Federico Villegas, un infarto de plomo

N.B. El poeta y pintor antioqueño Federico Villegas Barrientos murió, a los 92 años, el primero de mayo de 2017. Estos dos reportajes que le hice hace tiempos se reproducen en honor a su memoria y trayectoria.

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Un vuelo de pájaros de papel se mete por sus ojos tristes y claros. Está acostumbrado a mirar más allá de los cielos. De niño, lo asustaban (y lo embelesaban) las estrellas y la noche. Hoy lo siguen amedrentando las soledades, las palabras, el canto nocturno del grillo. Está lleno de asombros y dolores, contemplativo. Es, como él mismo lo dice, un huérfano cósmico. Un poeta.

 

Las cometas siguen flameando en el cielo de Robledo, de últimos de febrero. El hombre camina por un callejón, adornado de trinitarias moradas y solferinas. Entra a su casa. Pasa a la biblioteca y se sienta a su escritorio. Un pedazo de firmamento se cuela por la ventana.

 

El hombre, vestido de pantalón y chaqueta champañas, camisa blanca, no se ha puesto hoy la corbata. Pero, en cambio, sí lleva la tristeza, quizá en su escaseante pelo blanco, o en sus palabras de profeta, o tal vez en sus sesenta y cinco años. Se llama Federico Villegas Barrientos.

 

—¿Qué es ser poeta?

—El poeta es el hombre que viene al mundo a mirar. Y nace cansado. Nace para nada. La gente nace para carga y le choca que uno nazca para silla. El poeta es un ladrón…

—¿Por qué?

—Porque se roba las cosas para él. Se roba el sol, las flores, la realidad… El poeta es un traductor.

—Ah, sí, pero también es un sospechoso…

—Sí, y es un estafador. Asusta. Asombra. Es un solitario. Al poeta solo lo quiere el poeta y lo rechaza la sociedad.

 

Sus palabras se riegan por la biblioteca. En una pared hay un retrato del poeta, pintado por Rubayata. Muy cerca del mapamundi aparece otro retrato de Villegas, pintado por Ramón Vázquez. Sobre un estante, una hermosa talla de madera representa a don Quijote con una espada en la mano derecha. Y disimulado entre decenas de volúmenes, uno de los libros del poeta: Infarto de plomo, publicado en los setentas. En un mes, se agotaron tres mil ejemplares.

 

Federico Villegas tiene varios libros publicados. Por ejemplo, sus famosas Carambolas mentales, que son como greguerías, frases ingeniosas, en las que, además, demuestra su hondura humorística. Su carga de irreverencias. Tiene otros inéditos, como La sombra de la nada, Jubilado del ocio, La siesta de los elefantes, La casa de la arboleda.

 

En otro tiempo, Federico fue registrador municipal del estado civil en Ciudad Bolívar y en otros pueblos. Alguna vez, al visitar a un hacendado, este le dijo que mirara el horizonte: “hasta allá —dijo el terrateniente— se extienden mis propiedades. Soy dueño de todo eso”. Federico, sin inmutarse, contestó, elevando el brazo y señalando hacia el cielo: “Yo, en cambio, soy dueño de todo eso”.

 

—¿De qué vive ahora?

—De nada. Más bien muero. Uno siempre está muriendo. Ahora estoy jubilado con esas cositas que da el Seguro Social, que caben en la punta de una navaja.

—¿Corrige mucho sus textos?

—No, soy muy perezoso. Por eso es que no tengo vicios.

—¿Cree usted que el poeta es propiedad del pueblo?

—No, eso es una frase. El poeta es propiedad del poeta. Nadie lo sigue. Jesús inventó una religión humilde, de tolerancia, de hambre, hermosa. Nadie lo sigue. Uno ve los obispos embarazados de anillos y lujos. Lo mismo pasa en la política.

—¿Qué piensa de la política?

—Se la contesto con esta suerte de carambolas: “cuando el niño es medio bobo, tímido, cruel, terco pero astuto y ambicioso, tiene futuro político”; “si fracasas en tu profesión, no te preocupes: entra a la política y ascenderás”.

—Usted le ha cantado a héroes del pueblo, como al Che Guevara.

—Sí, admiro al Che Guevara. Era un hombre superior. Era de esos que se entrega por un ideal honrado y serio. Los ideales no tienen política. No son liberales ni conservadores ni comunistas.

