la superficialidad, el afuera, las ganas de impresionar con tan poquito. Es débil al dejarse obnubilar por sí mismo, por lo que él considera como señal y muestra de alcurnias y distinciones (todas falsas), cuando no es más que un mequetrefe al que la vanidad y el egocentrismo tornan en alguien que siempre está cayendo al vacío.

 

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Arqueología y nostalgia del solar

(Crónica con viejos espacios en los que el campo se prolongaba en la ciudad)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

Las casas con solar tenían la posibilidad, además del celebrado patio, de que el cielo bajara a establecer su reino entre higuerillas, eras de cebolla, gallineros y paredes con porterías de fútbol pintadas como si hubiera un estadio doméstico en ese espacio en el que había jardines y cantos de pájaros. Era, también, una suerte de transferencia de lo silvestre, con rememoraciones campesinas, hacia lo urbano. Una muestra mínima del campo en la ciudad.

 

Había en algunos barrios casas en cuyo solar había una puerta que daba a una calle, como una manera de agilizar el ingreso de animales domésticos y de bultos de mercado. No eran muchas. Quizá la última en ese sentido que sobrevivió en la ciudad, era la de un caserón del barrio Buenos Aires, con entrada principal sobre la carrera Alemania con la 48. De afuera, se advertían por encima del muro, mangos, naranjos y plataneras.

 

El solar era una especie de oasis, con frutales y poceta para las trapeadoras. En un tiempo, sus muros se coronaban con puntas de vidrio, botellas quebradas que se instalaban como disuasión para los asaltantes, los llamados “roba gallinas” y los que querían “gatear” a las muchachas, muchas veces en prendas menores en aquella extensión de tierra, sembradíos y senderitos empedrados.

 

Era otra manera de salir de casa, pero atado a ella por un invisible cordón umbilical. El solar ofrecía frescuras, momentos de conversación en torno a mesas y taburetes que se sacaban en tiempo seco y soleado para tener momentos de solaz, en medio de perfumes de plantas aromáticas y de piar de polluelos.

 

Un solar era la prolongación de lo campestre. Y, como agregado, un terreno para el ejercicio de juegos domésticos entre los hermanos, cuando por alguna razón no se quería salir a la calle, donde en otros días había una fiesta de correndillas y futbolerías con pelotazos contra puertas y ventanas. El solar era secadero de ropas y convocatoria de mirlas y canarios.

 

El solar doméstico, diferente a aquel que llamaban baldío, que en los barrios viejos se quedaban años a la espera de construcción, digo que el de la casa tenía sabor a familia, a conversación de atardecer e, incluso, las señoras se comunicaban a través de ellos, alzando la voz, y se pasaban panelas, arroces y otros bastimentos, como asunto de solidaridad y de certificación de vecindario. Los solares tenían palabras y canciones.

 

De los que recuerdo con menos claridad que nostalgia, estaba el de una casa situada en el denominado entonces sector de La Cachera, en Bello, muy cerca de la escuela Rosalía Suárez. Un veinticinco de diciembre cayó entre los brevos y naranjos y el gallinero, en el que mamá tenía unas cuantas aves a las que además nombraba (La Collareja, La Rinita, La Saraviada, La Generosa…), un globo negro, en forma de cojín. Era toda una novedad. Y también —que no podía faltar la superstición— una especie de presagio agorero. Mamá dijo que lo regaláramos de inmediato a los muchachos de la cuadra. Eso se hizo. Se les quemó en la elevación.

 

Con un mi hermano jugábamos a la pelota en aquel espacio en el que se combinaban alambres de ropa y flores de Cayena. La casa, alquilada, era de un tal don Manuel, tenía un antejardín con verja y un patio central. El solar era lo más atractivo de aquella construcción con piezas en galería y ladrillo a la vista. Otra, en El Carretero, en un caserón de tapias y techo de tres aguas, el solar estaba sembrado de plátanos y mafafas. Era un solar con altibajos, barrancudo, que no ofrecía ningún atractivo para la congregación familiar ni para un ejercicio de la imaginación. Una porquería.

 

En algunos solares había quioscos y fogones de leña, que en diciembre eran parte de los jolgorios familiares. Junto el solar estaba a veces el cuarto de los olvidos, en los que reposaban herramientas, máquinas dañadas, adornos navideños y un cúmulo de objetos inservibles. Un solar, en todo caso, era un encuentro con el aire libre y los cielos urbanos.

