Vivir por un libro

(Una memoria sobre la lectura y los libros, al vuelo de la infancia y la adolescencia)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

No recuerdo el primer libro que leí (tampoco la primera película que vi, aunque pudo ser una del Oeste). En casa, en la mítica infancia, en la que se crean fantasmas y solo se existe para el juego y la imaginación, había algunos viejos libros de texto que eran aquellos que mamá conservó de su paso por las aulas: libros de historia antigua, las ruinas de Palmira, los faraones, otros de química, cartillas de Bruño y desempastadas Alegrías de leer, geografías con continentes gordos y deformes, y no recuerdo ningún libro infantil. Después llegaron algunos de Botánica Oculta, varios tomos de la enciclopedia El tesoro de la juventud y nada más.

 

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A los Grimm y a Perrault los leí en la biblioteca pública de Bello, donde había una señora, creo que se llamaba Margarita, que nos sacaba a pellizcos cuando nos atacaba la risa por alguna ilustración o por las historias de Pulgarcito y otras aventuras que, más que todo, nos hacían soltar carcajadas. Salíamos, con Alejandro Molina y otros, con risas a granel y algo de sorpresa por el trato o maltrato, a la plazoleta Andrés Bello, en la que había urapanes y al frente la urna vítrea con la choza de Marco Fidel Suárez.

 

A los pocos días, tornábamos a la sala infantil a proseguir con las lecturas y las risotadas. Y entonces nos topábamos con Esopo y Samaniego y La Fontaine y Pombo… Y vuelva y comience con la pellizquería de la doña bibliotecaria. Tal vez el primer libro completo que leí, y ya había pasado la primaria, fue Ivanhoe, de Walter Scott, en una edición ilustrada que papá me trajo de uno de sus viajes laborales. Y después de la Carta a García y relatos aislados de Las mil y una noches, las veladas domésticas estuvieron, en una adolescencia agitada, en la que había mucho fútbol, juegos callejeros, cine y desafíos a pedradas entre galladas de distintos barrios, adobadas por lecturas más inquietantes. Una, por la de un libro que me regaló Chucho, uno de los muchachos de la tropilla de El Congolo: Moulin Rouge, de Pierre La Mure, sobre la vida y obra de Henri Toulouse-Lautrec, y otras, por los dos tomos de Las mil y una noches que me prestó Álvaro, alias Ñembo, y que me tragué en una semana o tal vez dos. Fue entonces cuando descubrí que mamá, que era una estupenda narradora oral, ya me había relatado hace tiempos muchos de esos cuentos árabes adaptados a su cultura antioqueña, incluidas arrierías y colonizaciones.

 

Más tarde, cuando en la casa comenzaron a aparecer libros de escritores estadounidenses (Faulkner, Steinbeck, Hemingway…) y también algunos de Pär Lagervist, Heinrich Böll, Kafka y Poe, las noches se hicieron más largas y propicias para las lecturas. Mamá a veces gritaba desde su pieza que apagáramos el bombillo y recuerdo sus perentorias órdenes de “dejá de leer tanto que te vas a enloquecer”, pero más leía uno y ella tornaba con su grito: “¡O apagás o voy y pedaceo el foco!”. Y había que posponer la lectura para la noche siguiente.

 

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La casa y la escuela (y, en mi caso, también el barrio) eran como huertas, donde se abonaban las ganas de mil cosas, pero, en particular, las de descubrir, las de tener intenciones de aprender disímiles asuntos, como los de inmiscuirse en lo que los libros dicen y proponen, con historias y peripecias. No se me han olvidado los relatos babilónicos y las gestas de acadios y asirios, ni los experimentos con una campana y un pájaro asfixiado, ni los filtros de Paracelso. Y aquellos intentos de acercar las estrellas o tener nociones de un gran mentiroso como el barón de Münchausen en selecciones que se hacían en aquella enciclopedia de pasta dura verde botella en las que había desde poemas de Poe hasta notas sobre la Ilustración y próceres de distintas batallas.

