La librería, un filme con sabor a té

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El solitario lector y la señora aristócrata del pueblo. Fotograma de La Librería.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Por cualquier razón no pude verla en salas de cine. Y aproveché la prolongación de la Epifanía, la postergación, según nuestro calendario, de la fiesta de Reyes, para ver de modo doméstico La librería, después de una caminata por el atardecer gris de Medellín. Una historia de fines de los años cincuenta, en un pueblo costero inglés, conservador y con rastros de una aristocracia decadente que añora viejos tiempos y se opone a cualquier rayo de luz que pueda adulterar su dominio ancestral.

 

Un filme de la cineasta catalana Isabel Coixet, que adaptó el guion de la novela homónima de la escritora inglesa Penélope Fitzgerald. Muy adecuados los escenarios, las viejas mansiones, el pueblito con su mar, sus callejones, la llegada de una extraña mujer, viuda (perdió a su marido en la guerra y todavía escucha la voz del difunto en las cartas que él le enviaba), que tiene las aspiraciones poco ortodoxas de instalar una librería en aquel villorrio donde la señora Violet Gamart es la mandacallar, la que ejerce su dominio ancestral sobre los pobladores.

 

Hay una puesta en escena sin sobredosis ni barroquismos, sin chillidos ni exageraciones. La mujer que llega a Hardborough (así se llama el pueblo, pequeño y medio infernal, donde no faltarán los rumores, la chismografía, la especulación murmuradora), Florence Green, sabrá que no será fácil cumplir con su sueño de poner una librería en un lugar en el que, la mayoría, no lee y menos está interesada en comprar libros. Solo hay un gran lector, el señor Edmund Brundish, un solitario sobre quien los habitantes han inventado una historieta de enviudamiento, con una esposa que se ahogó mientras cruzaba la marisma cuando iba a buscar moras para hacer una tarta para su marido. Toda una creación melodramática de la imaginación popular.

 

Ah, y a propósito. Tiene la película una inyección de melodrama, aunque sin hipérboles. A la medida de una directora que, se nota, no buscaba arriesgar mucho ni meterse en honduras. El filme, que sí mantiene una elegancia visual en su discurrir, presenta aspectos que enamoran al espectador, como puede ser el conflicto que se armará entre la nueva habitante, una migrante con su carga de lecturas y libros, y la señora de la “high”, que busca montar, en el antiguo local donde Florence inaugurará la librería, un centro de artes y exposiciones.

 

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Florence Green, la librera.

 

Hay escenas atractivas, como las de la fiesta inicial en la mansión de la doña (la actriz Patricia Clarkson realiza una caracterización estupenda), en la que, en medio de distinguidos invitados, la librera chilla con su traje granate oscuro que le ha recomendado su costurera. Tanto es así que, el guasón del filme, Milo North, un tipo que trabaja en la BBC de Londres, interpretado por James Lance, le dice después de ofrecerle una copa, que de ese modo se visten las criadas en su día libre.

 

Hay una suerte de triángulo, conformado por la librera, su opositora y el señor lector, un hombre mayor, de refinados modales y mejor vestir. La tomada de té tiene una presencia clave en el filme, lo mismo que una bandeja con esmalte chino, propiedad de la librera y que será clave en buena parte de la trama. Se notan aspectos forzados, como la aparición de un sobrino de doña Violet, un joven político que ha hecho aprobar en Londres una ley sobre uso de caserones históricos, o como el trabajo que después desempeñará en la librería, cuando la niña que le ayuda a Florence, debe retirarse ante la conspirativa visita de un inspector laboral. Es un filme con múltiples obviedades en el guion.

 

Sin embargo, puede tener una intencionalidad, aunque no faltará en ello cierto aire de suficiencia: promover la lectura de ciertos libros. Rodada en Irlanda del Norte y Barcelona, la película puede motivar a los espectadores a leer (o, en ciertos casos, releer) a escritores como Ray Bradbury. Hay toda una conectividad de varias obras del autor estadounidense con el único lector del pueblo, que no lo conocía y se siente atraído por obras como Fahrenheit 451 y Crónicas marcianas, por ejemplo, que la librera le da a saber. “Quiero leer El vino del estío”, le pide el gentilhombre a la viuda Florence (muy bien caracterizada por Emily Mortimer). Entre ambos habrá una especie de platónico —y distanciado— enamoramiento.

 

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En una vieja e histórica casa del pueblo, está la librería.

 

Y el otro escritor es Vladimir Nabokov. Lolita tendrá un rol descollante en el desarrollo de la película. Se recuerda que esta novela, publicada por primera vez en Francia en 1955, tuvo proscripciones en varios países, entre ellos Inglaterra. De otro lado, para niños y jóvenes se impulsa la lectura de una novela, Huracán en Jamaica, de Richard Hughes, con aventuras de piratas, terremotos y peripecias marinas.

 

La librería tiene actuaciones decentes, escenarios bonitos y a una niña (que, en últimas, ya adulta, es la narradora de la historia, con voz  en off) que se convertirá en un personaje fundamental tanto en el interior de la librería como en el desenlace de la película. Y puede ser que, ese final, haya sido pensado para estimular el brote de algún lagrimón o lloriqueo. Bueno, digamos que se merece un sollozo en un cierre inesperado, pero que ya estaba insinuado a través de amarres o pistas sutiles.

 

En un grisáceo atardecer de enero en Medellín, el filme (con producción inglesa y española, un homenaje a la literatura y la lectura) me recordó una verdad inapelable y bella: “entre libros nadie puede sentirse solo”.

 

(07-01-2019)

 

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La dueña de la librería y la niña que le ayuda. Fotograma de La librería.

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2 comentarios

  1. Habrá que verla… A lo mejor sea un llamado a la resistencia de aquellas librerías que lucha por no desaparecer ante el auge del comercio o las ventas de buñuelos.

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  2. Gonzalo Mejia

     /  enero 12, 2019

    Hermoso texto Reynaldo, después de ese lujo de presentación empezaré a buscar la película.

    Responder

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