Nocaut con ritmo de tango

(Nota sobre Torito, un cuento de boxeo de Julio Cortázar)

 

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Justo Suárez, Torito, el “boxeador que pasó por la vida como un relámpago”.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El boxeo, que hoy no tiene tantos adeptos ni figuras estelares, ha sido cantado por diversas literaturas. Rocky Graziano, excampeón mundial de peso medio, decía que “es un deporte terrible, pero es un deporte… la lucha es por la supervivencia”. Y no hay duda de que, en medio de numerosos pugilistas de alta calidad que en el mundo han sido, la figura legendaria de Muhammad Alí, o exCassius Clay, ha sido la de más excelsas virtudes en el ring y fuera de él…

 

En los Estados Unidos, un país hecho para la exaltación del individuo (y del individualismo), hubo otros muy enhiestos figurones, camorreros y de aspecto fiero, como Jack Dempsey, en los años veinte, que también fueron los “años locos”, y contra el cual hubo un boxeador argentino que lo puso contra las cuerdas y estuvo a punto de vencerlo: Luis Ángel Firpo. Sobre boxeo, en los que hay tremendos reportajes como El combate, de Norman Mailer (sobre la pelea Alí-George Foreman, en Kinshasa, Zaire), los escritos de la prolífica escritora estadounidense Joyce Carol Oates, son de antología. Y ni hablar, por ejemplo, de cuentos de Hemingway y Mark Twain sobre boxeo, o los reportajes de Gay Talese a Joe Louis y Floyd Patterson.

 

En Argentina, donde el boxeo ha dado astros de cartel, hay novelas sobre este deporte como Cuarteles de invierno, de Osvaldo Soriano, y cuentos en los que se pone en evidencia la inclinación popular por esta disciplina de rudezas, pero, que, en ocasiones, es propia de estilistas más que de fajadores. Cortázar gustaba mucho del pugilismo y hasta en sus metáforas como las que usó para glosar la diferencia entre cuento y novela se advierte su inclinación: La novela se define por puntos; el cuento, por nocaut.

 

Entre los boxeadores legendarios de Argentina están Justo Suárez, el Mono Gatica y, el más sobresaliente de todos, Carlitos Monzón. Todos tres con trágico final. Sobre el primero de los nombrados, que fue una sensación en los treintas y murió muy joven, también incluido de refilón en un cuento de Rodolfo Walsh (Un oscuro día de justicia), Cortázar escribió un cuento de excelente factura, un monólogo interior, en el que se narran, de modo agónico, los momentos finales del peleador que murió de tuberculosis a los 29 años: Torito. Sí, el Torito de Mataderos, de peso liviano, ídolo del barrio.

 

El cuento, que es un falso diálogo, de un ritmo que a veces da la impresión de estar intercambiando golpes, de propinar uppercuts (áperca, se dice en el relato), comienza con un momento de drama, cuando se está abajo, cuando todos te fajan, hasta “el más maula” y entra de inmediato un tango: Te conozco, mascarita, cuya interpretación más conocida es la de la orquesta de Edgardo Donato. Y luego sigue una canción de Gardel, Insomnio, “pucha que son largas las noches de invierno”, “más largas que esperanza’e pobre”, y entonces se inicia el desgranamiento de los principales sucesos de la vida y obra del boxeador enfermo.

 

Es una sucesión de acontecimientos, en los que se van narrando combates, golpes, desazones, triunfos, derrotas, en medio de alusiones tangueras, de palabras lunfardas, de atmósferas de tabaco y sudor, y ahí escuchás que te nombran a Canaro, a Osvaldo Fresedo, a Pedro Maffia y te imaginás un bandoneón, al que, claro, no se puede tocar con guantes.

 

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Cortázar recupera en este relato un lenguaje de calle, con jergas boxísticas, con cultura popular, con los modos coloquiales que se vuelven literatura. Es todo un tour por los altibajos del boxeador, al que por sus gestas le compusieron un tango, Muñeco al suelo, de Modesto Papavero y Venancio Clauso, y que tuvo grabaciones populares como la de Francisco Lomuto con la voz de Antonio Buglione: “¡Justo Suárez, solo! / ¡Torito viejo lindo! / Sacalo como vos sabés / no le des tiempo, fajalo. / ¡Justo Suárez, solo! / ¡Torito viejo lindo! / Ya está listo, cruzalo, / cruzalo que lo tenés”.

 

Y en el cuento se va viendo el ascenso del boxeador, sus capacidades para dejar fuera de combate a muchos contrincantes, pero, a la vez, se va mostrando el deterioro, la decadencia. Peleó en el estadio de River, en el Luna Park, y luego se fue a Nueva York. Hay notas sobre sus confrontaciones en El Gráfico. Es un cuento con un tempo allegro con moto, en el que el lector va llegando a alturas como si estuviera en un trapecio, de un lado a otro, como viendo un mundo que sube y baja, y sí, sobre todo baja como lo hace Justo Suárez, Torito.

 

Es un relato de una admirable síntesis, en los que se tiene en cuenta la velocidad de los acontecimientos, en los que, si se observa con atención, también se puede sentir la tos, las respiraciones alteradas, el ritmo entrecortado. Cortázar lo grabó en su voz. Es, de otro lado, una especie de homenaje, así se nota en la dedicatoria, a don Jacinto Cúcaro, “que en las clases de pedagogía del Normal “Mariano Acosta”, allá por el año 30, nos contaba las peleas de Suárez”.

 

Cortázar, que también escribió, por ejemplo, un cuento de boxeo e intriga policíaca, La noche de mantequilla Nápoles, una pelea en París entre este pegador cubano-mexicano y Carlos Monzón, pone en la brevedad de Torito una intensidad al máximo. Una manera de reducir, pero con una economía de palabras, apenas las necesarias para dar cuenta de una tragedia, con sutilezas, del hombre que pudo haber sido campeón mundial y la muerte le propinó el nocaut definitivo.

 

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Torito, una leyenda del boxeo argentino. Cortázar lo elevó a literatura.

 

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