 

Quizá el bautizo para la lectura estuvo en la cuna, cuando, según supe después, había cantos y rimas y recitaciones de poemas que después jamás he vuelto a escuchar, como uno denominado Salutación a América y también las rimas de Bécquer y todo en la voz de la señora rubia que luego, en noches y mañanas, nos contó aventuras de Tío Conejo y Sebastián de las Gracias y nos detonó la imaginación con su voz particular de Scheerezada antioqueña, con los viajes de Simbad el marino y zocos persas.

 

Creo que por aquellos años, los de la educación sentimental, los de calle-casa-escuela-pelota-barrio, la lectura fluía sin obligaciones y como una condición natural, sin pretensiones ni imposturas. No era para posar sino para sentir el vuelo, los sonidos, las palabras, los ritmos, la música. Vocales y consonantes nos prolongaron los sueños y nos vistieron con los trajes de cenicientas y las desnudeces de fantasmas que ya no asustaban. Sí, eran el libro, las letras, los cuentos y fábulas partes de una manera de ser, de vivir, de estar en crecimiento sin saber en teoría qué era la infancia ni la adolescencia. Un flujo común. Un tránsito hacia los asombros y los hallazgos. No recuerdo que nos dijeran que había que leer. Se leía, así como había que desayunar o ir a asaltar fincas suburbanas en busca de naranjas, mangos y ciruelas.

 

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No solo al cine y a la primera maestra, doña Rosa Bother, y después a Álvaro Sánchez, el profe de español y literatura que nos hacía memorizar poemas, recitarlos ante el resto de condiscípulos, y leer algunas crónicas de Azorín, les debemos el amor ilimitado por leer, sino, claro, a las aventuras de periódicos con cómics como Tarzán y El Fantasma, a las revistas mexicanas y chilenas, al Reyecito y Mandrake, a los luchadores como El enmascarado de plata y Neutrón, y una colección de pequeños cuentos que editaba Saturnino Calleja, albergados en cofres metálicos muy pintorescos.

 

Y digo al cine, porque tras ver tanto western, y películas de capa y espada, y a Ulises, y a Perseo el Invencible, y a Hércules, y a Maciste, y todos los gladiadores, y a los pistoleros como Wayne y Cooper, y las diligencias, a los indios que cuando caían de sus caballos la gritería en el teatro era como si se cantara un gol (algo había en esos filmes de colonialismo, de discriminaciones, de despojo cultural, pero eso lo supimos mucho después). Y entonces, en los intercambios o trueques, con papa rellena y ají picante incluidos, en las antesalas de los teatros, estaban Marcial Lafuente Estefanía y sus novelitas del Lejano Oeste.

 

Y luego, el mundo adulto, más complejo, y ya perdida la inocencia, nos condujo por otros textos y caminos. Y vino la sofisticación. La lectura en varios niveles. El análisis y el pensamiento. Y la crítica. Y todo lo que en rigor debe tener una “seria” manera de enfrentar libros y autores. Y cada uno de aquellos que habitamos hace años la misma casa, y escuchamos a la misma madre, y luego tuvimos diversos maestros, fuimos haciendo la biblioteca personal. Creo que les ha pasado a muchos. Nada del otro mundo. Pero sí hay en esas formaciones (otros dirán deformaciones) de criterio, de carácter, de memoria, un ejercicio, tal vez simple y en cierto modo natural, de querer los libros, sin tenerlos en ningún nicho sacrosanto, pero con la certeza que en ellos hay tesoros y son albergue de múltiples deslumbramientos.

 

La lectura es una apertura a la inteligencia, a la imaginación, a convertirse en otros, a caminar-volar-nadar-explorar-bucear- por lo más oscuro y lo más luminoso de los humanos y sus circunstancias. El lector puede ser como un devoto, un peregrino, un místico, una suerte de empedernido auscultador de almas. Y tendrá al libro como un preciado material que no le calmará su sed de saber, pero hará que la lengua se le seque. Un libro es para aumentar las ganas; no para calmarlas. El escritor, filósofo y autor de canciones, Manlio Sgalambro, el del Tratado de la impiedad, expresa una inquietante certeza: “Puede que sólo por eso merezca la pena existir, por leer un libro, por ver los inmensos horizontes de una página. ¿La tierra, el cielo? No, sólo un libro. Por eso, muy bien se puede vivir”.

