Lamentos en un barrio fantasmal

La imagen puede contener: noche e interior

La luz  mortecina de un farol y el resto, sombras nada más. (Foto Carlos Spitaletta)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Hacía poco habían hecho correr la bola de que en el barrio había fantasmas. Porque sus caserones son viejos. Porque, se dice sottovoce, en sus subterráneos hay gente enterrada. Porque las mansiones abandonadas, siniestras para algunos, tristonas para otros, hospedan sombras de otros días y pueden revivir en las noches de misterio. De todo se dice. Y yo, como no creo en fantasmas, poca credibilidad les he dado a los rumores. Ni siquiera me ha hecho cambiar de opinión un relato leído hace años, no lo preciso bien ahora, en el que, un visitante de un museo, está obnubilado con la exposición. De pronto, alguien se le acerca y le pregunta si él cree en aparecidos. “No, por supuesto que no”, le contestó a un indeterminado ser que, de rapidez, le pareció una sombra larga y burlesca. “Pero yo sí”, dijo lo que fuera el otro y desapareció.

 

No, no he podido creer en los lamentos tenebrosos que en la esquina de Belalcázar con Balboa, en un caserón de arquitectura francesa, con torreones y faroles oxidados, se escuchan —eso se rumora— en las noches de luna llena. Por estos lares de trópico y lujuria a granel no caben los alaridos fantasmagóricos, y sí, claro, los de las parejas que, a medianoche, en los antejardines, con guayacanes y jazmines de la noche, se alumbran con deleite con pálida luz lunar para abrazarse y volverse un solo cuerpo, un solo quejido, una convulsión única.

 

En los últimos meses, he deambulado de noche por las calles penumbrosas del barrio que en otros tiempos albergó a la muy pudiente burguesía comercial e industrial de la ciudad y, hoy, tanto tiempo después de haberse extinguido del paisaje de arquitecturas republicanas, de palacetes y castillos a la europea, no quedan sino sus desmesuradas habitaciones. Es, pese a su decadencia sin remedio, una geografía de elegancias envejecidas y de enamoramientos a primera vista. Todo forastero que la recorre queda prendado, según se ha oído decir por aquí y por allá, de una joya de casa con rejas de hierro forjado, leones en posición de guardia, portones de caoba y fachadas que todavía deslumbran pese a su ancianidad. Y de una que semeja un castillo de hadas, y de otra que es como un palacete galés. Y así.

 

No sé por qué les dio a unos de una corporación recién llegada al barrio por decir que los fantasmas tenían como amañadero varias residencias, sobre todo las deshabitadas, como una, en ruinas, en toda la esquina de Moore con Palacé, desvencijada, de paredes descaecidas, pintura sin carácter. Y otra, ocupada, aunque nunca he visto a nadie en ella, sita en Venezuela con Darién. No falta la voz que suena con anuncios que, después de las nueve de la noche, en la torrecilla de la iglesia del Espíritu Santo se ve una sombría cabeza flotante y que, sobre su marquesina, recorrida por una inmensa trinitaria con flores color palo de rosa, se despernanca una mujer que, con las horas, se torna esquelética y fatal.

 

Puede haber una mala intención en los propaladores de estas especies. Querrán, quizá, asustar a viejos habitantes que ya ni siquiera se asoman a las ventanas, quién sabe con qué torvos propósitos. Dejarlos encerrados entre sus recuerdos y antiguallas puede ser una táctica. He pensado, no sin una intención maldadosa y malhadada, que esos mismos residentes, que deben de tener la piel desdibujada y triste, son más fantasmagóricos que los pretendidos por los agitadores de aprensiones. En asuntos de propiedad raíz, de desvalorizarla con mendacidades y otros trucos, está la ocasión para quedarse, por qué no, con unas enormes casas que son patrimonio histórico.

 

Como he dicho, ando por las noches, cuando no hay lluvia y más bien el cielo está estrellado, por las calles del barrio, que, después de las siete u ocho, parece una fracción deshabitada, con luces mortecinas, farolitos de débil luminosidad, sombras alargadas de los árboles en el asfalto y las aceras, y uno que otro viejo asomado a un ventanal, como si tuviera la esperanza de ver discurrir por la calle su pasado de esplendores.

