Dos viejos en la oscuridad

(Crónica con guitarrista y violinista ciegos para recordar a Picasso y un tango)

 

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                                                                                       “Que me ha dejado acobardado como un pájaro sin luz”
                                                                                             Naranjo en flor

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Puede ser uno de los miedos más inveterados en el hombre: quedarse ciego. Los antiguos humanos es probable que temieran a la oscuridad (“La oscuridad que ven los ciegos”, según Shakespeare), una aprehensión que se desvaneció en la modernidad, en parte gracias a la luz eléctrica, como pudo pasar, por ejemplo, con el fantasma de sir Simon Canterville, de más de trescientos años, que no resistió la atrevida burla de dos muchachitos gringos que le hicieron “bullying” hasta aburrir al desasosegado espectro inglés.

 

La ceguera, tan literaria y homérica, es una limitación que en una obra como la de H.G. Wells, El país de los ciegos, es toda una cualidad, una facultad natural en un ámbito en el que el inválido sería el vidente, al que los ojos no le sirven para nada, porque ven. Estos preliminares tenebrosos me llevan a un tango y a una obra de Picasso. Podría conducirnos, por qué no, hacia narraciones de Saramago, o a poemas de John Milton. O a uno de Borges.

 

El caso es que Viejo ciego, con música de Sebastián Piana, Cátulo Castillo y letra de Homero Manzi, más que todo en la versión de Roberto Goyeneche, aparte de sus virtudes poético-musicales, es una obra maestra de la interpretación, en tiempos en que el Polaco ya había perdido buena parte de su poder vocal. “Con un lazarillo llegás por las noches / trayendo las quejas del viejo violín, / y en medio del humo parece un fantoche / tu rara silueta de flaco rocín”.

 

Como muchos otros, claro, es un tango con tristuras, con elementos de drama y que puede acercar al oyente al llanto. Es una pintura con pocas pinceladas, que son suficientes para crear un ambiente, un personaje, una situación en la que se puede ir del esplín a la pena. “Puntual parroquiano tan viejo y tan ciego, / al ir destrenzando tu eterna canción, / ponés en las almas recuerdos añejos / y un poco de pena mezclás al alcohol”.

 

Es posible ver al viejo ciego, su violín, sus tangos quejumbrosos e imaginar a los “bardos jubilados” que, cuando el músico sin luz deje “sus huesos debajo de un portal”, con una ‘canzonetta’ le harán el funeral. Qué acopio de melancolías. Imágenes con crespones de nocturnidad. Una invitación a la congoja, dulce y atroz a la vez. “A ver, viejo ciego, tocá un tango lerdo, muy lerdo y muy triste que quiero llorar”.

 

Y a todas estas, ¿dónde está Picasso? Tal vez, en la penumbra, escuchando ese tango argentino, o recordando una pintura de 1903, un óleo sobre lienzo que, (como la Lujanera de Borges: “verla, no daba sueño”) es un golpe visual al alma. Deja noqueado al observador. Se llama El viejo guitarrista ciego, uno de los cuadros más representativos del denominado Periodo Azul del maestro malagueño.

 

Picasso (y es probable que le ocurra a cualquier pintor) tenía un miedo enorme a perder la vista. Su padre, José Ruiz y Blasco, también pintor, se fue quedando sin visión. La etapa azul del artista que revolucionó la pintura del siglo XX se enfocó en cuadros sobre la bohemia, la calle, los mendigos, las prostitutas, la miseria humana. El viejo guitarrista, como el viejo violinista ciego del tango, tiene una presencia lánguida y sufriente. Es una figura que transmite dolores y desencantos.

 

Así, sentado, con sus piernas cruzadas, la guitarra parada, la cabeza inclinada a la derecha, en un ángulo cuasi acrobático de noventa grados, es el emblema de una desdicha sin nombre, de una miseria que duele. Y, aparte de todo, ciego y viejo, que ya es el súmmum de una tragedia, de la expresión máxima de la desventura. Sí, también es como “un flaco rocín”. Desvencijado.

 

¿A qué suena la guitarra de este viejo ciego? ¿Cuáles son los sonidos de su deplorable situación? ¿A quién le cantará con su voz débil, de hambre, de carencias? ¿Quién quiere escuchar la guitarra de este hombre desalado y sin fortuna? Pues me gustaría oírlo. Y pedirle que sus arpegios asciendan al cielo y convoquen pájaros para el recital. Tal vez su voz, gangosa, sin educación, sea una puerta que abra la imaginación a los que pasan junto a él, sobre la acera, en una ciudad innombrada.

 

Sí se le observa con cuidado, el viejo ciego parece tocar para él mismo. Su guitarra es la compañera, la musa, el hada madrina de la pobreza. Amante y razón de vivir. El viejo y su instrumento son una sola entidad. No podría existir el uno sin la otra. Sangra ella, sangra él. Canta ella, canta él. Un binomio de la soledad y la amargura.

 

Qué tal, por ejemplo, que los dos viejos ciegos, el del violín y el de la guitarra, se toparan. Se juntaran. El infortunio de no ver se podría disminuir con la solidaridad instrumental. El uno como lazarillo del otro, unidos en la música de la oscuridad, en una tiniebla sonora que todos los ciegos querrán ver y todo el mundo querrá escuchar. ¿Un ciego puede guiar a otro al abismo? Puede que en este caso no.

 

Ambos parroquianos, tan viejos y tan ciegos, se podrían ir cantando por las calles del adiós, como una manera de dar un poco de luz a las almas simples, que, de ese modo, podrán tener una dosis de emoción. ¿Quién querrá llorar con la música triste de estos dos viejos ciegos?

 

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Guitarrista ciego, Pablo Picasso.

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La amarga polifonía de El amor en grupo

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                                                                                                                     Homenaje a Gonzalo Arango, óleo de Omar Garratz

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

  1. Introito sin boato y con beatos

 

Digamos que Gonzalo Arango, que al despuntar la década del cincuenta se dejó venir de Andes a Medellín, no tenía el talento “típico” de los antioqueños de conseguir plata, sino una inclinación por las palabras, la inteligencia y las relaciones públicas a su manera. Ese muchacho de endeble figura, que asistió a la de Antioquia a clases de Derecho, va a publicar en 1958, cuando ya el Frente Nacional, esa suerte de dictadura liberal-conservadora estaba sacando la cabeza del huevo (huevo de la serpiente), el primer manifiesto nadaísta con el que se proponía una revolución en aquella Colombia bañada en sangre, sobre todo en los campos, por la Violencia bipartidista.