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Un libro es un pasaporte a la cultura, la imaginación y la inteligencia.

 

 

 

 

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Aventura de un árbol de navidad

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“Arbolito de navidad que siempre florece los 24…”.

 

Por  Reinaldo Spitaletta

 

 

Subimos, con un deteriorado machete envuelto en un periódico, hasta la finca La Selva, que desde lejos, desde el barrio El Congolo, se veía con corredores y ventanas rojas y un curvilíneo camino enrielado. Alrededor, al pie del cerro el Quitasol, había noros, chagualos y otros árboles y arbustos. Entonces, a mediados de los sesenta, no había conciencia ecológica ni defensas del medio ambiente, pero todavía no estaba tan destruido el planeta y por las laderas del morro bajaban riachuelos cristalinos y se escuchaban cantos de pájaros.

 

Las vecindades de aquel caserón las habíamos recorrido con muchachos de la cuadra, cuando jugábamos a ser Tarzán y su corte de monos. No faltaba el grito largo (¡iiiiiiuuuuhaaaaaaaah!) mientras uno se arrojaba de un árbol a otro, reviviendo las aventuras de Edgar Rice Burroughs, del cual todavía no habíamos leído sus libros, pero sí los cómics de periódicos y revistas, además de haber entrado al Teatro Bello a ver algunas proyecciones en blanco y negro sobre el héroe de papel, que entonces lo representaba Johnny Weissmüller.

 

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Aspecto del cerro Quitasol.

 

En ocasiones, ascendíamos hasta una prominencia que, desde la distancia, aparecía como un grano en el rostro inmenso de aquel morro emblemático. La llamaban (todavía es así) La verruga. Y aprovechábamos las aguas límpidas y heladas de los arroyuelos para pegarnos zambullidas y darnos un refresco. Y a principios de diciembre, cuando todavía no había ventas de arbolitos navideños preparados para el efecto, sino que había que ir a cortarlos a las florestas y otros montes, las romerías ascendían al Quitasol para conseguir su ejemplar al que recubrirían con algodón de colores, o solo blanco, y les colgarían bolas quebradizas verdes, rojas y doradas. Y al conjunto, que iba en un soporte, a veces una matera, se le agregarían bombillitos, guirnaldas y cadenetas. En 1962, cuando vivíamos en un caserón de Manchester, el arbolito que mamá había confeccionado se fue al piso tras un fortísimo temblor de tierra y sus ornamentos se destrozaron sin remedio. El resto del mes, el árbol se quedó triste y sin casi ninguna decoración.

 

Pues bien. Íbamos los cuatro hermanos a conseguir un árbol navideño, que no fuera muy grande pero tampoco una ramita sin carácter. Tenía que tener cierta presencia y estar dotado de suficientes ramificaciones. Y ya, en las lindes de la finca, comenzamos la labor. Seguro desde el caserón escuchaban los golpes de la herramienta y fue cuando apareció como de la nada un hombre de sombrero con un enorme perro al que llevaba sujeto de una cadena. Nos decomisó el machete y no permitió que nos fuéramos con el “arbolito” que habíamos cortado. Ni siquiera un chamizo del mismo. No recuerdo si nos espetó algún insulto, pero lo que sí quedó en evidencia fue aquella frase perentoria: “no quiero volverlos a ver por aquí”,

 

Cuando tornamos a casa sin nada, mamá nos interrogó. Contamos la peripecia y ella, de inmediato, salió hacia La Selva. La seguimos a distancia. “No se aparezcan por allá”, nos advirtió. Cruzó el portón y se arrimó a la puerta principal. Después, salió el hombre del sombrero. La vimos manotear. Supusimos que estaba más colorada de lo que era. No se escuchaba con claridad ni lo que ella decía ni lo que, luego, el tipo le contestaba. El hombre se metió a la casa y después salió con el viejo machete “tres rayas”, que nos había acompañado durante años en casa y que mamá tenía como una especie de “reliquia” familiar. Cuando ella se había vuelto sobre sus pasos, se escuchó la voz del “mayordomo”: “Señora, puede llevarse también el árbol que cortaron sus hijos”. Tal vez fue el viento el que condujo las voces hasta nosotros. La vuelta estuvo adobada de relatos heroicos sobre el Quitasol y de imaginaciones acerca de cómo iría a quedar el árbol de navidad en la sala de la casa. El machete lo llevaba mamá como un botín de guerra y nos pareció que había gentes en las ventanas de la cuadra que saludaban a los vencedores de una batalla floral.

