La espina de la espera de un tango

(¡Qué falta que me hacés! o cómo lagrimear en una mesa de cantina)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Hay canciones (como poemas y otras formas literarias) que, siendo toda su concepción, estructura y diseño, una breve obra de arte, tienen un verso demoledor, o más hondo que el resto, o tal vez único por su claridad conceptual. Mejor dicho, por su belleza que, ante el resto de la composición, lo ilumina todo. En el tango-canción, género poético por “naturaleza”, hay ejemplos a granel del aserto anterior. Uno puede ser Naranjo en flor, obra maestra de las letras tanguísticas.

 

“Y al fin andar sin pensamiento”, lo expresa el poema de Homero Expósito como colofón de una parábola vital en la que se sufre, se ama y se parte hacia la nada, hacia la imprescindible soledad. Andar sin pensamiento. Una renuncia filosófica. O como aquella belleza que alumbra en las noches de luna: “Ya el cielo ha encendido su faro mejor”. O como este otro: “Fuimos abrazados a la angustia de un presagio”, de la pluma de Homero Manzi. Y así puede el catálogo de versos aspirar al infinito.

 

En un tango del letrista uruguayo Federico Silva, ¡Qué falta que me hacés!, hay una perla engarzada en una cadena de versos bien lograda: “Espina de la espera que lastima más y más…”. Porque puede ser que la espera sea como un dolor, como una punzada, como una suerte de encarcelamiento con condena casi a perpetuidad y es, claro está, como una ausencia. Esperar puede ser otra de las maneras de la tortura.

 

Pues bien. Esta pieza, con música de Miguel Caló y Armando Pontier, es parte del extenso repertorio de tangos sobre el amor (o el desamor), como otro del mismo autor: Hasta siempre, amor. Tal vez la primera versión que se escuchó en cafetines y bares de barriada, y es probable que también en las emisoras de Medellín, haya sido la de Julio Sosa con la orquesta de Leopoldo Federico. En ciertas cantinas de Bello, en los sesenta, circuló en las pianolas con la interpretación de Alberto Podestá, respaldado por Miguel Caló, y, con el mismo acompañamiento, la de Ranko Fujisawa. También hay una versión de Jorge Maciel con Pugliese, más escasa en los traganíqueles.

 

El tango en mención comienza con una declaración contundente, un descubrimiento de angustia y dolor: “¡No estás!”. Y una consecuencia, una constatación desoladora: “Te busco y ya no estás”. Y, a continuación, como coronando una situación de vacío existencial adviene aquello de la espina de la espera. Y después se caracteriza un auténtico paisaje interior de desconsuelos: “Gritar / tu nombre enamorado. / Desear / tus labios despintados, / como luego de besarlos…”.

 

Y vuelve entonces a aquella verificación de una realidad que hiere y hace sangrar: “¡No estás!” Y aparece el tiempo, una eternidad, una forma de la flagelación: “¡Qué largas son las horas / ahora que no estás!”. Todo como un lacerante despojo.

 

El amante está frente a una prolongada situación de expectativa, que lo puede conducir a la desesperación y lo obliga a la búsqueda tras tantas noches de sufrir una especie de desaparición lastimosa de aquella a la que ama, a la que quiere abrazar; y, como secuela de una soledad que chuza y muerde, solo es posible un corolario: “¡qué falta que me hacés!”.

 

Estas demostraciones amatorias son como un remordimiento, como la expresión de un pesar por lo que no se hizo a tiempo. La tuvo cerca, ahí no más, y quizá no fueron suficientes las caricias, las palabras de amor, los abrazos. Y por eso, ante una intempestiva marcha, ante un esfumarse del objeto (o sujeto) amoroso, vienen las promesas, lo que se hará en caso de una vuelta, del retorno ansiado.

 

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“Si vieras que ternura
que tengo para darte,
capaz de hacer un mundo
y dártelo después”.

 

Hay una promesa. Es casi como prender velitas a algún santo, al patrón de los acongojados de amor. Y esto lo interpreta a cabalidad Silva en este tango que tiene versiones preciosas de Roberto Rufino con Troilo, pero, a la vez, a guisa de bolero, de dos venezolanos, cada uno por aparte, con la Billo’s Caracas Boys: Felipe Pirela y el Puma José Luis Rodríguez.

 

Alguna vez en un bar bellanita, vi a un hombre en pena, la cabeza contra la mesita metálica, la botella de licor a un lado y en el piano el tango espinoso: “Y entonces, si te encuentro, / seremos nuevamente, / desesperadamente, / los dos para los dos”.

 

Todas las versiones referenciadas tienen su valía y dimensión estética. Quizá la que más me ha gustado es la de Roberto Goyeneche, con el trío de Luis Stazo (bandoneón) Armando Cupo (piano) y Mario Monteleone (contrabajo) en el disco “La máxima expresión del tango”. Por supuesto, no era común en ninguna cantina de estas tierras. Es más, no recuerdo haberla escuchado entonces en ninguno de aquellos bares, en los que, entre los variopintos paisajes, no faltaban los de hombres que lloraban sobre las mesas porque tenían clavada en sus corazones “la espina de la espera”.

 

Imagen relacionada

Richard Tuschman recrea escenas del pintor Edward Hopper.

 

 

 

 

 

 

 

 

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2 comentarios

  1. Gaston Patino

     /  abril 16, 2018

    Magnifica crónica. Felicitaciones.  Arq. Gastón Patiño Mattos. ( Medellín 1938 )

    Responder
  2. Gladys Castrillon Ochoa

     /  abril 19, 2018

    No estas…Que falta que me haces…

    Responder

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