 

En aquel “panfleto”, que con mucha dificultad se imprimió en la Tipografía y Papelería Amistad Ltda., de Medellín, con referencias al surrealismo, a Sartre, a Breton, a Kafka, hay un llamado al ejercicio de la belleza, de la poesía y la vitalidad en la creación. Sobre la prosa, el profeta de un movimiento que se dedicaría, en especial, a espantar beatas y seminaristas con sus escándalos y poses de irreverencia, dijo: “En la prosa Nadaísta hay que buscar contrastes tonos, de colores, de significados de expresión; los mismos efectos que buscan las artes plásticas y la música para producir sensaciones no contenidas en la realidad del mundo visible y de las formas”.

 

Por esos días, Medellín, la de las chimeneas industriales y los nuevos habitantes llegados de lejos, de los campos asolados por la violencia, tenía en las juventudes dos tendencias en boga: la de los “cocacolos”, muchachos de clase media que despuntaban en sus primeras conquistas con el rock and roll, y los camajanes, de barriadas obreras y populares, que eran una suerte de contestación a los valores tradicionales, a las vestimentas y hasta las maneras de caminar, el de ellos con bamboleo y tumbao. El camaján, aparte de su ropaje estrafalario, era un bailarín de categoría, un seguidor de Daniel Santos y la Sonora Matancera y escuchador de tangos de arrabal.

 

Hay una suerte de anquilosamiento cultural, según la visión de gonzaloarango, que en el manifiesto primero formula una crítica a posiciones cómodas. Alrededor del oficiante, del nuevo sacerdote, el que había aprovechado su angustia existencial en búsquedas de nuevos caminos, aparecieron Humberto Navarro (alias Cachifo), Darío Lemos, Eduardo Escobar, Amílkar Osorio y otros. El nacimiento del nadaísmo, con influjo de Fernando González, en particular del Libro de los viajes o de las presencias, es una posibilidad de un conglomerado de jóvenes que combina, al decir de Antonio Restrepo, anarquismo y existencialismo emocionales, sin casi ninguna base teórica, de aparecer y hacerse notar como críticos de un sistema pútrido y caduco.

 

Autocalificada por Arango como la Generación de la Amenaza, también se propuso una revolución estética, que atacara esnobismos y se basara en asuntos propios. En este sentido, va a ser Humberto Navarro, quien, años después del primer manifiesto del nadaísmo, escribirá una novela experimental, en lo que pudiera ser una “biografía” del movimiento, con una estructura fragmentada, tal vez con influjos de la Nouveau roman francesa y con ecos de la generación Beat.

 

La aventura del nadaísmo, que incluye, entre tantos escándalos e invectivas, los atentados contra el congreso de escritores (escribanos, según el manifiesto que distribuyeron) católicos, al que sabotearon con asafétida, y el atentado durante la Gran Misión, en la catedral metropolitana, en la que se “ensañaron” contra las “sagradas formas”, contempla experiencias de “muchachos malcriados” que buscaban identidad y modos de ser distintos a los de la parroquia de entonces.

 

En el primer manifiesto, Arango, una especie de nuevo pontífice con devotos y sacristanes, dice cómo debe ser la prosa nadaísta: “La prosa no puede seguir siendo un cuerpo de palabras organizadas en un conjunto racional y comprensible. Hay que darle una desvertebración irracional”.

 

Tal vez Cachifo, en sus novelas, asumió esta posición. Y es lo que, grosso modo, veremos a continuación en una de ellas: El amor en grupo.

 

  1. Banda sonora y ácido lisérgico

 

El amor en grupo, de Humberto Navarro, con el subtítulo de La onírica y veraz anécdota del Nadaísmo, en una nueva edición de cuatro fondos editoriales universitarios de Medellín, acerca a las nuevas generaciones al fenómeno cultural de aquellos muchachos que alguna vez se creyeron “locos, geniales y peligrosos”. El único novelista que dio el movimiento demuestra en esta obra sus conocimientos musicales, su acercamiento a calles y situaciones de ciudades como Medellín y Bogotá, su poliglotismo y el buen oído para hacer una prosa que suene con armonía.

 

Mario Escobar Velásquez escribió alguna vez que “la vida misma de Navarro es quizá la más magistral de sus novelas”. Y, en efecto, la parábola vital de este escritor, nacido en Medellín en 1931, es un cúmulo de aventuras, sinsabores, peripecias, algunas de las cuales se pueden leer en la semblanza que hizo su esposa Graciela Perdomo (La eterna mudanza, de Ediciones Unaula), en la que se aprecia a un hombre que deambula, que pasa las de “san Patricio”, que vive en una perenne angustia existencial, en una búsqueda permanente de formas expresivas.

 

No es El amor en grupo una novela de corte tradicional. Ni siquiera se puede decir de ella que cuente una historia, que tenga, a la vieja usanza, un argumento. Es una especie de rompecabezas, de estado fragmentado, en el que hay voces, y en la que discurren personajes que son parte de los nadaístas, con nombres cambiados la mayoría y en la que el lector debe tener paciencia. Es, por lo demás, una obra con música interior.

 

La banda sonora de El amor en grupo discurre con sonidos de Rachmaninoff, Carl Orff, blues, jazz, Scarlatti, Bach, Mozart, y así como se puede topar con Saint Louis Blues y Caravana, es probable que, en otros ámbitos, el de la poesía y la literatura, aparezcan Saint-John Perse (Nobel 1960) y Baudelaire, o un regodeo con el Cándido de Voltaire, una sátira contra “el mejor de los mundos posibles”.

 

En esta novela de fragmentaciones y espejos rotos, hay recorridos por míticos bares del centro de Medellín, como el Metropol, y por calles del barrio más vibrante que tuvo la ciudad, con sus fiestas nocturnas y aventuras de cama, como Lovaina. Hay, además, varios narradores y momentos en que la narración se hace en futuro, como si se tratara de un escrito profético: “Entonces comeremos, tomaríamos un bus, pensaremos en la mejor manera de hacerlo. Fumaremos, pero no mucho. Pondríamos los discos en al radiola, roída y manoseada. Subiremos a los mangos, a los naranjos…”.