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Fantasmas de las navidades

(Paisaje sobre Canción de Navidad, clásica narración de Charles Dickens)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Siempre hay sustantivas motivaciones para la escritura de una obra. Unas remotas, cercanas otras. En el caso de Charles Dickens, un escritor insignia de la literatura inglesa del siglo XIX (1812-1870), de los tiempos victorianos y de la revolución industrial y sus secuelas entre los más pobres, la navidad, la infancia, las tradiciones decembrinas, se reúnen en una aventura “neogótica” sin castillos medievales, pero sí con fantasmas, en su Canción de Navidad (también se ha traducido como Cuento de Navidad o El cántico de Navidad), llamada en inglés A Christmas Carol.

 

Inglaterra, la del ferrocarril, el carbón, la transformación de las relaciones productivas, la de la revolución industrial, que forja obreros y dueños de fábricas, tendrá en el desarrollo del capitalismo una vasta muestra de miserias entretejidas con las ideas de progreso. Dickens, un muchacho de clase media, que a los doce años debe abandonar los estudios para trabajar en una fábrica de betún, será uno de los escritores europeos que primero van a poner en la palestra al niño como sujeto de derechos y como ser explotado y vilipendiado, al que se le puede cercenar la infancia.

 

La navidad, época en la que el tiempo toma otros ritmos, es propicia para la imaginación infantil, para la espera de sorpresas, pero, en la Inglaterra victoriana, en la que ya se había instaurado la presencia del árbol navideño, estos días estaban más conectados con el lar, con una celebración en familia, como una manera de enfrentar las frialdades y tenebrosidades del invierno. Escrito en 1843, Canción de Navidad es una contrastación del optimismo, del ánimo contento y esperanzador, con la oscuridad, la melancolía, la vejez y la muerte. Es un tratamiento del tiempo, del ayer, el presente y lo que vendrá, a través de las peripecias que en una sola jornada, intensa y dramática, tendrá el protagonista de la obra, Ebenezer Scrooge, viejo avaro y codicioso, como bien lo presenta el autor en su inicial listado de “créditos”.

 

Dickens, un observador de la realidad inglesa, de las situaciones de desamparo de mucha gente, en particular de niños, que, como él en su infancia, tuvieron que trabajar, o, en peores casos, mendigar, es una especie de conciencia crítica de las relaciones sociales injustas. En esta novela corta, aunque no sea el tema central, de soslayo va engarzando situaciones enlazadas con los menesterosos y los olvidados. Y, al mismo tiempo, a través del personaje central, da cuenta de la decadencia de los ambiciosos y tacaños.

 

Y aunque el señor Scrooge es solo un comerciante, no es un propietario de fábricas o cosas similares, va a servir como un arquetipo no solo de la avaricia sino del maltrato a los trabajadores. Y su situación de apreciar más el negocio que a la parentela, y de mirar con cierto desdén la navidad —una coyuntura para el acercamiento con los otros— va a convertirse en la problemática clave de la narración, que está dividida en cinco capítulos que el autor denomina “estrofas”.

 

Escrita en seis intensas semanas, Canción de Navidad la había concebido Dickens en sus largas caminatas por Londres, en las que aprovechaba para observar la urbe y sus contradicciones. Durante su elaboración, según una cuñada, el escritor “lloró, y rio, y volvió a llorar, y se emocionó durante su composición de la manera más extraordinaria”. Con una visión humanista, más que religiosa o de religiosidades, el autor, que es uno de los primeros anglosajones en escribir acerca de la Navidad (antes, por ejemplo, lo había hecho el estadounidense Washington Irving), se acerca en el relato a las transformaciones radicales que puede tener un hombre cuando es asediado no solo por espectros sino por lo inexorable, como son la vejez, la decadencia física, la soledad y la pérdida de comunicación con los otros.

