Apartamentos sin afuera y sin adentro

(O cómo vivir entre ladridos, altoparlantes chillones y otros aullidos)

 

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Pintura de Vincent van Gogh

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Cuando Mafalda entra al apartamento de su amiguita Libertad, esta profiere un berrido descomunal: “¡¡Mamá, vino Mafalda a jugar conmigo!!”. En el tercer cuadro se “escucha” un “bueeeeno”. Y entonces, tal vez un tanto desconcertada por los alaridos, la curiosa Mafalda pregunta: “¿Tan grande es este departamento”. “No, pero nos hablamos siempre así para que parezca”, dice la otra chiquilla, mientras se ve en la última viñeta que se trata de una miniatura de espacio.

 

Hoy, cuando ni siquiera tenemos afuera el suficiente espacio público, el verdor adecuado, el medioambiente sano, los apartamentos son una suerte de construcción carcelaria, como calabozos, apenas unos cuantos metros cuadrados, en edificaciones que dan grima por su diseño, por su concepción sin tino, sin estética alguna, como una prisión. Me parece que, en alta proporción, son edificios tuguriales, sin ningún respeto por quienes van a habitar allí. Y, suele pasar, que se construyen de materiales deleznables, de muros flacuchentos, a través de los cuales se escuchan las respiraciones del vecino, y ni hablar cuándo se filtran los ayes, suspiros, quejidos y aullidos, cuando la pareja de enseguida alcanza el clímax.

 

El adentro, una categoría que tiene que ver con lo íntimo, con la vida doméstica, con la privacidad, es cada vez más insuficiente. Una celda. Una prolongación simbólica de la mazmorra. Un desprecio por la dignidad y por el derecho a estar cómodos. Se advierte en múltiples construcciones residenciales unas desaforadas ganas de plusvalías, de obtener ganancias por encima de cualquier otro factor. Qué importan las espacialidades públicas, los jardines, los senderos, los materiales. Y menos importa el que va a habitar. Basta con que el constructor obtenga réditos exorbitantes.

 

Solo una vez he vivido en un edificio de apartamentos, de tres pisos y terraza comunitaria, con un común patio central, donde una vez cayó un hombre que se arrojó en una maniobra suicida que no lo mató, sino que lo dejó muy maltrecho. Entonces me recordó El inquilino, de Roman Polanski. Estos apartamentos, de vieja data, quizá construidos en los sesentas, tenían cierta amabilidad y los materiales permitían que uno no escuchara los ruidos del vecino. O estos se sentían muy apagados. Solo que no faltaba quien, en una “prenda”, en un desquicio de furor por exceso de tragos, pusiera música a “todo taco” y ahí sí no había pared que lo impidiera, por gruesa que fuera.

 

Aquellos “apartacos”, en el barrio El Estadio, tenían tres piezas, sala- comedor, cocina, dos baños, balcón. No eran ninguna maravilla, pero no tenían parentesco con los infernales de la mayoría de edificaciones modernas. A veces, me paseo por distintos barrios, y apunto la mirada curiosa, en distintas construcciones. He visto unas de espanto, de acabados rudimentarios y exteriores que dan grima. Imagino cómo serán sus interioridades y entonces añoro aquellos viejos caserones, de seis y más cuartos, con varias salas, comedor, cocina, patios, como los que habité en mi infancia y adolescencia en Bello. Es probable, no lo he averiguado todavía, que algunos de ellos hayan sido derribados para la erección de edificios esperpénticos, que pueden ser parte de un nuevo paisaje, grotesco y deplorable.

 

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Hay conjuntos residenciales que pueden ser la sucursal del inframundo. El mal gusto de los constructores, su tacañería, los deja en un burdo estado de inconclusión. Y aunque puedan tener acabados decentes, el caso es que, para los asuntos de convivencia, en los que ya ni siquiera la noción de vecino existe, la situación se torna intolerable, o así lo han descrito algunos de los que habitan en estas unidades. Porque, como el de al lado, o el del frente, no interesan, no son “mi prójimo” (en el sentido de proximidad) prevalece el individualismo. El otro no cuenta. Y de ese modo, se configuran los abusos, las exageraciones, los despropósitos.

 

Hace poco leí una columna del periodista Ernesto Ochoa (Los ladridos del destierro, El Colombiano, 2-2-2019), en la que hacía notar que en Colombia no se urbaniza con el conocimiento de las idiosincrasias, la cultura, las maneras de ser de unas y otras comunidades. “La consigna parece ser construir barato, aunque cobrando caro, y, tras engañar con fementidas maravillas publicitarias a los usuarios, abandonarlos a su propia suerte, sin tener en cuenta su bienestar humano y comunitario”. En la ciudad ha sido común este malestar.

 

Quizá el propietario del apartamento cree que, por serlo, tal condición le da derechos que, en rigor, no posee. Como el del poner a todo volumen su equipo de sonido. Qué importa si están sonando Bach, Beethoven, Piazzolla, o una expresión de bel canto. Ah, claro, peor aún si el del costado o el de abajo, o el de encima, no sé, lo que le hace botar la baba es el reggaetón. Ahí sí fue Troya. Lo que digo es que, en estas urbanizaciones, debe haber límites y, sobre todo, consideración por los otros.

 

Y cuando no son las molestias por la algarabía, o por el exceso de decibeles en las audiciones, es porque han dejado todo el día sola en grima a la mascota, y no faltan los eternos ladridos, y, además de tratarse de un maltrato animal, los lamentos del can, o de otros animales, son, aparte de lastimeros, una torturante molestia para “los cosos de al lado” y de todos los lados.

 

No ha de faltar el atarbán que ponga los bafles en la ventana y haga una demostración de que su aparato de reproducción es el que más duro suena. Ni los manuales de convivencia ni los reglamentos internos son suficientes para que haya una serena vecindad. Como decía una vieja canción de Alí Primera: “hacen falta muchas cosas para conseguir la paz”.

 

Así que, en muchos complejos residenciales, los apartamentos, aparte de estrechos e incómodos, pueden tener otros agravantes. Como las demostraciones de vulgaridad de algunos residentes, que, cuando se les hace el reclamo o se les pide moderación, son del combo de los que responden “usted no sabe quién soy yo”, o “no me da la gana y qué”.

 

A veces, el tamaño del departamento es lo de menos. No se requiere el grito de la chiquilina del cómic para que parezcan grandes. Lo imprescindible es poder construir en esos espacios atosigantes un clima de tranquila habitación.

 

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Viejos apartamentos en los que, quizá, ya no vive nadie. Solo las palomas. Foto Carlos Bernate

 

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2 comentarios

  1. Gonzalo Mejía García

     /  febrero 3, 2019

    Desoladora descripción de esos apartamentos, me imagino, de interés social, que se construyen ahora, y eso que esos nuevos proyectos tienen unos requisitos mínimos y una fuerte auditoría e interventoría. La queja más frecuente son los muros medianeros, vaciados, los cuales son muy finos, tanto que es muy difícil clavar una puntilla pero no aislan de los ruidos del vecino. Gracias Reinaldo

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  2. José M. Ruiz

     /  febrero 4, 2019

    Como anécdota y chascarrillo, te cuento que en mi edificio las paredes son tan delgadas, que el manual de convivencia dice en uno de sus apartes, que, si necesitas colgar un cuadro, un espejo o lo que sea, debes advertir a tu vecino a la hora de taladrar el agujero para el chazo y el tornillo, para no incurrir en un lamentable asesinato por accidente.

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