La flor tristeza y otras flores

(Crónica con plantas ornamentales y un libro de Mercè Rodoreda)

 

Resultado de imagen para francesino

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Hace tiempos, tal vez antes de los 90, sobre un antejardín de una casa situada en la esquina de la carrera Francia (la 28) con la 51 (que más abajo se llama la Canguereja, citada incluso por Carrasquilla en alguna crónica y, todavía más hacia el centro era Ricaurte cuya prolongación es La Playa o viceversa), comenzó a crecer, sin saberse quién la sembró, una planta de francesino. Estaba junto a un guanábano y a una palma de corozo.

 

Aquella esquina, con un caserón pintado de verde, de tres plantas, estaba muy cerca al Puente de los Pérez, sobre la quebrada Santa Elena y a un pequeño sector de casas, donde mucho tiempo antes había habitado la barra o banda o combo de Los Chicos Malos. Que llegó a tener leyendas urbanas y que, poco o casi nada, sobrevivió de ellos en la memoria de la vecindad. Los borró el pasado. La historia también tiene sus basureros ad hoc. Por lo demás, ese sector desapareció con la construcción de la estación Miraflores, del tranvía de Medellín.

 

Y volviendo al arbusto, que con los meses ya tenía buena presencia, llamaba la atención de varias señoras que, sin falta, por las mañanas, se detenían a observarlo, murmuraban y se referían a su contextura con apariencia de afecto. Seguro (no las podía escuchar por la ventana) les atraía que, por fin, por aquellos parajes, en los que no había ningún árbol grande, aunque sí antejardines con yerba y una que otra palmita sin carácter, se regaría muy pronto el perfume seductor del francesino.

 

Y, sí. La floración comenzó un día, con unas bellas flores de cinco pétalos, moradas. “Ah, pronto cambiarán al azul”, se le oyó decir a una de las damas. Tal vez ese día mi escucha estaba más finita. El cuento es que, en efecto, la coloración fue mutando hasta llegar a pasar del azul claro al blanco. Por las tardes, y cuando el sol formaba arreboles, se esparcía un perfume penetrador. Los viandantes suspiraban. Las señoras de marras mostraban la dicha por el agradable olor.

 

Supe por esos días, y todo porque otra señora que vivía sobre la carrera 50 (Colombia) lo mencionó una vez, que esa mata tan bonita, de hojas verdeoscuras, también se llama jazmín del Paraguay. Después de varios meses, tal vez años, el francesino, con una altura de unos dos metros, se empezó a secar. “Lo apestaron”, se escuchó. “No faltan los envidiosos”, se dijo. No le valió ningún remedio. El perfume embriagador se esfumó. Y después, pasó al olvido.

 

Hace poco, en un recorrido por Prado y Sevilla, dos barrios vecinos, de buena floresta y ambiente fresco, el perfume de los francesinos atardecía en varios antejardines. Aromas morados y blancos, porque, como se sabe, las fragancias también tienen color, según el de las flores que las producen, se extendían al vuelo por la calle y la acera. Y aunque en el primero de los barrios mencionados —el de los guayacanes y los casco’evacas, el de mangos y laurel de la India— hay también el seductor galán de la noche o jazmín de noche, el francesino, tal vez sin el abolengo de aquellos, aporta sus efluvios en los crepúsculos.

Resultado de imagen para merce rodoreda viajes y flores

Y en la caminada, en la que recordé a las señoras de hace años en un sector entre Miraflores y La Toma, vino a la memoria la vieja lectura de un libro de la escritora catalana Mercè Rodoreda: Viajes y flores. En él se narran, además de los viajes a pueblos inesperados, las peripecias y características de unas flores increíbles, como la Flor mala y la Flor celosa. El perfumar de las francesinas me despertó las ganas de volver al texto de la autora de la novela La plaza del diamante.