 

Federico Villegas es de aquellos hombres con facilidad de lágrimas. Le gustan los caminos y las soledades. Tiene vocación de pájaro. Es tenor, aunque ya, según dice, perdió la voz. También es pintor. Y es padre de tres hijos (Coco, Natalia y María Teresa). Siente con hondura el tango. “Gardel es una luna con bufanda”, dice.

 

Es capaz de quedarse horas y horas hablando de la existencia, de las estrellas, del arte. Y de la gente simple. “No tengo temperamento burgués. Quizá en mis gustos haya un aristócrata. Me gusta la ópera, por ejemplo. Detesto la pompa y la pretensión y la indiferencia por la gente pobre. Me identifico con el dolor de la gente. Respeto profundamente el hambre. La burguesía aquí habla de secuestros, pero no se da cuenta que el pueblo está secuestrado hace quinientos años”.

 

—Voy a hacerle una pregunta de cajón: ¿cuáles son sus autores?

—Dostoievski, Víctor Hugo. Todo el mundo dice que Cervantes es lo último, pero me gusta más Tolstoi.

—¿Y sus poetas?

—César Vallejo, el Tuerto López; Neruda por lo musical y humano, es un dirigible de amor, también por su posición frente a la vida y el mundo. Puede que haya poetas más hondos que él, como Vallejo, pero me gusta Neruda. Silva, por haberse suicidado, me parece grande.

—¿Usted tiene vocación suicida?

—Sí, pero la cobardía lírica o la consideración de que no me gusta asustar, me impide suicidarme. El poeta muere a cada instante.

 

Villegas es un maniaco-depresivo, según sus propias palabras. Hay días en que amanece asediado por las tristezas. Cuando el cielo está gris, aumenta su melancolía. Y hay días en que expresa alegrías y se torna niño. “Yo, en general, soy un hombre triste, porque esto de vivir es muy grave. No entiendo por qué hay que ser tan obedientes. Porque los hombres van a la guerra cuando otro hombre se los pide”.

 

Sentado a su escritorio, el poeta observa una lámpara de largo brazo. Quizá recuerda los días de infancia, cuando se subía a los árboles a ver cantar los pájaros. A veces, se torna nostálgico y evoca a aquella mulata de Necoclí, llamada Elvira Reyes, “de los reyes de Baltazar”, que tenía unas tetas con sabor a coco. O recuerda la vez que en Anorí, en una reunión, un cura le preguntó de qué familiar era. Villegas respondió: “soy de muy buena familia, soy primo de la mujer del arzobispo”. El cura casi lo manda a encarcelar. A otro sacerdote le pidió una vez que le subarrendara la iglesia por cien mil pesos al mes.

 

—¿Se considera un hombre rebelde?

—Sí, pero la rebeldía no es altivez. Soy rebelde ante las injusticias, ante el truco, ante tanta pompa y engaño. Me disgusta tanta farsa. Por lo demás, no soy capaz de matar un ojo ni de alzar la voz.

—Uno de sus temas literarios es la muerte, ¿qué piensa de la muerte?

—Es algo que asusta. Esa palidez, esa soledad de la muerte es terrible.

 

Villegas no sabe si él es poeta o un anarquista o un loco o todo lo anterior. En rigor, el artista debe tener algo de loco. Debe escribir (o pintar) con sangre (“le aconsejaron que escribiera con sangre y le sacó punta al dedo índice”, dice una de sus carambolas). Debe caminar muchos caminos. “Un hombre vale por la sensibilidad; lo demás es truco”, opina Federico.

 

Villegas es un cuestionador de la sociedad. Y de las desigualdades. “La indiferencia de la burguesía no es maldad, es ignorancia. Los ricos son brutos. Son de malas de la cabeza. No oyen ni ven ni entienden. Y son de mal gusto. No se embriagan con las cosas, no oyen a la gente, no se asombran”.

 

De pronto, mientras habla, suena el teléfono. Levanta el auricular. Nadie habla tras la línea. Entonces recuerda una de sus miles de carambolas mentales: “Nadie contesta al teléfono del grillo”. Por la ventana siguen entrando pedacitos de cielos de verano.

 

—¿El mundo necesita poesía?

—Sí, necesitamos más poesía. El hombre que nace enamorado ama la poesía. El que no, se pierde en laberintos de ecuaciones. Es poca la gente que nace enamorada. El hombre lleva una bestia adentro y si no la mata, queda como un potro sin amansar.

—¿Es usted feliz?

—No, estoy lejos de la felicidad. La felicidad es muy buena, pero está muy cerca del idiota.

