Pequeña diatriba contra la ciudad sumergida

 

Resultado de imagen para contaminacion medellin

Arriba, la nube de esmog; abajo, la cloaca.

 

Por Reinaldo Spitaletta

La ciudad apesta. La cloaca se expande en palacios oficiales, en la mediocridad de burócratas, en las agendas informativas de noticiarios y periódicos que ya ni siquiera sirven para envolver aguacates, porque ¡cómo vas a tirarte en ese fruto náhuatl, “mantequilloso y tierno”, con páginas que chorrean sangre y vómito! Apesta en tiempos de elecciones y en días de fútbol profesional, en momentos en que el fletero persigue a la muchacha que acaba de salir del cajero electrónico y el ladrón de calle te arrebata el celular.

 

Digamos que hiede cuando desde un helicóptero te arrojan excrementos luminosos y los programas de la tv oficial maquillan al alcalde, y en alguna plazoleta o parque desvencijado muchachas escotadas y sus cómplices reparten burundanga a Bernabé y a algún profesor extranjero, a algún incauto que se dejó obnubilar por unas tetas de caucho (quizá nunca jugó pelota) y unos labios nada virginales.

 

Apesta la ciudad con su río rojo (¿de sangre? ¿de contaminantes? ¿cadaverina?) y su turbia alcantarilla poco caudalosa. Y, como si el hedor fuera poco, entonces de las escasas chimeneas supérstites y de los exostos, de los motores y las tuberías, se escapan gases y más poluciones (incluidas las nocturnas, como las de aquellos días de adolescencia, con sueños húmedos y disparos de semen a los bombillos y espejos como en una novela de Philip Roth), hasta formar a lo Calvino una nube de esmog, asfixiadora, cancerígena, de efectos tardíos pero que nos consume y mata. Y eso que no hemos hablado de la “plomonía”, ni de las bandas criminales, ni de las fronteras invisibles, ni de los homicidios cotidianos.

 

¿Qué es esa hediondez  en la catedral?

 

¡Qué es ese hedor a funcionario corrupto! Y, cómo no, a oficinista público inepto. A politiquero devenido secretario de no sé qué. Qué es esa hediondez en las afueras de la catedral y en sus confesonarios donde llegan a cumplir citas de amor urgente puticas y clientes chichipatos. Qué es esa fetidez no solo a berrinche, a meado resecado, a orín de diabético y de alcohólico en las aceras, en las paredes de la fachada escolar, en el frente de la casa donde el vándalo pintó boberías y dejó consignada su “retrasadura” mental.

 

Apesta a mierda en las aceras, a orines en las esquinas, y, cómo no, parece a veces que estuviéramos caminando entre muertos con bubones tirados en las calles y ratas que les requisan los bolsillos, como una evocación del buitre Thenardier tras la batalla de Waterloo. La ciudad, sumergida en su propia pestilencia, en sus desperdicios y contaminaciones, bucea en su oscura putrefacción. ¡Oh!, Baudelaire, “cada día hacia el infierno descendemos un paso, / sin horror, a través de las tinieblas que hieden”.

 

Resultado de imagen para pintura leviatan

Imagen del Leviatán en el fresco del Juicio Final de Giacomo Rossignolo

La metamorfosis o el fracaso de vivir

(De cómo la alienación por el trabajo puede ser muy peligrosa)

 

Resultado de imagen para la metamorfosis kafka

Una novela corta que revolucionó la literatura del siglo XX

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Fue una revolución en la literatura. Tiene una entrada inolvidable, como la del Quijote, o la de la Odisea, o como la de la “selva oscura” de la Divina Comedia, como la de Moby Dick… Es, pese a todos los pronósticos, una narración realista, en la que la condición humana se rebaja (¿o quizá se alza?) hasta la categoría de un coleóptero en el que se convirtió un hombre que le tenía horror al trabajo y que era parasitado por su familia: una hermana, el padre y la madre, y a quien la oficina y su oficio, el de viajante comercial, no solo le alteraron la digestión sino la vida.

