Trompeta para un barrio bohemio

Libreta de viaje (6)

 

Flushing Town Hall, en Queens. Foto Reinaldo Spitaletta

 

 

(Crónica con balada en Queens, vitrales en San Patricio y un cuadro de Van Gogh)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En el histórico Flushing Town Hall, un edificio de arquitectura germánica, con ventanales de arco redondo, construido en 1862, ahora sede de cultura y artes, en Queens, Nueva York, presentamos la novela Balada de un viejo adolescente. El periplo cultural, iniciado en esta antigua sede del ayuntamiento, y que se extendió una semana después por Los Ángeles, California, gozó de altas temperaturas de verano y diversas aventuras viajeras (*).

 

El recinto, sobre la Northern Boulevard, alberga salas de exposiciones, teatro y al Consejo de Cultura y Artes. Una exposición fotográfica sobre Louis Armstrong tornaba más interesante las paredes del zaguán de entrada y, más tarde, allí recalaron floridas silletas de Medellín para la realización del Festival de las flores, en julio. Con una asistencia notoria de latinos y de algunos gringos, las palabras de presentación y la tertulia posterior se prolongaron por más de una hora; después, en la conversación informal, con firma de ejemplares, hubo nuevas inquietudes de los concurrentes en torno a la temática y técnica literaria de la novela.

 

Después, en la misma programación cultural colombiana, se presentaron la soprano Delcy Yanet Estrada y la mezzosoprano Yenny Lorena Restrepo, ambas colombianas, acompañadas por el pianista argentino Emiliano Messiez, en un recital llamado Dos mujeres, una pasión, en el que, entre otras interpretaciones, cantaron a dúo, para cerrar, La flor de la canela, de Chabuca Granda. Después, la soprano medellinense vocalizó en español Caruso, pieza de Lucio Dalla que integra el nuevo álbum de la cantante.

 

Te voglio bene assaie
ma tanto tanto bene sai
è una catena ormai
che scioglie il sangue dint’e vene sai

 

Nueva York, ciudad cosmopolita y multicultural, tiene ángel para presentar novelas y cantar. Hoy, en buena parte del extenso condado de Queens, la presencia masiva de asiáticos es protuberante. Y por muchos lugares, incluidos los alrededores del mencionado Flushing, que también es como un templo del jazz, pululan chinos, coreanos, japoneses, vietnamitas, indios de la India, en una mezcla de lenguas y alfabetos, de avisos y bazares, colorida y simpática. Para llegar a la zona del Flushing desde Manhattan hay que tomar la línea 7, púrpura, del subway.

 

Queens, con más de dos millones de habitantes, tiene historias musicales a granel, como que allí vivieron Armstrong, Count Besie y Ella Fitzgerald; dos aeropuertos (el Kennedy y LaGuardia), un estadio de béisbol (el Shea de los Mets), la comunidad de colombianos más grande de Estados Unidos, así como un poblado de mayoría griega como es Astoria. En Queens, eso se dice, se hablan más de 130 idiomas.

 

En Queens, con tren, metro, museos, biblioteca pública, barriadas con bloques de cuatro pisos (como Jackson Heights, Jamaica, Corona, Forest Hill…), universidades, nacieron Donald Trump, Cyndi Lauper, raperos como Ja Rule y “primeras damas” como Nancy Reagan. No es este condado tan atractivo ni tan cultural y variopinto, como el de Manhattan, pero tiene entre sus habitantes mucha mano de obra. En Flushing, al norte de Queens, residencial y financiero, hay un enorme centro de comercio sobre la Main Street.

 

Queens podría decirse, a simple vista, que es más bien feo. Claro, si se le compara con Manhattan, que tiene todas las arquitecturas, los teatros, los museos más importantes, tres ríos como el Hudson, el East y el Harlem, y es el corazón de los centros culturales, financieros y comerciales del mundo.

 

Pintura de Van Gogh en el Moma de N.Y.

 

Así que, en una tarde de verano, cuando en Manhattan la gente es como un hormiguero infinito, uno puede estar, por ejemplo, haciendo una fila en el Museo de Arte Moderno (MoMA), con sus colecciones exuberantes, o en el Tenement, un recuerdo de los iniciales inmigrantes que llegaron a esta ciudad que parece un cuento de hadas góticas. O, claro, en el monumental Museo de Arte Metropolitano (uno de los diez museos más visitados del mundo), al cual, para medio ver sus muy bien dotadas colecciones y exhibiciones temporales hay que entrar durante una semana seguida.

 

Y si desea otras perspectivas, entonces puede entrar al Guggenheim, o al de historia natural, o al de cera para que se fotografíe con personajes insólitos, actrices, escritores, políticos… Y una tarde veraniega, de cielo despejado y muchos turistas en las calles, nos fuimos al MoMA, en el Midtown de Manhattan, cuando faltaba poco para que lo cerraran y entonces apenas se volvió un abrebocas de asombro cuando a la carrera se ven cuadros de Picasso (como el de Las Señoritas de Avignon), o la Noche estrellada de Van Gogh, o cuadros de Dalí, Magritte, Pollock, Warhol, Chagall, Matisse… o las colecciones de diseño gráfico, industrial, arquitectura, cine, fotografía.

 

Nueva York son tiendas descomunales y frontis de todas las formas. Y, como estás por esos lares, por ahí, por la Quinta Avenida, no podés dejar de entrar a San Patricio, catedral neogótica, con sus vitrales de luz mística, su altar descomunal, sus mármoles y peregrinos, con su Pietá que supera tres veces en tamaño a la de Miguel Ángel. San Patricio, santo patrón de Irlanda, está presente en este templo en el que caben cerca de tres mil personas.

 

En el East Village, histórico barrio neoyorquino, una huella de antiguos sanitarios públicos. Foto Reinaldo Spitaletta

 

Más allá de la estatua de la Libertad, de la isla Ellis, de las novelas y poemas neoyorquizadas, de las inexistentes torres gemelas y del puntiagudo Empire State, vos podés encontrar la soledad en una señora que, sentada esperando un bus articulado, te dice cuál tomar para Wall Street, a la que no llegarás porque ante tantas edificaciones, tantos parques y estatuas, tantas flores veraniegas, nada significa lo bancario, lo bursáti. La señora peliclara se ha subido al mismo autobús, en la parte delantera. Y, como no tenés destino, cualquier bajada siempre será una atracción.

 

Y en alguna manzana del East Village, un vecindario romántico, con fachadas avejentadas, con escaleras de incendio, te bajarás para caminar frente a bares, teatros, colegios, tiendas japonesas de juguetes, librerías de usados, o por el hospital Sinaí Beth Israel. Es un barrio de literatura y en su historia están los movimientos contraculturales y escritores de la Beat Generation, como Kerouac, Ginsberg y Burroughs.