 

Digamos, por qué no, que es una novela escrita en clave. En clave de nadaístas, de años sesenta, de ácido lisérgico, de Antonio Larrota (el fundador del grupo guerrillero urbano Moec), de Guayaquil y algún tango de Julio Sosa. Es una fiesta de palabras, de prosa que se distancia de lo tradicional. ¿“Qué vale más, puesto en la balanza, una arroba de café colombiano o un buen poema de Rilke?

 

Sí, claro. Hay surrealismo. Y aullido de perros. Y de nuevo, como para que no se olvide, extractos de manifiestos, de algazaras y rituales blasfemos, contra los escribanos católicos, contra la Gran Misión, y puede aparecer la catedral de Villanueva en llamas, porque un grupo de patanes, o de sacrílegos, o de provocadores, en fin, se burló de las hostias consagradas. “Ustedes que son tan versados en Sagradas Escrituras, ¿no han leído en un versículo del Apocalipsis que Dios se ahogó en el diluvio universal y que su cadáver aún no ha sido rescatado por los bomberos?”.

 

Es esta novela un canto a la vitalidad de la juventud, a los sueños, a los tiempos en que hubo gente que abrazó la nada, los excesos, el frenesí de los espejismos de la droga y el alcohol. “Tratemos de ser valientes sobre la carne del incesto; sobre la belfaza de la bestia, al rutilante filo de la luna que comienza a inundarnos. Tamarindos a la luz de los faroles de hierro forjado”.

 

Es una aventura de la esquizofrenia, de la paranoia, de los alaridos, para dejar una constancia de una utopía: la de jóvenes que aspiraron a vivir con intensidad en una parroquia que se tapaba ojos y oídos ante la novedad, sobre todo si esta era para alborotar el orden y el provincianismo. Ahí está Gonzalo Arango “temperando” en la cárcel La Ladera, donde “la primera noche soñó con enanos y transformistas, con peces de colores y auroras boreales”.

 

Los nadaístas, al principio de su aventura nada silenciosa, eran observados como tipos de otro planeta, desadaptados, tanto que no faltaron los que quisieron darles plomo y excomuniones. Después, se los tragó el sistema. En un apartado de El amor en grupo, se puede leer en tono epistolar: “¡Qué lástima! Esta gente se acostumbró a nosotros. Ya no nos hijueputean por Junín y ni siquiera nos miran como a los monumentos que éramos (…) A ciertos, como habrás podido comprobar, ya no les falta sino escribir recetas de cocina”.

 

Cachifo escribe una novela urbana, amarga, testimonial, en un medio que, como advirtiera Alberto Aguirre, “apestaba todavía a boñiga”. En 335 páginas (que tiene la nueva edición de Unaula, Universidad de Medellín, Universidad Pontificia Bolivariana y Eafit), hay una memoria de ciudad y un mosaico de planos temporales y espaciales que puede hacer que algunos no resistan el viaje.

 

En El amor en grupo, cuya primera edición la publicó en Argentina Carlos Lohlé Editores, en 1974, es posible escuchar a Glenn Miller y su Moon Light Serenade, o a Johan Sibelius y su Finlandia. Pero, a su vez, hay músicas de infancia y un recuerdo de navidad, quizá una de las más bellas imágenes que en esta obra aparecen. La de un “globito de vidrio”, de los que antes se usaban para ornamentar los árboles navideños, de un azul pálido brillante. “Para mí, no sé por qué, condensaba todo aquello que de hermoso podía tener el universo. Encerraba la maravilla misma”. Después, vendrá el drama, el llanto por el vacío y unos pedacitos azules que reflejan una cara de niño que llora.

 

Cachifo, que escribió, además, novelas como Alguien muere al grito de la garza y Juego de espejos, entre otras, murió en 2003, en Bogotá, y lo enterraron en Cogua, Cundinamarca.  Según su viuda, Graciela Perdomo, el epitafio que él quería rezaba así: “Aquí yace Cachifo, el antioqueñón, haciéndose el güevón”.

 

 

El viento triste de Luvina

(Ese pueblo de melancolías y soledades creado por Juan Rulfo)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

A Comala (que es el infierno) se baja. A Luvina, donde los días son tan fríos como las noches, se sube. Es el purgatorio. ¿Un pueblo dantesco? No, rulfiano. Una aldea quieta y lóbrega en el más alto de los cerros altos de un sur que existe solo para sí mismo, sobre un suelo pedregoso, en una colina donde la soledad a veces toca el cielo y se deshace en lágrimas. Luvina y Comala, sin embargo, se parecen en la tristeza.

 

“Hay pueblos que saben a desdicha”, se dice en Pedro Páramo, la única novela (¿y para qué más?) de Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, acortado como Juan Rulfo, acortado como su obra, apenas dos libros de ficciones, suficientes para inventar un lenguaje de los muertos y los olvidados. Y para bautizar, con sonoros e inolvidables nombres (él decía que los tomaba de las lápidas de los cementerios de Jalisco), a personajes que saben a soledad y desventuras. Susana San Juan, Eduviges Dyada, Fulgor Sedano, Justo Brambila, Remigio Torrico, Anacleto Morones, Lucas Lucatero, Macario, Felipa, Armancio Alcalá… Y a Luvina, sí, San Juan Luvina, “un lugar muy triste”, de viento eterno y donde sus habitantes sombríos no llevan cuentas de horas ni de años, un pueblo de puros viejos y de aquellos que no han nacido.

 

Como quien dice, Luvina es una suerte de no-lugar, con presencias sufrientes, con habitantes de la nada que parecen siempre en estado de desarraigo. Y, peor todavía, que dan la impresión de no tener noción del resto del mundo. Ni de ellos mismos. Un pueblo de barrancas hondas de las cuales los de allá dicen que “de aquellas barrancas suben los sueños”, pero ¿cuáles? Si lo único que hay en Luvina, por lo menos lo más evidente, es el viento, viento pardo, aire negro, que muerde las cosas, las zarandea, las estremece hasta transmutarlo todo en silencio.