 

Villegas permanece en su escritorio. Es un hombre al que le gustan los ojos de las colegialas. Es de los que sabe que no hay foco que mejor alumbre que un seno de mujer.

 

Afuera, el cielo de Robledo continúa adornado de cometas. Él saldrá más tarde y ellas se meterán por sus ojos tristes. Al fin y al cabo, es poeta, que es la manera más alta de ser algo.

 

(Medellín, marzo 3 de 1991)

Ilustración realizada por Federico Villegas  para el libro El último puerto de la Tía Verania.

 

De pájaro, poeta y loco, Federico tiene un poco…

 

(“Muchas esculturas de Medellín deberían ser dinamitadas”, dice Villegas Barrientos)

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Desde una remota tristeza un payaso de acrílico al que le florece un bolsillo, mira hacia la nada. Es curioso: en los ojos del pintor también hay una indecible tristeza, como esa que se transparenta en los ojos de un perro (podría ser aquel, lanudo y gris, o tal vez azul). Son pocos, tal vez ninguno, los niños que hoy se suben a los árboles a cantar como pájaros. El pintor era uno de ellos. Debido a ese asombro inicial, aún canta, pero desde el suelo. Y escribe poesía. Y sueña (¿con búhos de estática mirada?)

 

Federico Villegas Barrientos, casi siempre de corbata, casi siempre de traje entero, ha publicado libros (Carambolas mentales e Infarto de plomo, entre otros) y es dueño de dolores existenciales y de soledades íntimas, y, además, de un buen pincel. Pinta, con colores fuertes, y con lunitas y soles (iluminando cada obra suya) que son como su firma.

 

“Ve, no sabías que vos pintabas”, le han dicho. “El arte no lo hace el hombre —dice—, está hecho por la naturaleza. El hombre copia, imita, repite a Dios o al mundo. Por orgullo trata de hacer algo. Pretensión. Los colores y la luz están ahí. Uno pone la forma, siempre y cuando tenga temperamento de artista, el dolor, la angustia, y esté fuera de sí. Hay que hacer poesía con la pintura. Porque o si no se torna la cosa precisa, fría. Pura artesanía”.

 

No pinta por oficio (el arte por oficio es basura, dice) ni por negocio. Pinta por buscar. Y cuando está fatigado. Es un caminante. Y si en el camino tiene sed, busca agua y toma. Y si le sale la voz, canta como un pájaro. “Todo lo que hago lo hago con sinceridad, y eso me saca del infierno de mis errores”.

 

Piensa —con Kafka— que el arte es una religión. Lleva en su pecho, adentro, una guitarra, que a veces suena, que a veces calla. “Cuando canto, pongo poesía… cuando pinto, mezclo la luz, la forma, la poesía, el drama. Uno tiene que parecerse a uno mismo. La desesperanza, el dolor, lo hacen a uno universal. El arte es grito”.

 

—¿El artista sufre mucho?

—Completamente. Es un enfermo superior. El artesano es un buen trabajador, un buen carpintero, correcto, pero no se fatiga ni le duele nada. No contagia, no asombra… La pintura hay que hacerla con gran dolor. La línea y la técnica no son el arte. Hay que salirse de la línea, de lo frío. Los artesanos apenas conocen el oficio, no más.

—Ejemplo de un artesano

—Rodrigo Arenas Betancur. Es un artesano vanidoso y furioso, porque también hay artesanos sencillos. Tiene un temperamento de bufón desesperado. Es muy trabajadorcito y ambicioso. Uno debe ser honrado consigo mismo. Él está muy lejos del artista. El artista es un escéptico. Rodrigo cree en las cositas que hace, en sus muñecos. Claro que lo del Pantano de Vargas le quedó bien. Lo demás es una lápida, sin movimiento. Antioquia dio un escultor clásico y bueno: Marco Tobón Mejía.

—¿Y Botero?

—Es una excepción dentro de los técnicos. Sus figuras son tiernas, llenas de humor, de perfección y soltura. Es un gran artista. Su colorido es hermoso, su figura también. No se sale de la línea, pero eso se le permite, porque es un genio. Su escultura es bella, precisa. La gente ve el volumen y lo acaricia, como sucede con La Gorda. Es muy humana su obra.

—Medellín es llamada la “ciudad de las esculturas”. Una reciente decisión del Consejo de Estado echó a pique un acuerdo para realizar obras de arte en las urbanizaciones. ¿Cómo le parece?