 

La tarde se sube a los árboles y no se sabe por qué misterio comenzás a pensar en tantos inmigrantes que por estas geografías advinieron para quedarse y construir una vida lejos de sus recuerdos. Junto al edificio Fischer, sede de industrias musicales, tres muchachos, sentados a una banca de parque, esperan la noche.

 

(*) El viaje y presentación en Nueva York fue posible gracias al patrocinio  y gestión de la empresa cultural Ítaka (Medellín) y Luis Eduardo Acosta (Nueva York).

 

Calle neoyorquina en el verano de 2018. Foto Spitaletta

Detalle interior de la Catedral de San Patricio. Foto Spitaletta

 

 

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Un verano en Nueva York…

Libreta de viaje (5)

 

Nueva York, una ciudad siempre sorprendente. Foto Reinaldo Spitaletta

 

 

(Crónica veloz, con rascacielos y una soprano que canta en el Central Park)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Como en la salsa del Gran Combo, en un verano en Nueva York tenés “fiesta folclórica” en el Parque Central y muchas mixturas más de ocio, en esa extensión cuadrangular que es ocho veces el estado del Vaticano, con lagos artificiales, puentes históricos, próceres en estatuas, recitales al aire libre, saxofones y trompetas en jardines, y una soprano que, bajo una suerte de túnel, canta con estremecimiento Un bel dì, vedremo, de Madame Butterfly, ópera de Puccini, acompañada por una pista.

 

A los pies de la cantante lírica, yace un recipiente en el que los oyentes depositan su ofrenda en dólares después de los aplausos. Y el parque, que con las altas temperaturas del verano parece infinito, se abre en caminos que se bifurcan, con bicicletas y coches, con amontonamiento de gente en bermuda y camiseta, con niños que gritan, con pájaros que aletean y cantan.

 

Un verano en Nueva York, un día de principios de julio, con un atardecer candente, es propicio para caminar con el riesgo, claro, de una deshidratación. Y sondear el alma (desalmada) del capitalismo, del consumo sin fin, de los avisos luminosos de Times Square o marchar por la Quinta Avenida, buscando sombra, metiéndote a alguna tienda de suvenires costosos y simpáticos, o buscando detalles invisibles, como lo hiciera hace años el meticuloso reportero Gay Talese, cuando escribió su célebre texto Nueva York, una ciudad de cosas inadvertidas.

Aspecto del Central Park.

 

Y entre lo inadvertido puede estar el brasileño que vende perros y chuzos en la esquina de la séptima con la 42, o los leones grabados en algún edificio, o las mil maneras, por no decir infinitas formas de la arquitectura neoyorquina, con rascacielos, escaleras de incendio, columnas griegas, fachadas hipnotizantes… Es una ciudad para todas las culturas, de todos los colores y sabores, pero, a su vez, para el anonimato total. Ahí van, con la luz intensa del verano, por aceras amplias, las rubias con cámaras, los orientales con cámaras, los latinos con cámaras y celulares. Es verano. Y hay multitudes en las calles, en los almacenes, en los mercados…

 

Es una ciudad loca, para excéntricos, para bohemios y gente que puede delirar viendo el edificio del periódico The New York Times o buscando como una obsesión literaria la sede de la revista The New Yorker y solo se topa con un hotel bonito del mismo nombre. Y si sigue las descripciones de aquel antiguo reportaje de uno de los fundadores del Nuevo Periodismo, no verá las hormigas del Empire State, pero sí decenas de turistas que hacen fila para entrar al edificio que continúa siendo un símbolo de la arquitectura que araña cielos. A la vuelta no más, verá las colas de visitantes asombrados y con ropas ligeras que quieren montarse en las terrazas de los buses de dos pisos para ir de tour por la denominada capital del mundo.

 

Manhattan, con su Midtown, Dowtown y Uptown; con sus buses de ventanillas panorámicas; con sus cines y museos y tiendas antiguas y construcciones de todas las arquitecturas, es una ciudad de eterno movimiento. No duerme. No cesa. El verano te estimula los sentidos. Y entonces podés pasar por la histórica estación Pensilvania, o por la que acumula pasajeros a Nueva Jersey, o, para ver lámparas de araña, mármoles, espacios generosos, anchos pasillos, gente que va y viene, sin pararle bolas a nadie, entonces es porque estás en la espléndida Grand Central, la estación central de trenes, metros y subways, con mercados, joyerías, restaurantes de lujo y otros de menos categoría.

 

Ornamentación en la fachada de la Biblioteca de Nueva York. Foto Reinaldo Spitaletta

 

Nueva York es holandesa e india; oriental y occidental. Con río y mar. Con ferris y puentes. Con neones y calles anchas. Es una ciudad veloz, afanada, donde la mayoría de gente va de prisa y por eso no puede mirar hacia arriba, muchos (distintos a los turistas de verano) con jornadas de trabajo en el sur y luego en el norte. Nueva York, donde hay que calzar “zapatos vagabundos”, la de Frank Sinatra y los bares giratorios, es un hormiguero. Es, así la describió Talese, una ciudad sin tiempo; novelada, poetizada, y cantada hasta la eternidad. Y, según una señora paisa, es la ciudad donde “todo queda en la puta mierda”.

 

Ciudad universitaria y de cafetines, de teatro y musicales, de bolsa y magnates, tiene lectores en el subway y cantantes de ocasión, violinistas en las estaciones y abundante gente sola. Ciudad de esculturas y estatuas patrióticas. Podés toparte con un Prometeo alado o con un torso de mujer de bronce. Ciudad donde llegan los amantes de la ópera, pero, además, los que desean en recorridos de jornadas sin fin observar el arte universal.

 

Es una metrópolis de lujos pero, a su vez, con homeless, con rebuscadores, con vendedores de bazar. Y vos, para experimentar sencillas maneras de la aventura, podés en la retícula telarañosa del subway perderte en tu recorrido. Y cuando menos pensás, estarás embarcado en una línea que va al Bronx cuando, en rigor, ibas para Queens. Y así. Que hay que enloquecer la brújula.

 

Es la ciudad del Barrio Chino, de la Pequeña Italia (ahora con antioqueños y argentinos que se hacen pasar por italianos y cobran en restaurantes de pacotilla precios de bolsa de valores con acciones en alza); es un poco el recuerdo de una novela de Dos Passos y el ulular de las sirenas que jamás se callan. Sí, claro, si te interesa podés ir tras las huellas históricas de Piazzolla y de Jake La Motta (el Toro salvaje) en la Little Italy, la de las calles llenas de bombillería como si fuera diciembre todo el año.