 

Tras el paseo urbano, busqué el libro, que parecía haberse escondido entre otros. Y, ¡eureka!, lo hallé emboscado entre revistas, documentos diversos y papeles apolillados. Y por si se quieren enamorar de esa obra, trascribiré la Flor golosa: “Te come vivo. Te atrapa, te dobla, se te mete dentro y escupe los botones. Te asimila muy lentamente porque tiene la digestión difícil. Mejor así”.

 

En su jardín, doña Mercè incluye la Flor fósil, “muerta de miedo”, y la Flor fantasma, llena de finuras y que solo se puede ver la última noche del año, cuando suenan las doce campanadas; y la Flor caballero, “que no es una flor: es un flor”. Y así una variedad insólita de flores, como la Flor enferma, que “esconde la boquita”, y la Flor loca, “muy pegajosa y peligrosa”.

 

Flanear la ciudad, por puro vagabundeo y ganas de sorpresas, tiene su sazón. A veces, despierta recuerdos y abre las compuertas de la memoria, por una hoja que cae, un pájaro en el follaje, una reja oxidada, un farol de viejo tango o el perfume de unas flores moradas y blancas, que tuvieron un intermedio azuloso. Y así, por asociación, vuelven las voces de señoras de esquina que se enamoraban de una planta ornamental y, lo mejor, los ecos de flores extrañas en los que uno se puede topar otra vez con pétalos tristes o con la Flor felicidad, que, como las sirenas de Ulises, enloquece a quien escucha su canto.

Resultado de imagen para jazmin del paraguay

Francesino o jazmín del Paraguay

Anuncios

La venganza

1.

El pájaro tomó la escopeta, apuntó a su blanco y entonó un bello canto a la vida. No disparó.

2.

Vio la escopeta en el piso. Se acercó con cautela y entonces el pájaro amarillo depositó con gana largamente reprimida su mierda sobre el gatillo.

 

R.S.

 

Resultado de imagen para pajaro amarillo pintura

 

 

Misterio de una gota de agua

(Una crónica con vals, Cortázar y entejados después de la lluvia)

 

Resultado de imagen para gota de agua

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En un cuento de Dino Buzzati, una gota de agua sube por los peldaños de una escalera, en noches de desazón. Vence la ley de la gravedad, a diferencia de otras gotas, de todas las gotas que caen perpendiculares o ruedan por vidrieras y paredes. Es Una gota una especie de relato de horror, muy bien dosificado. A mí, desde hace años, me persiguen las gotas de agua: las que caen de aleros sin haber lluvia; las que escapan de los desagües de los entejados; las que brotan de un matero de balcón…

 

Una vieja memoria me pone en las aceras del barrio Manchester rumbo a la escuela. Sin lluvia. Más bien, con un sol matinal que acaricia las calles. Y ¡zas!, la gotita sobre mi recién peinado cabello con fijador. O, en otras ocasiones, sobre la nariz. Y, también pasó (gota impertinente), en un ojo. Todavía no usaba gafas, pero, de un modo inexplicable, me ha sucedido tantas veces, que no falta, en un día veraniego, la gota atrevida que hoy empañe una de mis lentes.

 

Si las del escritor italiano suben, las que a mí me asedian, bajan. Como si se tratara de una conjura, alguna suerte de embrujamiento, una chanza de la naturaleza. Después de haber llovido, al mucho rato de haber escampado, si salgo a caminar, no falta la gota sobre mi antebrazo, en el cuello, en la manga de la camisa. Y, claro, la que se burla de mi miopía cuando salta a los anteojos, como si fuera una súbita catarata.

 

A veces imagino que se trata de la repetición de una tortura china, de la que, quizá, en otras existencias, como dicen los “reencarnadores”, fui una víctima. Se sabe de este método infernal, lento, preciso para enloquecer, que los antiguos chinos utilizaban para cobrar una venganza o infligir un castigo a sus enemigos. Una gota que cae, sin afanes, sobre la frente, puede causar una conmoción interior. Y, si se quiere, hasta perforar el cráneo. Si es capaz de horadar piedras, por qué no una cabeza humana.

