Playas hippies, canales venecianos y una señora de pintura

Libreta de viaje (4)

 

Silueta del escritor danés Christian  Andersen, en el museo librería de Solvang. Foto Reinaldo Spitaletta 

 

 

(Crónica con traje de emperador y un museo alucinante en Los Ángeles)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

1.

 

Santa Mónica, una ciudad con playa multitudinaria de Los Ángeles, donde a veces aparecen ricos y famosos, tiene en su muelle una feria de atracciones, el Pacific Park, con inmensa rueda de Chicago y alta montaña rusa, muy cerca de la ancha calle peatonal (Third Street Promenade) en la que hay cines, mercados, helados y músicos ambulantes.

El mar de azul rey, con gentío en la arena, traía rumores de verano cuando apareció un tipo rubio y barbado, en una motocicleta con cajón de accesorio. A través de un megáfono la emprendía contra Trump y, a su vez, le hacía competencia en el grito y el volumen a otro, predicador de nuevos tiempos apocalípticos que, también sobre una moto, mostraba carteles bíblicos y anuncios de conversiones. El opositor del magnate-presidente tenía en su vehículo una pancarta: “Salvemos a nuestros niños del secuestrador Trump”.

 

Los dos personajes se enfrascaron en una acalorada rivalidad a ver cuál gritaba más, con una salvedad: pocos viandantes les prestaban atención. Un negro tocaba el saxofón y muy cerca una niña rusa, de unos seis años, hacía lo propio con un violín. A sus pies, en un cajoncito, los curiosos depositaban dólares. Un sol de justicia se regaba por las extensas y agolpadas playas.

Un adivinador de vitrina en la playa de Venice. Foto Reinaldo Spitaletta

En la misma peatonal, una modelo, de traje vaporoso, piernas al viento y movimientos sensuales, posaba para un fotógrafo. Se movía para acá y para allá, sonreía, manos en el cabello, provocaciones a la lente. Tampoco era fuente de atracción de parte de los caminantes. Tal vez el calor, a casi cuarenta grados centígrados, hacía que todo el mundo buscara sombras y refrescos.

 

Después, el panorama cambió. Y estábamos en las playas de Venice, con hippies anacrónicos, viejos sonidos de rock, olores a marihuana y sudor, con tiendas de camisetas y cachuchas, y muchos tenderetes en la arena y en el asfalto con ofrecimientos de artesanías. No había tipos musculosos, como es común en Santa Mónica, sino hombres y mujeres continuadores de la vieja contracultura de los sesentas. Había guitarristas de playa, cantantes de música jamaiquina, alguna evocación de Jimmy Hendrix y la canícula de julio en su máximo esplendor.

 

No es extraño toparse en esta zona de murales callejeros y ventorrillos de perros calientes, la imagen de un enigmático tipo de turbante dorado y chaleco gris (Zoltar dicen las letras que se llama), con una bola blanca al frente. Si echás una moneda, sabrás de las sorpresas que te depara el destino. Así discurren las playas de Venice, un distrito que, además, tiene una atracción clave: sus canales a la veneciana, clonados por un multimillonario, Abbot Kinney en los comienzos del siglo XX. Están en una zona residencial de hermosos caserones con antejardines y árboles.

 

Los canales a la veneciana en Venice, Los Ángeles. Foto Reinaldo Spitaletta

 

2.

 

Los Ángeles, cuya área metropolitana tiene más de 18 millones de habitantes, posee una réplica de un pueblito danés, en el que uno puede toparse con los personajes de Andersen y la sombra atormentada de Hamlet. Solvang, que así se llama, en rigor está en Santa Bárbara, en el valle de Santa Ynes, fue fundado en los albores del siglo XX por inmigrantes de Dinamarca. En medio de una zona vinícola, el villorrio mantiene las costumbres y arquitectura danesas.

Solvang, un pueblito construido y habitado por inmigrantes daneses. Foto Reinaldo Spitaletta

 

El visitante se encuentra, además de las casas con techos inclinados, torrecillas y áticos, con molinos de viento. Hay cervecerías, restaurantes, panaderías y almacenes con lujosas artesanías. Se siente bienestar en sus calles y aceras, y sus habitantes tienen casi todo resuelto. Hay un parque y un busto del poeta y escritor de La fosforera, La sirenita y El Patito feo.

