La música de la máquina de escribir

(Crónica con teclados, viejas salas de redacción y alguna carta de amor)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

La máquina de escribir fue un ingenio diseñado para que los ciegos pudieran hacerlo sin otras ayudas ni intervenciones. Y, después, cuando los escribientes desarrollaron en el aparato velocidades de fantasía, entonces desplazaron a los copistas, incluso a los que heredaron de los monjes medievales las caligrafías hermosas en las que se narró el mundo y sus circunstancias.

 

El siglo XVIII, el de las luces y los pensamientos nuevos, parió también el artefacto que, con el tiempo, se tornaría en herramienta clave de trabajo en oficinas, pero, a su vez, en la prolongación de la memoria y la imaginación (igual de la inteligencia) de artistas de la palabra, periodistas, científicos y profesores. Hay herramientas que se inventan al mismo tiempo por distintos creadores. Una de ellas, la máquina de escribir.

 

Se nombra, con muy creíble documentación, al italiano Pellegrino Turri, como uno de sus primeros desarrolladores en 1808, aunque ya había antecedentes. A Turri, mecánico de profesión, también se le debe el papel de calco o papel carbón, que tanto sirvió a comerciantes, inspectores y toda una multitud de oficiantes, que copiaban recibos, facturas y denuncias, entre otros papeles.

 

Antes que Turri, el inglés Henry Mills ya había ingeniado en 1714 un aparato similar que descrestó a la reina Ana: “El señor Mills nos ha comunicado el invento de una máquina para imprimir letras, unas junto a otras o por separado, mediante dicho invento se puede plasmar en papel un escrito de forma tan pulcra que no se puede diferenciar de la imprenta”.

 

La tal máquina revolucionó tiempos y maneras. Si Napoleón se admiraba porque sus secretarios escribían a mano a la misma velocidad que él hablaba, con el nuevo mecanismo se alcanzarían velocidades de asombro. Un buen mecanógrafo (el que usa todos los dedos y no necesita ver el teclado) puede alcanzar ciento cincuenta palabras por minuto.

 

En el siglo xix, entonces, retumbó el boom la máquina de escribir. En Estados Unidos, por ejemplo, un fabricante de máquinas de coser y de armas, el señor E. Remington comenzó a producir distintos modelos de estos artilugios y bateó de jonrón. Sus máquinas volaron a todas partes. Y aparecieron nuevos oficios, como el de las dactilografistas, las secretarias comerciales y, en la calle, los “tinterillos”, que llenaban formularios de papel sellado, escrituras, demandas y escribían hasta cartas de amor.

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En los finales decimonónicos surgieron las máquinas portátiles, toda una revolución, que ayudarán, en especial, a la labor de los corresponsales periodísticos. Y así, en sucesión, entraron en escena diversas marcas, como la Burroughs (fabricadas por el abuelo del escritor William Burroughs, de la Generación Beat estadounidense), la Brother, la Triumph, la Underwood y otras.

 

La primera y única que tuve fue una portátil, color aguamarina, una Underwood que mis padres (ella y él) compraron en un sanandresito de Cartagena, cuando comencé los primeros pinitos del periodismo en la Universidad de Antioquia. Allí, con la profesora Eugenia Vélez, escribíamos en una “sala de máquinas”, en la que los ruidos de los “carritos”, las teclas, el timbre que anunciaba que iba a acabarse el ancho predeterminado y los movimientos de palancas eran una sinfonía. No es raro que el músico Leroy Anderson compusiera una pieza para este artefacto y que el poeta nadaísta Darío Lemos titulara así su único libro: Sinfonías para máquina de escribir.

 

Aquella Underwood de la juventud, que a veces tenía unos saltitos en determinadas letras, sirvió, entre otros ejercicios, para aplicar lo que varios años atrás había aprendido en un instituto del parque de Bello (Gimnasio Colombia, se llamaba) y donde, además de mecanografía, aprendí la olvidada taquigrafía. Después, la máquina, que ahora figura como una reliquia junto a otros vejestorios en un rincón de la sala, se enardeció en las noches de redacción de boletines sindicales, proclamas políticas, manifiestos obreros y una que otra nota sobre las angustias existenciales juveniles.

 

La aparición y desarrollo de la máquina de escribir no alteró la escritura a mano ni disminuyó el mercado de plumas y bolígrafos. Los amanuenses continuaron con sus tareas y en los colegios se seguía dictando la clase de caligrafía. Hoy se dice, pese a todos los adelantos tecnológicos, que escribir a mano desarrolla ciertas partes del cerebro o, al menos, las activa. Así que las libretas de notas siguen como herramienta imprescindible de reporteros y escritores.

 

En la década de los ochenta, cuando ya las máquinas eléctricas eran de uso cotidiano en empresas y oficinas, el procesador de palabras le propinó un nocaut al útil instrumento, que hoy es parte de una mitología mecánica. Tal vez ya nadie se acuerde de Turri que con su creación le facilitó a la condesa Carolina Fantoni, que era ciega, escribir ella misma sus cartas de amor, sin que nadie mediara en su concepción ni redacción. Eran, según se dicen, de tono subido y lenguaje desabrochado.

 

La máquina de escribir es hoy una antigualla, un referente de la evolución de la escritura y del desarrollo mecánico. Su teclear, que podía despertar a los durmientes y seducir los oídos del escribidor, es el eco de un tiempo ido. A veces, según los ánimos, era como un piano en el que se podían interpretar piezas maestras o cualquier pendejada sin ton ni son. En ocasiones, en las noches del recuerdo, suenan las teclas como una lluvia de palabras.

 

Pasó el tiempo de estas máquinas de escribir. Son parte de la historia de la escritura y la tecnología. (Foto Carlos Spitaletta)

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2 comentarios

  1. Ester Goeta S.

     /  marzo 30, 2018

    Interesante información, sobre este importante recurso tecnólogico, que en su momento fue un invento sorprendente.

    Responder
  2. Fernando Alzate Molina

     /  marzo 30, 2018

    Reinaldo que maravilla de artículo sobre la máquina de escribir. Bien documentado en lo histórico y fotográfico. Me llevó a buscar la composición de Leroy Anderson y hallé una interpretación deliciosa. Igualmente al comediante Jerry Lewis en una graciosa mímica con la obra musical de fondo. Gracias Reinaldo por este regalo que viene con ñapas.

    Responder

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