 

Por la casa en la que dicen se lamentan las paredes, no he percibido nada. No dejo de tener, sin embargo, ciertas dudas cuando me detengo a observar la fachada, con torreón verde desteñido, dos plantas y unas gradas que desde la calle ascienden hasta un portón gris, con postigo y rejilla. Aguzo el oído, pero el silencio es más fuerte que cualquier alarido en potencia. Una noche me hizo brincar una rata que, junto al cordón, corría hacia la alcantarilla. Después, continúo mi caminata bajo la luz amarillenta de las lámparas, algunas obstaculizadas por los ramajes de espesos árboles.

 

He vuelto a casa a veces con una desazón, porque, en el fondo, uno quisiera tener una aventura metafísica, ser testigo de alguna revelación sombría, de ser tocado por una mano invisible o llamado por una voz de ultratumba. Decían los abuelos que el que quiere ser espantado se queda con las ganas, porque, advertían con tino, “el espanto sabe a quién le sale”. Me digo siempre que en el próximo periplo puedo tener más suerte. ¡Ah!, suelo hacer estos recorridos, vestido de sudadera o de bermuda, tenis y camiseta de algodón. Nunca llevo teléfono ni dinero, y solo me meto al bolsillo un carné de jubilado, porque, entre tantas soledades, no faltará el muy asustador ratero que se enamore de uno y le quiera quitar hasta los zapatos. Nunca me ha abordado ningún maleante. Tal vez, quién me lo pudiera confirmar, haya pasado alguno cerca con negras intenciones y se haya arrepentido al creer que el caminante es otro más de los fantasmas de un viejo barrio que, en algunas de sus calles, de noche semeja a un cementerio.

 

No he hecho pesquisas todavía acerca de los azuzadores de leyendas ni cuál sea en rigor su propósito. Puede ser que planeen tours nocturnos en búsqueda de emociones fuertes o de encuentros con el más allá, sobre todo para vendérselos a turistas extranjeros. O que estén preparando el montaje de una suerte de museo del horror, con actores disfrazados y murciélagos sin radar. Lo que sea, no deja de tener sus atractivos, y también sus sospechas.

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Los fantasmas me han gustado más en los cuentos y siempre he compadecido al pobrecillo aquel de Canterville. En este barrio, que tiene palacios a la egipcia y mansiones desaforadas en tamaño, los relatos de terror pudieran ser una posibilidad de atracción para los que gustan todavía de tales peripecias, electrizantes y pasadas de moda. O, en otra dimensión, se podrían convocar reuniones o congresos de cazafantasmas y de autores que, en plena posmodernidad, sueñan con vampiros y figuraciones góticas.

 

Mi escepticismo, mi vieja incredulidad en endriagos y duendes, en ángeles negros y engendros infernales, se vino a pique hace muy poco, una noche en que las nubes viajaban a velocidad de búho y tenían una oscura carga de tormenta y de presagios. Empecé a subir por Palacé, en el cruce con Miranda. Eran las nueve, según vi en mi relojito desechable, cuando en una acera vi, tirado, a un habitante de calle, que ya roncaba envuelto en cartones. Subí y me llamaron la atención unos ventanales de vidrios de colores, como iluminados desde adentro con velas. Una brisita fría soplaba en el recorrido.

 

Después de atravesar Urabá, de pasar enfrente de una vieja mansión que tiene forma de vapor de viejas navegaciones por el río Magdalena, sentí un extraño escalofrío. Ni que me fuera a dar un resfriado, pensé. Los brazos, velludos y descubiertos, se tornaron arrozudos y ahí sí comencé a preocuparme. “No me puedo enfermar”, me dije como si con la negación ahuyentara cualquier posible amenaza viral. En el silencio de la noche barrial, percibí con levedad unos pasos detrás de los míos. Me volví y no vi a nadie. Continué por la acera, hacia el norte. Las fachadas en penumbras, de una belleza muda, parecían telones con sombras chinescas.