 

A diferencia del solar casero, existía la misma designación para referirse a los lotes o parcelas, con potencial capacidad para la construcción de casas y edificios. Esos solares, que a veces perduraban con malezas y un muro de poca altura para evitar su ocupación ilegal, se llenaban de basuras y en algunos crecían adormideras y matas espinosas. Hubo los que permanecieron, como tierra de engorde, sin que nadie supiera nunca quién era su dueño. En Bello, por ejemplo, había tantos, de apariencia desolada, sin que jamás alguien los comprara o interviniera, que unos dichos de entonces ganaron en popularidad: “Dura más que un solar en Bello”; “es más viejo que un solar en Bello”. Y así.

 

Uno de los solares más sonoros que conocí fue el de Lindbergh, un barbero del barrio Buenos Aires de Medellín. Sembrado de limoneros y naranjos, tenía un quiosco al que casi todas las noches de todos los años, llegaban músicos sinfónicos y populares. Tocaban y cantaban hasta el amanecer, cuando los reemplazaban nubes de pájaros coloridos. Ya desapareció para darle paso a una edificación a modo de ramada.

 

No sé cuántas casas de esta urbe, antigua Villa de la Candelaria, en la que cada vez más escasean los árboles y hay demoliciones de caserones para dar paso a esperpénticos edificios (bueno, de vez en cuando se descachan los constructores y erigen alguno con diseño de alta calidad y estética), quedan todavía solares. Deben de ser muy pocos. Son parte de un tiempo extinguido. A los demás, los mataron las nuevas rentabilidades y plusvalías del suelo. Y, claro, el cada vez menor espacio que ha quedado para habitar con dignidad.

 

Tal vez las nuevas generaciones ni sepan de qué se trata un solar. Su vida se reduce a las cuatro paredes de un apartamento sin horizontes, sin cielo, sin viento… El solar, ahora, es parte de una arqueología urbana; restos de una memoria en la que había reminiscencias campestres conviviendo con las nuevas maneras de ser de la ciudad. Que ya son viejas. Y, más que viejas, puros fósiles.

 

El solar era una rara combinatoria: aires hortelanos, domesticación de aves (con nidos incluidos), lluvia y sol y viento sobre una cara infantil que, de noche, con el magín enardecido, también podía salir a viajar por las estrellas.

 

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Rogelio, un multiplicado cantor

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

El hombre es tierra que anda, decía el inca. Y que canta. O, por lo menos, en alguien como este juglar del cual escribo, se conjugan canto y andares. Asunto del trovador. Reunión de rebeldías y sensibilidades, Rogelio, con su voz, con sus palabras, con su guitarra, evoca a Atahualpa, y en algún vuelo de palomas, a Facundo. Y luego —y siempre—, a él mismo.

 

Es de aquí y de allá. O quizá no es de ninguna parte. Su identidad está en interpretar coplas, en darle vida a la poesía que se adivina en el frufrú de una falda de mujer reciente, de producir arpegios para decirle al mundo que está vivo y que resucita en cada canción. Abierto a la convocatoria del amor y “apático al dogma”, Rogelio Díaz Muñoz es, ahora, un cantor de elaborada madurez, más hondo y con más sentido de la necesaria rebeldía.

 

Canta desde sus años de escuela y conserva desde entonces su asombro ante el mundo (que “fue y será una porquería”) y su capacidad para decir de desamparos, para hacer sentir su voz que habla de desobediencias y de intimidades. Su esencia es cantar. Y en esa actitud de vida se comunica con su interior y con quienes lo escuchan. Su diálogo con la gente va más allá de la canción.

 

Opina del mundo con su guitarra, con su interrogante voz; con ambas construye, abre caminos para que otros transiten. Es esa otra misión del cantor. Aprende del pueblo, elabora, transpola y luego, decantadas, sus creaciones vuelven a la gente. Al hombre.

 

En lo cotidiano es sanguíneo. Y esos golpes de sangre los traslada al escenario, a la peña, a los momentos en que se transforma con el canto y, a su vez, contribuye a la transformación del otro. Lo hace, a veces, con un tango. O con una balada italiana. Con una copla de Yupanqui, o con la poesía de Patxi Andión. Es Serrat, o Leonardo Favio, o Alberto Cortés, pero, sobre todo, es él mismo.

 

Él y su guitarra. Él y su voz. Es capaz de componer en escena, según las sensibilidades del público. Desde siempre, o, para ser exactos, desde su niñez le hizo caso a su propia voz, la misma que le decía: tienes que ser artista. Y empezó en sus soledades, y las extendió, musicalizadas, a los colegios, a las tabernas, a las plazas. Así fueron más anchas su voz y su poesía.