 

El viento de Luvina cala los huesos, raspa las paredes, levanta los techos y expande un rumor que no es otra cosa que la melancolía. Este cuento, del libro El llano en llamas, es eso. Pura depresión. Es una lágrima larga que ni el viento perenne de tal destierro puede secar. No puede haber otro pueblo de tanta tristura junta, con mujeres que madrugan con su reboso protector a cargar agua en cántaros y a las que, cada año, cuando aparecen sus hombres, les dejan una semilla en el vientre.

 

Luvina son despeñaderos y plantitas remilgadas, que se niegan a crecer, como las dulcamaras. A veces florecen las amapolas blancas, pero el chicalote se marchita con prontitud. El horizonte de Luvina es caliginoso, cenizo, manchado. Por allá no hay árboles. El ambiente es gris. Sí, es el purgatorio. Con una salvedad: los de allí, aunque se vayan para siempre, no alcanzarán ningún paraíso. ¿Y el infierno? Bueno, ahí se van pareciendo a ese estadio de almas en pena, condenadas a diversos martirios, como aquel de carecer de futuro y de memoria.

 

Antes de que un caminante, un viajero, un peregrino que parece estar pagando una promesa de pesares, arribe a Luvina (que es una versión del ostracismo), ascienda a ese alto poblado de miserias sin fin, alguien le irá contando cómo es lo que le espera. Mejor dicho: que se tenga fino si va para allá, para un sitio de desconsuelos permanentes, donde se desconocen la risa y la sonrisa. “Allá viví, allá dejé la vida… Fui a ese lugar con mis ilusiones cabales y volví viejo y acabado”, dice el hombre que le va narrando a otro, que parece ya haber perdido las esperanzas, cuál es el destino que le aguarda en Luvina, pueblo de maldición, con una iglesia de socavones en los cuales no hay nadie a quien rezarle.

 

En Luvina no hay fondas ni mesones ni comida. Solo viento. Y tiempo largo, que ni pasa, ni se mueve. Y lo dicho, puros viejos y mujeres solas. La única esperanza es la muerte. O, de otro modo, la única redención. En Luvina no se sabe qué es el Gobierno. Ni para qué sirve. Ah, y ni siquiera hay perros que le ladren al silencio (allí no cabría aquel verso de García Lorca: “un horizonte de perros ladra muy lejos del río”).

 

Luvina es un relato sobrecogedor. Un canto conmovedor sobre los que carecen de todo, a los que la historia los ha relegado a la oscuridad de lo innombrado. A los que — mirándolo desde otro minarete—  son víctimas de la historia. Y la padecen. Se dirá, con razón, que todos los relatos rulfianos son y expresan una profunda manera del sufrimiento. De un silencio que duele. De un rencor que flota y a veces se transporta en el viento, en el largo “aire negro” de Luvina, en el que aletean los murciélagos de la desesperación.

 

Hay lugares en los que nadie hace el amor con amor, ni se habla con los otros a fin de acercar las almas, ni se conocen momentos para la diversión. En los que se habita como si se cumpliera una condena ineludible. Y en los que ni siquiera se le atribuyen las desgracias a los pecados, a la culpa. Y uno de ellos, o tal vez el único, es Luvina, el que deja, sin falta, un mal sabor en los recuerdos.

 

No sé si usted, amigo lector, quiere subir a Luvina a escuchar el viento oscuro que parece un lamento de fantasmas en pena. En cualquier caso, antes de emprender el viaje, es recomendable que se tome una cerveza (lástima, solo hay al clima) y cambie después de la segunda a un trago más fuerte, porque allá arriba solo encontrará un mezcal “que ellos hacen con una yerba llamada hojasé” y que, a los primeros tragos, lo hará dar volteretas.

 

Anímese. Luvina, y es pertinente saberlo antes de emprender la peregrinación, no es para turistas. Cuando llegue lo más seguro, después de escuchar la afligida canción del viento, es que le den una ganas inmensas de llorar. Y entonces ya será muy tarde para todo. Luvina es una tragedia narrada en una extensión de un poquito más de tres mil palabras. Allá arriba, en el más alto de los cerros del sur, anida la tristeza.

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Imágenes de Sergio Michilini (arriba) y del libro “Rulfo, una vida gráfica”, de Óscar Pantoja y Felipe Camargo.

Días de selfis y coito veloz

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Por Reinaldo Spitaletta

—Profe, eso está muy largo.

—¿Y qué tienen contra lo largo?

Estas situaciones en torno a la lectura de textos de cierta extensión, de algún largor no muy conflictivo, que no son Los miserables ni el Quijote ni El hombre sin atributos, en fin, se presentan en los ámbitos universitarios. Tal vez porque el mundillo de hoy está hecho para la rapidez, la irreflexión, lo superficial y aquello que sea digerible en cuestión de segundos.

Hay una resistencia al pensamiento, al análisis, y a todo lo que no quepa en ciento cuarenta caracteres, o aquello que sobrepase los límites de unos segundos de concentración. Acabo de escribir una novela, de unas sesenta mil palabras, sobre un mundo extinguido, en el que si acaso aparece un teléfono es de aquellos de mesa, con cable en espiral y disco de marcación con huequitos. De los mismos que en las casas de antes les ponía el papá o la mamá un candado miniatura para evitar tanta conversadera de novias y novios.

Digo que es una novela de un ámbito de ancianidades, de seres que viven sus últimos días, apurados por la enfermedad, desahuciados por los tiempos en los que el rock y la denominada “nueva ola” desplaza sus canciones apolilladas. Calendas en las que no había sicarios ni mafiosos ni padrinitos a la criolla. También novelables, por supuesto.

Hoy, quizá, determinados editores exijan novelitas de pacotilla, con selfies, youtubers, o aventurillas de consumo masivo para que la muchachada las devore sin digestión ni crítica, que habitamos un globo en el que entre menos se piense y cuestione, mejor. Ahora, aquello que el latino Horacio proclamaba como una manera de vivir el día, con intensidad, como si ya no hubiera más tiempo para “una larga esperanza”, es poder mostrar el vacío existencial a los otros, en una autofoto, en la que los labios puedan dibujar con sensualidad el “pico de pato” o con los pómulos con ácido hialurónico “para moldear más el rostro”.

