La soledad de Eleanor Rigby

(Una crónica con los Beatles, García Márquez y la nostalgia)

 

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En 1966, Eleanor Rigby se convirtió en otro éxito de los Beatles

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La nostalgia es una construcción interior, con memoria parcializada, en la que se despoja el pasado de sus aristas cortantes, de sus afilados cuchillos descuartizadores y se deja en el recuerdo solo aquello que no ha producido dolor ni resentimientos. Es una bonita manera de reconciliarse con la dulzura, sin acritudes, de lo que se ha ido. Y vuelve con lagrimones secretos y ansias de revivir emociones perdidas.

 

A diferencia quizá de muchos miembros de mi generación, no tengo nostalgia de los Beatles, porque, cuando este cuarteto de Liverpool estaba ya en la cumbre de los gustos juveniles, a inicios de los sesenta, no lo escuché entonces. Y, bueno, me llegaron más bien algunas de sus canciones por las interpretaciones de otros, y aun por traducciones que de algunas piezas, se hicieron, por ejemplo, en España. Una muy célebre fue aquella del Submarino amarillo (también una clásica película psicodélica), interpretada por Los Mustang.

 

En Colombia, por ejemplo, Harold Orozco cantó en español varios temas de la banda inglesa, como Michelle.

 

En 1965, cuando los Beatles eran ya una especie de bomba atómica entre las juventudes universales, Paul McCartney, una especie de iluminado, había tenido un sueño con una melodía lenta y dulzarrona, cuando visitaba en Londres a su novia Jane Asher. Y de aquella conexión con lo onírico nació Yesterday, uno de los temas más versionados en la historia de las canciones. Esta historia la cuento en un apartado del libro Tiovivo de tenis y bluyín (Editorial UPB), relacionada con otro hecho, nada musical, sucedido en Bello por aquel tiempo.

 

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En una columna de prensa de 1980, García Márquez dice que la “única nostalgia común que uno tiene con sus hijos son las canciones de los Beatles”. Quizá puede ser válido el aserto para miembros de otras generaciones, hasta la de los ochentas. Insisto, no es mi caso. El escrito, de una vibrante belleza periodístico-literaria, y que en otros días ponía (con otras columnas del aracateño) en mis cursos de Periodismo de Opinión, dice que la nostalgia es una trampa “que quita de su lugar a los momentos amargos y los pinta de otro color, y los vuelve a poner donde ya no duelen”.

 

En el artículo se menciona la pieza Eleanor Rigby, de Paul McCartney y John Lennon, una composición que incluye chelos, violas y violines en su acompañamiento musical, y que plantea en su letra un rictus doloroso acerca de la soledad y la gente que pasa sin que de ella quede una huella muy visible. Como todos saben, es la historia de una sirvienta que recoge el arroz de una iglesia donde ha habido una boda y que parece vivir en un sueño. Es (y tampoco la escuché en aquellos tiempos sino muchos años después de su salida al mercado disquero) una canción tristona.

 

Eleanor es, como el padre McKenzie, parte clave de la historia de esta composición, una mujer que “vive en un sueño y espera en una ventana con la cara que guarda en un frasco, junto a la puerta”. Y Eleanor pasa; tal vez su vida es una espera, una sucesión de deseos truncos, una soledad sin aspavientos. Y muere en la iglesia donde trabajaba, y la entierran, sin velorios ni funerales masivos, salvo la presencia de gente solitaria.

 

En 1966, cuando salió la canción (del álbum Revolver, con contenidos existencialistas y de denuncia) y escrita y compuesta en esencia por McCartney con la participación de Lennon, yo vivía en el barrio Andalucía, de Bello, en una casa esquinera frente a un parque redondo. Eran días de los fines de primaria y quizá en el radio casero se escuchaban algunas baladas de la Nueva Ola, folletines de amores y aventuras, ritmos de las Antillas y tal vez canciones de Margarita Cueto. De los Beatles, ni idea. Nada.

 

El nombre de la protagonista lo tomó, según McCartney, de la actriz Eleanor Bron (actuó en la película Help!, con los Beatles) y el apellido de una tienda de víveres de la ciudad de Bristol. Lennon y Paul se conocieron en la iglesia de St. Peter. Y después de que la canción ya era famosa, alguien vio en el patio-cementerio del templo una tumba con el nombre de Eleanor Rigby y lo conectó con la canción. “El patio de la iglesia St. Peter era un lugar que John y yo frecuentábamos regularmente, es posible que haya visto la tumba con el nombre y quizás inconscientemente lo haya recordado o relacionado”, dijo McCartney.

 

Esta canción sobre la soledad y, si se quiere, acerca del anonimato en el que viven muchos trabajadores, muchos que buscan un destino mejor y que nunca lo encuentran, es una muestra de aquellos años en los que el celebérrimo cuarteto se zambullía en las filosofías existencialistas, que en los sesentas tornaron a la palestra de las reflexiones y los debates. Se nota, por ejemplo, en el Hombre de ninguna parte (Nowhere Man): “Él es un hombre de ninguna parte, / sentado en su tierra de ninguna parte, / haciendo todos sus planes de ninguna parte, / para nadie”.

 

Eleanor Rigby muestra la imagen de una muchacha desolada, de una que solo tiene como rol, además del trabajo, una espera infinita plena de incertidumbres. “¿De dónde vienen los solitarios?”. Y adónde irán. A qué mundo pertenecen. Eleanor, como en un tango, se maquilla el dolor y está “lista para el viaje / que desciende hasta el color final”. No es tarde para tener una nostalgia sobre esta bella canción de los Beatles.

 

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1 comentario

  1. José M Ruiz P.

     /  agosto 23, 2018

    Más o menos del mismo modo que a vos me llegaron los Beatles, en las versiones instrumentales de Frank Pourcel y Paul Muriat. Como ves, no me fui por los tangos, sino por lo instrumental, para como vos, llegar a ellos cuando ya el furor había menguado, pero no la calidad de sus obras, llevadas a las grandes orquestas de música instrumental, brillante o estilizada que llamaban en esa época. (mi madre decía “esterilizada”) Hoy hablamos de Beatles sinfónico, al igual que de los otros grandes del rock.

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