 

En Solvang todo es exquisito, desde sus puertas y ventanales, hasta los olores a pan y dulcería.

 

En el museo Andersen, con una librería en sus altillos, el visitante se interna en las obras del autor de El traje nuevo del emperador y La princesa y el guisante. Hay retratos y rompecabezas. Y todo está dispuesto para el ejercicio del asombro y la imaginación. “Hace muchos años vivía un Emperador tan aficionado a los trajes nuevos que gastaba todo su dinero en vestir con la máxima elegancia. No se interesaba por sus soldados, ni le atraía el teatro, ni le gustaba pasear en coche por el bosque, a menos que fuera para lucir sus atuendos nuevos”, es el inicio del subversivo relato de Andersen para niños y adultos.

 

Y si Solvang tiene atracciones que evocan al país nórdico, hay una ciudad al oeste de Los Ángeles, cuya historia está conectada con la del cine y algunos de sus laboratorios. Es Culver City, fundada en 1913, y en la que se crearon, por ejemplo, los estudios de la Metro Goldwyn Mayer (fundados por el judío polaco Samuel Goldfish, que después se cambió el apellido por el de Goldwyn), la Sony Pictures y Culver Studios, entre otros.

 

Culver, una ciudad de cine. Imagen de las antiguas oficinas de la MGM, hoy convertidas en hotel. Foto Reinaldo Spitaletta

 

El imponente local donde estuvo la Metro es hoy un hotel, con plazoletas en la que un leoncito sonriente, de bronce, recibiendo la frescura de una fuente, parece dar la bienvenida a los visitantes. El hotel está poblado de fotografías de los actores de la película el mago de Oz, como de los de Lo que el viento se llevó.

 

En esta cinematográfica ciudad se han filmado, además, películas como El ciudadano Kane, la serie de Tarzán y la original de King Kong, por no citar otras más recientes como Toro salvaje, E.T. El extraterrestre y Brillantina. Ah, y muchas series de televisión se han grabado en Culver, por lo que, así no más, pueden resultar familiares para un visitante muchas de sus calles y escenarios. Lassie, Las Vegas, Los años maravillosos y Batman, son algunas de ellas. Hay, además de museos y colegios, un teatro que homenajea a Kirk Douglas, construido en 1946, cerca de la Columbia Pictures.

 

Culver, linda ciudad, respira cine y, en ella, algún nostálgico puede evocar a Judy Garland o las lianas en las que volaba Tarzán de los monos.

 

3.

 

¡Qué museo! Puede ser la primera exclamación de un visitante cuando, después de atravesar un buen tramo en un trencito plateado, llega a las instalaciones del Getty Center o Museo J. Paul Getty, un inmenso campus con instituto de investigación, preservación y fideicomiso, además jardines, tiendas, pabellones de arte y auditorio.

 

Con colecciones de asombro que van desde las grecorromanas, egipcia, italiana, flamenca, francesa y española, el museo tiene cuadros de excepción, como Los lirios, de Van Gogh; El alabardero, de Pontormo; el Retrato del marqués del Vasto, de Tiziano y un cristo de El Greco, entre otras valiosas pinturas, entre las que hay de Gauguin, Manet, Watteau, Miguel Ángel, Goya y Degas.

 

Cuando recorríamos, en medio de la admiración y la curiosidad, los salones de arte italiano, tal vez la más importante y numerosa del museo, en donde están, por ejemplo, obras del Veronés, Gentileschi y Bellotto, vi una mujer enorme, de figura sensual, redondeada; quizá se había escapado en otro salón de una pintura de Rubens y la perseguí dos salas más hasta cuando, de pronto, se esfumó con su largo traje negro y sus cabellos claros en algún espacio recóndito del museo.

 

El Getty, con sus enormidades en jardines, con sus esculturas, con sus pabellones y otros edificios de mármol travertino, diseñado por el arquitecto Richard Meier, es una joya del buen gusto y la cultura. Cuando salimos, todavía flotaban en el ambiente los colores de Cezanne y el expresionismo de Munch. Ah, y el recuerdo de una señora inmensa que me volvió perseguidor por unos minutos.

 

Imagen captada en el Museo Getty de Los Ángeles, uno de los más importantes del mundo. La señora parece fugada de una pintura. Foto Reinaldo Spitaletta

 

 

 

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