 

Esa manera del martirio, una gota por ejemplo cada cinco segundos sobre la frente, debe ser uno de los más desoladores modos del sadismo inventados por el hombre. Un tipo amarrado, sin poder esquivar esa pequeñez que se le viene encima y que cada vez puede verse como un ariete, o un punzón, o quizá como un arpón, puede enloquecer al poco tiempo de estar padeciendo esa repetición. Y cuando la sed lo ataque, ya el sufrimiento será de espanto.

 

Digo, entonces, que esa persecución de las gotas de agua pueden ser la reanudación de una antigua condena de la que, tal vez, pude escapar indemne quién sabe por qué avatares, o porque, es probable, que estuviera escrito en el libro del destino que así fuera, para que algún día pudiera escribir sobre lo que puede parecer una insignificancia: una gota de agua.

Resultado de imagen para gota de agua en un farol

Una gota de agua tiene, quién lo duda, un encanto especial. Si está en una rosa o en otra flor, a punto de lanzarse al vacío, es una presencia inquietante y plena de belleza. O la que rueda por el ventanal, “mientras pega la llovizna en el cristal”, como suena en un tango. O aquella que se cuelga de un alambre de energía y después se precipita al vacío, como un trapecista suicida. Sí, tienen su gracia. Pero la que cae intempestiva sobre mí cuando trasiego por la acera, es una expresión del malestar.

 

Cortázar tiene un breve poema en prosa, Aplastamiento de las gotas, (está en Historias de Cronopios y de Famas) en el que hay gotas que se aferran a una superficie para no caer, se agarran con las uñas y las ganas para no precipitarse contra el mármol. Puede ser que las que me persiguen, están así, como si estuvieran en un esfuerzo último por no estrellarse contra el piso y, apenas me ven pasar, se descuelgan. Porque, si bien se desintegran con el golpe, les queda la satisfacción de que causaron una inolvidable molestia en un ojo o en la coronilla.

 

Hay un vals de exquisito preciosismo, con letra de Homero Manzi y música de Félix Lipesker, llamado Gota de lluvia, que en un verso canta: “En la gota de lluvia que recogió una flor”. Es otra la circunstancia. Las que a mí me atacan con su sutileza molesta y burlona, son otro cuento. Tienen mala intención. Parecen haberse puesto de acuerdo para un ataque, pero no colectivo sino de a una. Y, sobre todo, con el ingrediente de lo inesperado.

 

Se dirá que una gota que asciende una escalera es una especie de absurdo aterrador, y que nada comparable con un goteo de un lavamanos en las noches o de una canilla de poceta. O con la gotera que la lluvia abrió en el entejado y que cae sobre una palangana de emergencia o en un balde en la oscuridad nocturna.

 

La gota que me ataca puede ser gorda, o flaca, o tal vez alargada, quizá esférica, quién sabe. Pero se avienta con saña y, seguro, luciendo una sonrisita burlona.

 

¡Ah!, en el cuento de Buzzati, la gota solo sube por las noches, circunstancia que aviva los temores y desata la especulación aprensiva. Desaparece en el día. Las que a mí me asedian con sevicia y a mansalva no tienen reloj. Pueden, sin horario ni calendario, desprenderse de un árbol, de un transformador de energía y, por qué no, de alguna estrella fugaz.

 

Resultado de imagen para gotas de agua impresionista

 

 

 

 

 

La espina de la espera de un tango

(¡Qué falta que me hacés! o cómo lagrimear en una mesa de cantina)

 

Resultado de imagen para hombre solo en bar

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Hay canciones (como poemas y otras formas literarias) que, siendo toda su concepción, estructura y diseño, una breve obra de arte, tienen un verso demoledor, o más hondo que el resto, o tal vez único por su claridad conceptual. Mejor dicho, por su belleza que, ante el resto de la composición, lo ilumina todo. En el tango-canción, género poético por “naturaleza”, hay ejemplos a granel del aserto anterior. Uno puede ser Naranjo en flor, obra maestra de las letras tanguísticas.