 

Les canta a sus amigos. Y a sus nostalgias. A la noche y a la posibilidad de un mundo mejor. Sigue andando tras la utopía, y eso es suficiente virtud. Rogelio, por ser juglar, es un hombre libre. Y es tierra que anda. Y, además, es semilla. Su compromiso es con el canto, con ese que es historia y memoria. Ah, y —por supuesto— poesía.

 

Rogelio, ecuación suficiente y necesaria para crear y recrear el mundo y echar a andar tras la utopía.

 

  1. Breve semblanza que escribí hace años para un disco con canciones de Rogelio, cantor bellanita.

 

 

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Orines con perfume de colegiala

(Una carta para el centro de Medellín)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Querido y odiado Centro:

 

Cuando tenías cara de muchacha bonita, con uniforme del Cefa o de La Presentación, cuando olías en Junín a pan francés y jugo de mandarina, cuando por el parque Bolívar, tierra de élites de pipa y traje inglés sonaban las músicas matinales del domingo, me enseñaste que mientras más pisara tus calles, mis zapatos te querrían más.

 

Ve, como decía la tía Verania, me conquistaste a punta de fotogramas, y desde el viejo Oeste hasta Kubrick contribuyeron a mi educación sentimental; me ubicaste en la penumbra de pantalla encantada, en la que, a veces, alguna señora deslizaba su mano inquieta en búsqueda de un tesoro escondido, o, cómo no faltaban los cacorrones de media luz, un aseñorado señor se aficionaba a tocar muslo y salía trasquilado.

 

Quién lo creyera. Pero en el Sinfonía vi a Genoveva de Bravante y, después, tal vez porque el dueño creía que era pura pornografía, varios filmes de Pasolini (Teorema y El Decamerón, entre ellos). Y como a un diletante, las tardes del Cine Libia me regalaron a Lina Wertmüller y Liliana Cavani. Y primeros planos de la inquietante Liv Ullman.

 

Poco me interesaron tus misas, pero sí tus mesas de café, desde La Boa, pasando por la extinguida Arteria de noches universitarias y alicorados paliques, hasta hundirme en las tinieblas etílicas del Jurídico, La Bahía y el Oro de Múnich, con estaciones en el Caló, un bar de coperas hermosas. Y, claro, aquel bar de escasas mesas, en una esquina de sindicalistas y tipógrafos: La chispa, que parecía una sucursal de Lenin y sus bolcheviques.

 

En tu asfalto de tango y son echamos a volar guitarras nocturnas en días de estado de sitio mafioso, como un desafío a los que querían terminar con la noche. Y cantamos en las bancas del parque de Bolívar trovas al Che y leímos a Cortázar. También, sobre ese mismo asfalto, vi caer policías y borrachos con los bolsillos al revés.

 

Tal vez, de tanto estar en tus entrañas, no me percaté de tus cambios: donde había un cine, apareció un prostíbulo o una iglesia apocalíptica; donde había un cafetín, un parqueadero de motos. Y las librerías se esfumaron. Y solo quedaron bancas de especulación y bustos de próceres de hollín con mierdas de paloma.

 

Te sigo andando (¿amando?). Porque tu cara es múltiple. Bonita y fea. Musical y sorda. Sórdida. Y luminosa. Sos historia y memoria. Y tenés pájaros que atardecen en la Oriental. Divino y maldito. Sos centro de gravedad. Moribundo y naciente, con mezclas de olores extremos: meados de parque con perfume de colegiala.

Nota: Esta carta hace parte de la publicación Cartas al Centro, de la Universidad de Antioquia y Caminá pa’l Centro.

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Parque del Periodista, reencuentro con el centro

(Crónica con cervezas, galería de arte y conversación al aire libre)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

La que fue, hace años, la desolada plazoleta del Guanábano, con caserones como los que habitó Luis López de Mesa (hoy sede de la Academia de Historia de Antioquia), es hoy, con el busto de un cubano al que acusan de haber creado el periodismo en Colombia, el Parque del Periodista, en el que se han celebrado misas con ánimos de exorcismo y paganas trabas de marihuana y alcohol.

 

En el vértice que forman Girardot y Maracaibo, dos históricas calles del centro de Medellín, se yergue la placita con retretes de calle, una escultura que conmemora una masacre sucedida en Villatina, el celebérrimo bar El Guanábano, licoreras, ventas de empanadas, una vieja farmacia, residencias de paso, bares y comederos de ocasión.