 

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Con una estructura cronológica, la novela tiene un comienzo memorable que va a marcar y diseñar el clima de la misma, y dar cuenta de la situación de Marley, socio del señor Scrooge: “Marley estaba muerto, dicho sea para empezar”. Al inicio, cuando se presenta la sociedad Scrooge-Marley, el narrador (en el que se asoma una extraña primera persona) caracteriza a su hombre, tanto en lo físico como en lo moral y sicológico. El señor Scrooge, áspero, reservado, introvertido, es un tipo que, en apariencia, no se resquebraja con facilidad. Duro. Y por lo demás, es de aquellos que solo piensa en ganancias y cree que una jornada de asueto, como el del día de navidad, es una pérdida de tiempo, una paparruchada.

 

En la medida en que se avanza en la lectura, se van viendo aspectos de la ciudad, de sus abundancias y carencias, de la mendicidad, pero también del asistencialismo y la filantropía, que no son, ni la una ni la otra, filias o intereses de Scrooge. “No me siento alegre en Navidad y no puedo permitirme alegrar a los holgazanes”, contesta cuando se le pide apoyo para una de esas causas que a fin de año abren corazones y caridades. Y que tienen que ver más con la culpa que con la redención.

 

En esta narración, con voces fantasmales y gente de carne y hueso, la ambientación es otro de sus atributos. Y así como hay paisajes neblinosos, se ven con claridad las imágenes de desventura de los harapientos que buscan cómo calentarse las manos en las llamas o a alguien que quiere jugar a la gallina ciega. Sin embargo, lo que más impresiona, aparte de los fantasmas, que son el de las navidades de ayer, el de las navidades presentes y el de las navidades futuras, es el tratamiento del tiempo, de un modo inteligente y certero. Los fantasmas, esas apariciones que en rigor en esta noveleta no son aterradoras, son la simbolización de lo temporal, una certidumbre de la transitoriedad del hombre, de su paso y desaparición irremediable. Los espíritus del tiempo, eso sí, son implacables.

 

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“¡Hay en ti más salsa de carne que carne de tumba, seas quien seas!”

 

En la Canción de Navidad, en la que se susurran villancicos, y hay bailes como el de Sir Roger de Coverley, una suerte de danza folclórica inglesa y escocesa, la sucesión de imágenes de ayer hacia el mañana, es una carga intensa que hace flaquear al avaro. El que pueda ver su pasado y pasearse por el presente, lo van doblando. Pero es la visión futura la que lo quiebra en sus convicciones, que más bien pueden ser parte de una personalidad aburrida, intolerante, insolidaria y de desprecio por la amistad, por la familiaridad, por las cenas y los acercamientos navideños.

 

La narración es como un caleidoscopio, en el que hay muchas imágenes móviles de una gran belleza y sentimentalidad. Hay luces y sombras. Y una deliciosa variedad de comidas y entremeses, incluida la preparación del ganso (después, por otros factores, será el pavo el que en las culturas anglosajonas se torne en el plato principal de navidad). Y hay una singularidad: los fantasmas envejecen. Son víctimas de los relojes. Tienen finitud. Y esto lo nota el señor Scrooge. “¿Tan cortas son las vidas de los espíritus?”, le pregunta el avaro al fantasma de las Navidades Presentes. Y este le responde: “Mi vida en esta tierra es muy breve. Termina esta noche”.

 

Los fantasmas pasean al señor Scrooge por distintos espacios. Y así como pueden aparecer la bolsa londinense, los negocios, las transacciones, también, en esa misma ciudad, se verán las vicisitudes de los desposeídos. “Las calles eran asquerosas y estrechas; las tiendas y los edificios, miserables; las gentes, medio desnudas, ebrias, desaliñadas, horribles. Avenidas y callejas, como cloacas, vomitaban sus ofensivas pestilencias, suciedad de la vida, sobre las calles inmundas”.

 

Los fantasmas, entonces, son como una suerte de conciencia, de guía de la vida y el mundo para que el señor Scrooge se dé cuenta de que todo no es dinero y negocio. Que hay asuntos más importantes y trascendentales, como una cena en familia. Y tan necesarios por su simplicidad y acercamiento con los otros, como poder decir ¡felices pascuas! A propósito, en la edición original hay un prefacio de un párrafo, escrito por Dickens, en el que comenta sobre fantasmas. Su pretensión era, según él, hacer que los fantasmas vaguen “por su casa placenteramente” y que no les dé por quedarse en ella.