 

“Y al fin andar sin pensamiento”, lo expresa el poema de Homero Expósito como colofón de una parábola vital en la que se sufre, se ama y se parte hacia la nada, hacia la imprescindible soledad. Andar sin pensamiento. Una renuncia filosófica. O como aquella belleza que alumbra en las noches de luna: “Ya el cielo ha encendido su faro mejor”. O como este otro: “Fuimos abrazados a la angustia de un presagio”, de la pluma de Homero Manzi. Y así puede el catálogo de versos aspirar al infinito.

 

En un tango del letrista uruguayo Federico Silva, ¡Qué falta que me hacés!, hay una perla engarzada en una cadena de versos bien lograda: “Espina de la espera que lastima más y más…”. Porque puede ser que la espera sea como un dolor, como una punzada, como una suerte de encarcelamiento con condena casi a perpetuidad y es, claro está, como una ausencia. Esperar puede ser otra de las maneras de la tortura.

 

Pues bien. Esta pieza, con música de Miguel Caló y Armando Pontier, es parte del extenso repertorio de tangos sobre el amor (o el desamor), como otro del mismo autor: Hasta siempre, amor. Tal vez la primera versión que se escuchó en cafetines y bares de barriada, y es probable que también en las emisoras de Medellín, haya sido la de Julio Sosa con la orquesta de Leopoldo Federico. En ciertas cantinas de Bello, en los sesenta, circuló en las pianolas con la interpretación de Alberto Podestá, respaldado por Miguel Caló, y, con el mismo acompañamiento, la de Ranko Fujisawa. También hay una versión de Jorge Maciel con Pugliese, más escasa en los traganíqueles.

 

El tango en mención comienza con una declaración contundente, un descubrimiento de angustia y dolor: “¡No estás!”. Y una consecuencia, una constatación desoladora: “Te busco y ya no estás”. Y, a continuación, como coronando una situación de vacío existencial adviene aquello de la espina de la espera. Y después se caracteriza un auténtico paisaje interior de desconsuelos: “Gritar / tu nombre enamorado. / Desear / tus labios despintados, / como luego de besarlos…”.

 

Y vuelve entonces a aquella verificación de una realidad que hiere y hace sangrar: “¡No estás!” Y aparece el tiempo, una eternidad, una forma de la flagelación: “¡Qué largas son las horas / ahora que no estás!”. Todo como un lacerante despojo.

 

El amante está frente a una prolongada situación de expectativa, que lo puede conducir a la desesperación y lo obliga a la búsqueda tras tantas noches de sufrir una especie de desaparición lastimosa de aquella a la que ama, a la que quiere abrazar; y, como secuela de una soledad que chuza y muerde, solo es posible un corolario: “¡qué falta que me hacés!”.

 

Estas demostraciones amatorias son como un remordimiento, como la expresión de un pesar por lo que no se hizo a tiempo. La tuvo cerca, ahí no más, y quizá no fueron suficientes las caricias, las palabras de amor, los abrazos. Y por eso, ante una intempestiva marcha, ante un esfumarse del objeto (o sujeto) amoroso, vienen las promesas, lo que se hará en caso de una vuelta, del retorno ansiado.

 

Resultado de imagen para hombre solo en bar

“Si vieras que ternura
que tengo para darte,
capaz de hacer un mundo
y dártelo después”.

 

Hay una promesa. Es casi como prender velitas a algún santo, al patrón de los acongojados de amor. Y esto lo interpreta a cabalidad Silva en este tango que tiene versiones preciosas de Roberto Rufino con Troilo, pero, a la vez, a guisa de bolero, de dos venezolanos, cada uno por aparte, con la Billo’s Caracas Boys: Felipe Pirela y el Puma José Luis Rodríguez.

 

Alguna vez en un bar bellanita, vi a un hombre en pena, la cabeza contra la mesita metálica, la botella de licor a un lado y en el piano el tango espinoso: “Y entonces, si te encuentro, / seremos nuevamente, / desesperadamente, / los dos para los dos”.