 

Es una ciudad de béisbol y célebres combates boxísticos que ya son historia; de mitológicas pandillas decimonónicas que Scorsese cinematografió con maestría. Aquí voy, pasando por sinagogas, iglesias, colegios, oficinas postales, vitrinas alucinantes, museos de matemáticas y de toda índole, edificios puntiagudos, con una sensación térmica de exiliada zona tórrida. Ah, sí, New York, New York…

 

En el recuerdo, el Gran Combo me dice que “si te quieres divertir, con encanto y con primor, solo tienes que vivir un verano en Nueva York”.

 

Times  Square. El edificio de la Paramount. Foto Reinaldo Spitaletta

 

 

 

Playas hippies, canales venecianos y una señora de pintura

Libreta de viaje (4)

 

Silueta del escritor danés Christian  Andersen, en el museo librería de Solvang. Foto Reinaldo Spitaletta 

 

 

(Crónica con traje de emperador y un museo alucinante en Los Ángeles)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

1.

 

Santa Mónica, una ciudad con playa multitudinaria de Los Ángeles, donde a veces aparecen ricos y famosos, tiene en su muelle una feria de atracciones, el Pacific Park, con inmensa rueda de Chicago y alta montaña rusa, muy cerca de la ancha calle peatonal (Third Street Promenade) en la que hay cines, mercados, helados y músicos ambulantes.

El mar de azul rey, con gentío en la arena, traía rumores de verano cuando apareció un tipo rubio y barbado, en una motocicleta con cajón de accesorio. A través de un megáfono la emprendía contra Trump y, a su vez, le hacía competencia en el grito y el volumen a otro, predicador de nuevos tiempos apocalípticos que, también sobre una moto, mostraba carteles bíblicos y anuncios de conversiones. El opositor del magnate-presidente tenía en su vehículo una pancarta: “Salvemos a nuestros niños del secuestrador Trump”.

 

Los dos personajes se enfrascaron en una acalorada rivalidad a ver cuál gritaba más, con una salvedad: pocos viandantes les prestaban atención. Un negro tocaba el saxofón y muy cerca una niña rusa, de unos seis años, hacía lo propio con un violín. A sus pies, en un cajoncito, los curiosos depositaban dólares. Un sol de justicia se regaba por las extensas y agolpadas playas.

Un adivinador de vitrina en la playa de Venice. Foto Reinaldo Spitaletta

En la misma peatonal, una modelo, de traje vaporoso, piernas al viento y movimientos sensuales, posaba para un fotógrafo. Se movía para acá y para allá, sonreía, manos en el cabello, provocaciones a la lente. Tampoco era fuente de atracción de parte de los caminantes. Tal vez el calor, a casi cuarenta grados centígrados, hacía que todo el mundo buscara sombras y refrescos.

 

Después, el panorama cambió. Y estábamos en las playas de Venice, con hippies anacrónicos, viejos sonidos de rock, olores a marihuana y sudor, con tiendas de camisetas y cachuchas, y muchos tenderetes en la arena y en el asfalto con ofrecimientos de artesanías. No había tipos musculosos, como es común en Santa Mónica, sino hombres y mujeres continuadores de la vieja contracultura de los sesentas. Había guitarristas de playa, cantantes de música jamaiquina, alguna evocación de Jimmy Hendrix y la canícula de julio en su máximo esplendor.

 

No es extraño toparse en esta zona de murales callejeros y ventorrillos de perros calientes, la imagen de un enigmático tipo de turbante dorado y chaleco gris (Zoltar dicen las letras que se llama), con una bola blanca al frente. Si echás una moneda, sabrás de las sorpresas que te depara el destino. Así discurren las playas de Venice, un distrito que, además, tiene una atracción clave: sus canales a la veneciana, clonados por un multimillonario, Abbot Kinney en los comienzos del siglo XX. Están en una zona residencial de hermosos caserones con antejardines y árboles.

 

Los canales a la veneciana en Venice, Los Ángeles. Foto Reinaldo Spitaletta

 

2.

 

Los Ángeles, cuya área metropolitana tiene más de 18 millones de habitantes, posee una réplica de un pueblito danés, en el que uno puede toparse con los personajes de Andersen y la sombra atormentada de Hamlet. Solvang, que así se llama, en rigor está en Santa Bárbara, en el valle de Santa Ynes, fue fundado en los albores del siglo XX por inmigrantes de Dinamarca. En medio de una zona vinícola, el villorrio mantiene las costumbres y arquitectura danesas.

Solvang, un pueblito construido y habitado por inmigrantes daneses. Foto Reinaldo Spitaletta

 

El visitante se encuentra, además de las casas con techos inclinados, torrecillas y áticos, con molinos de viento. Hay cervecerías, restaurantes, panaderías y almacenes con lujosas artesanías. Se siente bienestar en sus calles y aceras, y sus habitantes tienen casi todo resuelto. Hay un parque y un busto del poeta y escritor de La fosforera, La sirenita y El Patito feo.

 

En Solvang todo es exquisito, desde sus puertas y ventanales, hasta los olores a pan y dulcería.

 

En el museo Andersen, con una librería en sus altillos, el visitante se interna en las obras del autor de El traje nuevo del emperador y La princesa y el guisante. Hay retratos y rompecabezas. Y todo está dispuesto para el ejercicio del asombro y la imaginación. “Hace muchos años vivía un Emperador tan aficionado a los trajes nuevos que gastaba todo su dinero en vestir con la máxima elegancia. No se interesaba por sus soldados, ni le atraía el teatro, ni le gustaba pasear en coche por el bosque, a menos que fuera para lucir sus atuendos nuevos”, es el inicio del subversivo relato de Andersen para niños y adultos.

 

Y si Solvang tiene atracciones que evocan al país nórdico, hay una ciudad al oeste de Los Ángeles, cuya historia está conectada con la del cine y algunos de sus laboratorios. Es Culver City, fundada en 1913, y en la que se crearon, por ejemplo, los estudios de la Metro Goldwyn Mayer (fundados por el judío polaco Samuel Goldfish, que después se cambió el apellido por el de Goldwyn), la Sony Pictures y Culver Studios, entre otros.

 

Culver, una ciudad de cine. Imagen de las antiguas oficinas de la MGM, hoy convertidas en hotel. Foto Reinaldo Spitaletta

 

El imponente local donde estuvo la Metro es hoy un hotel, con plazoletas en la que un leoncito sonriente, de bronce, recibiendo la frescura de una fuente, parece dar la bienvenida a los visitantes. El hotel está poblado de fotografías de los actores de la película el mago de Oz, como de los de Lo que el viento se llevó.