 

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Ilustración para uno de los espectáculos sobre Canción de navidad.

 

En la “nouvelle” de Dickens hay presencia de Las mil y una noches, como de Robinson Crusoe. Y se advierte que estas obras están en las fuentes literarias del autor de Oliver Twist y la Historia de dos ciudades. Según Miguel Delibes, la “equilibrada dosificación de la receta romántico-realista” fue lo que le permitió al novelista inglés, no solo ser el más leído de su tiempo (“tiempo pródigo en novelistas”), sino convertirse en eterno.

 

La inclusión de fantasmas como un mecanismo para alterar las conductas inamovibles del señor Scrooge, se puede interpretar como una entidad o elemento que a los niños (también a los adultos) los atrae y los pone en alerta, les despierta el interés por las peripecias. Pero, a su vez, puede ser una especie de cuestionamiento a las novelas góticas, que comienzan a aparecer desde finales del siglo XVIII y cuyas intenciones, entre otras, son las de espeluznar al lector. Estos fantasmas del tiempo, espectros que se evaporan, no aterran, pero convencen.

 

Canción de Navidad recibió, cuando se publicó en diciembre de 1843, una acogida unánime. Para la Nochebuena de ese año se agotaron los seis mil ejemplares y al año siguiente tuvo once ediciones.  Es, de las de Dickens, una obra adaptada a todo: al cine, al teatro, los musicales, la televisión, los comics. En distintas partes, el relato se lee en voz alta cada diciembre y es un clásico de la literatura navideña. Es una obra con más aspectos profanos, laicos, que religiosos. Un canto al humanismo y a la celebración de la existencia.

 

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Una imagen del señor Scrooge, el avaro protagonista de Canción de navidad.

 

El sugestivo ático del Paraninfo

(Vivaldi en la penumbra, algún fantasma y la belleza de un espacio histórico de Medellín)

 

Ático del edificio del Paraninfo de la U. de A. Foto Spitaletta

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El Paraninfo de la Universidad de Antioquia, de fachada neoclásica, con dos claustros y cinco naves, con jardines interiores y tres pisos, es una obra de arte y un lugar donde se puede leer la historia de Medellín de los últimos 220 años. Como, igual, puede suceder con la preciosa plazuela donde está ubicado: la de San Ignacio.

 

Y así como allí está el aula magna del Alma Máter, presidida por un Nuestro Señor de las Misericordias, pintado por Francisco Antonio Cano (debía de estar ahí Santander o el retrato de Fidel Cano, también pintado por F.A.  Cano, que estuvo ahí antes de la imagen sacra), se encuentra como parte de su arquitectura, en la que en el siglo XX intervino el arquitecto Horacio Marino Rodríguez, un ático que, en días muy lejanos, fue lugar de oración y, más que todo, de castigo para estudiantes díscolos.

 

El Paraninfo (así se le designa genéricamente a esa gran construcción que tiene el frente por Niquitao, un costado por Ayacucho y la espalda por Girardot) es un espacio que exuda belleza. Y está ligado a la cultura y a la historia de Medellín y Antioquia. Quizá aquellos Martes del Paraninfo, fundados por Jaime Sanín Echeverri, y que emanaron brillo supremo en el ejercicio de la secretaria general Luz Elena Zabala, sean una marca indeleble de los significados de este edificio emblemático.

 

Cuando Gisela Posada, funcionaria de la Universidad de Antioquia y líder del programa Cultura Centro,  me dijo, hace meses, que me invitaría a subir al ático (una inquietante torre que solo había visto por fuera), el interés por saber cómo era el interior de aquel torreón que desde hace años me hacía imaginar figuras fantasmagóricas, y que a veces, cuando estaba en alguna de las conferencias del Martes del Paraninfo, pensaba que, desde lo alto, debían los espectros estar atentos a las palabras de los invitados. Y fui todo expectativa desde aquella mención a ascender a un lugar que, además, tiene entrada restringida.