 

Todas las versiones referenciadas tienen su valía y dimensión estética. Quizá la que más me ha gustado es la de Roberto Goyeneche, con el trío de Luis Stazo (bandoneón) Armando Cupo (piano) y Mario Monteleone (contrabajo) en el disco “La máxima expresión del tango”. Por supuesto, no era común en ninguna cantina de estas tierras. Es más, no recuerdo haberla escuchado entonces en ninguno de aquellos bares, en los que, entre los variopintos paisajes, no faltaban los de hombres que lloraban sobre las mesas porque tenían clavada en sus corazones “la espina de la espera”.

 

Imagen relacionada

Richard Tuschman recrea escenas del pintor Edward Hopper.

 

 

 

 

 

 

 

 

Niño de Siria

Niño de Siria no llores

Las lágrimas se secaron

Niño de Siria no cantes

Se quemaron las canciones

No llames a tu madre

Está bajo los escombros

No llores, no cantes, no llames

Las bombas no dejan oír.

(R.S)

 

Resultado de imagen para niños siria

 

 

Nellie Bly, precursora del periodismo encubierto

(Diez días en un manicomio, clásico reportaje investigativo sobre los maltratos a pacientes mentales)

 

Resultado de imagen para diez dias en un manicomio

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El editor y periodista estadounidense, de origen húngaro, Joseph Pulitzer compró en 1887 el periódico The New York World que, a partir de entonces, se convirtió en un diario destacado, con noticias sensacionales, pero, a su vez, con reportajes extensos y con cruzadas contra la corrupción y la explotación de trabajadores.

 

Pulitzer, el mismo que decía a sus reporteros que no quería verlos en la sala de redacción sino buscando historias en las calles, contrató a una joven, Nellie Bly, que se convertirá en una de las primeras periodistas en practicar el “periodismo encubierto” que, más adelante, haría célebres a Upton Sinclair y Jack London, por ejemplo. El primero de ellos, realizó trabajos profundos acerca de las infrahumanas condiciones laborales de inmigrantes en los mataderos de Chicago (que después incluye en su novela La jungla) y, el segundo, retrató las miserias de los mendigos y pobres londinenses (La gente del abismo), en donde él es uno más de los menesterosos.

 

El editor le pidió a la veinteañera reportera, nacida en Pensilvania en 1867, que se internara en uno de los sanatorios para enfermos mentales de Nueva York, con “vistas a escribir una narrativa sencilla y sin barnices” sobre las condiciones higiénicas, los tratamientos a los pacientes y otros aspectos. “No te pedimos que vayas allí con el propósito de hacer revelaciones sensacionalistas. Describe las cosas tal como la ves, sean buenas o malas (…) y cuenta la verdad todo el tiempo”, dice ella que le dijo el editor, en la introducción de su libro Diez días en un manicomio, que compila la serie de reportajes que se publicaron en el diario.

 

Tras varias peripecias, la muchacha logró que la llevaran como paciente al manicomio de la isla de Blackwell, donde entró con el nombre de Nellie Brown, “la chica loca”. Y allí, durante diez días estremecedores, se enterará de las condiciones miserables e inhumanas como se trataba a las internas de parte de enfermeras y médicos. En esa casa de alienados, la periodista, entre otras anomalías, va a descubrir que habitan personas cuerdas, sometidas a distintos maltratos y arbitrariedades.

 

El manicomio, una institución decimonónica, que contempló tratamientos y represiones a los pacientes, se caracterizó por sus catalogaciones de la locura con componentes religiosos, morales, culturales y sociales. Y en muchos ámbitos no solo era un aposento de curación y respaldo médico, sino de aplicación de métodos carcelarios y de castigo. Algunos de estos aspectos se pueden ver en el reportaje de la periodista que, para el efecto, tuvo que simular un estado de locura.

 

La investigación de denuncia que causó furor entre los lectores y también entre las autoridades de salud estadounidense, condujo, tras su publicación, a que el gobierno aumentara los presupuestos a este tipo de instituciones y que la ciudadanía se diera cuenta de las condiciones de espanto en las que transcurría la vida de los pacientes.

