Rogelio, un multiplicado cantor

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

El hombre es tierra que anda, decía el inca. Y que canta. O, por lo menos, en alguien como este juglar del cual escribo, se conjugan canto y andares. Asunto del trovador. Reunión de rebeldías y sensibilidades, Rogelio, con su voz, con sus palabras, con su guitarra, evoca a Atahualpa, y en algún vuelo de palomas, a Facundo. Y luego —y siempre—, a él mismo.

 

Es de aquí y de allá. O quizá no es de ninguna parte. Su identidad está en interpretar coplas, en darle vida a la poesía que se adivina en el frufrú de una falda de mujer reciente, de producir arpegios para decirle al mundo que está vivo y que resucita en cada canción. Abierto a la convocatoria del amor y “apático al dogma”, Rogelio Díaz Muñoz es, ahora, un cantor de elaborada madurez, más hondo y con más sentido de la necesaria rebeldía.

 

Canta desde sus años de escuela y conserva desde entonces su asombro ante el mundo (que “fue y será una porquería”) y su capacidad para decir de desamparos, para hacer sentir su voz que habla de desobediencias y de intimidades. Su esencia es cantar. Y en esa actitud de vida se comunica con su interior y con quienes lo escuchan. Su diálogo con la gente va más allá de la canción.

 

Opina del mundo con su guitarra, con su interrogante voz; con ambas construye, abre caminos para que otros transiten. Es esa otra misión del cantor. Aprende del pueblo, elabora, transpola y luego, decantadas, sus creaciones vuelven a la gente. Al hombre.

 

En lo cotidiano es sanguíneo. Y esos golpes de sangre los traslada al escenario, a la peña, a los momentos en que se transforma con el canto y, a su vez, contribuye a la transformación del otro. Lo hace, a veces, con un tango. O con una balada italiana. Con una copla de Yupanqui, o con la poesía de Patxi Andión. Es Serrat, o Leonardo Favio, o Alberto Cortés, pero, sobre todo, es él mismo.

 

Él y su guitarra. Él y su voz. Es capaz de componer en escena, según las sensibilidades del público. Desde siempre, o, para ser exactos, desde su niñez le hizo caso a su propia voz, la misma que le decía: tienes que ser artista. Y empezó en sus soledades, y las extendió, musicalizadas, a los colegios, a las tabernas, a las plazas. Así fueron más anchas su voz y su poesía.

 

Les canta a sus amigos. Y a sus nostalgias. A la noche y a la posibilidad de un mundo mejor. Sigue andando tras la utopía, y eso es suficiente virtud. Rogelio, por ser juglar, es un hombre libre. Y es tierra que anda. Y, además, es semilla. Su compromiso es con el canto, con ese que es historia y memoria. Ah, y —por supuesto— poesía.

 

Rogelio, ecuación suficiente y necesaria para crear y recrear el mundo y echar a andar tras la utopía.

 

  1. Breve semblanza que escribí hace años para un disco con canciones de Rogelio, cantor bellanita.

 

 

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2 comentarios

  1. Ricardo Vera Pabón

     /  abril 18, 2017

    Ah, Rogelio también es versificador, contador de historias, palabrero y amigo de siempre.

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  2. Rogelio también es sonrisa y mirada sincera, donde se atisban sus soledades que también son las nuestras.

    Responder

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