 

Luego, los pasos perdidos resonaron a mi espalda con más volumen. Me volteé con rapidez insólita y quedé mirando al sur. Nada. “Qué vaina estará pasando. Alguien me quiere meter miedo”, me dije. Y entonces introduje la mano derecha al bolsillo. Toqué las llaves. Estaban frías. Aceleré. Atrás, los pasos también lo hicieron. Confieso que comencé a preocuparme. ¿No sería acaso el eco de mi caminar? En Darién me quedé mirando la iglesia blanca, la sombra del curazao, la torrecita en la que no advertía ninguna extraña figura, las rejas. No sé por qué me invadieron unas ganas tremendas de mirar atrás y solo percibí una sombra fugaz de lo que me pareció un hombre delgado. Se refugió, o así lo creí, detrás del tronco de un casco de vaca. Esperé. Nada se movió. Apresuré para bajar por la siguiente calle, hacia la izquierda, aunque en realidad para devolverme a mi casa debía hacerlo a la derecha. Al doblar la esquina, de reojo volví a tener la sensación de que una sombra me perseguía. A la mitad de la cuadra, escuché un rumor, leve al principio. Luego, en la medida en que me acercaba al final de la calle, el rumor subía. Una ráfaga de viento frío me azotó en la cara.

 

Estaba, sin habérmelo propuesto, a la entrada de la Casa de los lamentos, con las dos columnas de su entrada, el balcón solitario, el farol apagado, la torre insinuada en la oscuridad, sombras de árboles en su fachada y la noche encima. No sé qué me detenía y no me permitía seguir. Como si estuviera sembrado en el piso. El rumor era más claro y entonces, no sé por qué, recordé un breve relato de Bradbury en un cementerio, con un rumor de muerte, o, mejor, muertos murmuradores, y el frío me envolvió. Por debajo de la puerta del caserón salía un aullido inefable, una voz de tierra y tinieblas que me paralizaba la voluntad. Decidí que, en efecto, era como un llanto lerdo, desdibujado, alguna manera de comunicación interrumpida y frustrada que me quería decir quién sabe qué mensaje. Cuando creí que era una pesadilla, una insoluble trampa de horrores del sueño, el lamento largo subió al cielo y cada vez se hizo menos audible. Detrás de mí, volví a apreciar la sombra irresoluta que se elevaba entre guayacanes y mangos. Olía a humedad de sótano y a flores muertas. Cuando llegué a casa, todavía me temblaban las piernas.

 

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“Por debajo de la puerta del caserón salía un aullido inefable…”.
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4 comentarios

  1. Carlos Palau

     /  febrero 22, 2018

    Saludo afectuoso.

    La Caravana de Gardel pelicula filmada en Medellin se estrena en Los Angeles el sabado 14 de abril.

    Gracias por la atencion.

    Carlos Palau.

    Responder
  2. Raquel Jaramillo

     /  febrero 24, 2018

    Qué decepción que se han dedicado a hacerle una propaganda nefasta al barrio Prado, inventando cuentos de fantasmas y lamentos, y tomando la foto de una ventana de mi casa y el farol que con tanto amor y dedicación instalé para que alumbre en la noche, lo han convertido en LA LUZ MORTECINA DE UN FAROL. Los propietarios de las casas del barrio Prado, merecemos RESPETO.

    Responder
    • Soy habitante de Prado, mi querida señora. Y escritor. Hice un cuento gótico, una ficción, una obra literaria. No se trata de de ningún irrespeto. Creo que, al contrario, son otros los interesados en darle a Prado una presencia de delincuentes y otras lacras. Prado debe convertirse en un centro cultural, patrimonial, histórico. Y entre los que luchan por tal situación me encuentro yo. La invito a sumarse.

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  3. Atento saludo. Hay que alabar el arte en cualquiera de sus formas, así no sea el que particularmente nos toca positivamente las fibras y nos eleva el alma.

    Mientras más arte hay más humanidad, más posibilidad entender que somos uno sólo. Me parece que la intención del autor no es dañar, pero lo hace al aterrizar su historia de ficción sobre un inmueble en particular, sobre unas personas en particular.

    La historia no perdería nada si a la misma se le retiran los datos específicos que apuntan específicamente y hacen daño.

    Responder

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