Un elogio del hambre

(¿Acaso es el hambre el germen de toda poesía y de las revoluciones?)

 

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                                                            Saturno devorando a su hijo, pintura de Goya.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El hambre, según Luis Tejada, es el germen de toda poesía. De acuerdo con la afirmación del cronista barboseño, se nota que ahora, muchos poetas nuevos (o jóvenes), no han tenido la angustia del hambre, porque, con sus versitos de desecho, parecen, más bien, glotones desaforados. No sé cuánta hambre padeció Dante, ni cuánta Vallejo, ni Whitman, ni Hernández, ni Homero, pero, por lo visto, bastante. Porque como se sabe, poesía sí escribieron.

 

Creo, a veces, tal vez en momentos en que las tripas chillan o se siente su cortante filo, que el hambre, a diferencia de la lucha de clases, ha sido la partera de la historia. Nada más acelerador, nada más agudizador de contradicciones, nada, además, tan doloroso como un hambre. Y se ha dicho, para escribir poesía hay que sentir dolores y, al parecer, tantas hambres. Por supuesto, como no sólo de pan vive el hombre, pues no solamente de hambre escribe el poeta. Pero —y no es juego de palabras— da la impresión de que el hambre es pan (bueno, es sino leer a Knut Hamsun).

 

El hambre es motor. “El hambre excita la fantasía, y la fantasía es la cualidad esencial de los poetas”, escribía Tejada, tal vez acosado por el llamado de un desespero estomacal. De un vacío alimentario. Es posible que, más que por una resaca, más que por una dosis de alucinógenos, Poe hubiera sentido el ansia de escribir, por ejemplo, El cuervo, gracias a un hambre existencial. Así, como al escribir Balzac consumía en una noche más de cincuenta tazas de café, que también el “tintico” hace desaparecer esa sensación de hambruna, Barba Jacob tuvo que haber estado sin comer por lo menos tres días para haber llegado a los versos de su Canción de la vida profunda.

 

Ah, y qué tal el nunca bien ponderado Rabelais, médico de cabeceera de muchos lectores. Su Gargantúa y Pantagruel, tan insaciables, tan llenos de comidas y bebidas, tan hermosamente colmados de excesos, sólo pudo imaginar un portento de esa naturaleza por el hambre. Y en ese mismo sentido podría abarcarse a Teresa de Ávila y Juan de la Cruz, ambos santos, ambos poetas, ambos místicos. Más que su sed de Dios fue su hambre la que los condujo a las altas cimas de la palabra y a ver más allá de la “noche oscura”.

El Quijote, por ejemplo, está lleno de hambres, también de culinarias y otros platos. La mejor salsa del mundo, se dice en el portento literario, es “la hambre”. Y como esta (plantea la mujer de Sancho) no falta a los pobres, siempre comen con gusto. En la Barataria, el comilón Sancho prefiere las mesas a las dietas. “Y denme de comer, o si no, tómense su gobierno; que oficio que no da de comer a su dueño no vale dos habas.”, dice, en contradicción con el médico que, al cuidar su salud, le suprime comidas.

 

Cuando el poeta (cuando es poeta, claro) siente la mordedura del hambre en su interior, cuando lo chuzan las lanzas de la inanición, cuando los jugos gástricos se alteran, entonces delira, su mente se va poblando de numerosas visiones, sus oídos de músicas jamás escuchadas. Lo acosan.  Lo van sitiando las musas. Y, para declarar que es un poseso, advierte que le dictan. Que es otro el que escribe. Y todo es por su hambre. ¡Qué sensación esa tan devastadora y, a la vez, tan estimulante!

 

Sacerdotes que levitan, santones que curan, taumaturgos, anacoretas, todos sienten una plenitud gracias a su hambre, a sus frugales recetas de pan y agua. Van Gogh, Modigliani, El Greco, tantos que han pintado su propia hambre. Ah, y los de la Generación Perdida, los Hemingway, los Scott Fitzgerald, con su hambre parisina, cuando eran pobres, felices e indocumentados, produjeron obras excelsas.

 

La Gran Marcha, liderada por Mao; las transformaciones sociales; la revolución rusa y la francesa y la cubana, todas tuvieron que ver con el hambre, porque es elemental, también hay que luchar para tener, después de tantas jornadas de carencias, una buena mesa con buen pan y buen vino. Tal vez el secreto de la paz (como el de la guerra) radica, se esconde, en los estómagos casi siempre vacíos. Sí, lo dijo algún poeta: la paz es asunto estomacal.

 

Con tantas hambres juntas, como las que padece ese hombre que veo ahí, tirado en un parque alumbrado con luces navideñas; como las de innúmeros colombianos, como esa hambre atroz que cada día aumenta en esta geografía de desamparos, debería haber más poesía. Pero no. Lo que sí hay es más policía. Nada confiable y peligrosa.

 

Poetas y místicos —al decir de Tejada— han perdido su contacto con el cielo, porque abandonaron el régimen substancial de la abstinencia. Como clamaba una abuela de barriada, es mejor tener las ganas que calmarlas. Es hora de ir a comer, caramba.

 

(Artículo escrito en diciembre de 2005)

 

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Hambre, pintura de Guayasamín

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