Nellie Bly, precursora del periodismo encubierto

(Diez días en un manicomio, clásico reportaje investigativo sobre los maltratos a pacientes mentales)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

El editor y periodista estadounidense, de origen húngaro, Joseph Pulitzer compró en 1887 el periódico The New York World que, a partir de entonces, se convirtió en un diario destacado, con noticias sensacionales, pero, a su vez, con reportajes extensos y con cruzadas contra la corrupción y la explotación de trabajadores.

 

Pulitzer, el mismo que decía a sus reporteros que no quería verlos en la sala de redacción sino buscando historias en las calles, contrató a una joven, Nellie Bly, que se convertirá en una de las primeras periodistas en practicar el “periodismo encubierto” que, más adelante, haría célebres a Upton Sinclair y Jack London, por ejemplo. El primero de ellos, realizó trabajos profundos acerca de las infrahumanas condiciones laborales de inmigrantes en los mataderos de Chicago (que después incluye en su novela La jungla) y, el segundo, retrató las miserias de los mendigos y pobres londinenses (La gente del abismo), en donde él es uno más de los menesterosos.

 

El editor le pidió a la veinteañera reportera, nacida en Pensilvania en 1867, que se internara en uno de los sanatorios para enfermos mentales de Nueva York, con “vistas a escribir una narrativa sencilla y sin barnices” sobre las condiciones higiénicas, los tratamientos a los pacientes y otros aspectos. “No te pedimos que vayas allí con el propósito de hacer revelaciones sensacionalistas. Describe las cosas tal como la ves, sean buenas o malas (…) y cuenta la verdad todo el tiempo”, dice ella que le dijo el editor, en la introducción de su libro Diez días en un manicomio, que compila la serie de reportajes que se publicaron en el diario.

 

Tras varias peripecias, la muchacha logró que la llevaran como paciente al manicomio de la isla de Blackwell, donde entró con el nombre de Nellie Brown, “la chica loca”. Y allí, durante diez días estremecedores, se enterará de las condiciones miserables e inhumanas como se trataba a las internas de parte de enfermeras y médicos. En esa casa de alienados, la periodista, entre otras anomalías, va a descubrir que habitan personas cuerdas, sometidas a distintos maltratos y arbitrariedades.

 

El manicomio, una institución decimonónica, que contempló tratamientos y represiones a los pacientes, se caracterizó por sus catalogaciones de la locura con componentes religiosos, morales, culturales y sociales. Y en muchos ámbitos no solo era un aposento de curación y respaldo médico, sino de aplicación de métodos carcelarios y de castigo. Algunos de estos aspectos se pueden ver en el reportaje de la periodista que, para el efecto, tuvo que simular un estado de locura.

 

La investigación de denuncia que causó furor entre los lectores y también entre las autoridades de salud estadounidense, condujo, tras su publicación, a que el gobierno aumentara los presupuestos a este tipo de instituciones y que la ciudadanía se diera cuenta de las condiciones de espanto en las que transcurría la vida de los pacientes.

 

Nellie Bly, tras someterse a diversas instancias antes de ser declarada loca para poder ingresar en el sanatorio, logró retratar el interior de aquel lugar que, por momentos, más parecía una sucursal del infierno que uno de asistencia clínica. Sobre los manicomios de aquella centuria se extendieron legendarios mantos de duda y estigmatización. Y, al mismo tiempo, se ventilaron alrededor de ellos los tratamientos mentales, con pacientes sometidos a toda suerte de vejaciones y abusos.

 

La joven reportera, apelando a su sensibilidad y valentía, que no era fácil simular locura y menos aún pasar los exámenes de los médicos, a los que burló, logró una inmersión por diez días en los que conoció las maneras de tratar a los insensatos y también a personas cuerdas que allí recalaron por diversas circunstancias. Y aquellas jornadas se convirtieron, como ella lo dice, en una “traumática experiencia”, que se inició cuando se hizo alumna de todos los locos de la ciudad, como una manera de familiarización con los síntomas de la demencia.

 

Después de haber ingresado en el centro asistencial, tras una serie de peripecias, Nellie Bly (o Brown), según lo confesó en la primera parte de su reportaje, no intentó “seguir con el falso personaje de loca, sino que hablé y actué como lo hago en la vida real”. De lo que se enterará de inmediato es de que, tanto menos tenía que simular locura, los facultativos y el resto del personal del hospital la consideraban más loca.

