Peripecias del muñeco de Año Viejo

(Crónica con tictac para exorcizar los fantasmas del tiempo)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Un recuerdo de infancia me lleva a vislumbrar en una esquina de fin de año a un hombre sentado. Bueno, en rigor no es un hombre, es su representación, vestido de ropas viejas, con tripas de trapo y pólvora (lo supe después), con ojos vacíos que miran sin mirar el tiempo último, los minutos contados. Su saco desvaído, sus zapatones desvencijados, recuerdan a un payaso obsoleto. Es una figura tristona, junto a la cual, un tipo de verdad, con traje de mujer y pañoleta oscura, llora sin consuelo como si fuera la viuda del muñeco de Año Viejo.

 

Los muñecos de fin de año, parte de una cultura popular, hoy degradada, a veces daban la impresión de ser beodos en trance de irse al piso, con su botella de licor vacía en un bolsillo roto. El barrio giraba en torno a la confección de aquel símbolo del tiempo que moría el último día del año, con recolección de ropas de segunda, o quizá de tercera, en un ritual que aunaba muchachos y señoras, en una demostración de sociabilidad, alegría y teatralidad.

 

Los diseñadores del muñeco, que iban de puerta en puerta, también solicitaban monedas para la compra de explosivos y fuegos de artificio para rellenar el estómago del hombre de trapo que moriría (sin posibilidades de resurrección) a las doce de la noche del 31 de diciembre, en medio de llamaradas purificantes y detonaciones, con gritos desaforados de celebración. Con restos de sábanas blancas, ya curtidas, se formaba la fisonomía. Había expertos en pintar la boca, que en ocasiones tenía un rictus mortuorio, y en buscar sombreros viejos entre los señores de la barriada.

 

Había muñecos de fina estampa. A veces, según la imaginación y los recursos de los hacedores, se les ponía una rosa o un clavel rojo en el bolsillo de la chaqueta, que por raída que estuviera, con ese toque alcanzaba a darle al personaje dimensiones de dandi extemporáneo. O al sombrero se le ataba una cinta nueva, o se adornaba con alguna borla, quizá un sobrante de la ornamentación navideña. No faltaba el de gusto distinto que conseguía guantes para el muñeco. El caso es que, con el esperpento listo, se armaba una juerga callejera, de ires y venires —sin hacer “retenes” a veces amenazantes como los que hoy se estilan en ciertos sectores de la ciudad—, con una mezcla de ingenuidad y creación colectiva. Los preparativos comenzaban desde el treinta, para tener lista, por la mañana del treintaiuno, la representación final del tiempo viejo.

 

Para algunos, muy avisados, el muñeco era como una suerte de golem, de materia prima con la que se podría, de acuerdo con la capacidad inventiva, darle vida a esa figura que adornaba el paisaje urbano de fin de año. Y, de hecho, en su construcción había una especie de creación divina, de soplo secreto, hermético, que era como la de la aparición mítica del primer hombre. El muñeco de Año Viejo pudiera parecerles a algunos un Adán anciano, que al fin de los tiempos había perdido el paraíso y terminaría en la nada y los ostracismos en la Nochevieja.

 

Tal vez sin saberlo, el rito con el muñeco de Año Viejo revivía una antigua inquisición, porque, sin condena explícita, el hombre de trapo finalizaría en el fuego, observado por multitudes vociferantes que gozaban viéndolo consumirse junto con el calendario. Y en la medida que se tornaba en cenizas, crecía el fragor de las explosiones de despedida al tiempo viejo y de bienvenida al nuevo año. Y en ese punto, el muñeco iba quedando en el olvido, se convertía en otra ausencia, en la nada, en lo que ya no es. Un adiós de lágrimas secas.

 

Aquellos muñecos de año viejo le daban razón al poeta que afirmaba: “el tiempo es la única verdad”. Una verdad que se diluía en el último segundo del año, para resurgir al segundo siguiente con una novedad, que a lo mejor seguía siendo vieja, el tiempo de siempre, el intranscurrible, el eterno. ¿Envejece el tiempo? ¿Rejuvenece acaso? Y a todas estas especulaciones, estaba a la vuelta de las hojas de calendario un interrogante fundamental: ¿qué es el tiempo?

 

Pero en aquellos días en que los relojes poco significaban, el muñeco de Año Viejo nos ponía a disfrutar de la luminosidad del fin del año, que era (o es) como la terminación de una etapa y el comienzo de otra. No pensábamos en incertidumbres ni azares. La vida transcurría, casi siempre en medio de juegos y algazaras. Eran día felices sin pensamientos en torno al incierto porvenir.

 

Una memoria de infancia me transfiere a espacios idos, a calendarios que ya no son, para ver en una esquina de fin de diciembre un muñeco de Año Viejo, que cuando lo miraba, me guiñaba un ojo, como diciéndome que algún día sabría lo que significaba el tiempo, pero entonces ya sería demasiado tarde.

 

En el muñeco fin de añero, hay una tristeza irreparable. Se le ve, exánime, sin esperanza ninguna, a la espera de su destino fatal. Su condena es ineludible. El patíbulo lo espera sin conmiseraciones. Y su muerte transcurrirá en medio de detonaciones y los alaridos festejantes de los demás.

 

El muñeco de Año Viejo, símbolo de lo efímero, de lo que es y dejará de ser, es o puede ser una manera de exorcizar el pasado, un ajuste de cuentas con un calendario que toca a su fin. Y, en medio del fuego final, la apertura a azarosos días que se envejecerán hasta convertirse, de nuevo, en un muñeco de trapo y zapatos viejos.

 

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“El año que viene vuelvo…”

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Tres títulos, tres libros de 2017

Agradecimiento a los lectores, editores y libreros por acoger estos tres títulos, publicados en 2017: una novela, un libro de ensayos literarios y otro de narrativa periodística. Muchas gracias.

 

Balada de un viejo adolescente

 

Una novela que narra, con un punto de vista en primera persona, las peripecias y soledades de un adolescente que habita en un asilo de ancianos. En el colegio donde llega a estudiar, profesores y estudiantes lo observan con extrañeza. ¿Cómo es posible que un jovencito viva entre ancianos?, se preguntan, algunos no sin burla y aires despectivos. La obra muestra el mundo sin esperanzas de los viejos, vistos con los ojos de un adolescente que, en la lectura, el cine y otras disciplinas, tiene la posibilidad de conectarse con el afuera.

 

Balada de un viejo adolescente, narrada en un presente continuo, puede suscitar distintos sentimientos en el lector. Y reflexiones acerca de la vejez y la juventud, del infierno y paraíso que puede ser cada una de esas condiciones vitales del hombre.

 

La música, la literatura, el teatro y las aspiraciones de un joven se conjugan en una obra que transcurre en los albores de la agitada década del setenta

 

 

 

Tiovivo de tenis y bluyín

 

Tiovivo de tenis y bluyín es una mirada fresca y auscultadora al paso del tiempo por la ciudad y los hombres. Pueden descubrirse, con ojos de niño, las vueltas infinitas de un carrusel de caballitos o las pisadas de la juventud en el asfalto de la memoria. Hay un discurrir de imágenes, que van desde las muy especiales de un cine de antes, con actores italianos y gritos de un teatro de barrio, hasta los cánticos juveniles de días de guitarras y cabellos largos.