 

Nellie Bly, tras someterse a diversas instancias antes de ser declarada loca para poder ingresar en el sanatorio, logró retratar el interior de aquel lugar que, por momentos, más parecía una sucursal del infierno que uno de asistencia clínica. Sobre los manicomios de aquella centuria se extendieron legendarios mantos de duda y estigmatización. Y, al mismo tiempo, se ventilaron alrededor de ellos los tratamientos mentales, con pacientes sometidos a toda suerte de vejaciones y abusos.

 

La joven reportera, apelando a su sensibilidad y valentía, que no era fácil simular locura y menos aún pasar los exámenes de los médicos, a los que burló, logró una inmersión por diez días en los que conoció las maneras de tratar a los insensatos y también a personas cuerdas que allí recalaron por diversas circunstancias. Y aquellas jornadas se convirtieron, como ella lo dice, en una “traumática experiencia”, que se inició cuando se hizo alumna de todos los locos de la ciudad, como una manera de familiarización con los síntomas de la demencia.

 

Después de haber ingresado en el centro asistencial, tras una serie de peripecias, Nellie Bly (o Brown), según lo confesó en la primera parte de su reportaje, no intentó “seguir con el falso personaje de loca, sino que hablé y actué como lo hago en la vida real”. De lo que se enterará de inmediato es de que, tanto menos tenía que simular locura, los facultativos y el resto del personal del hospital la consideraban más loca.

 

La loca impostada, la farsante, la que va sintiendo en carne propia los maltratos de enfermeras y médicos, tiene la posibilidad en directo de experimentar el mundo infernal del manicomio. Es una auscultación a la precaria y, muchas veces, asquerosa comida que les ofrecen a las internas; a los dormitorios infames; a las situaciones de degradación del ser humano. Muchas de las mujeres que ingresaban a aquel hospital, jamás saldrían de él.

Resultado de imagen para diez dias en un manicomio

En la medida que avanza la narración, el lector irá entrando en una suerte de ámbito dantesco, con lamentos y despropósitos. El manicomio es como una prisión, abarrotada, con hacinamiento, con vigilancia y control de todos los movimientos de los que allí parecen haber perdido toda esperanza. Nadie puede escapar de aquella cárcel en la que se pudren alienados y cuerdos. No sin razón, en algún momento del reportaje hay una mención a la correccional de Sing Sing, en Nueva York.

 

Las condiciones higiénicas en aquel manicomio son deplorables. En la sala 6, donde pasaron a Nellie, donde había cuarenta y cinco internas, “nos enviaron al baño donde solo había dos toallas ásperas. Vi a algunas mujeres con erupciones peligrosas en la cara secarse con las toallas y después otras con la piel sana usarlas”. Se van desgranando conceptos de salud pública, acerca de la dignidad humana, sobre situaciones límite, como la represión y la fuerza empleadas contra las pacientes.

 

El manicomio en mención pudiera ser un anticipo o prefiguración de los tratamientos a los que, en el siglo XX, se someterá a presos de campos de concentración y de exterminio. Los ahogamientos y golpizas son parte de la cotidianidad en la institución mental de la isla de Blackwell. Más que terapias, lo que se estilaba allí eran métodos policivos y de choque, con humillaciones y otras maneras del sometimiento.

 

Una de las escenas, muy repetitivas en aquel antro, era la de las palizas permanentes a las internas. Pasó con una de ellas, la señora Cotter, a quien, por llorar, le “pegaban con el palo de una escoba y saltaban sobre mí, y me dañaban por dentro. Nunca lo superaré. Después me ataron las manos y los pies y, tras echarme una sábana por la cabeza, la apretaron contra mi cuello para que no gritara”. Era común, de otra parte, que a muchas de las “locas” les arrancaran el pelo a tirones.