 

En esta cinematográfica ciudad se han filmado, además, películas como El ciudadano Kane, la serie de Tarzán y la original de King Kong, por no citar otras más recientes como Toro salvaje, E.T. El extraterrestre y Brillantina. Ah, y muchas series de televisión se han grabado en Culver, por lo que, así no más, pueden resultar familiares para un visitante muchas de sus calles y escenarios. Lassie, Las Vegas, Los años maravillosos y Batman, son algunas de ellas. Hay, además de museos y colegios, un teatro que homenajea a Kirk Douglas, construido en 1946, cerca de la Columbia Pictures.

 

Culver, linda ciudad, respira cine y, en ella, algún nostálgico puede evocar a Judy Garland o las lianas en las que volaba Tarzán de los monos.

 

3.

 

¡Qué museo! Puede ser la primera exclamación de un visitante cuando, después de atravesar un buen tramo en un trencito plateado, llega a las instalaciones del Getty Center o Museo J. Paul Getty, un inmenso campus con instituto de investigación, preservación y fideicomiso, además jardines, tiendas, pabellones de arte y auditorio.

 

Con colecciones de asombro que van desde las grecorromanas, egipcia, italiana, flamenca, francesa y española, el museo tiene cuadros de excepción, como Los lirios, de Van Gogh; El alabardero, de Pontormo; el Retrato del marqués del Vasto, de Tiziano y un cristo de El Greco, entre otras valiosas pinturas, entre las que hay de Gauguin, Manet, Watteau, Miguel Ángel, Goya y Degas.

 

Cuando recorríamos, en medio de la admiración y la curiosidad, los salones de arte italiano, tal vez la más importante y numerosa del museo, en donde están, por ejemplo, obras del Veronés, Gentileschi y Bellotto, vi una mujer enorme, de figura sensual, redondeada; quizá se había escapado en otro salón de una pintura de Rubens y la perseguí dos salas más hasta cuando, de pronto, se esfumó con su largo traje negro y sus cabellos claros en algún espacio recóndito del museo.

 

El Getty, con sus enormidades en jardines, con sus esculturas, con sus pabellones y otros edificios de mármol travertino, diseñado por el arquitecto Richard Meier, es una joya del buen gusto y la cultura. Cuando salimos, todavía flotaban en el ambiente los colores de Cezanne y el expresionismo de Munch. Ah, y el recuerdo de una señora inmensa que me volvió perseguidor por unos minutos.

 

Imagen captada en el Museo Getty de Los Ángeles, uno de los más importantes del mundo. La señora parece fugada de una pintura. Foto Reinaldo Spitaletta

 

 

 

Hollywood para montañeros

Libreta de viaje (3)

 

Las colinas de Hollywood vistas desde el Hollywood Boulervard. Foto Sergio Espitaleta

 

(Crónica de una caminada por el Paseo de la Fama y las huellas de las estrellas de cine)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Al bajar del edificio Wells Fargo, donde presenté la novela Balada de un viejo adolescente, una multitud de extras cinematográficos estaba en la calle buscando sombra, bajo un sol de castigo. Alguien me dijo que es parte de la vida cotidiana de Los Ángeles toparse en cualquier cuadra con filmaciones de películas.

 

Tras entrar más tarde a una extraña librería, The Last Bookstore (una de las más bellas del orbe), con laberintos, túneles y otros diseños armados con libros, un poeta de Jamundí, Joaquín, nos llevó en su carro a Hollywood. Antes, nos detuvimos en Skid Row, un céntrico barrio poblado por cerca de 13.000 homeless o habitantes de calle, que se constituye en el barrio de indigentes más grande de los Estados Unidos. Abundan en las esquinas, las aceras, tiendas de campañas, sobre cartones, y algunos lo denominan el “gran manicomio al aire libre”, por la cantidad de enfermos mentales que allí conviven. Está en una de las zonas más céntricas y hace años era residencial y de hoteles.

 

Arribar a Hollywood, mito y realidad, pone el corazón a dar saltitos, tal vez de conejo, como el de Alicia, y a la piel, en un verano que ese sábado 7 de julio alcanzaba temperaturas de cuarenta grados, con ganas de una sombrilla, como la de Mary Poppins. Joaquín, que se debía devolver para recoger a sus hijos, nos dejó en la esquina de Hollywood Boulevard con Highland Avenue, y entonces comenzamos la pequeña aventura urbana de “tirar tenis” por aquel panorama de turistas a granel y tiendas por doquier que puede llegar a obnubilar.

 

Hollywood, integrado a Los Ángeles en 1910, se fundó en 1857. Se volvió meca del cine cuando el monopolio de Thomas Alva Edison, con su guerra de patentes, obligó a productores de cine de fines del siglo XIX y comienzos del XX, a irse de Nueva York y Nueva Jersey, y asentar su “fábrica de sueños” en un remoto lugar del oeste. Después, la invención de las estrellas y el mundo del espectáculo hicieron el resto.

 

Caminar por esa calle incandescente, llena de avisos publicitarios y palmeras, es la posibilidad de añorar imágenes del filme Cantando bajo la lluvia, de Gene Kelly. Malabaristas y artistas callejeros aparecen en medio de los visitantes. Algunos se detienen a mirar a las colinas, quizá a buscar en la lejanía las históricas letras de molde o a ver si, por algún acaso, está flotando la imagen vaporosa de Marilyn. Que sí, no falta la diva por distintos lugares, con sus fotos en las que hace guiños, muestra su belleza inefable, su swing de estrella rutilante.

 

No sobra tomarse la fotico con una de las creaciones hollywoodescas más célebres. Foto Sergio Espitaleta

El Paseo de la Fama, una de las atracciones con más curiosos sobre ella, lleva a muchos a arrodillarse, a postrarse junto a la estrella de cinco puntas que representa a una figura del cine o de la farándula, en un mosaico de granito pulido. Casi todos los más jóvenes se hacen tomar la fotito con la de Michael Jackson y lo más veteranos van a las de viejas figuras, legendarias, como decir Mickey Rooney o los integrantes de Los Beatles. El paseo, diseñado en 1958 por el artista californiano Oliver Weismuller, alcanza hoy una “siembra” de 2.200 estrellas (varias de ellas han sido robadas, como las de Kirk Douglas, James Stewart, Gregory Peck y Gene Autry).

 

Frente al Teatro Chino de Grauman, de enigmática fachada (una pagoda con dragón y leones), la gente se apretuja para observar a sus ídolos “caídos” (sí, están sobre la acera), la representación de un mundo de imaginación y de una industria millonaria que ha seducido a espectadores de todas partes. Los viandantes se mueven entre almacenes de suvenires, centros comerciales, supermercados y algún Superman de calle, o un basquetbolista sin gloria que hace demostraciones con un balón. No faltan magos y contorsionistas.