 

El lector, a manera de un caminante de urbe, irá encontrando sorpresas y tendrá tiempo para la risa y la reflexión.  Es una muestra de narrativa periodística con un trasfondo ineludible de paredes, edificios y fantasmas de la calle. Es un encuentro distinto con la realidad que, como diría Hemingway, casi siempre es más fantástica que cualquier ficción.

 

 

 

Sustantiva palabra

 

La palabra, creadora de todas las cosas, es convocada en este libro para pasearnos por distintos ámbitos, como los de Las mil y una noches, algún bulevar parisino, castillos medievales y por tropicales caserones. Sustantiva palabra es un encuentro con escritores como Umberto Eco, Thomas Mann y Sándor Márai, y con formas escriturales del cuento, con cultivadores de estirpe clásica de tal género literario, como London, Hemingway, Steinbeck y Faulkner.

 

En una reivindicación del ensayo, el lector se topará con una convocatoria a la reflexión literaria y al infinito ejercicio de imaginar. A lo mejor, de modo inesperado, gnomos y cronopios pueden saltar en cualquier página. La literatura está hecha de innumerables maravillas.

 

 

 

Francisco de Asís, primer héroe del humanismo

(Recorrido por la formidable vida y obra de un santo excepcional)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

En aquellos tiempos de cruzadas y herejes, de viajeros y búsqueda de nuevas rutas con los mercados de Oriente, de guerras y emperadores, de caballeros andantes y sangrientas discordias; en aquellas geografías de una Europa dispersa, feudal, principesca, con una Iglesia que dirimía conflictos armados y se aliaba con poderosos gobernantes, en la transición de los siglos XII y XIII, en pleno Aevum Medium, acontecerá el advenimiento de un hombre simple, un uomo qualunque, uno que irá contra la corriente, vislumbrará otras esferas de la vida y se convertirá en un paradigma del amor a la humanidad y a la naturaleza.

 

En tiempos en que la Iglesia romana, patrona del mundo, se ocupaba en armamentos y alianzas, en nunciaturas y práctica de excomuniones, en el auspicio inclemente de castigos y persecución a los distintos (infieles, herejes…), más que en la paz de las almas, como lo diría el escritor Hermann Hesse, en la Umbría de la fragmentada Italia, un joven, un rapaz que hasta entonces en el ejercicio de esa edad de delirios y sueños era lo que hoy se denominaría un rumbero, un amante del carnaval y de la vida disoluta, tras una serie de circunstancias se transmutará en un impar discípulo del Redentor. Uno que quiso ir más allá de imitar al Cristo, cuando lo que más se estilaba era la posesión de riquezas, de bienes materiales como un norte para la existencia.

 

En dichos tiempos, en que la llamada Cristiandad se proponía el dominio del mundo; cuando, aunque poco o nada se sabía al respecto, en Asia se construía el imperio mongol de Genghis Khan, que se extendería desde China hasta Irak, y de la India a Siberia; cuando el Islam se expandía por diversas latitudes del mundo conocido, en días en que había multiplicación de herejías, en momentos cuando está a punto de surgir para el imperio germánico Federico II Barbarroja, promotor de la Sexta Cruzada (1228), en un pueblito de Umbría, entre tanto, va a crecer alguien que tendrá su vida como obra, en los días en que el estilo gótico alcanza su máximo esplendor, en las catedrales de Colonia, Amiens y Burgos, por ejemplo.

 

En el siglo XII, habitaba en Asís, en la Umbría, Pietro de Bernardone, un mercader muy reputado, de abundante riqueza y miembro de la clase más distinguida, como solvente vendedor de telas, que era su oficio. Viajar era parte de su cotidianidad. Iba hasta la llamada entonces Franconia Meridional, en especial a Montepellier. Allí aprendió el idioma galo y adquirió inclinaciones por todo lo que en aquellas tierras era de buen gusto y elegancia. Estaba casado con Dómina Pica, de ascendiente noble y procedente de la Provenza. Eran los días del rey Federico Barbarroja, que dominaba en Sicilia y otras comarcas, incluido Asís, donde había impuesto a un gobernador, Konrad de Suabia, conocido como el Duque de Spoleto, de recio mando y que mantenía un duro régimen sobre las tierras y la gente.

 

En el año de gracia de 1181 (también se data como 1182), la señora Pica dio a luz a un niño, cuando su marido estaba en labores propias de su trabajo en la Franconia. Ella lo llamó Juan, aunque, al volver el padre, lo nombró Francisco, tal vez, se dice, por todo el afecto que tenía por lo francés. Y ahí, cerca del monte Subasio, nació una suerte de poeta extraño, de trovador provenzal, de ser que enriquecería la historia y la leyenda, el mito y la realidad, la ficción y la poesía. Un tipo fuera de lo común, aunque era parte del común, sin nada extraordinario en la apariencia ni en los primeros años de su vida, en la que también aprendió el idioma de los galos y se internó en tabernas y lugares de relajo.

 

En su infancia y juventud, no tuvo mayor instrucción, fuera de escritura y latín. Sus iniciales sueños se conectaron con las ganas de ser caballero y trovador, quizá imaginaba ser un héroe de las cruzadas, un justiciero. Se mezcló con la nobleza, aprendió manejo de armas, le gustaba cantar, pero también dilapidar el dinero, se ataviaba con lujo y bonituras, ofrecía banquetes. Y bailaba. Era un derrochador y un desprendido. Se gastaba la vida en fiesta. Lo llamaban, por su aire principesco, princeps juventutis. Quién lo creyera.

 

Llegaron las turbulencias a Asís. El duque de Spoleto, que tenía contradicciones con Roma, se rindió al papa. Abandonó la ciudad y entonces su fortaleza fue arrasada por los habitantes del pueblo y hubo ataques contra la nobleza. En su ayuda, llegaron los de Perugia y estalló batahola. Francisco, partícipe de aquellas contiendas, fue apresado y durante un año permaneció encerrado en la vecina ciudad, de donde salió en 1203. Todavía le quedaban arrestos para las comilonas y otros placenteros desórdenes de los sentidos.

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Son los tiempos de la Cuarta Cruzada, con saqueos en diversas partes de Europa y Asia. Para el todavía joven Francisco el mundo se va endureciendo debido a la enfermedad que lo agobia. Sabe de pronto de las debilidades del cuerpo. Y de sopetón se va a dar cuenta de lo efímero de la existencia. La fiebre lo atacó en Spoleto, cuando iba, alzado en armas, al servicio del papa Inocencio III, como parte del Sacro Imperio Romano Germánico. ¿Qué pasó? ¿Un llamado divino? ¿Un instante de lucidez frente a los significados de la vida y el mundo? ¿Una anunciación a lo Pablo de Tarso?

