Vivir por un libro

(Una memoria sobre la lectura y los libros, al vuelo de la infancia y la adolescencia)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

No recuerdo el primer libro que leí (tampoco la primera película que vi, aunque pudo ser una del Oeste). En casa, en la mítica infancia, en la que se crean fantasmas y solo se existe para el juego y la imaginación, había algunos viejos libros de texto que eran aquellos que mamá conservó de su paso por las aulas: libros de historia antigua, las ruinas de Palmira, los faraones, otros de química, cartillas de Bruño y desempastadas Alegrías de leer, geografías con continentes gordos y deformes, y no recuerdo ningún libro infantil. Después llegaron algunos de Botánica Oculta, varios tomos de la enciclopedia El tesoro de la juventud y nada más.

 

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A los Grimm y a Perrault los leí en la biblioteca pública de Bello, donde había una señora, creo que se llamaba Margarita, que nos sacaba a pellizcos cuando nos atacaba la risa por alguna ilustración o por las historias de Pulgarcito y otras aventuras que, más que todo, nos hacían soltar carcajadas. Salíamos, con Alejandro Molina y otros, con risas a granel y algo de sorpresa por el trato o maltrato, a la plazoleta Andrés Bello, en la que había urapanes y al frente la urna vítrea con la choza de Marco Fidel Suárez.

 

A los pocos días, tornábamos a la sala infantil a proseguir con las lecturas y las risotadas. Y entonces nos topábamos con Esopo y Samaniego y La Fontaine y Pombo… Y vuelva y comience con la pellizquería de la doña bibliotecaria. Tal vez el primer libro completo que leí, y ya había pasado la primaria, fue Ivanhoe, de Walter Scott, en una edición ilustrada que papá me trajo de uno de sus viajes laborales. Y después de la Carta a García y relatos aislados de Las mil y una noches, las veladas domésticas estuvieron, en una adolescencia agitada, en la que había mucho fútbol, juegos callejeros, cine y desafíos a pedradas entre galladas de distintos barrios, adobadas por lecturas más inquietantes. Una, por la de un libro que me regaló Chucho, uno de los muchachos de la tropilla de El Congolo: Moulin Rouge, de Pierre La Mure, sobre la vida y obra de Henri Toulouse-Lautrec, y otras, por los dos tomos de Las mil y una noches que me prestó Álvaro, alias Ñembo, y que me tragué en una semana o tal vez dos. Fue entonces cuando descubrí que mamá, que era una estupenda narradora oral, ya me había relatado hace tiempos muchos de esos cuentos árabes adaptados a su cultura antioqueña, incluidas arrierías y colonizaciones.

 

Más tarde, cuando en la casa comenzaron a aparecer libros de escritores estadounidenses (Faulkner, Steinbeck, Hemingway…) y también algunos de Pär Lagervist, Heinrich Böll, Kafka y Poe, las noches se hicieron más largas y propicias para las lecturas. Mamá a veces gritaba desde su pieza que apagáramos el bombillo y recuerdo sus perentorias órdenes de “dejá de leer tanto que te vas a enloquecer”, pero más leía uno y ella tornaba con su grito: “¡O apagás o voy y pedaceo el foco!”. Y había que posponer la lectura para la noche siguiente.

 

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La casa y la escuela (y, en mi caso, también el barrio) eran como huertas, donde se abonaban las ganas de mil cosas, pero, en particular, las de descubrir, las de tener intenciones de aprender disímiles asuntos, como los de inmiscuirse en lo que los libros dicen y proponen, con historias y peripecias. No se me han olvidado los relatos babilónicos y las gestas de acadios y asirios, ni los experimentos con una campana y un pájaro asfixiado, ni los filtros de Paracelso. Y aquellos intentos de acercar las estrellas o tener nociones de un gran mentiroso como el barón de Münchausen en selecciones que se hacían en aquella enciclopedia de pasta dura verde botella en las que había desde poemas de Poe hasta notas sobre la Ilustración y próceres de distintas batallas.