 

El reportaje testimonial de Bly, distribuido en diecisiete capítulos, contribuyó a transformaciones en las instituciones de orates, al aumento de presupuestos y a la revisión de métodos terapéuticos. “El manicomio de la isla de Blackwell es una trampa para humanos. Es fácil entrar, pero una vez allí es imposible salir”, escribió la periodista que, tras su permanencia de diez días allí, compareció ante el Gran Jurado, donde juró la veracidad de su historia, llena de horrores y desventuras de las internas.

 

Diez días en un manicomio, que quizá pudo tener una escritura más elaborada, se convirtió en un referente del periodismo investigativo y, después de lo de Nellie Bly, otros reporteros continuaron con tales técnicas y apuestas. Es una precursora del periodismo encubierto y, si se quiere, del periodismo “gonzo” que muchos años después realizará Hunter S. Thompson, o del periodismo de camuflaje, que les otorgó tantos réditos a reporteros como Günter Wallraff.

 

Entre los trabajos periodísticos de Bly, en esa misma tónica, hay notas cuando se hizo pasar por esclava blanca y por sirvienta, con el fin de denunciar las condiciones infrahumanas por las que tenían que atravesar muchas mujeres que buscaban empleo en Nueva York.

 

Uno de sus reportajes más sonados, lo hizo cuando imitó en la vida real la novela La vuelta al mundo en ochenta días, publicada en 1873 por Julio Verne. La intrépida periodista le propuso a Pulitzer la insólita aventura y el editor le dio su respaldo. El mismo recorrido del protagonista de la obra de Verne, lo realizó Bly en ocho días menos. Y tanto este reportaje de viajes como el del manicomio le siguen dando la vuelta al mundo.

 

Nellie Bly, que en realidad se llamaba Elizabeth Jane Cochran, murió en Nueva York en 1922. Y gracias a su coraje, muchos lectores supieron cómo eran entonces las horas y los días de los que estaban internados en un manicomio, como el muy terrible de la isla de Blackwell.

 

(Nellie Bly. Diez días en un manicomio. Ediciones Buck. Traducción de David Cruz. 188 pag.)

Resultado de imagen para nellie bly

Nellie Bly y una imagen de las asiladas en el manicomio de la isla de Blackwell.

Dos cristos de místico arrebato

(Salvador Dalí y San Juan de la Cruz, unidos por el genio y las ensoñaciones)

 

Resultado de imagen para cristo de juan de la cruz

Dibujo de San Juan de la Cruz, en el que se basó Dalí para su cristo surrealista.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

El cristo de Salvador Dalí es el de San Juan de la Cruz, pero sin sangre ni torturas. Más bien agradable y con el centro de gravedad ya no en la cruz ni en los clavos, sino en la cabeza (sin espinas), mirando abajo, hacia un paisaje cordial de mar y pescadores. Sin dolores. Está visto desde lo alto, en otra perspectiva y por eso es un cristo místico, revolucionario en sus formas y contenidos.

 

No es un cristo clásico, pelilargo, martirizado. Es pelicortico. Y su cruz parece flotar sobre un mundo apacible. El óleo sobre lienzo, de 205 centímetros por 116 centímetros, lo pintó el surrealista español en 1951 y, claro, se inspiró en el dibujo de San Juan de la Cruz, Cristo crucificado, que, en el monasterio de la Encarnación de Ávila, realizó el carmelita, hoy patrón de los poetas en lengua castellana.

 

Dalí, se dice, tomó como modelo a un doble cinematográfico, al mismo que, por ejemplo, había participado en el filme Cantando bajo la lluvia, haciendo las veces de Gene Kelly: Russell Saunders. Y le salió una figura sin igual, distinta, la misma que se exhibe desde hace años en el Museo Kelvingrove, en Glasgow, Escocia.

 

El Cristo de San Juan de la Cruz es una revelación. El fruto de un arrebato místico, visto desde arriba, pero desde un ángulo a la derecha. La pluma le servía al místico monje no solo para la escritura de poemas trascendentales, sino para el dibujo, como el que hizo un día entre 1572 y 1577. “¡Oh llama de amor viva, / que tiernamente hieres / de mi alma en el más profundo centro! / pues ya no eres esquiva, / acaba ya si quieres; / rompe la tela de este dulce encuentro”.