 

Y a partir de ese momento, Francisco va a ser otro. A su retorno a Asís, los otros lo observan con sorpresa, ya no es el mismo. Se torna rey de burlas, porque había salido con rumbos e ínfulas de héroe, de guerrero, y había regresado como si fuera un cobarde. Un derrotado. Apenas iba a comenzar la vida, la vida nueva. La de las renuncias y la de escoger como novia, para siempre, a la pobreza. Sabía que “el hombre es un peregrino, un fugaz huésped de la tierra”. Dejó la nobleza y si vinculó a los menesterosos, a los desheredados y olvidados de la fortuna.

 

A los veinticuatro años, delante de Guido, obispo de Asís, renunció a la herencia paterna, dejó sus ropas finas y descubrió la desnudez como parte de la libertad, y principió a vivir como un mendigo que predicaba el amor a Cristo y a la naturaleza, al sol y las estrellas, a los pájaros y el agua. Su papá lo desheredó y Francisco, a partir de entonces el Pobre de Asís, Il Poverello, se casó con la “sagrada pobreza”.

 

Francisco, una especie de vagabundo, se va sumiendo en una vida llena de carencias materiales, pero con un enriquecimiento interior que lo convierte en paradigma de los desprendimientos y de la sencillez. Su vida de anacoreta de pueblos va a influir sobre la poesía, la literatura, la filosofía, la teología, la ciencia y el concepto de santidad. No en vano Dante Alighieri (1265-1315) será un terciario franciscano como lo fue en España el Arcipreste de Hita (1283-1315). El poeta toscano, en el Canto 11 del Paraíso, a partir del verso 28, incluye a Francisco, al que se refiere como “todo seráfico en ardor”. Y al ir contando su parábola, dice: “a sus frailes, como herederos legítimos, / encomendó a su mujer más querida (Pobreza), / y ordenó que la amasen fielmente”.

 

El siglo XIII, el del gran creador de la Orden Franciscana, es también el de Tomás de Aquino, el de Alberto Magno, el de San Buenaventura y Duns Scoto, como lo será de Roger Bacon (franciscano y científico) y Raimundo Lulio, llamado el Doctor Iluminado, perteneciente a los terciarios franciscanos. El pobre de Asís influirá en Giotto, en Marco Polo, en reyes como Alfonso el Sabio y en San Antonio de Padua.

 

Este imitador de Cristo, el primer estigmatizado del cristianismo, “el siervo crucificado del Señor crucificado”, escuchará la voz de Dios en 1207, cuando el crucifijo de la iglesia de San Damián le dice que reconstruya su iglesia, y, en efecto, lo hace, como lo hará después con otras cercanas (la de la Porciúncula, por ejemplo). Francisco tiene el don de ver a Dios en todas las criaturas, en todo lo que vive. Al año siguiente, se le van acercando los seguidores, nobles y plebeyos, sabios e iletrados, laicos y sacerdotes. Es la hora de crear una orden.

 

En 1209, el persistente Poverello, ya familiarizado con las carencias, viajó a Roma y consiguió la aprobación del papa Inocencio III de las reglas de la nueva orden, las mismas que subrayará a modo de principios, años después,  en su breve testamento, dictado a Fray Benito en 1226: el amor entre los hermanos de la Orden, el respeto a “nuestra señora la Santa Pobreza” y la obediencia a la “santa madre Iglesia”.

 

Para el escritor católico inglés, G.K. Chesterton, autor de un libro sobre el santo, Francisco “anticipó cuanto de liberal y más atractivo encierra el genio moderno: el amor de la na­turaleza, el amor de los animales, el sentido de la com­pasión social, el sentido de los peligros espirituales que encierran la prosperidad y aun la misma propiedad”. Según él, el de Asís fue el “primer héroe del humanismo” y, además, una suerte de “lucero de la mañana del Renacimiento”.

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Francisco, que antes de ser el santo, el hombre de las renuncias, había perseguido a un mendigo al cual le había negado momentos antes una limosna, y lo agasajó con sus indumentos y le proporcionó donación en metálico, se convirtió en caminante y hacedor de caminos. No tuvo una doctrina económica, pero sí, como lo asegura el historiador Jacques Le Goff, autor de una investigación sobre el Pobrecito y su tiempo, conciencia de la economía, desde la cual rechazó el dinero y las riquezas materiales, con base en el capítulo X del evangelio de Mateo y su sentido de la pobreza y de la paz.

 

El santo de Asís no quiso nunca el poder, ni su ejercicio. Lo repudió. No propuso utopías, ni se acercó a los miedos milenarista y tampoco predicó sobre sociedades perfectas. Su alegría, su manera de ser, la distancia con los poderes, o, mejor, la práctica del no-poder, llevaron a Francisco a estar por fuera de instituciones y prejuicios de la sociedad. Era, en su tiempo convulsionado, un ser diferente que abrazó la pobreza y se desvivió por amar los animales, el estado natural y los modos de vivir sin ataduras a ningún bien terrenal.

 

Francisco, el que besó leprosos y estuvo siempre a su servicio, supo del valor de las palabras, de los sermones, de la predicación. Era un viajero de sí mismo y, claro, anduvo para convencer con el ejemplo. Llegó a Siria, a España, a Marruecos. También a Túnez y Egipto. Su cruzada no era a punta de espada, sino de palabras. Como un trovador. Como un poeta ambulante, que habla con los “exempla”. Es un caballero de Dios, un enamorado de la belleza divina manifestada en disímiles criaturas. San Francisco es risa y alegría (pobreza henchida de alegría, es su consigna).

 

Se ha dicho que Francisco fue más grande que su siglo. “Quizás el único cristiano verdadero que ha habido en  toda la sangrienta historia del cristianismo”, escribió Antonio Caballero en el libro Y Occidente conquistó el mundo. Aquel que dijo “bienaventurado quien nada espera porque de todo disfrutará”, tuvo frente a la ciencia y otros discursos, una mirada desconfiada y más bien hostil, aunque respetó a los intelectuales de su orden. Sobre la universidad, advirtió que era incompatible con la pobreza, el trabajo manual y la mendicidad, tres estrellas de sus coordenadas espirituales. Como se sabe, los franciscanos ingresaron en los claustros universitarios y san Buenaventura “hará del Cristo de Francisco un Magister”.

 

Francisco tenía muy claro por qué no tener bienes materiales, debido a que, de poseerlos, serían indispensables armas y leyes para defenderlos. Una lógica que cabalgaba a placer con su modo de ver el mundo, al que revolucionó entonces con el ejemplo y la gracia para ejercer un apostolado distinto a todo lo conocido hasta aquellas calendas.

 

San Buenaventura de Bagnoreggio, que compuso entre 1260 y 1263, una hagiografía del fundador de los franciscanos, titulada Leyenda Mayor de San Francisco, cuenta con pormenores la trayectoria y parábola santa del más humilde de los hombres de su tiempo, aquel que proclamaba que todos los que quisieran hacer parte de la Orden tenían que repartir sus bienes entre los pobres. Quien quiera enterarse, por ejemplo, de la facultad de Francisco para comunicarse con los animales, para conversar con ellos, para entenderlos y que ellos a su vez lo entendieran, el texto de este autor es ilustrativo, entre otros aspectos.

