La gayola, un tango entre rejas

(Crónica con cuchillos, celdas y un lance de tauromaquia)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Entonces todos temían, bueno, o los más jóvenes, que les propinaran un “canazo”, que los metieran en San Quintín, una cárcel municipal de aspecto tenebroso que quedaba a orillas de la quebrada La García. Se hablaba por esos días lejanos del “treintazo”, que era pasar un mes en prisión, en tiempos en que al más desharrapado lo capturaban “por sospecha”.

 

—Oíste, no quisiera estar en la gayola. —La voz entrecortada por risitas nerviosas era la de un negrito muy inquieto, talentoso para el fútbol, gambeteador y presumido, que también le gustaba cargar puñaleta y fumarse, en la sombra de los baldíos, un puchito de marihuana.

 

Y el término la gayola iba de allá para acá. Era común en la barriada. Y más que todo, porque en los bares de esquina, que abundaban, no faltaba el tango que Gardel grabó en 1927, con música de Rafael Tuegols y letra de Armando Tagini, que vaya uno a saber entonces quiénes eran los sujetos mencionados.

 

Más que por Gardel y las guitarras de Barbieri y Ricardo, se escuchaba por Armando Moreno y la orquestica de Enrique Rodríguez: “¡No te asustes ni me huyas!… No he venido pa’ vengarme / si mañana, justamente, yo me voy pa’ no volver…”, aunque después, en otros pianos o rocolas, casi todos Wurlitzer y Seeburg, comenzaron a sonar las versiones de Edmundo Rivero con Horacio Salgán y la de Julio Sosa, el varón del gotán, con la orquesta de Armando Pontier.

 

La gayola por aquí y La gayola por allá. “He venido a despedirme y el gustazo quiero darme / de mirarte frente a frente y en tus ojos campanearme / silenciosa, largamente, como me miraba ayer”. Y así, con toda su sonoridad y rareza, era un término temido, qué pereza ir a una cárcel, estar preso, dejarse atrapar por los tombos, que así se conversaba entonces.

 

El tango en mención contaba, como tantos otros, una historia y eso nos mantenía en vilo. Era pegajoso. Tenía palabras raras, empezando por la de su título, La gayola. “He venido pa’ que juntos recordemos el pasado, / como dos viejos amigos que hace rato no se ven…”. Y después hablaba de “la huesuda” para referirse a la muerte. Y también a la muerte de otro, que el narrador mató cuando, “sediento de venganza”, le “envainó” su cuchillo en el corazón a quien se supone que era el amante de la mujer, la que le “jugó sucio” al pobre hombre que se quedó sin esperanzas.

 

“Me encerraron muchos años en la sórdida gayola / y una tarde me largaron pa’ mi bien o pa’ mi mal”, sigue contando el protagonista y habla de sus desventuras, hambrunas y vagabundeos. Y así, sin refugio y cargando sus pobrezas, vuelve a buscar a la que ayer quiso: “Solamente vine a verte pa’ dejarte mi perdón… / te lo juro; estoy contento que la dicha a vos te sobre… / Voy a trabajar muy lejos…a juntar algunos cobres / pa’ que no me falten flores cuando esté dentro’el cajón”.

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Y aunque no sea una maravilla literaria, La gayola tiene drama y dolor. Y para algunos, aunque no me consta, podría ser prescindible en el amplísimo repertorio tanguero, que tiene, en efecto, abundantes joyas musicales y literarias. El cuento es que una vez le hicieron a Edmundo Rivero una entrevista (Revista Primera Plana, Nº 284, 4 de junio de 1968) en la que hablaba, entre otros asuntos, del lunfardo. Dijo que la palabra gayola procedía del símbolo que la policía federal argentina tenía en su chapa: un gallo. No es así.

 

El origen de la palabra, que significa cárcel, como bien se puede leer en los diccionarios de lunfardo (como el del académico José Gobello), es de origen portugués. Procede de gaiola (jaula, toril, cárcel) y que pasó, como otras palabras lusas, a engrosar el léxico lunfardo, como, por ejemplo, tamangos, que quiere decir zapatos, botines viejos, zuecos (“cuando rajés los tamangos…”, se dice en Yira Yira).

 

En el lenguaje taurino, y procedente también del portugués, el término porta gayola es muy común. Procede de la expresión “a porta (da) gaiola”, que es la puerta del toril. Es una suerte de lance que busca alegrar la galería. El matador, arrodillado, espera al toro en la puerta de toriles, con el fin de burlarlo con una larga cambiada afarolada, que, casi siempre, hace que el público se emocione y estalle en palmas.

 

El tango La gayola, que en otra de sus versiones suena con la voz de Alberto Echagüe, dio al viejo lenguaje urbano, de las barriadas obreras y periféricas de Medellín y sus alrededores, un toque de malevaje. No faltaba quien envainara su cuchillo en algún corazón y fuera a dar después con sus huesos a la sórdida gayola.

 

En algún pueblo del suroeste antioqueño la zona de tolerancia está (o estaba) nombrada como La gayola. En ella eran otras las jaulas. Y, con seguridad, en las noches de amores urgentes también sonaba ese tango.

 

Imagen relacionada

Carlos Gardel

 

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1 comentario

  1. Que bien la traiste, la viví en las viejas victrolas y la pianola de cantina a la que uno le echaba cinco centavos para hacer sonar cinco canciones. Es lenguaje lunfardo y bello, es la literatura de tiempos duros y migraciones que llegaron a Buenos Aires con su artilleria de palabras nuevas que definen el bajo mundo y las tragedias. Me tomo un trago en tu honor y escucho de nuevo La Gayola.

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