Un aguacero

(Crónica con colegiales bajo la lluvia y una señora que se escampa)

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Por Reinaldo Spitaletta

 

El aguacero, con renovado vigor, ennegreció el cielo de las seis de la tarde y le puso dramatismo a la espera de buses y taxis. La señora de blusa anaranjada, con una bolsa negra de plástico en sus manos, se protegió bajo un saliente. En la carrera Bolívar, por el antiguo Fundungo, entre el cementerio de San Pedro y la espalda del jardín botánico, tres colegiales gritaban y saltaban sobre los charcos, con la risa y los gritos del ejercicio de la juventud.

 

La lluvia arreció. La señora de rostro imperturbable dijo que por eso es que “uno se enferma, con estos cambios de clima después de salir del trabajo”. La factoría donde ella es mano de obra está a unos treinta metros de donde un alero otorga protección a la mujer que es operaria de una fábrica de calzado de treinta trabajadores.

 

Pasan unos minutos y aumenta el chaparrón. Discurren motos con sus ocupantes bajo capotes impermeables. Dos chicas, en pantaloncitos cortos, corren por la acera y se acomodan dos locales más allá, debajo de un saliente de un edificio de motel. No cesa la lluvia. De pronto, una pausa en el goteo. Y la señora, que ha dicho que debe ir hasta la estación Hospital del metro, pero a tomar un bus, se anima a caminar.

 

Hay un interregno. Está escampando. Por Bolívar, en la misma acera del cementerio, hay varias cantinas. Los charcos se agitan con las llantas de los carros al tiempo que se escuchan con estridencia mezclas de vallenatos y canciones despechadas. Cuando parecía que la lluvia se había cansado, ha tornado con entusiasmo y otra vez los viandantes se protegieron, como si se tratara de trincheras o burladeros, bajo algunos aleros y marquesinas.

 

Junto a la estación Hospital, antes de llegar a la calle Barranquilla, y sobre la acera en la que hay marmolerías, adentro de los locales se ven lápidas y se siente en el aire húmedo el polvillo que surge de la labor con los minerales. Disminuyen las gotas. El fragor de los motores y la fricción de las ruedas contra el pavimento mojado llenan el mundo de una especie de sobresalto, o quizá con una variante del desasosiego que aumenta con las sombras del anochecer reciente, más oscuro que de costumbre.

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Ahora, cuando apenas se sienten caer leves gotitas, y algunos chorros que se desprenden de los techos por los desagües, hay un brusco cambio en el paisaje. De lugares que parecían inhóspitos, descaecidos y sombríos, se deriva a una geografía distinta, por la vegetación exuberante, los antejardines, las fachadas amplias y las luces del alumbrado público titilando en el asfalto. La carrera Popayán, con ventanas amplias en las casas y uno que otro avisito de corporaciones, tiene cierta serenidad.

 

El caminante, de cachucha mojada y tenis aguados, voltea hacia arriba, por la calle Jorge Robledo, ancha y de casas descomunales. Sube dos cuadras, ya ha atravesado la que lleva nombre, o, mejor, apellido de “descubridor” del océano Pacífico, y se gira por Palacé. El barrio ofrece a la vista guayacanes, mangos, pimientos y caserones de diversidad arquitectónica. Pasa por el frente de la iglesia del Espíritu Santo, en penumbras, y gira por Darién, en la que lo primero que observa son algunos visitantes de repostería conversando con una dependiente. Los antejardines huelen a humedad y se respira un aire de flores anochecidas.

 

Por Venezuela, en dirección hacia el centro de la ciudad, el caminante observa una inmensa casa esquinera que ya muestra signos de refacción y entonces voltea por Urabá y asciende la leve cuesta en búsqueda de la carrera San Martín, donde terminará un breve recorrido que lo sorprendió con un aguacero, con el que, sin proponérselo, evocó los días de escuela cuando bajo la lluvia cantaba y saltaba, hundía los tenis en el fango y al final de cuentas, sobre los turbios ríos urbanos que creaba el aguacero, lanzaba a la corriente un barquito de papel.

 

  • Aquellos barquitos de papel
  • Hubo un tiempo, tal vez de borrosa memoria, cuando las calles, que eran un campus para el ejercicio de la imaginación de los pelados, se volvían astilleros, puerto y mar. Se anhelaba el aguacero porque era la posibilidad de corrientes con las aceras como orilla, por los cordones de cemento como muelle, que convocaban a tomar hojas de cuaderno, nuevas o usadas, para la elaboración de barquitos.A veces, la invención era para evocar alguna aventura de los Hijos del capitán Grant, de Verne, o revivir los mares de Sandokán, de Emilio Salgari, dos escritores que entonces, cuando la televisión todavía no asaltaba el tiempo para la creatividad, animaban la hechura de barquitos callejeros.

    Casi ninguna de aquellas construcciones para la navegación urbana sobrevivía a los abismos que hacían recordar a algunos muchachos de buena lectura los horrores de Arthur Gordon Pym. Y al final de cuentas, aquellas naves, veleros expuestos a la furia de las aguas, desaparecían en los remolinos de las alcantarillas. La tormenta había cesado. Habría que esperar el próximo aguacero para tornar a la fabricación de un sueño de papel.

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2 comentarios

  1. Ester Goeta S.

     /  junio 6, 2018

    Gracias, Reinaldo por esta maravillosa crónica.
    Se percibe el olor propio de la lluvia citadina y se alborotan los recuerdos de la niñez jugando con los barquitos de papel.

    Responder
  2. Luz Patricia Vargas Vergara

     /  junio 7, 2018

    Rei… más que leer, evoqué el poder -en la memoria- de la lluvìa y de la niñez, de los juegos callejeros, de la diversión en la calle del barrio. Gracias…

    Responder

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