 

“Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto”. Qué inicio. Ni el del Manifiesto de Marx y Engels le gana (“Un fantasma recorre a Europa: el fantasma del comunismo”). Es una revelación desoladora, contundente, un sujeto (¡ah!, a buen juicio es la corrosión del sujeto, su destrucción, su decadencia) que en su cuarto, en la cama, se da cuenta de pronto que se ha metamorfoseado en un insecto, quizá un escarabajo, con duro caparazón y solo atina a preguntarse, en apariencia sin desesperaciones, “¿qué me ha ocurrido?”.

 

En una pequeña habitación de una casa no muy grande se ha operado una transformación, en apariencia imposible, pero cierta: Gregorio está mutado en un monstruo, frente a una estampa con marco dorado que representa a una mujer tocada con un gorro de pieles (¿La venus de las pieles? ¿Algo que ver con Sacher-Masoch?) y envuelta en una estola también de pieles, y frente a la ventana en la cual puede ver el mundo nublado y escuchar las gotitas de lluvia que son como una música de la melancolía. En los tres primeros párrafos Kafka nos introduce en los coros de una tragedia. Pero no habrá tal. No es por el lado trágico que se desenvuelve La Metamorfosis, una novela corta (¿un cuento largo?) publicada en 1915.

 

Resultado de imagen para la metamorfosis kafka

 

Gregorio Samsa, en vez de estar gritando con desaforada angustia, o de mostrar signos de aterradora conmoción, después de darse cuenta de su irregular estado, lo primero que piensa —sin dramatismo— es en qué pasaría si siguiera durmiendo, y al enterarse de que no es posible, lo segundo que se le ocurre es dar un concepto, un juicio, sobre su trabajo: “¡Qué cansada es la profesión que he elegido!”. Y a partir de ahí estará la clave de la obra, su tránsito hacia las sombras definitivas, la invisibilización del monstruito que alteró la vida familiar de los Samsa y puso en vilo la estabilidad emocional y económica de Grete, el papá y la mamá, y, por qué no, de la criada.

 

Cómo se le ocurre a este individuo, tal vez por estar despatarrado haciendo pereza, amanecer transmutado en un insecto asqueroso. Cómo es que no va a salir de casa para irse al trabajo, como todos los días, y entonces va a perder el tren, y, quién sabe, si hasta el empleo por yacer en cama, sin poder mover con vigor y agilidad sus debiluchas patitas. Qué importa si las rutinas de un viajante tienen comidas malas, irregulares, a destiempo. Debería ir a trabajar. Y listo. Pero Gregorio, ya “insectificado” no puede y tampoco demuestra ningún remordimiento o pesadumbre por no ir: “¡Al diablo con todo!”, dice.

 

El pobre hombre (¿hombre?) va denotando sus angustias, pero no por su nueva y sorpresiva condición sino por el tiempo de trabajo, por lo que le tocó hacer para ganarse la vida. “Estoy atontado de tanto madrugar”, se dice y va dando puntadas sobre lo atribulado que es trabajar, tener un jefe, cumplir horarios, y todo para pagar deudas y malvivir. ¿Por qué Gregorio no se descompone por su inesperada forma? ¿Qué es lo que lo inhibe, por ejemplo, a maldecir su desfiguración, a llenarse de pánico ante su deformación súbita?

 

Es más. Sus iniciales preocupaciones están más hacia la necesidad del hambre. Y aquí viene lo que, en el ensayo Sobre la lectura, planteó Estanislao Zuleta. Hay que saber, o por le menos intuir, qué significa el alimento en Kafka, como pasa, digamos, en Un artista del hambre o en El artista del trapecio. Hay una serie de conjeturas o de símbolos que el lector puede avizorar e interpretar. Aunque más allá, en lo que podría suponerse una pesadilla, está la vida cotidiana, la que, en rigor, no se altera en lo fundamental con la mutación gregoriana, sin importar si el gerente de la empresa ha llegado a casa de su subordinado y, dentro del hogar, no hay una reacción terrífica en los miembros de la familia. Solo una preocupación por el qué pasará, más que con Gregorio, con ellos.