 

San Francisco, que ha inspirado novelas, cuentos, películas, canciones, pinturas, en fin, compuso varios cantos, como el Cántico de las criaturas o Cántico del Sol, en el que se refiere a la madre tierra, a la luna, a la existencia: “Alabado seas, mi Señor, por el hermano viento / y por el aire y la nube y el cielo sereno y todo tiempo, / por todos ellos a tus criaturas das sustento”. Y suya es por la esencia mas no por autoría, la célebre Oración por la paz, que en el mundo cristiano casi todos la conocen de memoria, y aun los no creyentes, porque no solo tiene un encanto en el ritmo y lo que afirma, sino en las intenciones humanísticas.

 

De acuerdo con las enseñanzas y principios del santo de Asís, no era fácil tener adeptos. Sus cánones conectados con la renuncia y la humildad extrema no eran atractivo para mucha gente. Y de los doce primeros neófitos, de pronto el orden franciscano fue creciendo. La Primera Orden, la que aprobó Inocencio III, es la de los frailes menores, orden mendicante, masculina. Después, la Segunda Orden, para mujeres, y que sin duda surgió por la magna amistad de Francisco con Clara de Asís. Y, la tercera, que permitió a los seglares participar del movimiento franciscano sin abandonar los hogares ni hábitos de la humanidad común y corriente. A esta orden, entre muchos, pertenecerá el escritor Miguel de Cervantes Saavedra, que, además, fue enterrado con el hábito de San Francisco.

 

A Francisco, para quien era mejor crear cristianos que destruir musulmanes, le cabe la virtud de haberse prolongado tras su muerte; de haber creado o motivado, quizá sin proponérselo, una legendaria multitud de historias acerca de su vida y obra, y las de sus seguidores, como el amigo Fray Bernardo de Quintavalle. Las florecillas de San Francisco, una reunión narrativa de episodios sobre el santo, se escribieron entre finales del siglo XIII y mediados del XIV, muchos años después de la muerte del Poverello (1226). Los imaginarios populares le confirieron milagros inverosímiles, lo situaron en el ámbito de lo sobrenatural y, de ese modo, contribuyeron a enaltecer las dimensiones humanas de Francisco, pero, a su vez, lo situaron en terrenos de la ficción y el mito.

 

Una historia, muy atrayente, es la que se refiere a cómo san Francisco convirtió a la fe al sultán de Babilonia y a la prostituta que lo llevaba al pecado. En Sarracena, mientras el misionero predicaba iluminado por el Espíritu Santo, otros de allá, que ya habían matado cristianos a granel, lo apresaron y llevaron ante la presencia del sultán. Este quedó tan admirado por las palabras y actitudes del trovador, que se enamoró de todo lo que aquel proponía y lo autorizó, junto con sus correligionarios, para que esparciera su doctrina por Sarracena.

 

Y en ese mismo lugar, en una de sus calles, el santo entró a un albergue para reposar y entonces lo estaba esperando una hermosa dama, que lo invitó a acostarse con ella. “Yo acepto, vamos a la cama”, le dijo Francisco. “Ven conmigo, yo te llevaré a una cama bellísima”, agregó. Y en un fuego que se hacía en la casa, tras desnudarse, Francisco se arrojó a la candela y desde allí invitaba a la mujer a yacer con él en aquel “lecho emplumado y bello”. La prostituta, aterrada, y asombrada porque el hombre no se quemaba, ante lo que consideró un milagro, se convirtió al cristianismo.

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La orden franciscana, que se esparció por el globo, llegó a América primero al Caribe y después a México, antes que los jesuitas, los agustinos, los dominicos y la Orden de Predicadores. Allí preparó un proyecto con el fin de estudiar las lenguas nativas, con el fin de hacer una evangelización más efectiva. Entre los más connotados monjes de esta orden estuvo Bernardino de Sahagún, autor de obras en náhuatl y castellano, entre las que sobresale Historia General de las Cosas de la Nueva España, una monumental colección cultural, etnográfica, que ha hecho que a su autor se le considere como el primer antropólogo de América.

 

En Colombia, donde se registra su presencia desde 1510 en Santa María la Antigua del Darién, los franciscanos han participado con creces  en la educación. En Medellín, con el claustro de San Francisco, donde nació la Universidad de Antioquia, y con colegios como el Fray Rafael de la Serna, esta orden ha cultivado a muchas generaciones.  La Universidad de san Buenaventura, que está cumpliendo medio siglo, es parte de la imagen intelectual y magisterial de los franciscanos, que en esta ciudad tienen iglesias de alta representatividad,  como San Antonio y San Benito, ambas de arquitectura preciosista.

 

El santo de Asís, el patrono de los ecólogos y los animalistas, sigue proyectando su fuego doctrinal por el mundo. En la cultura, su influjo no deja de sorprender. En literatura, por ejemplo, son célebres novelas, poemas y relatos basados en su existencia, como los de Nikos Kazantzakis (El pobre de Asís), José Saramago (La segunda vida de Francisco de Asís), Emilia Pardo Bazán, Chesterton, Hermann Hesse, Juana de Ibarbourou con su Relato del beso al leproso: “Por un camino musgoso / que hacia Asís derecho lleva, / va Francisco Bernardone / de regreso de una fiesta”. Y Los motivos del lobo, de Rubén Darío.

 

En el cine, el Pobrecillo sí ha tenido mucha pantalla. Desde 1911 se han filmado películas sobre su vida y obra ascética. Entre las más conocidas están Francisco, juglar de Dios, de Roberto Rossellini (1959); Francisco de Asís, de Michael Curtiz (1961); Francisco de Asís y Francesco, ambas dirigidas por Liliana Cavani (1966 y 1989) y Hermano Sol, hermana Luna, de Franco Zeffirelli (1972).

 

El primer biógrafo del santo fue Tomás Celano. De él es un célebre retrato, que ha servido a artistas plásticos para tomar características físicas y de personalidad del ecuménico Francisco, y del que citamos un fragmento: “Veloz para hablar, lento para enojarse, de ingenio agudo, bien dotado de memoria, sutil en las discusiones, prudente en decidir, y en todo sencillo. Severo consigo mismo, indulgente con los demás, discreto siempre…”.

 

Francisco, que no se sabe por qué se salvó de ser acusado de herejía, el mismo que naufragó en el camino a Tierra Santa, el que intentó predicar entre los moros de España y se embarcó a Egipto, llegó a espantarse de cómo su orden crecía en seguidores y riqueza, y más bien prefirió refugiarse en una montaña.

 

Una noche de invierno, en la navidad de 1223, Francisco se metió a una ermita en el pueblo de Greccio, rememoró el nacimiento de su modelo de vida e inventó el pesebre. Ah, sí, con un buey y una mula (Francisco puso un asno) al lado de pajas y del niño Jesús. Y desde entonces, los belenes o nacimientos son una expresión no solo de religiosidad, sino de la imaginación y creatividad populares.