 

Un poquito de fama entre estrellas y estatuillas. Foto Reinaldo Spitaletta

El viejo teatro Kodak, hoy el Dolby Theatre, es el escenario de la entrega de los célebres Oscar y goza de la apreciación masiva de visitantes. Por aquellos lares abundan fotos de deidades cinematográficas y todo hace rememorar antiguas pantallas, viejas carteleras, los días de cine de barrio y la nostalgia de los teatros muertos. A la par del Paseo de la Fama, está el de las huellas de los grandes. Y, claro, todos aprovechan para llevarse un recuerdo gráfico de la ocasión.

 

Como vecina de las huellas de la gran Marilyn está otra grande: Sophia Loren (“Solo per sempre” se lee junto a las huellas de manos y pies de la actriz napolitana) y junto a esta, las de Marcello Mastroianni. Al otro lado de la vía, hay más teatros, como el Capitán, y la vieja construcción del Hotel Roosevelt, apegada y tradicional en el paisaje del sector. Más allá, y sin que el turista se preocupe por recorrerlos, hay barrios de caserones amplios, cercanos a las colinas. Hay una especie de “morro”, el Canyon, al que suben atletas que desafían, en el verano, las altas temperaturas.

 

Desde un enorme centro comercial, uno, como buen montañero, no podía dejar de ver desde un mirador en el tercer nivel, las letras de Hollywood, lejanas, legibles, inmemoriales. Sí, no había más remedio que relacionarlas con las que, en los cincuentas, sobre las colinas de Enciso, en Medellín, puso una empresa textilera, cuyo lema era “el primer nombre en textiles”.

 

La jornada, calenturienta, llena de riquezas visuales, de sed y curiosidad, nos condujo, en su fase final, a tomar el metro. Había que hacer tres intercambios o transferencias para llegar a nuestro destino, desde el extremo norte, donde está Hollywood, al Sur de Los Ángeles, en el sector de El Segundo. Varios días después, volvimos en el tren, que es subterráneo, de superficie y elevado en distintos tramos, hasta los Estudios Universal, otro símbolo de la proverbial “fábrica de sueños”.

 

Un simpático busetón de tres vagones nos subió hasta el parque de atracciones y, más que todo, centro comercial, con una infraestructura armada para vender, pero, eso sí, con la gracia de ponerte por doquier desde King Kong hasta los dinosaurios del jurásico. Allí está el “mundo mágico” de Harry Potter (con librería y almacén especializado) y el de los Simpson. Claro, si querés verlo todo, pasearte por la fantasía, las cámaras y los platós, debés pagar cerca de cuatrocientos dólares.

 

Los estudios Universal, el bulevar Hollywood, el Dolby, las letras en la colina, todo, de pronto, fue quedando atrás. El metro de Los Ángeles, con sus líneas roja, azul, verde, púrpura, Expo, una retícula enorme, con sus estaciones como Vermont, Willowbrook, Beverly, Avalon, en fin, se graban en la memoria del visitante.

 

En el tren todavía flotaban las imágenes de King Kong junto a las muy provocativas de la rubia plateada Marilyn Monroe. La fábrica de sueños nos seguía como un recuerdo de niñez. Sería el calor.

 

 

 

Aspecto del centro comercial de los Estudios Universal, al norte de Hollywood. Foto Reinaldo Spitaletta

Las focas adormiladas de Monterrey

Libreta de viaje (2)

Al frente de las playas de Monterrey llegan focas y lobos marinos a sestear en el verano. Foto Reinaldo Spitaletta

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  (Crónica con menciones a Dalí, Tortilla Flat y viejos enamorados)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Monterrey, de menos habitantes que Salinas (unos treinta mil), tiene historia española, varios museos, un célebre acuario de medusas psicodélicas y mantarrayas, está a 550 kilómetros de Los Ángeles y se sitúa en la bahía del mismo nombre, en el océano Pacífico. Fue documentada por primera vez por Sebastián Vizcaíno en 1602 y fundada en 1770 con el largo nombre de El Presidio Real de San Carlos de Monterrey, que se convirtió en la primera capital del estado de California (hoy su capital es Sacramento).

 

Llegamos a la novelesca ciudad con el sol muriente del verano, a las ocho y treinta de la tarde, a un hotel donde nos recibió un nepalés. “¿De dónde son?”, preguntó, y sonrió cuando escuchó Medellín, Colombia. Se interesó por la situación de la ciudad, a la que conocía, más que todo, por los tiempos nefastos de la mafia. Nos dio la bienvenida y nos dijo que para ir a la habitación, con vista al mar, había que atravesar una calle.

 

Cuando anocheció salimos a caminar por una avenida llena de palmeras iluminadas como si fuera navidad, con sicomoros y otros árboles, con cafés y hoteles y música “a babor y estribor”. Ya estaba cerrado el museo donde había una exposición de obras de Salvador Dalí y los supermercados tenían mucho movimiento. A la distancia, se vislumbraba una congregación de botes estacionados. Había brisa.

 

En el hotel, quizá a las tres de la mañana, me aterrorizó una pesadilla. Había derrotado no sé cómo a unos asaltantes, de los cuales escapé por calles oscuras. De pronto, me vi solo, en medio de la nada. Y ahí, desde las sombras, aparecieron nuevos bandidos. Corrí. Cuando miré atrás, vi cómo a un hermano (era muy joven en el sueño) lo partían a machetazos.

Pencas entrelazadas adornan las playas  de Monterrey.

Monterrey, famosa por sus playas, sus restaurantes elegantes y el Fisherman’s Wharf, tiene asimismo la impronta del novelista Steinbeck, que ambientó allí varias de sus obras, como Tortilla Flat (también traducida como Camaradas errantes), Dulce jueves y Cannery Row (ahora hay una calle que así se denomina). “Cuando la guerra llegó a Monterrey y a Cannery Row, todos lucharon, más o menos, de una forma u otra. Cuando cesaron las hostilidades, todos tenían sus heridas”, se lee en el primer capítulo de Dulce jueves.

 

Pero quizá Monterrey esté mejor retratado en la novela picaresca de Tortilla Flat, con robagallinas y buscadores de tesoros místicos. “Monterey se asienta en la ladera de una colina, con una bahía azul a sus pies y un bosque de altos, oscuros pinos a su espalda. Pescadores y envasadores de pescado americanos e italianos pueblan la parte baja de la ciudad”, dice Steinbeck en el prefacio de su novela sobre Danny y una tropilla de vagabundos.

