El chicanero

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Por Reinaldo Spitaletta

Puede ser —no hay claridad al respecto—  que haya tenido una infancia de desventuras, en la que nunca el Niño Jesús (o su equivalente) le trajo un regalo, ni siquiera tuvo una pelota, artefacto de maravilla que jamás cae y es la gracia infinita para un chico, o tal vez pudo ser lo contrario: le sobraban las atracciones de juego, la ropa refinada, los cuadernos más costosos y el colegio más caché. Lo que hubiera sido, le dio hoy esas ínfulas que se le notan hasta en el caminado, con superioridad en la mirada como de príncipe a punto de coronar trono, pasos medidos de modo que no altere el ritmo uniforme, y en estar pendiente de quiénes lo observan.

 

Le interesa lucir relojes y anillos de pedrería, cadenas colgantes, camisas de exclusividad. Y no solo es con la ropa con la que expresa su altivez de pose. Que se puede hacer listado de zapatos distinguidos y de los informales que, para mayor fatuidad, deben ser de marca internacional. Cuando habla se le siente un tufillo de petulancia. Un aire de altanería. Puede ser, si se le examina mejor, como el narciso, e incluso un poco como el petimetre. La diferencia radica en que él desea con obstinación que lo miren para producir en el otro —eso cree— una especie de rivalidad. Es como si dijera: “mirá, yo puedo usar estos vestidos y vos apenas podés tener unos de cargazón, si acaso”. O “ve, puedo tener una loción fina, fragancia de maderas, exclusiva, mientras a vos el pachulí y el pino silvestre te dan la estofa de bajeza y ordinariez que siempre te han caracterizado”.

 

El chicanero tiene un género de complejo que puede rayar en la estupidez. Solo que él considera que las cosas que compra, sus modos de ser de estar exhibiendo aunque sean oropeles, de creer que nadie es capaz de ocupar la calle, la acera, como él lo hace cuando se desplaza, porque sabe de caminados, de dejar una estela de cometa Halley, tan escaso, lo convierte en un tipo chocante ante los demás, pero él, como si fuera autista, ni se entera de que es un rey de burlas, centro de chistes y consejas. “Vean, ahí va ese que no es más que nadie y se las da de café con leche”. “Ah, si es que no hay pinzas con qué cogerlo”. “Huy, qué man tan mostrón y no es nadie. O sí: es un don nadie”.

 

A la larga, se va volviendo paisaje, porque nadie lo toma en serio, ni lo determina a propósito, parece que no existiera para los que quieren darle una lección de sencillez. Claro que él ni se da por enterado. Ni le importa, en tal caso. No puede dejar de pavonearse y sacar pecho. De relamerse porque está montado en un automóvil recién comprado y entonces pita, acelera, da vueltas por el barrio y piropea a las muchachas pero no porque piense que ellas son unas bellezas, aunque lo sean, sino porque —es su convicción— deben rendirle pleitesía y creer que es un ejemplar único y sin par.

 

Entre su repertorio de sandeces, como pensar que en cualquier momento lo contratarán para anuncios publicitarios, por su finura en el porte, según él, están, por ejemplo, las muestras de lucir sus zapatos charolados. Se alza un poco el pantalón de modo que se vean sus relumbres. También (él dice que con ello despertará envidias) vocifera que hará un viaje de placer a fin de año, que puede ser un crucero por las Antillas, o si no, que lo está analizando con agentes viajeros, por ciudades de Europa, que está hasta la coronilla de conocer las ciudades de por estos lados.

 

“Vaya, qué sujeto ordinario, no sabe que estaría mejor si manejara perfil bajo”, se ha escuchado decir, más que todo en voces de señoras que reunidas en corredores o en el mercado de barrio, lo han visto en faenas de pura pose. “Caranga resucitada”, dicen en la tienda, cuando lo ven discurrir con su tumbado arrogante, que lo muestra como si creyera que por los pestillos y hendijas, por las claraboyas y los calados hubiera ojos que lo enfocaran con admiración y ganas de imitarlo.

 

El chicanero es producto de una carencia. O de muchas. Su vocación es la superficialidad, el afuera, las ganas de impresionar con tan poquito. Es débil al dejarse obnubilar por sí mismo, por lo que él considera como señal y muestra de alcurnias y distinciones (todas falsas), cuando no es más que un mequetrefe al que la vanidad y el egocentrismo tornan en alguien que siempre está cayendo al vacío.

 

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