 

El 13 de marzo de 2013, el papa Francisco seleccionó este nombre en honor y gracia a san Francisco de Asís. La segunda encíclica de su pontificado, Alabado seas (Laudato Si), cuyo tema central es la preservación del medio ambiente, se inicia con algunos versos del Cántico de las criaturas: “Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sustenta, y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba”.

 

Francisco de Asís, fuego y aire y agua y tierra, se pasea por la historia como promulgador consecuente de lo que hoy parece imposible: la renuncia a los bienes materiales del hombre. Y por los avatares del mito. ¡Ah!, y por el halo único de una luminosa santidad sin discusión.

 

(Ensayo escrito para el libro De puertas para afuera, conmemorativo de los 50 años de la Universidad de San Buenaventura, Medellín)

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Pintura gótica en la Basílica de Asís.

Desencuentro con amargo desenlace

(Un tango existencialista de Cátulo Castillo y Aníbal Troilo)

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                                                                                                                                                                 Cátulo Castillo

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

A Cátulo (Catulo Ovidio) Castillo, al que le tuvieron que “esdrujulizar” el nombre para que los compañeros de escuela no lo molestaran, le cabe el honor de muchas letras de tango, y músicas, también de haber boxeado en la categoría pluma hasta ser preseleccionado para los Olímpicos de Amsterdam en 1924. Su trayectoria en el tango es de fina estampa, con una poética en la que la nostalgia y lo perdido (y no recuperado) están presentes.

 

Quizá por estos contornos y ambientes de cafés (incluido El último café) su tango Tinta roja (con música de Sebastián Piana) es el estandarte de este director musical, de ideas de izquierda (su padre, el dramaturgo José González Castillo, con el que también compuso tangos, era anarquista). En la periferia y el centro siempre sonó aquello de “Paredón, tinta roja en el gris del ayer…”.

 

Cátulo, nacido en Buenos Aires el 6 de agosto de 1906, un día de lluvia y frío, iba a llamarse en realidad Descanso Dominical (González Castillo), debido a que, por esas calendas se había logrado una reivindicación libertaria: la de no trabajar los domingos. El empleado de registros se negó a ponerle tal nombre y su padre se decidió por el de dos poetas latinos. Sus primeras influencias literarias estuvieron bajo el estro de Rubén Darío.

 

Sus letras, casi todas con el dolor de un pretérito imperfecto, le dieron al tango una estatura monumental, que alcanza cielos existenciales con La última curda, van a tener, en 1962, una creación dura, áspera, que puede clasificarse en los catálogos del pesimismo, o, desde otro ángulo, en una suerte de desazón ante los golpes de la vida. La versión que más se oyó en Colombia fue la muy dramática y bien interpretada de Roberto Goyeneche, con la orquesta de Baffa-Berlingieri. Y de ese tema, Desencuentro, con música de Aníbal Troilo, es del que quiero conversar.

 

Tal vez no tenga las alturas poéticas de otras de sus creaciones (como Una canción, Caserón de tejas y María, por ejemplo), pero sí hay en ella una fuerza ineludible contra la cual, como la del destino, no se puede pelear. Es la situación de alguien al que todo le sale mal y que puede estar caminando en la cuerda floja de la existencia: “Estás desorientado y no sabés / qué “trole” hay que tomar para seguir. / Y en este desencuentro con la fe / querés cruzar el mar y no podés”.

 

Es un tango amargo sobre la vida y la sociedad vista a través de lo que le sucede a un individuo, al que lo pica la araña que salvó, y el hombre al que ayudó le hace mal. “¡Qué desencuentro! / ¡Si hasta Dios está lejano! Sangrás por dentro, / todo es cuento, todo es vil”.

 

Tal vez la versión más impactante de este tango (que tiene aires de Discépolo) sea la de Rubén Juárez, cuando, ya entrado en años, la interpretó en el programa Encuentro en el estudio, de Buenos Aires, con una intensidad y una descomunal fuerza que dejó perplejos a los que lo escuchaban.

 

En el corso a contramano / un grupí trampeó a Jesús… / No te fíes ni de tu hermano, / se te cuelgan de la cruz…”. Es una especie de radiografía de una sociedad en la que reinan el engaño, las simulaciones y la trampa. Y entonces, Castillo va desgranando unos versos que aumentan la tensión del tema y de la crítica: “Creíste en la honradez y en la moral… ¡qué estupidez!”.

 

Cátulo, compositor de Silbando, y autor de Patio de la morocha y El último farol, era un gran amigo de Homero Manzi, otro de los grandes poetas del tango, con quien hizo, por ejemplo, Viejo ciego (la interpretación de Goyeneche es sublime), como un homenaje al poeta de barrio Evaristo Carriego. El tango Desencuentro tiene una particularidad: como en un cuento de Poe o de Quiroga, la tensión va en aumento hasta lograr un clímax. Es el hombre derrotado, el que no tiene salidas, el que parece estar acorralado sin remedio.

 

“Por eso en tu total / fracaso de vivir, / ni el tiro del final / te va a salir”.

 

Después de ese golpe certero, ese recto a la mandíbula, el oyente queda petrificado. Lleno de temores, tembloroso, ante la evidencia del fracaso. No hay lugar a la dulzura en esta pieza de desenfadada angustia existencial.

 

En 1974, al ser declarado Ciudadano Ilustre de Buenos Aires, Cátulo Castillo pronunció esta fabulilla: “El águila y el gusano llegaron a la cima de una montaña. El gusano se ufanaba de ello. El águila aclaró: ‘Vos llegaste trepando, yo volando’. ¿Pájaros o gusanos? — se interrogaba Cátulo — he aquí una pregunta clave”. También escribió el guion de la película Esta es mi argentina, en la que los protagonistas son Aníbal Troilo y el bailarín de tango Juan Carlos Copes. Murió en su tierra natal el 19 de octubre de 1975.

 

(Escrito en Medellín, cuando diciembre de 2017 ya es azul)

 

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Los alumbrados y otras estrellas

(Crónica decembrina con festones de barrio y un coro de villancicos)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Desde aquel diciembre de 1967, cuando el parque Bolívar, Junín y La Playa se poblaron—en sus árboles de pájaros luminosos del anochecer— con bombillos de colores, la ciudad comenzó a ser otra en las navidades. El alumbrado público decembrino se nos vino entonces como un modo de nuevas sociabilidades y otras maneras de caminar las calles.

 

Por esos mismos días, en Bello, las fábricas de Fabricato y Pantex, arrumaban en sus mallas que daban a la autopista norte centenares de bombillas, velas y estrellas, que, con el tiempo, se volvieron romería de curiosos que se dejaban obnubilar por aquellos deslumbres. Tras las primeras crisis de los textiles, desaparecieron los bombillitos.

 

Y así, cuando Medellín estaba atiborrada de empresas de todo tipo, de telas, de bebidas, de alimentos, de hilanderías, de embutidos, las calendas de fin de año eran una posibilidad para la decoración, como una suerte de sana competencia entre las factorías a ver cuál alumbraba más y mejor sus exteriores.