 

Cannery Row en la ficción de Steinbeck es una calle en la que se concentran las fábricas de conservas de sardinas (originalmente, se denominaba Ocean View, pero pudo más el poder de la novela y entonces se le cambió el nombre). “El arrabal conservero de Monterrey, California, es un poema, un hedor, un sonido discordante, una clase de luz, una tonalidad, una costumbre, una nostalgia, un sueño”, advierte el novelista en su introducción a la obra en la que aparecen tenderos chinos, burdeles y laboratorios biológicos.

 

Monterrey, donde también vivió el escritor escocés Robert Louis Stevenson, tiene diversas playas, que en el verano se llenan de turistas y nativos, que quieren contemplar el mar de un intenso azul profundo y meterse a sus aguas frías, porque, de todos modos, es mejor que nada. Una de ellas, con muchas casas de tamaño generoso y arquitecturas inglesas, es la de Lovers Point Beach.

 

Es consuetudinaria la presencia de viejas parejas que se sientan frente al mar a buscar recuerdos. Foto Reinaldo Spitaletta

 

En una caminata por los senderos y parquecitos, en los que hay esculturas y muchas pencas entretejidas, como abrazadas, uno puede ver a los viejos, sentados en bancas frente al mar, mirando hacia el azul oscuro de las aguas, con sus sombreros de ala ancha y quizá con muchos recuerdos de tiempos juveniles. Se oye el aleteo de las gaviotas y es posible, sobre rocas muy cercanas a la playa, ver focas, leones marinos y morsas adormiladas (La vista de estos mamíferos, en vivo y en directo, me transmitió una sensación de serenidad).

 

Monterrey a la carrera es una ilusión de mar, cielo y botes atiborrados. De palmeras y coníferas que saludan al viento. Solo hubo tiempo de una mirada global, rápida, porque había que retornar a Los Ángeles, por un camino de vuelta en el que hubo nuevas revelaciones paisajísticas, otros molinos de viento, el dios Eolo atravesando una gran llanura en ese valle largo de Salinas que se extiende entre dos cordilleras montañosas, como bien lo describe Steinbeck en Al este del Edén.

 

En un paradero, de esos necesarios para la orinada, la toma de agua, la compra de algún helado (la máquina estaba descompuesta y entonces fui a otra y saqué un chocolate caliente, apenas para competir con los 38 grados de temperatura ambiente), los sicomoros nos sombrearon y abanicaron con su viento verde.

 

Atrás iban quedando las imágenes novelescas creadas por John Steinbeck, los ríos sagrados, los avisos de señalización, el tren largo, los enamorados de una playa. Los Ángeles, donde hacía tres días había presentado en el edificio Wells Fargo, en el Downtown, mi novela Balada de un viejo adolescente, estaban esperándonos para continuar la aventura por pueblitos de imitación danesa, playas de hippies anacrónicos, canales a lo Venecia (en otra Venecia, pero a la gringa), museos de arte moderno y contemporáneo y un periplo por una de las catedrales más raras del mundo, la de Nuestra Señora de Los Ángeles.

 

Salinas y Monterrey ya eran un recuerdo de muchos colores, entre vientos y soles de quemazón, con historias que un escritor de allí narró para todo el mundo.

 

Aspecto de un barrio de Monterrey, California. Foto Reinaldo Spitaletta

 

 

La brisa, la arena, las coníferas, el sol del verano en Monterrey. Foto Reinaldo Spitaletta

 

 

 

 

 

 

Buscando a Steinbeck y los sicomoros

Libreta de viaje (1)

(Crónica de verano en el Valle de Salinas, con lechugas y una casa victoriana)

 

 

Casa de John Steinbeck, en Salinas. Ahora es un restaurante. Foto Reinaldo Spitaletta

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Quería llegar a Salinas, ciudad del condado de Monterrey, en California, por varias razones (¿o serán sinrazones?): conocer la cuna del escritor John Steinbeck, al que comencé a leer desde la adolescencia (La perla, El pony colorado fueron las primeras) y mirar de cerca los sicomoros. Ya tenía nociones del valle largo, del río Salinas (“profundo y verde”), de los viñedos, porque casi todas las novelas y cuentos del autor de Las uvas de la ira, se inician con una descripción geográfica de ese inmenso lugar.

 

Salir en automóvil desde Los Ángeles con la conducción de un doctor en matemáticas, la compañía de Ángela, una paisana bellanita, y mi hermano Sergio, tenía su gracia y emoción. Las impecables carreteras, rodeadas por colinas que a veces daban la impresión de un paisaje extraterrestre (de los que uno ha visto en películas), ejercen una atracción sobre el viajante. No cansan a la vista, pese a una posible monotonía en el relieve y en sus colores ocres.

Paisaje del Valle de Salinas.

 

Era imposible no conectar aquello con un recuerdo literario de los cosecheros de Oklahoma, los okies, que en los tiempos de la Gran Depresión, por la 66, iban en peregrinación hacia California a buscar la “tierra prometida”. Era el verano, con sol espléndido, con pinturas verdosas en las montañas leves, con el mar a veces a la vista, con el encuentro de trenes largos y con la extensión infinita de cultivos de lechugas y viñedos que han hecho del vino californiano uno de los más destacados del mundo. Atrás iban quedando pueblitos y una que otra ciudad (Ventura, Santa Bárbara, Obispo, San Miguel…) y también imaginarias remembranzas de películas del Oeste.

 

Y así, durante cinco horas, con algunas paradas, mientras quedaban atrás molinos de viento y decenas de tractores (que igual más adelante seguían abundando), el corazón latía por la ansiedad de estar en la tierra que uno había presentido —e intuido— a través de la literatura de Steinbeck. Ah, antes de la partida, e igual en otros tiempos, quería conocer el nabo, que es como “una remolacha blanca” (así la describió Christopher Reed, el que conducía el automóvil), que es, según las condiciones, como les sucedió a tantos en los días del Crack, comida para pobres. El ganado se siente a gusto con ellos. Y todo porque, además de mencionarse en algunas ficciones de Steinbeck, también está destacado en El camino del tabaco, de Erskine Caldwell.

 

Una de las estaciones, sobre todo para orinar y tomar agua, se hizo en un poblado de 500 habitantes, en San Ardo, cuyo centro consistía en dos o tres tiendas, una estación de gasolina y unas cuantas casas, una de ellas con esculturas orientales en sus antejardines. La muchacha que nos atendió, robusta y sonriente, nacida en Santa Cruz, contó cuál era el origen del nombre de aquella aldea solitaria (llegamos a una hora en que el sol era candela y tal vez todos dormían).

