Cuadros de una exposición urbana

(Crónica de caminante, con arreboles, lluvia y un estudio de Chopin)

 

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Parque Obrero, barrio Los Ángeles.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La ciudad, con sus sostenidos y bemoles, tiene música y ruido, canto y desafines, contaminación y sorpresas. Caminarla con el sentido de toparse con lo inesperado puede hacer de ella una caja de Pandora o, tal vez, una posibilidad para descubrir lo que, en sí mismo, parece no tener ningún interés. Estos cuatro cuadros, con su marco de aceras y edificios, se colgaron en esquinas y parques para transmitir en mis caminadas que la cotidianidad está cargada de pequeñas alegrías y desapercibidos asombros.

 

1.

 

La antes llamada plaza de la Independencia, en cuyos extremos hay hoy un pebetero con un pedestal deteriorado y la estatua de San Juan Bosco, tiene a un lado el colegio de María Auxiliadora, en el mismo lugar donde hace años quedó la Escuela de Minas de Medellín. Al frente, caserones antiguos, el edificio Wolf y en la esquina de El Palo con Cuba, una pequeña edificación de apartamentos.

 

Algunos de las mansiones de antes se instalaron casas de banquetes. El primer domingo del año, en medio de la soledad propia de tales días, en una de aquellas suena el Danubio azul, de Johann Strauss (hijo) y desde la calle se aprecia una pareja, ambos de negro, él de frac, ella de traje largo, dando las vueltas y llevando el compás de una música que parece dejar en el ambiente una suerte de extrañamiento, o, mejor, de impostura.

 

En el medio de la plazoleta, con jardines enrejados y algunos almendros, un habitante de calle arruma ropas envejecidas y pedazos de madera. El vals se esparce por el asfalto y hay, a esa hora del atardecer, varias loras que, con sus gritos y alharacas, buscan refugio en los árboles del sector. En el piso, el viento arrastra algunas hojas muertas.

 

2.

La tarde tiene color anaranjado y un poco de resaca del comienzo de año. Sobre la carrera Giraldo con La Playa, detrás del teatro Pablo Tobón Uribe, junto al parque Simona Duque, se aprecia la presencia multicolor de alguien que, encima, lleva decenas de muñecos y otros juguetes inflables. Solo se ven sus pies y los movimientos rítmicos del arrume de patos, globos, gallinas, perros y otras figuras que pueden representar alegrías infantiles.

 

El hombre (supongo que era un hombre y no una mujer) continúa su camino, atraviesa el parquecito y dobla la esquina. De pronto, vienen imágenes de los viejos vendedores de caramelos que, por diversos lugares, deambulaban con su vara plena de paragüitas, caballos, vacas y pájaros de azúcar. Cuando miro de nuevo, ya la móvil caravana de juguetería y feria ha desaparecido.

 

3.

 

Hacia el occidente, algunos arreboles parecen saludar el comienzo del año. Ayacucho, la tradicional calle, cantada por Carrasquilla y que es la arteria y corazón del barrio Buenos Aires, está repleta de caminantes. Suben y bajan. Los vagones del tranvía están, a su vez, atiborrados. Es la última jornada de las vacaciones de fin y principio de año, en un domingo que, para algunos, puede ser todavía un motivo para la ebriedad.

 

En el lugar donde debía estar construido el centro popular de frituras y de la clásica chunchurria, rodeado de latas, sobre un corredor del tranvía un hombre juega con su perra pastor alemán, llamada Luna, según dice en su collar negro. Le tira pelotas luminosas y ella corretea contenta, mientras algunos curiosos se detienen a observarla.

 

Más arriba, lo que antes fue un clásico café de Medellín, fundado en 1932, hoy es solo una suerte de caricatura triste de su pasado de esplendor. Reducido a una pieza con orinal y mostrador pequeño, el Sol de Oriente tiene una música de despecho, malsonante y a alto volumen.

 

En otro espacio, junto a un caserón de fachada ruinosa, donde a veces se hace un señor a vender películas, libros y revistas de otro tiempo, un muchacho palmotea y llama la atención de los transeúntes: “Lleve la avenita, a tomar a avena, avena a mil, traída directamente de Europa”. Los viandantes miran y siguen su rumbo.

 

Hay gentes que se toman fotos, otros que alzan las manos a los viajeros del tranvía, otros se reúnen en las heladerías y, muchos, casi en amontonamiento, entran al “Mercado del tranvía”, un lugar de gastronomía diversa. La atardecida Ayacucho, con sus avisos de comercio y sus caminantes, tiene todavía las ornamentaciones de una navidad que ya pasó. En una banca, tres hombres conversan con cervezas en la mano. Parecen estar despidiendo las jornadas de asueto decembrino.

 

4.

La calle Miranda, con su separador central arborizado, huele a humedades. La lluvia comienza a caer y parece que irá creciendo. Un señor que lavaba un carro en la acera, hace un gesto de fastidio. La espuma blanca todavía se conserva sobre el gris cemento. Más adelante, pasando Brasil, la iglesita de María Reina de los Ángeles, muestra la soledad. Apenas dos o tres feligreses sentados frente al altar.

 

Aumenta la lluvia y hay que caminar bajo los pocos aleros que todavía se conservan en un barrio antañoso (Los Ángeles), de casas amplias y poco tráfico en un atardecer de inicios de año. El puente festivo está a punto de terminar. Lo que sí está en ciernes, pero in crescendo, es la lluvia. Cerca al parque Obrero, por la mitad de la calle, un hombre camina con cinco perros, cuatro oscuros y uno amonado. No parecen alterarse por los goterones; voltean hacia Echeverri y dan la impresión, todos, de estar contentos.

 

Me detengo a escamparme en las afueras de una casa de entrada cubierta, a modo de plancha que cubre la puerta principal y la del garaje. La lluvia es más fuerte ahora. Y de pronto, entre los sonidos mojados, comienzo a distinguir una música, unos acordes. Es un piano. Alguien está tocando un estudio de Chopin. Una belleza las dos músicas, la de la lluvia de enero y la del pianista invisible. En el parque, los árboles rumoran con su follaje mojado.

 

Antigua plazoleta de La Independencia, hoy más conocida como María Auxiliadora.

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1 comentario

  1. Ricardo Vera Pabón

     /  enero 25, 2018

    Fantasear con las cosas simples de la ciudad resulta a veces prodigioso. Caminar, sonreír… y de repente, en la mañana fría, te encontrás con la Garúa rozando tu rostro.
    ¡Garúa!… tristeza… ¡Hasta el cielo se ha puesto a llorar!… Qué metáfora, qué ensueño.

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