Paraguas para una lluvia de recuerdos

(Crónica con pinturas impresionistas y musicales cinematográficos)

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Los paraguas no se hicieron para los infantes. La lluvia, con sus músicas de entejado y charcos urbanos, era una fiesta para la muchachada. Era la posibilidad de dejar escurrir el agua por la camisa, que se colara en los tenis, que creara torbellinos en las alcantarillas y abriera las esclusas de un tiempo propicio para los barquitos de papel. Así que nada de paraguas, vistos por los ojos infantiles como protectores de “cuchos” y, más que todo, de señoras de edad.

 

Tal vez la primera fascinación que me produjo este artefacto fue en Mary Poppins, un filme con Julie Andrews, en el que la mágica niñera londinense desciende de los cielos con un paraguas a manera de paracaídas. Sobra decir que muchas veces, en la cuadra, los muchachos sacábamos los paraguas de familia para intentar la hazaña de la película. Más de uno terminó desbarajustado en el piso.

 

En otro musical, Cantando bajo la lluvia, los paraguas son parte de la utilería y el deslumbramiento. La más célebre imagen es la de Gene Kelly, agarrado a una lámpara callejera, con el paraguas cerrado en la otra mano, mientras la lluvia  arrecia y él (o el personaje que representa) canta como si asistiera a la inauguración del mundo.

 

El paraguas es como una casa (o, tal vez, un kiosco) ambulante. Un tejado con mango, contera y varillas radiales, con un mecanismo elemental, que da la impresión, a veces, de carpa de circo en miniatura. En un tiempo, los de colores solo estaban destinados a mujeres; los negros eran para los hombres. Los de palo largo, elegantes, servían, cerrados, como bastón. Y aun como arma contundente en caso de emergencia.

 

Los paraguas, en días grises, lluviosos, modifican el paisaje urbano. Las aceras y calles se atiborran de ellos. Hoy, cuando forman una miscelánea de todos los colores, estampados, saraviados, de publicidad, institucionales, en fin, los días invernales están poblados de este objeto móvil, de fácil transporte, pero que, si no se maneja con cuidado, puede sacarle un ojo a cualquier descuidado transeúnte. Ya hay manuales de comportamiento con los paraguas.

 

En el arte pictórico, hay cuadros con paraguas, como el de Augusto Renoir, el “único pintor que no ha pintado un cuadro triste”. Su obra Los paraguas (todos oscuros) muestra, en primer plano, a una señora, canasta en el brazo, traje negro, que no carga ninguno para protegerse de la lluvia (ah, valga decir que las sombrillas, quitasoles o parasoles, son diferentes, aunque un paraguas puede hacer las veces de tales).

 

Los paraguas, y no solo en pintores impresionistas, han inspirado lienzos y otros soportes artísticos. Son célebres, por ejemplo, los pintados por René Magritte y Salvador Dalí.

 

Como muchos otros instrumentos, artefactos y buhonerías, el paraguas es un invento chino. Puede corresponder su nacimiento al siglo XI antes de nuestra era. La leyenda atribuye a Lu Mei, un joven chino, la construcción de un bastón del que pendían treinta y dos varillas de bambú cubiertas de tela. De allá, pasó a Egipto y Grecia, y es, como digamos los cubiertos, ciertas herramientas, en fin, cosas que no cambian mucho en la historia. El “progreso” no las afecta. Claro, hay paraguas automáticos y eléctricos, que pueden tener alta significación en el concierto tecnológico, pero carecen del encanto original de los paraguas manuales.

 

Hoy, cuando las cacharrerías, bazares y los vendedores ambulantes ofrecen abundantes mercancías desechables, casi todos los paraguas de “combate” son chinos. Pueden durar uno o dos aguaceros. Y listo. Se compra, se usa y se bota.

 

Por estos lares, en el que a veces, o casi siempre, los pronósticos sobre el estado del tiempo no son acertados, la gente dice que si, por ejemplo, el instituto meteorológico anuncia día soleado, lo mejor es llevar paraguas. Albergar paraguas en bolsos y carteras no solo es una medida preventiva, sino, más bien, un conjuro contra la lluvia. Se torna objeto agorero, en una suerte de amuleto para contrarrestarla. “Cada que dejo el paraguas en casa, llueve”, se suele decir.

 

Recuerdo que papá, quien jamás tuvo un paraguas (tenía gabanes, capotes, abrigos impermeables) cuando veía nubes negras comenzaba a mover las manos, como una especie de sacerdote o mago, para alejarlas. A veces, quién lo creyera, le funcionaba el exorcismo. En cambio, mi tía Betsabé, experta en oraciones mágicas y otras invocaciones, le impetraba a San Elías que alejara la lluvia mientras ella iba a hacer diligencias al centro de Medellín. Esa labor, entre los viejos habitantes de la villa, se la cargaban a San Isidro (“San Isidro labrador quita el agua y pone el sol”).

 

Una bella milonga de Astor Piazzolla y Horacio Ferrer, Los paraguas de Buenos Aires, (la interpretación es de Amelita Baltar), dice en una de sus estrofas: “Y desandamos tantas lluvias, tantas, / que el agua está recién nacida, ¡vamos!, / que está lloviendo para arriba, llueve, / y con los dos nuestro paraguas sube”.

 

Y así, “desandando lluvias”, vamos con paraguas en el recuerdo de viejos aguaceros, aquellos de la infancia, bajo los cuales corríamos estallando charcos y poniendo la cara a las cataratas que se despeñaban de los aleros. No requeríamos paraguas. El cielo bajaba hasta nosotros, o nosotros subíamos hasta él. No sé quién diseñó una lluvia de paraguas, que descendían a modo de paracaídas fantásticos de un cielo sin bombarderos ni contaminaciones.

 

El paraguas tiene un misterio hasta ahora no develado: parece que cada dueño de este artilugio carece de sentido de pertenencia. Es de las prendas que más fácil se olvidan, se dejan en cualquier parte, sin importar si sus redondeadas alas están cerradas o abiertas.

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Los paraguas, pintura de Augusto Renoir

 

 

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