 

 

Muy cerca hay otro pueblo, San Bernardino. Al que arribamos era llamado en otros días San Bernardo. Sin embargo, porque la oficina postal confundía a ambos, y las cartas de uno se iban para el otro, los del primero decidieron aplicar una aféresis. Y así quedó rebautizado: San Ardo. Por lo demás, afuera puede uno arder en el verano, a unos 37 grados. Volvimos a la carretera central y continuaron los viñedos y las lechugas, agricultura tecnificada y con muchos surtidores.

 

Salinas, de unos ciento cincuenta mil habitantes, apareció. Una calle larga nos llevó a la principal y por supuesto hay una “street” con el apellido del escritor. Fuimos sin vacilaciones al Centro Nacional Steinbeck, en la Main Street, porque faltaba una hora para que lo cerraran. Eran las cuatro de la tarde. Tras mirar un documental sobre la región y la vida del autor, pasamos a otra sala, enorme, con divisiones temáticas, sobre la vida y obra del escritor. Fotografías, el infaltable fetichismo de camas y escritorios, afiches de las películas de adaptaciones de sus libros (como De ratones y hombres, Las uvas de la ira, Al este del Edén, Tortilla Flat…), las noticias sobre el Nobel que se le otorgó en 1962, luces, sombras, los reportajes como ¡Fuera bombas! y Hubo una vez una guerra, fotos de su primer matrimonio con Carol Henning…

 

El pony colorado, en el museo Steinbeck.

Junto a la salida de aquel espacioso lugar dedicado a la memoria y trayectoria del escritor, está Rocinante, un GMC verde botella, en el que el escritor se fue en 1960 a recorrer su país en compañía de su caniche Charley, cuando, según su hijo, ya sabía que se estaba muriendo. Sin embargo, duró más tiempo y en el 62 recibió el Nobel de Literatura. Murió seis años después en Nueva York.

 

Muy cerca del museo está la casa victoriana donde nació el autor de La luna se ha puesto. Es un restaurante (estaba cerrado cuando llegamos), con antejardines, placas conmemorativas y una grama que dan ganas de extenderse en ella y ponerse de cara al sol. Claro, apenas por unos segundos, porque el verano es quemante.

 

Salinas, una apacible ciudad fundada en 1847, que era una parada de diligencias entre Monterrey y San Juan Bautista, vive de la agricultura (lechugas, espinaca, fresas, zanahorias, coles, apio, brócoli… la llaman la “ensaladera del mundo”)). No pude ver los nabos, pero sí los sicomoros en distintas avenidas, movidos por un viento atardecido que me recordaron varias tramas del escritor al que le gustaban las historias cortas de Hemingway y “casi todo lo que escribió Faulkner”.

 

Salinas quedó atrás, con la imagen de Steinbeck por muchas partes. El automóvil siguió a Monterrey. “Allá también encontrarán a Steinbeck”, nos dijo una de las sonrientes empleadas del museo. Una vieja pluma de escribir flotaba sobre el asfalto caliente.

 

(La visita a Salinas se hizo el 9 de julio de 2018)

 

 

John Steinbeck y su perro Charley.  Centro Nacional Steinbeck. Foto Reinaldo Spitaletta

 

Interior del Centro Nacional Steinbeck, en Salinas, California. Foto Reinaldo Spitaletta

La amistad y la fuerza bruta bien noveladas

(Un recorrido por De ratones y hombres, de John Steinbeck)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Ser filocomunista, o, con un poco más de distancia ideológica, simpatizante comunista, o, en todo caso, alguien que respalda las luchas sociales, es, en Estados Unidos, un signo inequívoco de pertenecer al odio. No es bien visto —o al menos en otros días así era— quien se preocupe por las lizas de los trabajadores o de los olvidados de la fortuna. Así le sucederá a John Steinbeck, Nobel de Literatura en 1962, por haber incluido en varios de sus libros de ficción los pesares y desventuras de los cosecheros, de los braceros, de aquellos desamparados que eran víctimas del voraz mercado capitalista y de los bancos. En su máxima creación, bueno, esta afirmación puede ser discutible, Las uvas de la ira, basada en las peripecias de los okies que en la Gran Depresión de fines de los veinte y comienzos de los treinta se van a California en busca de alguna esperanza de sobrevivencia, Steinbeck cuestiona al establecimiento y en cierto modo, sin sutilezas, asume cariños por los derrotados y por las gestas sociales de los desvalidos.

 

Steinbeck, nacido en 1902, en Monterrey, California, es un escritor que en sus temáticas asume desde las historias de piratas, la ocupación alemana en algún país nórdico, la guerra, los amores contrariados como puede darse en Al este del Edén y otros ámbitos en los que están los trabajadores de conserverías y los desilusionados ante malas cosechas. En su extenso repertorio de ficciones, que incluye un único libro de cuentos (El valle largo, con joyas como Los crisantemos y La serpiente), el autor de La perla, volverá por sus fueros de mostrar las pobrezas y aspiraciones de trabajadores de ranchos, trashumantes, que en los tiempos del Crack económico, se desplazan en búsqueda de empleo. Y así concibe una de sus más intensas y bien logradas novelas: De ratones y hombres, también traducida como La fuerza bruta, de 1937.

 

La breve novela, que también goza de adaptaciones teatrales y cinematográficas, es un canto muy afinado a la amistad, la solidaridad y los afectos entre dos hombres: uno con un severo retraso mental, Lennie Small (que por lo demás es un gigantón) y George Milton, inteligente, pero sin casi ninguna ilustración. Ambos, que parecen inseparables, se mantendrán hasta el fin en medio de peripecias, sueños, frustraciones y una relación incondicional de protección mutua, aunque, por supuesto, el que lleva la batuta del rumbo de las cosas es George.

 

Como casi todas las obras del autor, ésta también tiene un inicio geográfico, con descripciones del valle de Salinas, con sauces y sicomoros que tendrán relevancia en la novela, con hojarascas que crujen ante las pisadas de las lagartijas y conejos que se asoman por entre los matorrales. Y de pronto, en el atardecer, aparecen las siluetas de dos hombres, uno tras del otro, y aquí el narrador los irá describiendo de una manera tan precisa y necesaria, que solo con unas pinceladas y sugerencias el lector puede saber algo o mucho del carácter de cada uno.