Sí, estamos en los días del “divino rostro”, con rellenos (pero no sanitarios) para corregir arruguitas y con apelación al bótox como aliado de la bonitura, porque en los tiempos de la apariencia hay que lucir chévere, y así la selfie hará una maratón por las redes sociales, con muchos “me gusta”. De tal modo, como lo hubiera dicho el viejito Fernando González, cuya mayoría de textos no son largos pero igual tampoco se leen ni sirven para adaptación a telenovela, “vanidad significa carencia de sustancia, apariencia vacía”.

El nuevo narcisismo parece estar conectado con la atrofia del pensamiento crítico y de la falta de cultivo de la inconformidad social y política, con la hipertrofia de una sensibilidad por lo banal y desechable. Es más atractivo que una marcha por los derechos a una vida digna, hacer lo posible, o lo imposible, por rellenar “surcos nasogenianos” o disimular las “patas de gallina”. Para que la selfie salga de rechupete y relumbrón.

Para las novísimas tribus juveniles, acuciadas por el mundo digital en el que nacieron y crecieron, la paciencia dejó de ser un atributo y nada puede esperar. Saben que el Smartphone que tienen en la mano ahora, mañana será obsoleto. No pueden esperar a un desenlace de novela, no están para saber cómo murió don Quijote ni por qué un policía persiguió durante tanto tiempo a Jean Valjean y ante el fracaso se arroja a las aguas del Sena. Y menos hundirse en el monólogo de Molly o quedarse perplejos ante una descripción de una fumada con volutas caprichosas en una obra como En búsqueda del tiempo perdido, que para muchos de estos chalanes nativos digitales leer una obra de esas es, precisamente, perder el tiempo.

A lo mejor (y a veces no sin razones de peso) la universidad sea una suerte de obstáculo para el ejercicio de la vida rauda de ahora. No requieren disciplinas mentales, ni ilustración histórica, ni nada que no esté sintonizado con el hoy y su velocidad einsteniana. Están más preparados para el consumo, y sobre todo, para lo que antes llamábamos el esnobismo. Todo debe ocurrir ya: un polvo, un coito (eso de que el hombre es un animal triste después del coito es pura paja para ellos), una conquista… Ah, y el concepto de amistad lo da Facebook. Hasta razón tendrán, como mi abuelo, que decía que amigos no hay. Así que, profe, eso está muy largo. Pónganos a leer un tuiter.

 

(Medellín, mayo 9 de 2016)
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¿Qué es esa vaina de la antioqueñidad?

 

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                                                                                                                                                             Tomás Carrasquilla

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Toda cultura es digna de sospecha.  ¿Existe la antioqueñidad? ¿Hay una raza antioqueña? La conmemoración del bicentenario de la independencia (1813-2013) de Antioquia ha sido un motivo histórico para diversas reflexiones acerca de lo que es y ha sido el antioqueño, visto, por ejemplo, por el visitador Antonio Mon y Velarde como perezoso, según los intereses que el hispano tenía frente a la Corona, y luego como un paradigma del trabajo y la pujanza.

 

¿Hay solo un antioqueño, aquel que estereotiparon como blanco, emprendedor, tradicionalista, jugador? Después de la declaración de independencia del 11 de agosto de 1813, surgieron representaciones de la pertenencia a una presunta raza, superior, diferente a las del resto del territorio nacional, en una suerte de propaganda “eugenésica” promovida por las élites y que si bien condujeron a proporcionar elementos identitarios, a su vez sentaron bases para un discurso segregacionista y con acento en la división social en clases.

 

Ser antioqueño posiblemente también sea un acto de fe, y más en estos breñales en los que hubo interesantísimas mezclas de rezanderías, juegos de azar, actos mágicos con monicongos y toda suerte de simbiosis entre lo negro, lo indio y lo blanco. Sin embargo, durante muchos años (tal vez todavía continúe), se impuso una tendencia de superioridad del “blanco”, en particular si pertenecía a las élites económicas y si su presunta blancura estaba respaldada con oro. No faltaron blanqueamientos forzados y compra de títulos nobiliarios para demostrar que no había contaminaciones judías y moras, y menos indias y negras.

 

Las élites, conectadas con la minería, el comercio, la caficultura, el modelo empresarial antioqueño, fomentaron además discriminaciones frente a los pobres, que carecían de buen tono, olían mal, eran “pecuecudos” y se perdían en los vicios; y se erigieron como las poseedoras del “buen gusto” y mejor talante, que pasaba por los raseros franceses, el esnobismo y la copia de lo europeo. Los valores bursátiles y todas las plusvalías eran parte de esa cultura de los escogidos por la fortuna, “Cual si todo se fincara en la riqueza, en menjurjes bursátiles y en un mayor volumen de la panza”, como lo poetizara con ironía el musical León de Greiff.

 

 

Y dónde quedaba entonces el aporte del barequero, del recolector, del obrero que emerge con el siglo XX, de las prostitutas (que abundaron sobre todo en Medellín en la primera mitad del siglo pasado), de los arrieros y colonos; de los albañiles y forjadores de hierro; de los que abrieron las selvas de Urabá; de los que tendieron los durmientes y tiraron líneas férreas. Una cultura es una complejidad y, en el caso antioqueño, una diversidad de maravillas, venero para todas las interpretaciones y búsquedas. No es solo el criterio de burgueses y los refinamientos de clubes de exclusividad.

 

¿Hay un antioqueño melancólico? ¿Hay otro festivo? ¿Cuáles son sus características lingüísticas? ¿Habla lo mismo el de Apartadó que el de Rionegro? Lo que se denomina la antioqueñidad, cualquiera cosa que esto sea, es una serie de rasgos sociológicos, económicos, lingüísticos, en fin; una combinatoria entre prenderos, avaros, ricos barrigones (según Fernando González), uno que otro santo, bandidos (muchos), la obrería, el pícaro, el rebuscador, el cacharrero, el que no se vara (y si se vara, rápido se desvara), el camandulero, el agiotista, el compositor de bambucos… Una mixtura que ha producido modos de ser y de tener.

