Gazapos en el cine

(Una muestra de descuidos en películas de alta y baja calidad)

 

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El cabello de Dorothy crece así no más en la misma conversación con Espantapájaros.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En el extinguido Teatro Bello, con arquitectura a la italiana, vi hace años La agonía y el éxtasis, un filme de Carol Reed, basado en la obra de Irving Stone sobre la vida de Miguel Ángel Buonarroti. Casi toda la película gira en torno a las maravillas y dificultades que tiene el gran artista de Caprese para pintar la Capilla Sixtina.

 

La cinta, con Charlton Heston (Miguel Ángel) y Rex Harrison (el papa Julio II), estuvo nominada a cinco premios Oscar y no ganó ninguno. El caso es que, en esos tiempos, cuando se estilaban los filmes de capa y espada, los romanos, los de gladiadores, era ya una leyenda para muchos pelados de entonces el actor que representó al escultor del David y de Moisés, que ya lo habíamos visto en Ben Hur, una superproducción de la Metro Goldwyn Mayer, en la que el león, símbolo de esa compañía, no ruge al principio, debido al contenido religioso de la película.

 

Ben Hur, según supe después, tiene varias imprecisiones históricas, como la de condenar al protagonista a la pena de galeras, que entonces no existía en el imperio romano. Y en este punto, vale recordar algunos gazapos de películas de buen calibre, como de otras que son más bien del montón. Los cazadores de estas imperfecciones tienen clasificaciones y estadísticas.

 

Se dice, de acuerdo con estas sumatorias, que la de más gazapos es Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola, con una actuación estelar de Marlon Brando. Arruma 562 fallas. Una, para que ustedes busquen el resto: la sombra de una cámara que filma una secuencia se proyecta sobre la espalda de un soldado. La sigue en cantidad de gazapos una espectacular película de Alfred Hitchcock: Los pájaros, con 546, como uno en el que las heridas de la actriz Tippi Hedren parecen curarse por artes mágicas.

 

Los gazapos, que en los diarios siguen proliferando, y que en otros años se atribuían de modo simpático a un diablillo de las imprentas, en el cine sí que son visibles. No faltan los relojes de pulsera en películas de gladiadores, así como soldados de tenis en filmes como Espartaco, El manto sagrado y Gladiador.

 

Sucede hasta en las mejores familias. Ni siquiera el cuidadoso Stanley Kubrick se escapó de estas “metidas de pata”, como le acaeció en El resplandor, cuando se aprecia, en un plano abierto de exteriores, la sombra de un helicóptero. En la célebre Casablanca, de Michael Curtiz, hay una muy conocida falla que sucede en la estación de París, donde Rick (Humphrey Bogart) espera a Ilsa (Ingrid Bergman) bajo la lluvia.

 

Ilsa no aparece y, en su lugar, surge Sam, que le entrega a Rick una nota en la que se confirman los más nefastos augurios. Así describe un gazapero el fallo: “Rick está empapado, goterones caen del ala de su sombrero al papel diluyendo la tinta. En la toma siguiente avanza hacia el tren, seco como si se hubiera sometido a un centrifugado”.

 

Otro muy sonado gazapo está en Dos hombres y un destino, de George Roy Hill. Paul Newman y Katharine Ross dan un paseo en bicicleta mientras suena la tonadilla “Raindrops Keep Fallin’ on My Head”. Él con sombrero bombín, ella con un vaporoso vestido blanco. La mujer va sentada en el cuadro o barra de la cicla y, en el siguiente plano, así, sin dársele nada, sobre el manubrio, “como si en un parpadeo hubiera hecho una acrobacia digna del Circo del Sol”, tal como lo advierte un busca gazapos.

 

Para los muchachos de los sesenta, una de las sex-symbol más entrañables fue Raquel Welch. En una de las películas en las que aparece con protagonismo y poca ropa es en Hace un millón de años, dirigida por Don Chaffey. La chica prehistórica del filme tiene peinado de peluquería, pestañas postizas y bikini de piel de bisonte. Y, según se ha dicho, más que una errata pudo ser una provocación del director.

 

Anacronismos, cámaras fantasmagóricas, sombras inexplicables, técnicos colados en una escena, discontinuidad en los planos y otras maneras de las “imperfecciones” y descuidos se han interpuesto en filmes de alta calidad, así como de la más descomedida basura. En El mago de Oz, por ejemplo, hay cuadros que dejan ver un error (¿acto mágico?), cuando el cabello de Dorothy (Judy Garland) crece más o menos dos centímetros en la misma conversación que ella sostiene con el Espantapájaros (Ray Bolger). No ha faltado quién solicite la fórmula para acrecentar el pelo en cuestión de segundos.

 

Ah, en El resplandor, un clásico del suspenso y del terror, hay otro gazapo. En un fotograma el pequeño Danny tiene un sánduche apenas medio mordido y en el siguiente, sin más ni más, parece haberse tragado ya más de la mitad del emparedado.

 

Scripts, guionistas, directores, en fin, a veces se “elevan” y “dan papaya” a los perseguidores de gazapos, que, como se dice, debe ser gente más que todo desocupada que se “ocupa” de detectar los errores de los demás, sin ninguna consideración por los aciertos de los otros. En todo caso, un gladiador con un reloj en la muñeca sí es un anacronismo letal.

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Película Troya, con Brad Pitt, y un “milagroso” avión.

 

 

 

 

 

 

 

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