 

Y casi de inmediato, tras una cinematográfica toma del paisaje, comienzan los diálogos, recurso clave en toda la novela y que el autor maneja con sapiencia y exactitud, sin barroquismos, sin excesos. La medida correcta y necesaria para dar cuenta de situaciones, modos de hablar, aspiraciones y maneras de actuar de los protagonistas. Los ratones, aunque aún más los conejos, son suertes de símbolos sobre la vida y la muerte en las manos y en los sueños de Lennie. La novela, de urdimbre perfecta, va tejiendo diversos nudos y amarres que un lector atento verá desde el principio, sin saber hacia dónde conducen, en qué otro río desembocará la impetuosa corriente de acontecimientos que rodean a los dos hombres o que ellos mismos generan.

 

Hay un hondo conocimiento de la espacialidad, de los movimientos de los personajes, del rancho y sus labores. En la medida que se avanza en la lectura, la novela crece en belleza y sentimentalidad. “Vamos a tener conejos de muchos colores”, le dice el grandullón a su protector George. Hay, en medio de los trabajos, de la organización de rudeza de los mismos en la granja dedicada a la siembra de cebada, una presencia perturbadora, la de una mujer que es la esposa del hijo del dueño, llamado Curley. Y que se torna en un elemento de quiebre de la obra, una aparición que disocia la aparente calma de los hombres del lugar.

 

Si bien sobre el tontarrón forzudo se ciernen sospechas, miradas extrañas, comportamientos que parecen raros sobre todo al patrón, es George el que está atento a no dejar que se desvele entre los trabajadores el problema mental de su amigo. Curley es un provocador, un sujeto engreído que busca camorra y que gusta de la pelea. Y en ese sentido, está siempre en actitud de molestar a Lennie, cuya presencia desbordante en lo físico no arredra al hijo del dueño del rancho.

 

Museo de Steinbeck, en Salinas, California.

 

En medio de aquel lugar de trabajos de fuerza, en la que una mujer de vestido rojo es una frecuente tentación, hay un personaje extraordinario, Slim el mulero, un canchero, el líder de la ranchería, dotado de sapiencia y de los dones de la serenidad. Y, en medio de los trabajadores, está el viejo Candy que es dueño de un perro viejo y es cuando va a aparecer una pistola Luger, todo como parte del montaje que, con habilidad de orfebre, va disponiendo el narrador. No hay nada gratuito en esta obra de enormes intensidades y tensiones que pueden conducir al lector a un nerviosismo permanente.

 

Todo lo que en esta novela aparece tendrá un uso, un destino, una función, como suele pasar en el teatro y sus escenografías, con sus utilerías nada gratuitas. El drama va in crescendo, aumenta con dosis calculadas de suspenso, con la muerte siempre al acecho. Un torrente de tristezas se va conformando en la medida en que avanzan los hechos, en que las situaciones se conjugan para conducir a un desenlace de dolores y desprendimientos indetenibles. La fuerza de los sucesos, que están hilada con sutileza, será incontenible, como un volcán en erupción.

 

En medio de las diversas conexiones entre los personajes, el narrador muestra con detalles precisos las condiciones de trabajo en el rancho, las maneras de salirse de la rutina con algunos juegos y reuniones, pero, ante todo, la explotación de la mano de obra, con largas jornadas. Y, en medio de estas circunstancias, se va dibujando la fuerza desaforada de Lennie, un tipo que, pese a sus limitaciones de pensamiento, manifiesta una ternura inusitada.

 

La novela está llena de tristuras, de sueños truncos, de derrotas. Hay una conexión existencial, vital, o, de otra forma, mortal, entre un perro viejo y el destino final de Lennie. Y, por otra parte, una adecuada medida de la acción y la reacción, de las causas y sus efectos. Y, como telón de fondo, se despliega, con un personaje negro, el racismo y la segregación. En el caso de la mujer (de uñas pintadas de rojo y “cabello peinado en bucles como salchichas”), como una especie de mítica Lilith, una causadora de perdiciones, como si fuera el diablo de Tolstoi, es imprescindible en la confección de la tragedia.

 

Porque, ante todo, De ratones y hombres es una evocación, o una reconstrucción contemporánea, bueno, de los años treinta del siglo XX, de las antiguas tragedias griegas. Hay un destino ineludible. Una imposibilidad para huir de lo ya trazado por los dioses de la desesperación y la desesperanza. Es una novela sobre el derrumbamiento de un sueño. Qué capacidad la de Steinbeck para incorporar en siete capítulos una historia compleja de desolación, fraternidad y muerte.

 

Alguien, no sé quién, dijo alguna vez que esta novela es sobre aquella gente que sobra, que está al margen, destinada a llevar sobre sus hombros la desgracia. Es posible. A la vez, es una novela plena de humanidad, de dolorosas separaciones, de fuerza bruta que se puede deshacer en lágrimas furtivas o en la carencia elemental de una salsa de tomate.

 

Hay en ella una reflexión sobre la fuerza bruta; el manejo apropiado o desproporcionado de la misma; acerca de su uso que, en muchas veces, puede ser mortal. Lennie es aquel personaje dotado de desmedida fuerza, pero sin inteligencia. Es, con su estatura y su apariencia desvalida, con su ternura inconsciente, un personaje inolvidable y doloroso. Es, con palabras de su amigo George, como un niño, “solo que es demasiado fuerte”. Y esa fortaleza desaforada es la que mueve los mecanismos de relojería de la novela.

 

Steinbeck, un tipo odiado por muchos y admirado por miles en su patria, el mismo que en sus últimos tiempos decidió viajar por su país acompañado de su perro Charley, detestó a los críticos, los cuales, entre otras cosas, manifestaron siempre su desprecio por este escritor. Sin embargo, en vida alcanzó las simpatías y afectos de los trabajadores, a los que incluyó en numerosas novelas y algunos de sus cuentos. Uno de sus cuestionadores más acérrimos ha sido el gran gurú de la crítica en los Estados Unidos, Harold Bloom, autor de El canon occidental. “Es triste, pero Steinbeck no consiguió sacarse de la cabeza la música de Ernest Hemingway; uno no puede leer tres párrafos de Steinbeck sin pensar en un Hemingway mal escrito”, dictaminó Bloom.

 

A Bloom, en todo caso, lo contradicen decenas de miles de lectores, de jóvenes y viejos que hoy en distintas geografías se introducen en las atmósferas y mundos tremendos de un escritor que retrató con creces y con autoridad literaria los días más inhóspitos y tristes de muchos trabajadores de su país, en particular de aquellos que soportaron en sus hombros la crisis del capitalismo. De ratones y hombres puede ser una de las obras más sentidas y apoteósicas sobre la amistad. Esa misma que, pese a las circunstancias adversas, no terminará con el sonido de un disparo.

 

Casa victoriana donde vivió el escritor John Steinbeck, en Salinas, ahora convertida en un restaurante. Foto Reinaldo Spitaletta