—Sabia decisión. Habría que destruir esas esculturas tan aterradoras, muñecos mal hechos. Esos muchachos debían hacer albañilería u otra cosa. Todas se condenan. No cito nombres, pero algunas deberían ser voladas con dinamita.

 

Como se nota, Federico Villegas es, también, un irreverente. Para él el poeta es un niño, un cobarde, un ser inseguro y solitario. “Aquí hay muy pocos poetas”, dice. ¿Quiénes? “Barba Jacob, que estaba contra todo, era un hombre de grandes valores. Y no le tenía miedo al hambre ni a la muerte. Tenía la moral del amor, el respeto al hombre, no el tembleque cristiano, que es un engaño. Ese es un poeta. La poesía era su huella, la sangre en sus caminos. La poesía de ahora es de frases fáciles, puro carnaval y vanidad”.

 

—Hay un lugar común que dice que el poeta nace…

—Ah, sí, pero no muere. El poeta es un niño viejo y degenerado. El artista en general tiene un gran dolor, que viene con él. Para un hombre sensible la tragedia es todo: sentarse a la mesa a comer jamón, porque le sabe a corcho cuando piensa en los otros que nada tienen. El insensible vive feliz, estrena en semana santa, se siente poeta, blanco, importante. Un hombre que vale tiene un dolor permanente. Es un inconforme. Si el hombre no vuela, está jodido.

 

Federico cree que a toda hora no es posible estar produciendo. El cosmos, el cerebro, el alma, están en movimiento. Y a veces se está alegre, a veces triste, o loco, o cerca de la muerte, en agonía. El hombre es un vaivén, incierto. “El hombre es de momentos. El oficio permanente es para el gerente de un banco, cosas así. El artista tiene que aguardar su momento”, dice.

 

—¿Cree en la inspiración?

—No, es un temperamento, un dolor que llega, un aire que viene. Para mitigar la angustia uno se pega del arte. Me gusta el color fuerte, mientras más se parezca a la sangre, al fuego. Soy un desesperado. Y cuando pinto, estoy fuera de mí.

 

A Villegas Barrientos le entusiasmaban de niño (le entusiasman aún) los payasos de circos pobres, de carpas rotas, de aserrines dispersos. Y le gustaban los payasos malos. Esos que son una caricatura de lo trágico, que no eran capaces de hacer reír a nadie. “Uno es un payaso, pero a mí no me da plata la payasada, porque soy más triste que alegre. No creo en los palcos de vanidades. La mayoría de la humanidad se la pasa arrodillada y pierde el espectáculo de la vida. La vida es un milagro. Aunque el hombre sea una estafa a la naturaleza, porque no se integra a ella, es necesario el respeto. El amor no existe; existe la necesidad. Nos necesitamos unos a otros aunque no nos amemos. A los padres pobres se les llora cuando se mueren, porque son los que alimentan, dan la comida; a los ricos, porque sus hijos van a heredar”.

 

—En su pintura están como motivos Chaplin y el Che Guevara, ¿qué son para usted?

—Admiro al Che, siento cierta envidia de esos rebeldes con causa, de esos justos, de esos a los cuales desespera la miseria y la injusticia, la desigualdad. El Che era un sacerdote de la justicia. Un bohemio de la selva, muy especial y misterioso. Chaplin era otro sacerdote, dentro de la comicidad. El mundo es cómico, y el humorista es el ser más inteligente y serio. Chaplin era de una tremenda tragedia.

 

Es posible que a Federico Villegas le florezcan los bolsillos y que desde su ventana de asombros mire el espectáculo trágico del mundo con una tristeza de payaso varado en Nueva York o en cualquier esquina de la desesperanza.

 

(Medellín, 3 de julio de 1994)

 

 

La imagen puede contener: una o varias personas y primer plano

Federico Villegas Barrientos

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Deja un comentario

4 comentarios

  1. Rubén Darío Álvarez Benjumea(Rubencho-Itagüí).

     /  mayo 3, 2017

    Reportajes dignos de publicarse nuevamente…

    Responder
  2. Ester Goeta S.

     /  mayo 3, 2017

    Estupendos reportajes, fascinante el entrevistado y soberbio el entrevistador.

    Responder
  3. Ester Goeta S.

     /  mayo 3, 2017

    Aclaro: “soberbio” con el significado de magnífico, fabuloso!!!

    Responder
  4. john harold davila

     /  mayo 3, 2017

    Hermosisimo!

    Responder

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