 

Quizá el bautizo para la lectura estuvo en la cuna, cuando, según supe después, había cantos y rimas y recitaciones de poemas que después jamás he vuelto a escuchar, como uno denominado Salutación a América y también las rimas de Bécquer y todo en la voz de la señora rubia que luego, en noches y mañanas, nos contó aventuras de Tío Conejo y Sebastián de las Gracias y nos detonó la imaginación con su voz particular de Scheerezada antioqueña, con los viajes de Simbad el marino y zocos persas.

 

Creo que por aquellos años, los de la educación sentimental, los de calle-casa-escuela-pelota-barrio, la lectura fluía sin obligaciones y como una condición natural, sin pretensiones ni imposturas. No era para posar sino para sentir el vuelo, los sonidos, las palabras, los ritmos, la música. Vocales y consonantes nos prolongaron los sueños y nos vistieron con los trajes de cenicientas y las desnudeces de fantasmas que ya no asustaban. Sí, eran el libro, las letras, los cuentos y fábulas partes de una manera de ser, de vivir, de estar en crecimiento sin saber en teoría qué era la infancia ni la adolescencia. Un flujo común. Un tránsito hacia los asombros y los hallazgos. No recuerdo que nos dijeran que había que leer. Se leía, así como había que desayunar o ir a asaltar fincas suburbanas en busca de naranjas, mangos y ciruelas.

 

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No solo al cine y a la primera maestra, doña Rosa Bother, y después a Álvaro Sánchez, el profe de español y literatura que nos hacía memorizar poemas, recitarlos ante el resto de condiscípulos, y leer algunas crónicas de Azorín, les debemos el amor ilimitado por leer, sino, claro, a las aventuras de periódicos con cómics como Tarzán y El Fantasma, a las revistas mexicanas y chilenas, al Reyecito y Mandrake, a los luchadores como El enmascarado de plata y Neutrón, y una colección de pequeños cuentos que editaba Saturnino Calleja, albergados en cofres metálicos muy pintorescos.

 

Y digo al cine, porque tras ver tanto western, y películas de capa y espada, y a Ulises, y a Perseo el Invencible, y a Hércules, y a Maciste, y todos los gladiadores, y a los pistoleros como Wayne y Cooper, y las diligencias, a los indios que cuando caían de sus caballos la gritería en el teatro era como si se cantara un gol (algo había en esos filmes de colonialismo, de discriminaciones, de despojo cultural, pero eso lo supimos mucho después). Y entonces, en los intercambios o trueques, con papa rellena y ají picante incluidos, en las antesalas de los teatros, estaban Marcial Lafuente Estefanía y sus novelitas del Lejano Oeste.

 

Y luego, el mundo adulto, más complejo, y ya perdida la inocencia, nos condujo por otros textos y caminos. Y vino la sofisticación. La lectura en varios niveles. El análisis y el pensamiento. Y la crítica. Y todo lo que en rigor debe tener una “seria” manera de enfrentar libros y autores. Y cada uno de aquellos que habitamos hace años la misma casa, y escuchamos a la misma madre, y luego tuvimos diversos maestros, fuimos haciendo la biblioteca personal. Creo que les ha pasado a muchos. Nada del otro mundo. Pero sí hay en esas formaciones (otros dirán deformaciones) de criterio, de carácter, de memoria, un ejercicio, tal vez simple y en cierto modo natural, de querer los libros, sin tenerlos en ningún nicho sacrosanto, pero con la certeza que en ellos hay tesoros y son albergue de múltiples deslumbramientos.

 

La lectura es una apertura a la inteligencia, a la imaginación, a convertirse en otros, a caminar-volar-nadar-explorar-bucear- por lo más oscuro y lo más luminoso de los humanos y sus circunstancias. El lector puede ser como un devoto, un peregrino, un místico, una suerte de empedernido auscultador de almas. Y tendrá al libro como un preciado material que no le calmará su sed de saber, pero hará que la lengua se le seque. Un libro es para aumentar las ganas; no para calmarlas. El escritor, filósofo y autor de canciones, Manlio Sgalambro, el del Tratado de la impiedad, expresa una inquietante certeza: “Puede que sólo por eso merezca la pena existir, por leer un libro, por ver los inmensos horizontes de una página. ¿La tierra, el cielo? No, sólo un libro. Por eso, muy bien se puede vivir”.

