Dos cristos de místico arrebato

(Salvador Dalí y San Juan de la Cruz, unidos por el genio y las ensoñaciones)

 

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Dibujo de San Juan de la Cruz, en el que se basó Dalí para su cristo surrealista.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

El cristo de Salvador Dalí es el de San Juan de la Cruz, pero sin sangre ni torturas. Más bien agradable y con el centro de gravedad ya no en la cruz ni en los clavos, sino en la cabeza (sin espinas), mirando abajo, hacia un paisaje cordial de mar y pescadores. Sin dolores. Está visto desde lo alto, en otra perspectiva y por eso es un cristo místico, revolucionario en sus formas y contenidos.

 

No es un cristo clásico, pelilargo, martirizado. Es pelicortico. Y su cruz parece flotar sobre un mundo apacible. El óleo sobre lienzo, de 205 centímetros por 116 centímetros, lo pintó el surrealista español en 1951 y, claro, se inspiró en el dibujo de San Juan de la Cruz, Cristo crucificado, que, en el monasterio de la Encarnación de Ávila, realizó el carmelita, hoy patrón de los poetas en lengua castellana.

 

Dalí, se dice, tomó como modelo a un doble cinematográfico, al mismo que, por ejemplo, había participado en el filme Cantando bajo la lluvia, haciendo las veces de Gene Kelly: Russell Saunders. Y le salió una figura sin igual, distinta, la misma que se exhibe desde hace años en el Museo Kelvingrove, en Glasgow, Escocia.

 

El Cristo de San Juan de la Cruz es una revelación. El fruto de un arrebato místico, visto desde arriba, pero desde un ángulo a la derecha. La pluma le servía al místico monje no solo para la escritura de poemas trascendentales, sino para el dibujo, como el que hizo un día entre 1572 y 1577. “¡Oh llama de amor viva, / que tiernamente hieres / de mi alma en el más profundo centro! / pues ya no eres esquiva, / acaba ya si quieres; / rompe la tela de este dulce encuentro”.

 

El de Dalí también lo es. “Mi cuadro fue inspirado por los dibujos en los que el mismo San Juan de la Cruz representó la Crucifixión. En mi opinión ese cuadro debió ser ejecutado como consecuencia de un estado de éxtasis”, declaró el pintor, que había soñado con esa imagen y con una voz que le imploraba: “Dalí, tienes que pintar ese Cristo”. Y, al parecer, lo iba a pintar con corona de espinas, ensangrentado, escarnecido, pero otro sueño le reveló que tenía que pintar un crucificado diferente, simple, sin dolores. Sereno.

 

Dalí y sus ensoñaciones querían un Cristo bello. Y así salió. Musculoso, aliviado, fortachón. Abajo del novedoso crucificado, el pintor creó, también producto de revelaciones oníricas, un paisaje, el de la bahía de Port Lligat, pequeño poblado de pescadores del noreste de España, donde el artista tenía una casa. Cuando la obra se exhibió en Londres, se ganó la admiración de un médico (Tom Honeyman), director de galerías y museos de Glasgow.

 

Y ante la maravilla, el médico propuso la compra del óleo. Dalí rebajó el precio de 12.000 a 8.200 libras esterlinas. Se armó una gazapera porque, muchos inconformes, consideraron que ese dinero hubiera sido más productivo si se hubiera invertido en el estudiantado de artes de la ciudad. A partir de entonces, en todo caso, la obra adquirió fama mundial y se erigió como un icono del surrealismo.

 

Dalí, además de la inspiración de San Juan de la Cruz, utilizó para la confección de su obra el mundo de la física, de los átomos, el universo molecular. Su pintura cristiana está vista desde el cielo, desde las alturas, o, quizá, para los creyentes, desde la perspectiva divina. Para el polémico artista, con su actitud de misticismo y sueños, comenzaba una nueva era en la pintura. Un manifiesto de su autoría proclama que él es el pionero de la mística nuclear, que le permitirá dibujar neutrones, electrones, protones y hasta reacciones en cadena.

 

Son los días en los que estudia a fondo a Velázquez y Zurbarán y pinta más figuras religiosas, entre madonas y cristos. Se entronca con las teorías del alquimista y filósofo medieval Raimundo Llull y sus búsquedas metafísicas de la cuarta dimensión. Es, por lo demás, un tiempo en que muestra y demuestra sus simpatías con la dictadura de Francisco Franco.

 

El Cristo de San Juan de la Cruz, de Dalí, es una obra de referencia en el arte moderno y contemporáneo. Una especie de quiebre en ese tipo de creaciones: “Mi ambición estética en ese cuadro era la contraria a la de todos los cristos pintados por la mayoría de los pintores modernos, que lo interpretaron en el sentido expresionista y contorsionista, provocando la emoción por medio de la fealdad”, dijo el excéntrico pintor.

 

Y el crucificado del poeta y místico San Juan de la Cruz, una miniatura ovalada, es una joya que resultó de un arrebato, como los que tenía el fraile en sus deliquios poéticos, tales como el de las Coplas hechas sobre un éxtasis de harta contemplación: “Y es de tan alta excelencia / aqueste sumo saber, / que no hay facultad ni ciencia / que la puedan emprender; / quien se supiere vencer / con un no saber sabiendo, / irá siempre trascendiendo”.

 

El del poeta y el del pintor son dos cristos únicos. Distintos. Y corresponden a maneras (y épocas) diferentes del arrobamiento místico. Ese mismo que convierte a la realidad en un estorbo y que por tal motivo se debe trascender. Pintando cristos o escribiendo alta poesía.

 

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Cristo de San Juan de la Cruz, de Salvador Dalí.
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