 

El origen nominal de El Parque del Periodista se remonta a 1971, cuando gremios de reporteros se movilizaron para que ahí, en ese lugar que entonces estaba muy lejos del mundanal ruido, se rindiera homenaje al cubano Manuel del Socorro Rodríguez de la Victoria (1758-1819), que en tiempos de la colonia fue bibliotecario, periodista, miembro de una tertulia e informante del rey Fernando VII. Y desde entonces, a la plazoleta, que no es parque, se le denomina así.

 

En los albores de la década del noventa, en pleno furor de los carteles de la mafia, que aterrorizaron por varios años a los habitantes de Medellín, el parque del Periodista va a cambiar de usos, y de una solitaria plazoleta en zona residencial se metamorfoseará en un espacio de estudiantes, punkeros, bohemios de diversa índole, artistas y habitantes de la noche.

 

Cuando La Arteria, un cafetín situado en La Playa entre Girardot y El Palo, se convirtió desde los ochenta en el templo de universitarios, poetas, exnadaístas, aprendices de escritor, y otros aventureros de la nocturnidad, el sector era un hervidero de la muchachada. También de veteranos nostálgicos que se aferraban al uso de una ciudad para conversar. La avenida sobre la quebrada Santa Elena se colmaba en las jardineras, en las raíces de las ceibas, en las aceras. Olía a cerveza, a mochilas y libros.

Pero lo que denominan en tono filosófico el “progreso” acabó con la casa republicana en cuyo garaje estuvo La Arteria y hasta ahí llegó la existencia de uno de los bares más emblemáticos que tuvo el centro de la ciudad. La migración se dirigió hacia Girardot con Maracaibo, parte de lo que hoy se identifica como la Zona Fucsia. Y allí, en un local donde antes funcionó El Pollo Farsante, cuatro bohemios profesionales (Juan Fernando el ‘Mono’ Upegui, José Ignacio Mesa, Gloria la ‘Mona’ Uribe y John Jaramillo) fundaron El Guanábano. Era 1990.

 

Entre los ochenta y parte de los noventa, y antes que la mafia declarara “estado de sitio”  y “toque de queda” en el centro de Medellín, la bohemia se esparcía por algunos otros bares del sector, como el de Don Lao, al frente del teatro Sinfonía, El Jurídico (en Córdoba con La Playa), El Pergamino (en la esquina de Maracaibo con Córdoba), La Boa (de Iván Zuluaga, en Maracaibo con El Palo) y, claro, La Arteria (de Guillermo Suárez).

 

La apertura de El Guanábano fue una suerte de conmoción en la plazoleta. La larga noche estaba atiborrada de músicas, tragos, humos, conversa, y de una flexible diversidad de gustos, modas, apariencias, modos de ser. El Parque del Periodista mutó de una soledad antañosa a una dinámica urbana con múltiples presencias. Es una zona frenética, convergencia de rastas y metaleros, de salseros y roqueros clásicos. Un lugar multicultural, con cabida para todos.

 

En el pedestal circular de la escultura Los niños de Villatina, de Édgar Gamboa, lo mismo que a sus alrededores, los circunstantes se congregan en sus parlas eternas, quizá sin saber muchos de ellos que el monumento es un homenaje a los niños masacrados por policías el 15 de noviembre de 1992, y a lo mejor ni les importa el busto del cubano Manuel del Socorro, personaje al que un periodista de estos tiempos (Carlos Bueno) calificó de “inane, inocuo y prescindible”.

 

En una de las esquinas del parque, en el cuarto piso de un edificio marcado con la placa 53-09, ha comenzado a funcionar una galería de arte (925 Art Gallery), con una exposición colectiva titulada Reencuentro con el Centro. Su creador y doliente es Luis Alberto Duque. “Tenemos la misión de apoyar y proyectar el arte de los artistas emergentes de Medellín. Tendremos exposiciones, estudios para artistas, charlas, encuentros con extranjeros”, dice.

 

Por ahora, en la nueva galería hay obras de Juan Fernando Ospina, Male Correa, Philip Anselmo, Sebastián el Donchi, Ita Yosara Gallego, Javier Berrío, Daniel Paniagua y Jorge Zapata.

 

Una nueva dimensión que le nace al parque, en medio de su multiplicidad cultural, en la que aparecen comediantes, poetas, habladores profesionales, fotógrafos, historiadores, travestis, vendedores ambulantes, médicos, artesanos y los que persiguen sueños.

 

El Parque del Periodista, repudiado tal vez por aquellos que no conciben la conjunción de la diversidad en un espacio abierto, expresa hoy una de las formas de ser de un centro que aspira a albergar en su seno de cemento y vehículos todas las maneras de la cultura y la convivencia social.

 

(Nota escrita para el diario El Mundo, de Medellín)

 

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