 

 

Entrada al ático. Foto Spitaletta

 

El Paraninfo, que alberga librería, biblioteca, emisora, sala de exposiciones, oficina de egresados, un cinema, una escultura —El Flautista— de Arenas Betancur, jardines de heliconias, es, quizá, la más hermosa construcción de la ciudad. Y aunque el que allí entra puede verlo todo, o casi todo, no se imagina cómo es el interior del ático. El Paraninfo, que en el siglo XIX, además de ser el Colegio de Antioquia y luego la Universidad de Antioquia, fue cuartel de tropas de guerras civiles, arsenal, prisión, es un centro cultural digno de visitarse.

 

Quizá en sus noches de mampostería y cañabravas, tan afectas a los espectros y a los espíritus burlones, circulen aún los ecos de las voces de Sábato, Benedetti, Horacio Ferrer, Eduardo Adrián, Jorge Luis Borges, Evtuchenko, participantes de aquellas memorables jornadas del Martes del Paraninfo.

 

El cuento es que, llegada la hora, en la que un reducido grupo, entre periodistas y funcionarios de la U, tuvo el privilegio de acceder al ático, la expectación aumentó. Y, por qué no decirlo, hubo aceleres cardíacos y especulaciones sobre qué habría detrás de esa puerta con una placa dorada a un lado: “Área restringida”.

 

La violinista, en la media luz, toca a Vivaldi. Foto Spitaletta

 

 

Las estrechas escaleras de madera nos fueron llevando, de a poco, a otro nivel, en el que, en la penumbra, se escuchó un violín. Sonaba el segundo movimiento del Verano (de las Cuatro Estaciones, de Antonio Vivaldi), un adagio que se regó por todo el ámbito semioscuro. Lo interpretaba Katiana Soto, estudiante de Bellas Artes. Después, se escuchó una pieza de Shostakovich. Y entonces, acostumbrados al umbrío ambiente, en las viejas paredes, descaecidas, aparecieron nombres grabados, tal vez de los que trabajaron en la restauración que se hizo al edificio, terminada en 1990, con la dirección de la arquitecta Clemencia Wolf.

 

Seguimos subiendo. No sé por qué quería que surgiera, en esos muros mixtos, en esas antiguas tapias, la figura fantasmal de fray Rafael de la Serna, el franciscano fundador de ese edificio en los albores del siglo XIX. No se mostró. Y, de pronto, tras un ascenso despaciosos, estábamos en los balcones. Y la ciudad apareció distinta, desde otra perspectiva, lo mismo que las naves y cúpulas de la iglesia de San Ignacio. Y, abajo, la plazoleta, con ceibas, con la escultura de Santander, con el obelisco conmemorativo, con el busto del gobernador Marceliano Vélez, con los jugadores de ajedrez.

 

Hacia el suroriente, desde aquella insólita visión, las Torres de Bomboná (o Marco Fidel Suárez) y, más allá, las colinas de El Salvador. Hacia el occidente, la cúpula de la iglesia de San José. Y sobre nuestras cabezas, en la parte más alta del ático, después de una cornisa, unas claraboyas redondas y, como remate, un pararrayos.

 

Hasta allí arrimaba el ruido de la ciudad, con sus automotores rugientes y la polución incesante. El cielo, nublado, no tenía pájaros. Y había destellos sin lustre en el cobrizo domo del templo de San Ignacio. En el aire navegaba la melodía de Vivaldi. Sobre el tablado del balcón, uno pensaba que, como en un cuento de Felisberto Hernández, de pronto le diera por arrojarse al vacío con balaustradas y todo. Asuntos del animismo.

 

Y, aunque en el filme de Hitchcock, Vértigo, el ascenso y “caída” es en un campanario de iglesia, no estuvo exento uno de evocar, mientras iba descendiendo con cautela por las escalinatas, secuencias de aquella película con Kim Novak y James Stewart. Cuando cesaron las notas del violín y ya habíamos terminado el recorrido, hubo una sensación de tiempo detenido y me pareció escuchar viejas voces que nos susurraban desde otra dimensión.

(noviembre 30 de 2018)

 

Aspecto parcial del ático del Paraninfo. Foto Spitaletta