 

El de Dalí también lo es. “Mi cuadro fue inspirado por los dibujos en los que el mismo San Juan de la Cruz representó la Crucifixión. En mi opinión ese cuadro debió ser ejecutado como consecuencia de un estado de éxtasis”, declaró el pintor, que había soñado con esa imagen y con una voz que le imploraba: “Dalí, tienes que pintar ese Cristo”. Y, al parecer, lo iba a pintar con corona de espinas, ensangrentado, escarnecido, pero otro sueño le reveló que tenía que pintar un crucificado diferente, simple, sin dolores. Sereno.

 

Dalí y sus ensoñaciones querían un Cristo bello. Y así salió. Musculoso, aliviado, fortachón. Abajo del novedoso crucificado, el pintor creó, también producto de revelaciones oníricas, un paisaje, el de la bahía de Port Lligat, pequeño poblado de pescadores del noreste de España, donde el artista tenía una casa. Cuando la obra se exhibió en Londres, se ganó la admiración de un médico (Tom Honeyman), director de galerías y museos de Glasgow.

 

Y ante la maravilla, el médico propuso la compra del óleo. Dalí rebajó el precio de 12.000 a 8.200 libras esterlinas. Se armó una gazapera porque, muchos inconformes, consideraron que ese dinero hubiera sido más productivo si se hubiera invertido en el estudiantado de artes de la ciudad. A partir de entonces, en todo caso, la obra adquirió fama mundial y se erigió como un icono del surrealismo.

 

Dalí, además de la inspiración de San Juan de la Cruz, utilizó para la confección de su obra el mundo de la física, de los átomos, el universo molecular. Su pintura cristiana está vista desde el cielo, desde las alturas, o, quizá, para los creyentes, desde la perspectiva divina. Para el polémico artista, con su actitud de misticismo y sueños, comenzaba una nueva era en la pintura. Un manifiesto de su autoría proclama que él es el pionero de la mística nuclear, que le permitirá dibujar neutrones, electrones, protones y hasta reacciones en cadena.

 

Son los días en los que estudia a fondo a Velázquez y Zurbarán y pinta más figuras religiosas, entre madonas y cristos. Se entronca con las teorías del alquimista y filósofo medieval Raimundo Llull y sus búsquedas metafísicas de la cuarta dimensión. Es, por lo demás, un tiempo en que muestra y demuestra sus simpatías con la dictadura de Francisco Franco.

 

El Cristo de San Juan de la Cruz, de Dalí, es una obra de referencia en el arte moderno y contemporáneo. Una especie de quiebre en ese tipo de creaciones: “Mi ambición estética en ese cuadro era la contraria a la de todos los cristos pintados por la mayoría de los pintores modernos, que lo interpretaron en el sentido expresionista y contorsionista, provocando la emoción por medio de la fealdad”, dijo el excéntrico pintor.

 

Y el crucificado del poeta y místico San Juan de la Cruz, una miniatura ovalada, es una joya que resultó de un arrebato, como los que tenía el fraile en sus deliquios poéticos, tales como el de las Coplas hechas sobre un éxtasis de harta contemplación: “Y es de tan alta excelencia / aqueste sumo saber, / que no hay facultad ni ciencia / que la puedan emprender; / quien se supiere vencer / con un no saber sabiendo, / irá siempre trascendiendo”.

 

El del poeta y el del pintor son dos cristos únicos. Distintos. Y corresponden a maneras (y épocas) diferentes del arrobamiento místico. Ese mismo que convierte a la realidad en un estorbo y que por tal motivo se debe trascender. Pintando cristos o escribiendo alta poesía.

 

Resultado de imagen para cristo de san juan de la cruz dali

Cristo de San Juan de la Cruz, de Salvador Dalí.