 

Imagen relacionada

Gregorio “quiere apodarse de toda la casa”.

 

Gregorio quiere levantarse y desayunar. “No es bueno haraganear en la cama”, piensa. El tiempo, ineludible, sigue avanzando y él sabe que vendrá alguien del almacén. Lo que se va advirtiendo en la medida que la lectura corre, es que Gregorio es un enajenado por el trabajo. Solo piensa en ello y apenas tiene tiempo (no hay en él una concepción del ocio) para su pasatiempo de carpintería. El trabajo lo perturba. La metamorfosis es como una anticipación a lo que vendrá en los sistemas de producción en el que el hombre, el trabajador, se convierte en arandela, en una pieza dentro de un complejo montaje fabril, como lo mostrará, muchos años después, la película Tiempos modernos (1936), de Chaplin.

 

El hombre de mando que ha llegado a la casa de Gregorio, con zapatos de charol, solo está preocupado porque, con su visita intempestiva, está perdiendo tiempo. Gregorio, en su cuarto-prisión, no sale. Apenas pronuncia monosílabos y toda esta situación toma el aspecto de una melancólica pesadez para los que están afuera. El nuevo Gregorio se va adaptando a su mundo estrecho, limitado, a unas paredes, a un interior en el cual él es una circunstancia anormal. Y de pronto, se siente cómo se va animalizando.

 

Y en el entorno, padre, madre, hermana, van adaptando su existencia a la presencia increíble de un coleóptero humanoide en casa, al que, en principio, de alguna manera hay que alimentar. Y entonces le dan leche y sopa de pan blanco. No es ya un mamífero. Gregorio es otra cosa. Es, en primera instancia, un proveedor. Es quien ha salvado de la ruina a la familia, en particular al padre que se había quebrado cinco años antes. Así, en la primera parte, todavía Gregorio es una pieza clave para los otros. Después, todo cambiará y el mundo del metamorfoseado se irá extinguiendo. Pero para eso todavía falta. Y entre tanto, todavía hay en él representaciones y necesidades humanas.

 

Hay toda una alteración en casa. La criada, por ejemplo, en el primer día había rogado a la madre de Gregorio que la despidiese cuanto antes y, al marcharse, “juró solemnemente que no contaría nada a nadie”. El mundo familiar, pasado un mes de la metamorfosis, es otro. Hay una preocupación por el dinero, cómo se puede vivir sin él. Pero hay ahorros, producto del trabajo del hombre que ya va dejando de serlo y cada vez se hunde en una condición de soledad interior, de abandono, de culpa y a su vez de expiación por “pecados” no cometidos. Y en la medida en que el hombre-insecto decae, el padre asume el poder, ataca a manzanazos al hijo que ya no representa la protección, el cobijo, la estabilidad; la hermana va trastocando sus atenciones y cuidados para erigirse en antagonista de Gregorio. Es toda una transformación en las relaciones internas familiares.

Aquella  familia, agotada por el trabajo, hubiera podido dedicar a Gregorio más tiempo…

La desintegración de esa célula tradicional de la sociedad, la familia, es otra de las variables que se mueven en la novela. Y del trabajador Gregorio, se pasa a los trabajadores padre e hija. Y el trabajo los distancia. Y es cuando aparecerán tres huéspedes o inquilinos, tres barbados —podría parecer más bien un caso insólito eso de alquilarles a tres personas un cuarto, vecino del monstruo— que son como una nueva conciencia de los espacios y la familiaridad. Esa súbita presencia quizá sea un recurso para darle a la novela un quiebre y ponerla en la recta final. Hay una inclinación hacia el dinero, hacia la posesión. Entre más se afianza la familia “sana” en un mundo desvirtuado por la metamorfosis de uno de sus miembros, más en el ostracismo va quedando Gregorio.