 

Tal vez el máximo escritor de estos valles y montañas, el gran Tomás Carrasquilla, sea el que más elementos ofrezca para interpretar y criticar la cultura antioqueña. En sus relatos y novelas, crónicas y homilías, se radiografía al pueblo y a las élites. En sus obras se pueden auscultar las mentalidades coloniales, la economía, las opresiones y servidumbres, las fiestas, los nuevos ricos, los arribistas, y aun, como en Frutos de mi tierra (1896), se puede avizorar lo que vendría casi cien años después, con los tenebrosos carteles de la mafia, a cuyo poder y ordinariez también sucumbieron algunos “ricos tradicionales”.

 

Quizá a los antioqueños el complejo de superioridad se nos haya trastocado por el complejo del hideputa, o del que se avergüenza de lo suyo, como lo cuestionó el pensador de Envigado. Quién sabe. Es posible que todavía sigamos siendo banales y necios, con una total inopia en el cerebro, como nos lo restregó el panida de Greiff. Puede ser que adoremos a la virgen de los sicarios y leamos con fruición la autobiografía de la Madre Laura. Y que nos sigamos creyendo el ombligo del mundo.

 

Tal vez han cambiado las “cremas y natas”, algunas de ellas reemplazadas por advenedizos “café con leche”. A lo mejor, cambiaron los amos, aunque, en esencia, los esclavos sigan siendo los mismos.  No sé si nuestras simpatías y temores sigan estando entre Dios y el diablo, pero si uno u otro —o los dos— da platica (¡A la plata!, dirá Carrasca), pues, queridos, ahí estamos pa’ las que sea. “Vale Jesús lo mismo que el ladrón”, como en aquel tango. Qué vaina pues.

 

(Medellín, agosto de 2013)

 

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Horizontes, pintura de Francisco Antonio Cano, 1913.

Federico Villegas, un infarto de plomo

N.B. El poeta y pintor antioqueño Federico Villegas Barrientos murió, a los 92 años, el primero de mayo de 2017. Estos dos reportajes que le hice hace tiempos se reproducen en honor a su memoria y trayectoria.

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Un vuelo de pájaros de papel se mete por sus ojos tristes y claros. Está acostumbrado a mirar más allá de los cielos. De niño, lo asustaban (y lo embelesaban) las estrellas y la noche. Hoy lo siguen amedrentando las soledades, las palabras, el canto nocturno del grillo. Está lleno de asombros y dolores, contemplativo. Es, como él mismo lo dice, un huérfano cósmico. Un poeta.

 

Las cometas siguen flameando en el cielo de Robledo, de últimos de febrero. El hombre camina por un callejón, adornado de trinitarias moradas y solferinas. Entra a su casa. Pasa a la biblioteca y se sienta a su escritorio. Un pedazo de firmamento se cuela por la ventana.

 

El hombre, vestido de pantalón y chaqueta champañas, camisa blanca, no se ha puesto hoy la corbata. Pero, en cambio, sí lleva la tristeza, quizá en su escaseante pelo blanco, o en sus palabras de profeta, o tal vez en sus sesenta y cinco años. Se llama Federico Villegas Barrientos.

 

—¿Qué es ser poeta?

—El poeta es el hombre que viene al mundo a mirar. Y nace cansado. Nace para nada. La gente nace para carga y le choca que uno nazca para silla. El poeta es un ladrón…

—¿Por qué?

—Porque se roba las cosas para él. Se roba el sol, las flores, la realidad… El poeta es un traductor.

—Ah, sí, pero también es un sospechoso…

—Sí, y es un estafador. Asusta. Asombra. Es un solitario. Al poeta solo lo quiere el poeta y lo rechaza la sociedad.

 

Sus palabras se riegan por la biblioteca. En una pared hay un retrato del poeta, pintado por Rubayata. Muy cerca del mapamundi aparece otro retrato de Villegas, pintado por Ramón Vázquez. Sobre un estante, una hermosa talla de madera representa a don Quijote con una espada en la mano derecha. Y disimulado entre decenas de volúmenes, uno de los libros del poeta: Infarto de plomo, publicado en los setentas. En un mes, se agotaron tres mil ejemplares.

 

Federico Villegas tiene varios libros publicados. Por ejemplo, sus famosas Carambolas mentales, que son como greguerías, frases ingeniosas, en las que, además, demuestra su hondura humorística. Su carga de irreverencias. Tiene otros inéditos, como La sombra de la nada, Jubilado del ocio, La siesta de los elefantes, La casa de la arboleda.

 

En otro tiempo, Federico fue registrador municipal del estado civil en Ciudad Bolívar y en otros pueblos. Alguna vez, al visitar a un hacendado, este le dijo que mirara el horizonte: “hasta allá —dijo el terrateniente— se extienden mis propiedades. Soy dueño de todo eso”. Federico, sin inmutarse, contestó, elevando el brazo y señalando hacia el cielo: “Yo, en cambio, soy dueño de todo eso”.

 

—¿De qué vive ahora?

—De nada. Más bien muero. Uno siempre está muriendo. Ahora estoy jubilado con esas cositas que da el Seguro Social, que caben en la punta de una navaja.

—¿Corrige mucho sus textos?

—No, soy muy perezoso. Por eso es que no tengo vicios.

—¿Cree usted que el poeta es propiedad del pueblo?

—No, eso es una frase. El poeta es propiedad del poeta. Nadie lo sigue. Jesús inventó una religión humilde, de tolerancia, de hambre, hermosa. Nadie lo sigue. Uno ve los obispos embarazados de anillos y lujos. Lo mismo pasa en la política.

—¿Qué piensa de la política?

—Se la contesto con esta suerte de carambolas: “cuando el niño es medio bobo, tímido, cruel, terco pero astuto y ambicioso, tiene futuro político”; “si fracasas en tu profesión, no te preocupes: entra a la política y ascenderás”.

—Usted le ha cantado a héroes del pueblo, como al Che Guevara.

—Sí, admiro al Che Guevara. Era un hombre superior. Era de esos que se entrega por un ideal honrado y serio. Los ideales no tienen política. No son liberales ni conservadores ni comunistas.

 

Federico Villegas es de aquellos hombres con facilidad de lágrimas. Le gustan los caminos y las soledades. Tiene vocación de pájaro. Es tenor, aunque ya, según dice, perdió la voz. También es pintor. Y es padre de tres hijos (Coco, Natalia y María Teresa). Siente con hondura el tango. “Gardel es una luna con bufanda”, dice.

