Dos cuentos libidinosos de Abelardo Castillo

Los  libros que yo escribo no están en mi biblioteca. El lugar de un libro tuyo es la biblioteca de otro“. (Abelardo Castillo)

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Abelardo Castillo (1935-2017), notable escritor argentino, cuentista de altas dotes, tenía una trinidad bendita, a la que adoraba: Roberto Arlt, Jorge Luis Borges y Leopoldo Marechal, y ahí, alrededor, como satélites luminosos de estos astros, giraban Cortázar, Sábato, Mujica Láinez y Bioy Casares. Era un perturbador, un fundador de revistas y un ser necesario en la extensa cultura literaria argentina. Los dos cuentos que analizaremos ahora, de su libro Las otras puertas (1961), son de iniciación, de esos que toman materiales de la infancia y la adolescencia para darles tratamiento artístico. Y, como asunto transversal a tantos autores modernos en América Latina, la geografía del barrio.

 

Tal vez una de las cualidades más destacadas de este autor, del que Cortázar señaló una vez de sus cuentos que eran “sistemas cerrados”, son los diálogos, que no suenan artificiales. Ni inverosímiles. Fluyen según la situación planteada, sin rebuscamientos. Naturales. Y estos se puede sentir de esa manera, con el sentido de caracterizar personajes o de dar información pertinente sobre pensamientos o sentimientos, en La madre de Ernesto y El marica.

 

Estos dos cuentos, de similar estructura y temática, relatan conflictos de adolescencia, las inclinaciones sexuales, la libido juvenil, el vedado homosexualismo y la figura de la madre. El barrio, la experiencia escolar, las relaciones de amistad y, en un segundo plano, la prostitución, hacen parte del universo literario de estas dos piezas breves.

 

El primero de los cuentos mencionados, se inicia con una idea turbadora, con incorporación de crueldad y reto, con una sugerencia de atracción fatal. Llega como un recuerdo, como si el narrador ya estuviera muy distante de los acontecimientos que relata, los cuales va atando con sutileza y dosificación. Hay una estación de servicio, el Alabama, cuyo dueño turco le ha incorporado aditamentos de diversión, de aventuras de piel, en un club nocturno sin grandes pretensiones, apenas como para un uso muy parroquial.

 

Y, más que la mujer que ha llegado (o vuelto), después de haber desaparecido del espacio doméstico, del paisaje de unos muchachos barriales, casi pueblerinos, el protagonista puede ser Julio, el de la “idea extraña”, el que parecía un Brummel (dandi inglés del siglo XVIII, rey de las modas), encarnador de cierta agudeza para la maldad y la capacidad de convocar a sus congéneres a tener una experiencia cumbre, la de ir a un prostíbulo, pero, más que eso, a enfrentar a una mujer que ellos conocían y que el turco de marras había contratado para las faenas excitantes de los amores alquilados.

 

Ella, la que se había ido hacía cuatro años con una compañía teatral ambulante, que era “morena y amplia”, había vuelto rubia, transformada en una “mujer de la vida”, cuyo atractivo ahora, más que su cambio de actitudes y de apariencia, era una especie de vergüenza para uno de los muchachos, de quien, precisamente, ella era la madre. La situación candente, con desafíos a la amistad, era que, no solo porque la mujer haya derivado en el ejercicio de la venta de sus servicios sexuales, sino porque los nuevos posibles clientes eran chicos que ya la conocían, les adicionaba dificultades a las circunstancias. Por lo demás, ella era la mamá de uno de los de la patota: de Ernesto.

 

Y si bien, la damisela había cambiado, y ya no tenía nada de maternal, según la visión de los jovencitos, menos de Ernesto, claro, que se había ido con su padre de aquellos andurriales como huyendo del escarnio, se erigía como un reto, diseñado por Julio, el de ir en gallada a comprar los amores de urgencia de la ramera recién venida. El narrador establece una tensión en los preparativos para el encuentro, con un amarre desolador y de presagio, expresado por quien está contando: “cuando ella nos mirara iba a pasar algo”.

 

Aquí, en este punto, se podría reflexionar acerca de los significados de un “hijo de puta”, de cómo puede ser visto un muchacho cuya madre ha recalado en los espacios del lenocinio, de convertirse en un “reptil de lupanar”, y que sus amigotes, no se sabe si por una especie de crueldad adolescente, o por una suerte de vindicta sin causa, quieren ser clientes de la nueva atracción de la estación de servicio transmutada en las noches en un burdel sin abolengo.

 

El cuento es un montaje cinematográfico de cuadros que se van juntando para dar puntadas que se configurarán en un desenlace en el que lo trágico (y, si se quiere, lo cómico doloroso) aparecerá unos momentos antes de que caiga el telón de una función coordinada por la mente torva de Julio. Sin embargo, el que diseñó la diversión, sufrirá una conmoción ante la realidad de una mujer que, con toda y su metamorfosis física, no ha perdido la condición ni los sentimientos de la maternidad.

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La madre de Ernesto, una muestra de alta tensión e intensidad con economía de palabras, con una adecuada medida de ingredientes para la cocción de un buen relato, con un final en el que una imagen desgarradora da al traste con la intención carnal de unos muchachos que apenas están descubriendo el mundo de las emociones libidinosas.

 

El otro, El marica, más breve todavía, parece una experiencia autobiográfica del autor, que, además, se revela con su nombre propio como narrador en segunda persona, en una situación en tiempos en que la “maricada” era una condición vergonzosa y hasta punible. Parte de la cultura machista, o de aquello que se ha certificado como la hombría, como la actitud varonil sin tacha, del tipo de “pelo en pecho”, se manifiesta en esta composición en la que los diálogos tornan a sostener el esqueleto de la estructura. Y vuelven los tiempos de adolescencia, en la espacialidad de un colegio, con un muchacho, César, que ha llegado de un establecimiento educativo de curas a otro que, según el narrador, se le pudo haber parecido al país de los gigantes que Jonathan Swift narra en Los viajes de Gulliver.

 

El narrador, en todo caso, manifiesta sus afectos por aquel jovencito con apariencia de debilidades, al que él y los otros quieren conducir a la experiencia de acostarse con una buscona cuyo marido hace las veces de proxeneta y que les cobrará a los pibes, por cabeza, cinco pesos por los servicios prestados. ¿Los prestará acaso? ¿Qué le sucederá al mariquita? ¿Y a Abelardo?

 

Castillo fue un cuentista de altas calidades que, además, fundó y dirigió revistas como El grillo de papel, El escarabajo de oro y El Ornitorrinco. En la segunda, por ejemplo, publicaron textos autores que entonces estaban apenas en sus comienzos, como Alejandra Pizarnik, Miguel Briante, Humberto Constantini y el turco Jorge Asís. Novelista y dramaturgo, el autor de El evangelio según Van Hutten, (que también fue ajedrecista) amaba la literatura como a la vida misma.

 

(De las notas del Seminario de Literatura Sudamericana)

 

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