 

La loca impostada, la farsante, la que va sintiendo en carne propia los maltratos de enfermeras y médicos, tiene la posibilidad en directo de experimentar el mundo infernal del manicomio. Es una auscultación a la precaria y, muchas veces, asquerosa comida que les ofrecen a las internas; a los dormitorios infames; a las situaciones de degradación del ser humano. Muchas de las mujeres que ingresaban a aquel hospital, jamás saldrían de él.

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En la medida que avanza la narración, el lector irá entrando en una suerte de ámbito dantesco, con lamentos y despropósitos. El manicomio es como una prisión, abarrotada, con hacinamiento, con vigilancia y control de todos los movimientos de los que allí parecen haber perdido toda esperanza. Nadie puede escapar de aquella cárcel en la que se pudren alienados y cuerdos. No sin razón, en algún momento del reportaje hay una mención a la correccional de Sing Sing, en Nueva York.

 

Las condiciones higiénicas en aquel manicomio son deplorables. En la sala 6, donde pasaron a Nellie, donde había cuarenta y cinco internas, “nos enviaron al baño donde solo había dos toallas ásperas. Vi a algunas mujeres con erupciones peligrosas en la cara secarse con las toallas y después otras con la piel sana usarlas”. Se van desgranando conceptos de salud pública, acerca de la dignidad humana, sobre situaciones límite, como la represión y la fuerza empleadas contra las pacientes.

 

El manicomio en mención pudiera ser un anticipo o prefiguración de los tratamientos a los que, en el siglo XX, se someterá a presos de campos de concentración y de exterminio. Los ahogamientos y golpizas son parte de la cotidianidad en la institución mental de la isla de Blackwell. Más que terapias, lo que se estilaba allí eran métodos policivos y de choque, con humillaciones y otras maneras del sometimiento.

 

Una de las escenas, muy repetitivas en aquel antro, era la de las palizas permanentes a las internas. Pasó con una de ellas, la señora Cotter, a quien, por llorar, le “pegaban con el palo de una escoba y saltaban sobre mí, y me dañaban por dentro. Nunca lo superaré. Después me ataron las manos y los pies y, tras echarme una sábana por la cabeza, la apretaron contra mi cuello para que no gritara”. Era común, de otra parte, que a muchas de las “locas” les arrancaran el pelo a tirones.

 

El reportaje testimonial de Bly, distribuido en diecisiete capítulos, contribuyó a transformaciones en las instituciones de orates, al aumento de presupuestos y a la revisión de métodos terapéuticos. “El manicomio de la isla de Blackwell es una trampa para humanos. Es fácil entrar, pero una vez allí es imposible salir”, escribió la periodista que, tras su permanencia de diez días allí, compareció ante el Gran Jurado, donde juró la veracidad de su historia, llena de horrores y desventuras de las internas.

 

Diez días en un manicomio, que quizá pudo tener una escritura más elaborada, se convirtió en un referente del periodismo investigativo y, después de lo de Nellie Bly, otros reporteros continuaron con tales técnicas y apuestas. Es una precursora del periodismo encubierto y, si se quiere, del periodismo “gonzo” que muchos años después realizará Hunter S. Thompson, o del periodismo de camuflaje, que les otorgó tantos réditos a reporteros como Günter Wallraff.

 

Entre los trabajos periodísticos de Bly, en esa misma tónica, hay notas cuando se hizo pasar por esclava blanca y por sirvienta, con el fin de denunciar las condiciones infrahumanas por las que tenían que atravesar muchas mujeres que buscaban empleo en Nueva York.

 

Uno de sus reportajes más sonados, lo hizo cuando imitó en la vida real la novela La vuelta al mundo en ochenta días, publicada en 1873 por Julio Verne. La intrépida periodista le propuso a Pulitzer la insólita aventura y el editor le dio su respaldo. El mismo recorrido del protagonista de la obra de Verne, lo realizó Bly en ocho días menos. Y tanto este reportaje de viajes como el del manicomio le siguen dando la vuelta al mundo.

 

Nellie Bly, que en realidad se llamaba Elizabeth Jane Cochran, murió en Nueva York en 1922. Y gracias a su coraje, muchos lectores supieron cómo eran entonces las horas y los días de los que estaban internados en un manicomio, como el muy terrible de la isla de Blackwell.

 

(Nellie Bly. Diez días en un manicomio. Ediciones Buck. Traducción de David Cruz. 188 pag.)

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Nellie Bly y una imagen de las asiladas en el manicomio de la isla de Blackwell.

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