 

Es capaz de quedarse horas y horas hablando de la existencia, de las estrellas, del arte. Y de la gente simple. “No tengo temperamento burgués. Quizá en mis gustos haya un aristócrata. Me gusta la ópera, por ejemplo. Detesto la pompa y la pretensión y la indiferencia por la gente pobre. Me identifico con el dolor de la gente. Respeto profundamente el hambre. La burguesía aquí habla de secuestros, pero no se da cuenta que el pueblo está secuestrado hace quinientos años”.

 

—Voy a hacerle una pregunta de cajón: ¿cuáles son sus autores?

—Dostoievski, Víctor Hugo. Todo el mundo dice que Cervantes es lo último, pero me gusta más Tolstoi.

—¿Y sus poetas?

—César Vallejo, el Tuerto López; Neruda por lo musical y humano, es un dirigible de amor, también por su posición frente a la vida y el mundo. Puede que haya poetas más hondos que él, como Vallejo, pero me gusta Neruda. Silva, por haberse suicidado, me parece grande.

—¿Usted tiene vocación suicida?

—Sí, pero la cobardía lírica o la consideración de que no me gusta asustar, me impide suicidarme. El poeta muere a cada instante.

 

Villegas es un maniaco-depresivo, según sus propias palabras. Hay días en que amanece asediado por las tristezas. Cuando el cielo está gris, aumenta su melancolía. Y hay días en que expresa alegrías y se torna niño. “Yo, en general, soy un hombre triste, porque esto de vivir es muy grave. No entiendo por qué hay que ser tan obedientes. Porque los hombres van a la guerra cuando otro hombre se los pide”.

 

Sentado a su escritorio, el poeta observa una lámpara de largo brazo. Quizá recuerda los días de infancia, cuando se subía a los árboles a ver cantar los pájaros. A veces, se torna nostálgico y evoca a aquella mulata de Necoclí, llamada Elvira Reyes, “de los reyes de Baltazar”, que tenía unas tetas con sabor a coco. O recuerda la vez que en Anorí, en una reunión, un cura le preguntó de qué familiar era. Villegas respondió: “soy de muy buena familia, soy primo de la mujer del arzobispo”. El cura casi lo manda a encarcelar. A otro sacerdote le pidió una vez que le subarrendara la iglesia por cien mil pesos al mes.

 

—¿Se considera un hombre rebelde?

—Sí, pero la rebeldía no es altivez. Soy rebelde ante las injusticias, ante el truco, ante tanta pompa y engaño. Me disgusta tanta farsa. Por lo demás, no soy capaz de matar un ojo ni de alzar la voz.

—Uno de sus temas literarios es la muerte, ¿qué piensa de la muerte?

—Es algo que asusta. Esa palidez, esa soledad de la muerte es terrible.

 

Villegas no sabe si él es poeta o un anarquista o un loco o todo lo anterior. En rigor, el artista debe tener algo de loco. Debe escribir (o pintar) con sangre (“le aconsejaron que escribiera con sangre y le sacó punta al dedo índice”, dice una de sus carambolas). Debe caminar muchos caminos. “Un hombre vale por la sensibilidad; lo demás es truco”, opina Federico.

 

Villegas es un cuestionador de la sociedad. Y de las desigualdades. “La indiferencia de la burguesía no es maldad, es ignorancia. Los ricos son brutos. Son de malas de la cabeza. No oyen ni ven ni entienden. Y son de mal gusto. No se embriagan con las cosas, no oyen a la gente, no se asombran”.

 

De pronto, mientras habla, suena el teléfono. Levanta el auricular. Nadie habla tras la línea. Entonces recuerda una de sus miles de carambolas mentales: “Nadie contesta al teléfono del grillo”. Por la ventana siguen entrando pedacitos de cielos de verano.

 

—¿El mundo necesita poesía?

—Sí, necesitamos más poesía. El hombre que nace enamorado ama la poesía. El que no, se pierde en laberintos de ecuaciones. Es poca la gente que nace enamorada. El hombre lleva una bestia adentro y si no la mata, queda como un potro sin amansar.

—¿Es usted feliz?

—No, estoy lejos de la felicidad. La felicidad es muy buena, pero está muy cerca del idiota.

 

Villegas permanece en su escritorio. Es un hombre al que le gustan los ojos de las colegialas. Es de los que sabe que no hay foco que mejor alumbre que un seno de mujer.

 

Afuera, el cielo de Robledo continúa adornado de cometas. Él saldrá más tarde y ellas se meterán por sus ojos tristes. Al fin y al cabo, es poeta, que es la manera más alta de ser algo.

 

(Medellín, marzo 3 de 1991)

Ilustración realizada por Federico Villegas  para el libro El último puerto de la Tía Verania.

 

De pájaro, poeta y loco, Federico tiene un poco…

 

(“Muchas esculturas de Medellín deberían ser dinamitadas”, dice Villegas Barrientos)

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Desde una remota tristeza un payaso de acrílico al que le florece un bolsillo, mira hacia la nada. Es curioso: en los ojos del pintor también hay una indecible tristeza, como esa que se transparenta en los ojos de un perro (podría ser aquel, lanudo y gris, o tal vez azul). Son pocos, tal vez ninguno, los niños que hoy se suben a los árboles a cantar como pájaros. El pintor era uno de ellos. Debido a ese asombro inicial, aún canta, pero desde el suelo. Y escribe poesía. Y sueña (¿con búhos de estática mirada?)

 

Federico Villegas Barrientos, casi siempre de corbata, casi siempre de traje entero, ha publicado libros (Carambolas mentales e Infarto de plomo, entre otros) y es dueño de dolores existenciales y de soledades íntimas, y, además, de un buen pincel. Pinta, con colores fuertes, y con lunitas y soles (iluminando cada obra suya) que son como su firma.

 

“Ve, no sabías que vos pintabas”, le han dicho. “El arte no lo hace el hombre —dice—, está hecho por la naturaleza. El hombre copia, imita, repite a Dios o al mundo. Por orgullo trata de hacer algo. Pretensión. Los colores y la luz están ahí. Uno pone la forma, siempre y cuando tenga temperamento de artista, el dolor, la angustia, y esté fuera de sí. Hay que hacer poesía con la pintura. Porque o si no se torna la cosa precisa, fría. Pura artesanía”.