 

A los luminosos avisos de neón de los almacenes, se sumaron entonces las decoraciones de vitrinas, las de las fachadas y ventanales. Y diciembre se hizo ornamentación en los barrios y la imaginación comenzó a trabajar para buscar las mejores maneras de acoger al último mes del año. De tal modo, que en los barrios populares los festones y las guirnaldas callejeras, a guisa de pasacalles, trasformaron el paisaje cotidiano.

 

En algunos lugares, los periódicos viejos se aprovechaban como insumo para banderines, atados con pitas o cuerdas sintéticas, para colgarlos de lado a lado. Y se hacían convites a fines de noviembre para enlucir las cuadras, porque diciembre no podía pasar en vano, sin las confecciones de globos y de decorados sencillos, pero hechos con entusiasmo y creatividad.

 

Era una ocasión para reconocer el vecindario, para la conversación y los proyectos de comunidad. El barrio era una fiesta, con los bombillos colgantes, con las cintas y otros accesorios, todos colocados con primor en puertas y frentes de las casas. Era como si estuvieran en una fulgurante carrera con los de otros sectores, y así, los de Manrique querían superar a los de Campo Valdés, y estos a los de Aranjuez. En fin.

 

La noche de las velitas era, quizá, la más bella fiesta de diciembre, con los faroles, las candelas, los colgandejos fosforescentes y la muchachada en las aceras. Los niños, con certeza, estaban imaginando cuál sería el regalo del Niño Jesús, mientras los adultos aprovechaban para compartir con el vecino un trago o unas frituras. Era una ocasión particular para prender los equipos de sonido con las canciones de Guillermo Buitrago, que era una especie de insignia de las celebraciones de fin de año.

 

Tal vez cuando en lo público todavía no estaban las bombillas navideñas, la “diciembredad” era una conexión de la familia y las amistades. Tal como lo recordaba, en una de sus crónicas, Sofía Ospina de Navarro: “Siempre ha sido el mes de diciembre motivo de las más gratas reuniones familiares entre los antioqueños. En cada casa —así sea de menguadas posibilidades económicas— en los días navideños amanece la familia en plan festivo, y se saborean, en un encantador compañerismo, los platos tradicionales”.

 

Con el aumento de los alumbrados, que se ensancharon hasta el río Medellín, que casi siempre ha estado a la espalda de los habitantes de la villa, diciembre cobró nuevas perspectivas, no solo para los andadores, sino para los negocios de comestibles y suvenires. A la bombillería y las formas de decoraciones, se le sumaron los rebusques populares.

 

La ciudad se fue convirtiendo, de a poco, en una de las más importantes y asombrosas en la iluminación navideña. Hasta llegar a estar, según un top de la National Geographic, entre “las diez ciudades del mundo más sorprendentes para rememorar la Navidad”. La única vez que en las calles céntricas no hubo alumbrado fue en el gobierno de César Gaviria, por la crisis energética y el apagón que sufrió el país.

 

Diciembre se ha ido regando, con sus fastos y vistosidades, por las barriadas que, si bien ya no tienen aquellos festones de viejos tiempos, sí hay en buena parte de ellas la alegría de las instalaciones luminosas. Y las mismas, con distintas disposiciones y diseños, se aferran de los árboles de parques como el de El Poblado, Aranjuez, Boston, La Milagrosa, y en avenidas como Carabobo y la 70.

 

Las iglesias todavía se visten de diciembre y adornan sus frontis y atrios. Hay una transformación del ambiente y el paisaje durante un mes de bailes y evocaciones. Y vuelven a sonar viejas piezas musicales, como La cinta verde, Navidad de los pobres, La víspera de año nuevo y Faltan cinco pa’ las doce.

 

Las convocatorias a entonar la novena de aguinaldo, aunque ya no tiene, como hace años, el sonido de los cascabeles de tapas de gaseosas, sí están presentes en empresas, en el centro y en los barrios. “Ven a nuestras almas, ven no tardes tanto”, así como las “tutainas” y otros villancicos venezolanos, colombianos, europeos, estadounidenses, en fin, se corean por doquier, en medio de las expectativas de los niños.

 

Más allá del consumismo, que lo ha invadido todo, diciembre todavía tiene rastros de los días en que, en medio de la sencillez e incluso de ciertas carencias, el tiempo y el espacio se transformaban con la presencia de nuevos olores, sabores y sueños infantiles.

 

Las luces de fin de año invitan a observar la ciudad de otra forma, a recorrerla con pasos de descubrimiento. Tal vez, en una de esas exploraciones, se encuentre con “el camino que lleva a Belén” y puede que, en el cielo citadino, se tope con los tres reyes magos o las tres Marías, como les decían las mamás a esas “luces” que hacen parte de la constelación de Orión.

 

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Avenida La Playa, Medellín.

La muerte y otras muertes en Horacio Quiroga

(Una visión del trágico escritor uruguayo a través de tres de sus cuentos)

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Por Reinaldo Spitaletta

 

El cuento moderno en América Latina tuvo en el escritor uruguayo Horacio Quiroga a su principal cultor y pionero, en un género que, si bien puede ser uno de los más antiguos de la humanidad, en su forma más novedosa alcanzó las más altas cumbres y transformaciones con los aportes de Edgar Allan Poe, uno de los maestros del autor de Los desterrados. Quiroga, el mismo que muy joven acompañó como fotógrafo a Leopoldo Lugones en la investigación sobre El imperio jesuítico, en la selva de Misiones, Argentina, se convertirá en un estandarte del relato breve en esta parte del mundo.

 

El amor, la locura y la muerte son tres avatares inevitables en la vida y obra del escritor nacido en Salto, Uruguay, en 1878. Acompañado en casi toda su existencia de hechos trágicos, el escritor, que también se dedicó a la crítica cinematográfica, el ciclismo, la galvanoplastia, los artículos de prensa y revistas, tendrá en el cuento su principal arte, talento que no pudo desplegar en la novela ni en el teatro.

 

Antes de él, nadie desde el río Bravo hasta la Patagonia escribió cuentos de un modo tan moderno, con la introducción de elementos clave como la tensión y la intensidad, los manejos del tiempo, la visión del hombre en medio de la enfermedad y los misterios de la vida. Sus narraciones, casi todas selváticas, con ríos y quintas, con perros y caballos, son extrañas en momentos en que, en el sur, y también en otras partes de Hispanoamérica, las ciudades ofrecían insumos suficientes para la literatura urbana. Sin embargo, la ruralidad, de la que siempre bebió el autor de Anaconda, va a ser su territorio en la ficción.

 

Para principios del siglo XX, el escritor, que había vivido en el Chaco cultivando algodón, se configura como una revelación en la escritura. Sus atmósferas, sus parcos personajes que apenas modulan algunas palabras, la fuerza de la acción, las sugerencias y otras características, lo van subiendo a un pedestal de cuentista extraordinario. Sus primeros trabajos, publicados en revistas (como Caras y Caretas), le otorgan desde el principio el título de un autor diferente.