 

Y entonces comienza otro movimiento en esta especie de sonata triste que es la novela de Kafka. Hay que deshacerse del tipo que cada vez es menos Gregorio y más una cosa, un animal invasor, un estorbo. Un alienado. El trabajo lo deformó. Y lo atacó un hambre insaciable, un hambre que lo matará. “¡Cómo comen estos huéspedes! ¡Y yo, mientras, muriéndome de hambre!”. La de Gregorio era un hambre más allá de lo físico. La humanidad de este hombre transformado va quedando atrás. Su disolución como sujeto de razón, como ciudadano, como hijo y hermano, es trágica, pero no hay lugar para las lágrimas ni los lamentos.

 

Nabokov, en su lección sobre La metamorfosis, advirtió acerca del estilo del gran escritor checo y destacó su claridad, la precisión del tono, la capacidad para no quedarse en una pesadilla. “No hay metáforas poéticas que adornen esta historia en blanco y negro. La nitidez de su estilo subraya la riqueza tenebrosa de su fantasía. Contraste y unidad, estilo y sustancia, trama y forma, se encuentran, han alcanzado una cohesión perfecta” (Curso de Literatura Europea, Vladimir Nabokov)

 

Resultado de imagen para la metamorfosis kafka

 

Muchos críticos coinciden en afirmar que La metamorfosis es una de esas creaciones que marcan un antes y un después en la historia de la literatura. Una revolución. Es como la entrada del siglo XX en lo absurdo, en la destrucción del sujeto, en la negación del hombre. Gregorio representa a seres a los cuales el trabajo despersonifica, acosa y agrede. Es la proyección de la culpa (sin tenerla muchas veces), que se instala en el interior de los que ya han perdido toda esperanza y se han automatizado, rutinizado, vuelto pura monotonía. Se van vaciando, escurriendo, hasta extinguirse. Son especies de zombis. Del trabajo a la casa y viceversa, sin poder conquistar el ocio, el que permite meditar y cuestionar. Humanizarse.

 

En La Metamorfosis, el trabajo de Gregorio es una condena. Y tal vez la única manera de evadirla, o de purgar la pena de otra forma, es la transformación (como una especie de escape). Es convertirse en insecto, condición desde la cual tendrá también un punto de vista sobre la humanidad. Haberse despojado de lo humano para ser un coleóptero, puede ser una extraña manera de la libertad. O del suicidio. Hay una renuncia. Y una constancia.

 

La metamorfosis —he ahí su paradoja— está llena de realismo. Y de una naturalidad que estremece. Así no más Gregorio Samsa sufrió un cambio radical. ¿Acaso los otros, en esencia, no fueron los auténticos insectos, o, desde otra perspectiva, los verdaderos parásitos de un ser cansado? El bicho, en realidad, no era Gregorio. Fue una víctima que se emancipó del trabajo de un modo absurdo: negándose a sí mismo. Como un huelguista del hambre. En el mundo de afuera, entre tanto, continuó la vida sin paisajes de los otros. El fracaso de vivir.

 

(Reseña para el seminario-taller de Literatura Europea Siglo XX)

 

Resultado de imagen para la metamorfosis kafka

La metamorfosis, de Kafka, una perturbadora obra literaria.

El Vice, una sátira contra el poder

(La película de Adam McKay es la historia de un arribista maquiavélico)

 

Resultado de imagen para pelicula el vicepresidente fotogramas

Christian Bale en el papel de Dick Cheney

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El arte —y el cine lo es— tiene a veces la posibilidad de mostrar mejor que la historia u otras disciplinas los vericuetos del poder, como sucede en la película El Vice (o El vicepresidente), dirigida por Adam McKay, el mismo de La gran apuesta. Con una narración en la que un exsoldado, veterano de la invasión estadounidense a Afganistán, país asiático que también sufrió en otros tiempos la incursión del entonces denominado socialimperialismo soviético, va contando las incidencias, transformaciones, pensamientos, de un sujeto maquiavélico que llegó a erigirse en el poder detrás del trono después del 11 de septiembre de 2001.