 

No pinta por oficio (el arte por oficio es basura, dice) ni por negocio. Pinta por buscar. Y cuando está fatigado. Es un caminante. Y si en el camino tiene sed, busca agua y toma. Y si le sale la voz, canta como un pájaro. “Todo lo que hago lo hago con sinceridad, y eso me saca del infierno de mis errores”.

 

Piensa —con Kafka— que el arte es una religión. Lleva en su pecho, adentro, una guitarra, que a veces suena, que a veces calla. “Cuando canto, pongo poesía… cuando pinto, mezclo la luz, la forma, la poesía, el drama. Uno tiene que parecerse a uno mismo. La desesperanza, el dolor, lo hacen a uno universal. El arte es grito”.

 

—¿El artista sufre mucho?

—Completamente. Es un enfermo superior. El artesano es un buen trabajador, un buen carpintero, correcto, pero no se fatiga ni le duele nada. No contagia, no asombra… La pintura hay que hacerla con gran dolor. La línea y la técnica no son el arte. Hay que salirse de la línea, de lo frío. Los artesanos apenas conocen el oficio, no más.

—Ejemplo de un artesano

—Rodrigo Arenas Betancur. Es un artesano vanidoso y furioso, porque también hay artesanos sencillos. Tiene un temperamento de bufón desesperado. Es muy trabajadorcito y ambicioso. Uno debe ser honrado consigo mismo. Él está muy lejos del artista. El artista es un escéptico. Rodrigo cree en las cositas que hace, en sus muñecos. Claro que lo del Pantano de Vargas le quedó bien. Lo demás es una lápida, sin movimiento. Antioquia dio un escultor clásico y bueno: Marco Tobón Mejía.

—¿Y Botero?

—Es una excepción dentro de los técnicos. Sus figuras son tiernas, llenas de humor, de perfección y soltura. Es un gran artista. Su colorido es hermoso, su figura también. No se sale de la línea, pero eso se le permite, porque es un genio. Su escultura es bella, precisa. La gente ve el volumen y lo acaricia, como sucede con La Gorda. Es muy humana su obra.

—Medellín es llamada la “ciudad de las esculturas”. Una reciente decisión del Consejo de Estado echó a pique un acuerdo para realizar obras de arte en las urbanizaciones. ¿Cómo le parece?

—Sabia decisión. Habría que destruir esas esculturas tan aterradoras, muñecos mal hechos. Esos muchachos debían hacer albañilería u otra cosa. Todas se condenan. No cito nombres, pero algunas deberían ser voladas con dinamita.

 

Como se nota, Federico Villegas es, también, un irreverente. Para él el poeta es un niño, un cobarde, un ser inseguro y solitario. “Aquí hay muy pocos poetas”, dice. ¿Quiénes? “Barba Jacob, que estaba contra todo, era un hombre de grandes valores. Y no le tenía miedo al hambre ni a la muerte. Tenía la moral del amor, el respeto al hombre, no el tembleque cristiano, que es un engaño. Ese es un poeta. La poesía era su huella, la sangre en sus caminos. La poesía de ahora es de frases fáciles, puro carnaval y vanidad”.

 

—Hay un lugar común que dice que el poeta nace…

—Ah, sí, pero no muere. El poeta es un niño viejo y degenerado. El artista en general tiene un gran dolor, que viene con él. Para un hombre sensible la tragedia es todo: sentarse a la mesa a comer jamón, porque le sabe a corcho cuando piensa en los otros que nada tienen. El insensible vive feliz, estrena en semana santa, se siente poeta, blanco, importante. Un hombre que vale tiene un dolor permanente. Es un inconforme. Si el hombre no vuela, está jodido.

 

Federico cree que a toda hora no es posible estar produciendo. El cosmos, el cerebro, el alma, están en movimiento. Y a veces se está alegre, a veces triste, o loco, o cerca de la muerte, en agonía. El hombre es un vaivén, incierto. “El hombre es de momentos. El oficio permanente es para el gerente de un banco, cosas así. El artista tiene que aguardar su momento”, dice.

 

—¿Cree en la inspiración?

—No, es un temperamento, un dolor que llega, un aire que viene. Para mitigar la angustia uno se pega del arte. Me gusta el color fuerte, mientras más se parezca a la sangre, al fuego. Soy un desesperado. Y cuando pinto, estoy fuera de mí.

 

A Villegas Barrientos le entusiasmaban de niño (le entusiasman aún) los payasos de circos pobres, de carpas rotas, de aserrines dispersos. Y le gustaban los payasos malos. Esos que son una caricatura de lo trágico, que no eran capaces de hacer reír a nadie. “Uno es un payaso, pero a mí no me da plata la payasada, porque soy más triste que alegre. No creo en los palcos de vanidades. La mayoría de la humanidad se la pasa arrodillada y pierde el espectáculo de la vida. La vida es un milagro. Aunque el hombre sea una estafa a la naturaleza, porque no se integra a ella, es necesario el respeto. El amor no existe; existe la necesidad. Nos necesitamos unos a otros aunque no nos amemos. A los padres pobres se les llora cuando se mueren, porque son los que alimentan, dan la comida; a los ricos, porque sus hijos van a heredar”.

 

—En su pintura están como motivos Chaplin y el Che Guevara, ¿qué son para usted?

—Admiro al Che, siento cierta envidia de esos rebeldes con causa, de esos justos, de esos a los cuales desespera la miseria y la injusticia, la desigualdad. El Che era un sacerdote de la justicia. Un bohemio de la selva, muy especial y misterioso. Chaplin era otro sacerdote, dentro de la comicidad. El mundo es cómico, y el humorista es el ser más inteligente y serio. Chaplin era de una tremenda tragedia.

 

Es posible que a Federico Villegas le florezcan los bolsillos y que desde su ventana de asombros mire el espectáculo trágico del mundo con una tristeza de payaso varado en Nueva York o en cualquier esquina de la desesperanza.

 

(Medellín, 3 de julio de 1994)

 

 

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Federico Villegas Barrientos