 

Quiroga, a quien la velocidad lo embriaga, como lo reveló y experimentó en sus montadas en motocicleta, en la que viaja por diferentes partes de Argentina, se va introduciendo en el conocimiento de los árboles, las corrientes, las aves, las serpientes, los cultivos, los obrajes, la vida de la selva. No es extraño que lea con fruición a Rudyard Kipling, otro de sus maestros. En uno de sus primeros relatos, en El almohadón de plumas (1907), es notorio el influjo de Poe, pero también la fuerza por liberarse de la luminosa sombra del bostoniano, al que Quiroga leyó hasta la saciedad en su primera juventud.

 

De la vasta producción del salteño, tomaré como muestra para este ensayo solo tres de sus cuentos, que congregan características fundamentales de su escritura, de su temática y tratamiento, de las obsesiones y hasta alucinaciones de un autor que se yergue como un portento del género. Con La gallina degollada (1909) y El hombre muerto (1920), se completa la trilogía que, entre otros parentescos, tiene como lugar común la muerte.

 

El principio de El almohadón de plumas es no solo deslumbrante sino estremecedor: “Su luna de miel fue un largo escalofrío”. Después de este inicio, el lector no tendrá otra alternativa que continuar leyendo la historia que, claro, se parece a alguna de Poe, pero quizá tenga mucho ya del autor del Decálogo del perfecto cuentista (1927), en el que, en uno de los mandamientos, dice: “Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia”.

 

En este punto sería importante advertir que, para algunos escritores, contemporáneos de Quiroga, el susodicho decálogo les parecía un disparate, como lo dijo su compatriota Enrique Amorim; al tiempo que para otros se trataba de una pieza humorística, o de un catecismo o credo dogmático, con verdades reveladas. Como sea, esta proposición transparenta, en parte, los postulados estéticos de Quiroga, quien, en el primero de los diez, dice que hay que creer en el maestro como en Dios mismo, y pone como evidencia a cuatro de ellos, a los cuatro de su veneración y de los que aprendió mucho: Poe, Maupassant, Chejov y Kipling.

 

En el Almohadón, que tiene, además de la muerte, comunidad y analogías con La gallina degollada y en los que aparece un matrimonio disfuncional, a veces incomunicado o desavenido, a veces amargado por las culpas, se presenta una situación de silencios y ausencias entre la pareja, Jordán y Alicia: él, mandón, de “impasible semblante”; ella “rubia y angelical”. Y aparecerá como sino fatídico la enfermedad de la mujer, agobiada por la anemia, con alucinaciones, con horror por la alfombra casera, hasta llegar a padecer un subdelirio (delirio tranquilo, con palabras incoherentes, sin perder la conciencia), en el que ve monstruos que se deslizan por su colcha, por su cama, aunque ella no permite a la sirvienta que le arregle el almohadón.

 

Con un desenlace sorpresivo y aterrador, El almohadón de plumas, una brevedad meticulosa, sin excesos, apenas con lo necesario para provocar emociones y asombros en el lector, es una pieza en la que la microbiología tiene asiento y puede disuadir a aquellos que aspiran a tener en su cama almohadones de dichos materiales.

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La gallina degollada, uno de los más célebres cuentos de Quiroga, además de la culpa, que se enrostran los padres de los cuatro idiotas, Mazzini y Berta Ferraz, establece una conexión con la crueldad y, por qué no, hasta con aspectos culinarios. Es una tragedia en pocas palabras, con situaciones que pueden llevar a la angustia y desazón final del lector, ante unos hechos bien tejidos, justificados, con los amarres necesarios para ir subiendo la tensión hasta dejar boquiabiertos por el horror a quienes no cierren los ojos (ni la imaginación) ante el desenlace fatal.

 

Las incriminaciones del hombre a la mujer, de la mujer al hombre; las relaciones con taras familiares y con la enfermedad (la tuberculosis) y, en medio del babeo y la soledad de los cuatro muchachos, a los que les dio meningitis, que solo tienen el sol y los atardeceres como una gracia que tampoco entienden, son parte del entramado. Y habrá un momento de felicidad de los padres, cuando nace Bertita a la que, después de la espera del tiempo estipulado para saber si es sana o si padece la enfermedad de sus hermanos mayores, se recibe como un don, como una gracia, como una suerte de oasis en ese desierto de disturbios y desventuras.

 

Y entonces todos los cariños y cuidados serán para la muchachita, al tiempo que para los retrasados solo habrá indiferencia. Para ellos, la sirvienta será su vigilante, la vestidora y alimentadora, y los tratará “con grosera brutalidad”. Esos muchachos que imitan a veces el sonido del tranvía eléctrico (bueno, los idiotas son capaces de imitar muchas cosas), cumplirán, sin saberlo, sin proponérselo, una vindicta de espanto frente a sus despectivos padres.

 

En este cuento, más trágico que el del almohadón, Quiroga construye una atmósfera de asfixia, de tensiones familiares, de inculpaciones y desgracias. Y, si como se verá, en El hombre muerto la sangre está ausente, o, al menos, invisible, en el de la gallina esta correrá y se verterá como en un sacrificio ritual. El haber presenciado cómo se degüella una gallina, les dará a los idiotas una pequeña luz, una guía para actuar más tarde y, en medio de su inconsciencia, realizar un ejercicio imitador, pavoroso.

 

En otros cuentos de Quiroga la muerte es un leit motiv, una condición ineludible. Una fortaleza inexpugnable. Pueden mencionarse, por ejemplo, El hijo y A la deriva. En El hombre muerto, que, gracias al título, comienza con el final, la muerte no es vista por el protagonista como un hecho trágico o doloroso. Se acepta en medio de un mundo conocido, entre bananales, la presencia de un caballo colorado de cara blanca (un malacara) y un tiempo que transcurre, casi como el de ayer, como el de otros días, entre lo cotidiano, con la misma yerba, la misma alambrada. Todo es igual, anodino si se quiere, menos el hombre que se está muriendo.

 

Es un cuento narrado con serenidad y eficacia. Un hombre que quería, tras un tiempo de trabajo, echarse a descansar en la gramilla, y en ella quedará extendido con la certeza de que “acababa de llegar al término de su existencia”. Ahí, mientras él se muere, estarán, como siempre, Misiones, el valle del Paraná, un muchacho que silba, el sol del mediodía, la familia que le lleva el almuerzo, “solo él es distinto”. Un hombre y un machete se han fundido en un solo ser, en una entidad, en un equipo, en una manera de morir.

 

Quiroga, el de las muchas muertes, el hombre de los suicidios (su primera esposa, dos de sus hijos, su padrastro, se suicidaron), las desventuras y los duelos permanentes, terminará como vivió, de una manera trágica. Su vida novelesca, que apenas duró cincuenta y ocho años, terminó en un hospital de Buenos Aires, donde fue internado por un cáncer de próstata. Allí, en esa casa asistencial, conocerá a Vicente Batistessa, paciente que vivía en los sótanos de la clínica, porque era un monstruo, un hombre elefante, como el inglés Joseph Merrick (en 1980, David Lynch hizo, basado en la vida de Merrick, la película El hombre elefante).