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Un libro es un pasaporte a la cultura, la imaginación y la inteligencia.

 

 

 

 

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8 comentarios

  1. Gonzalo Mejía

     /  diciembre 28, 2018

    Maravilloso elogio del libro y la lectura, todo un paseo en libros por toda una vida.

    Responder
  2. Jaime Velasquez Rios

     /  diciembre 28, 2018

    Todo lo aquí comentado, me recuerda mi infancia en el barrio Boston, de Medellin. Le faltó la jugada de Ajedrez en las aceras, la hechura de crucigramas con las respectivas consultas en la enciclopedia Espasa, de 105 tomos, en la casa de los hermanos Bernal Trujillo, sobrinos de Jose Maria Bernal quien fue gobernador de antioquia o alcalde de Medellin

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  3. José M. Ruiz P.

     /  diciembre 28, 2018

    Con muy pequeñas variantes, tus historias infantiles y juveniles, son las mismas de muchos de nosotros. Ya no me asombra; ahora me asombra y me encanta, leerme en tus relatos, Reinaldo. Gracias por ello.

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  4. Todos hacemos nuestro camino como lectores. En esa labor inmensamente solitaria, aparecen otras soledades, no para se compañía, sino atisbos de otros senderos.
    Gracias por compartirnos ese camino bello de escribir lo leído.
    Un abrazo

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  5. Martha Velásquez Vélez

     /  enero 22, 2019

    Hola, hace tiempo recibí un texto (sin terminar y sin el nombre de su autor), lo he buscado sin poder hallar una luz que me lleve a su encuentro. Les dejo una parte que les sirva de guía para que quien lo sepa me pueda colaborar.

    LOS ADOLESCENTES Y LA LITERATURA

    ACERCA DE LOS ASOMBROS EN LOS LIBROS O UN ELOGIO DE LA IMAGINACIÓN

    I. Obertura con una canción de cuna

    Al principio era el agua y flotábamos en ella, sin luces, sin colores. Ojos cerrados, aferrados a la vida mediante un cordón, y así pasábamos los días y no nos dábamos cuenta, no teníamos relojes. El tiempo no existía para nosotros. Hasta que un día o tal vez una noche, salimos de la oscuridad y ahí en ese instante, quizá comenzaron nuestros asombros. Estos, los asombros, aumentaron cuando escuchamos cercanos los primeros arrorros, las primeras canciones de cuna, los tralalaires. Un sonido de cascabel y una voz dulce que nos contaba historias. Y no nos dábamos cuenta, pero en nosotros, en alguna parte, se iban grabando las palabras y los cantos, también los lamentos y los llantos.
    Crecíamos con el sabor de la leche en los labios. Poco a poco o talvez mucho a mucho, los símbolos sonoros se nos iban colando en el alma, íbamos formando imágenes. El mundo se nos revelaba anchamente colmado de sorpresas.

    Con mi agradecimiento

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    • Hola. Se trata de una conferencia que dicté hace muchos años en un congreso de sicólogos en la U. de A. No sé que se hizo el texto. Creo que una parte también la publiqué hace años en el Suplemento Literario de El Colombiano.

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  6. Martha Velásquez Vélez

     /  enero 23, 2019

    Señor Spiletta:
    Es un gran honor que Ud, mismo me haya respondido. El texto está escrito por capítulos y yo solo tengo dos capítulos. Ahora que existe la posibilidad de encontrarlo trataré de encontrarlo en la Hemeroteca de la U. de A. pero necesito saber la fecha de publicación en el Suplemento Literario de El Colombiano.¨
    De verdad que este texto me encantó.

    Reitero mi agradecimiento

    Responder
    • El artículo por el que me preguntó se llama El asombro viene en libros o un elogio de la imaginación. Se publicó en el suplemento literario de El Colombiano, el 22 de agosto de 1993. Cordial saludo.

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