 

El escritor pidió que al paciente que padecía el Síndrome de Proteus lo trasladaran a su cuarto. Y se hicieron amigos. Ante Batistessa, el autor de El crimen del otro, se bebió un vaso de cianuro. Y a partir del 19 de enero de 1937, fecha de su suicidio, él y su obra comenzaron a pertenecer a la historia universal de la literatura.

 

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Tres almacenes de la nostalgia

(Crónica de una revolución comercial en Medellín, con los almacenes Tía,  Caravana y Ley)

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Los tres, en aquellos tiempos de ciudad parroquial y lenta, quedaban en la misma parte: en Pichincha con Carabobo, en el viejo Guayaquil, el mismo de los trenes, la plaza de mercado, las cacharrerías y los cafetines, y de uno que otro ladrón irredento. El Tía, el Caravana y el Ley, tres almacenes por departamentos, toda una novedad en Medellín, cuando ni siquiera se hablaba de hipermercados ni de grandes superficies.

 

Dos de ellos, eran de pura cepa antioqueña. El otro, el que uno creía que por su nombre se trataba de una pariente desconocida que había puesto negocio, tenía raíces checoslovacas. Los tres revolucionaron el comercio de una ciudad nacida para el “cacharreo”, las transacciones y la consecución de plata.

 

El Ley, al frente de los otros dos, había sido una idea de Luis Eduardo Yepes, nacido en Copacabana a fines del siglo XIX y que, como a tantos paisas, le dio por irse a “aventuriar” a la costa y abrir en Barranquilla, en pleno carnaval, una tienda con venta de antifaces y fantasías. Era 1922, cuando ya en la lejana Praga, desde dos años antes, los socios Federico Deutsch y Kerel Steuer montaron un almacén que sería, después, el Tía (Tienda Internacional Americana). En 1940, cuando se tuvieron que volar de Europa por la agresión nazi, instalaron en Bogotá el primero Tía, de muchos que se regarían por Colombia. También por Argentina, Uruguay y Ecuador.

 

En Medellín, el Tía se instaló en la década del cuarenta, lo mismo que el Caravana, vecino del anterior. Casi todos los que de niños íbamos a esos almacenes, caminábamos de la mano de la mamá o de alguna tía y era toda una novedad entrar a unas tiendas —tan distintas a las de los barrios— en las que todo se conseguía de una vez.

 

Sí, las novedades eran múltiples: secciones de ropa, de alimentos, de carnes, de rancho, de promociones en góndolas, de juguetes, de granos, en fin. El Tía, con su aviso de pared, rojo con ribetes blancos y unas rayitas azules debajo del nombre, parecía más ordenado. El que sí produjo una revolución fue el Caravana, fundado por Víctor Orrego (Yolombó 1919-Medellín 2015), un contador que se dedicó de lleno al comercio y era todo un innovador en la publicidad y en la postura de un artefacto que, a partir de 1955, trastocaría las costumbres de la aldea fabril y comercial.

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Cuando Caravana tenía un año, estalló el Bogotazo (9 de abril de 1948), que repercutió en todo el país. Los saqueos no se hicieron esperar en Medellín. En el almacén, que luego tendrá un slogan muy vendedor (El gigante de los precios enanos), tras las incursiones de los oportunistas, quedaron zapatos “nonos”. Orrego, ni corto ni perezoso, puso cuñas radiales que decían que los que tuvieran un zapato rojo, sin par, podían ir al almacén por el otro, muy barato. Los zapatos impares y otras mercancías se vendieron a granel.

 

Después, cuando un circo llegó a inmediaciones de Guayaquil, el almacenista alquiló un tigre y lo puso en la vitrina. El desfile era interminable, pero no tanto como cuando paró en una de las vitrinas a una muchacha en vestido de baño. Los sermones y pulpitazos sacerdotales hicieron que la chica no durara mucho tiempo en la atrevida exhibición.

 

Y lo anunciado: en 1955 instaló unas escaleras eléctricas, las primeras que hubo en la ciudad. De todos los pueblos de Antioquia se hacían romerías para ir a Caravana a subir y bajar por eso que parecía extraído de un mundo irreal y fantástico. ¿Quién que ya tiene cincuenta o más años de edad, no gozó en esas gradas fascinantes?

 

Orrego fue un campeón del mercadeo y la publicidad. Ingenió los Lunes de ganga, con descuentos en los artículos que se encontraban en el piso; las Ventas relámpago, que duraban treinta minutos con mercancías a mitad de precio. La gente entraba por oleadas. El almacén era un ícono comercial de Guayaquil y el resto de la ciudad.

 

El Ley, que primero existió en la costa atlántica, en Bucaramanga, Bogotá, Cali y por último en Medellín, es una concepción que su dueño aprendió a fines de la década del veinte en Estados Unidos, donde viajó a observar ese tipo de almacenes por departamentos. En el de Medellín, donde todo el mundo “barequea”, escoge y pide rebajas, se instaló ese almacén de precios fijos, pero con la ventaja de tener de todo, como en botica.

 

Con diez secciones, el Ley de Medellín se convirtió en eje de esa empresa, hoy desaparecida. “En el Ley cuesta menos”, era uno de sus lemas publicitarios. Y, como gran atracción, cada departamento era atendido por “señoritas elegantes y bien parecidas”. Después, tuvo otro eslogan: “Ahorre tiempo y dinero visitando el Ley primero”.

 

Y esta crónica de comercio y ventas por departamentos, viene al caso por el reciente cierre del Tía en Colombia. Tras 77 años de estar en varias ciudades (el de Medellín se acabó hace tiempos), el Tía anunció el final de sus días, azotado por los tratados de libre comercio y la entrada infinita de productos chinos de contrabando, según dijo a los medios Luz Mary Sánchez, tesorera del Sindicato Nacional de Trabajadores del Tía. Quinientos cincuenta trabajadores se quedaron sin empleo.

 

Hubo un tiempo en que el Tía, el Ley y el Caravana, los tres en pleno corazón comercial de la ciudad, en la que, en sus alrededores, estaban almacenes como el Kilo, almacén Sin Nombre, el Éxito, El Mío y decenas más, aparte de las cacharrerías, como La Campana, se batieron como emblemas de “todo en la misma parte”, con precios fijos, pero con gangas periódicas.

 

Ninguno de los tres existe. Solo en el recuerdo y los imaginarios. En los tres hubo “escaperos” (ladrones de mercancías, que la esconden en su ropa y bolsos) y niños embelesados por un balón o un carro de juguete. Lo más seguro es que el tigre del Caravana esté muerto y la nadadora de la vitrina ya no tenga los atractivos que conmocionaron a los noveleros de la parroquia de entonces.

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En Colombia,  recientemente se extinguieron los almacenes Tía. Los tratados de libre comercio y el contrabando acabaron con el trabajo de más de quinientos empleados.