 

El vicepresidente, su narrativa, su puesta en escena, la estructura no desdice del llamado Séptimo Arte, con inmersiones en atmósferas y territorios shakespereanos, en las que el espectador de pronto puede sumergirse en una especie de evocación de Lady Macbeth y su marido. En el filme no hay un solo narrador, sino, a veces, según circunstancias, se presenta una polifonía. Es el arte al servicio del arte, pero, en este caso, también de la historia, y no de cualquier historia, sino de aquella que en los principios del siglo XXI transformó las relaciones y bloques de poder en un mundo conmocionado, en el que los Estados Unidos era la gran superpotencia, por no decir la única, al destruirse el mundo bipolar de la Guerra Fría, y la creación de un nuevo enemigo de Washington: el terrorismo internacional.

Resultado de imagen para pelicula el vicepresidente fotogramas

El personaje central del filme es una figura oscura, calculadora, que en su juventud fue más bien la de un sujeto mediocre, borrachín y pendenciero. Se trata de Dick Cheney, presidente de una corporación estadounidense, con presencia en más de setenta países: la Halliburton, y que, en las elecciones de 2000, acompaña la fórmula presidencial de George W. Bush, también un individuo de extremada mediocridad al que el dinero familiar y el delfinato (hijo de George H.W. Bush, que fue el presidente número 41 de Estados Unidos, y a quien correspondió el final de la Guerra Fría y el principio de la Guerra del Golfo), lo catapultaron a la presidencia.

 

El Vice tiene de todo. Es una película que se basa en lo geopolítico, pero, a su vez, desentraña los entresijos del poder, del arribismo, de las ansias desaforadas de un hombre, como Cheney, de llegar a las cumbres, sin escrúpulos, sin sentimientos humanísticos, solo con el objetivo de convertirse en un ser imprescindible en la expansión de su país, o, de otra manera, del imperialismo, sin importar cuántos muertos, cuántos desplazados, cuánto dolor se pueda ocasionar.

 

Él, en apariencia tan insignificante, es un ajedrecista. No es de discurseos ni de excentricidades. Su “calladez”, sus silencios y atisbos, son parte de una estrategia. Él, como un búho, está siempre con los ojos muy abiertos, preparando, como un águila caudal, su asalto desde arriba, cuando ya ha definido cuál será su blanco, cuál su presa. Hay, eso sí, una trasformación del joven Cheney hasta llegar a la madurez, con la interpretación impecable, por no decir asombrosa, de Christian Bale.

 

Cheney, en todo caso, es el prototipo del político que trepa, escalón tras escalón, urdiendo una trama conspirativa. No da puntada sin dedal. Primero, para ir ascendiendo en los peldaños del poder y en sus ambiciones, funge de acólito, o de paje, como quien dice de adlátere, el que está al lado de otro de más alto rango, solo para después dar el zarpazo. Su primera víctima es Donald Rumsfeld, que fue secretario de Defensa, a los 43 años, en el gobierno de Gerald Ford y, después, en el de Bush jr.

 

La película, que maneja con criterio y maestría los flashbacks, que tiene una estructura quebrada, a veces zigzagueante, introduce técnicas del cómic, y mantiene al espectador en constante suspenso y reflexión. El protagonista ve in crescendo y, a su lado, poderosos como Bush y el mencionado Rumsfeld, como también Colin Powell, van sucumbiendo ante la fuerza interior y las tácticas del vicepresidente que, en rigor, es como una suerte de plenipotenciario.

 

Resultado de imagen para pelicula el vicepresidente frases

Afiche de El  Vice

 

Con una maravillosa combinatoria, o, de otro modo, con transiciones a la vida familiar de Cheney, la película desarrolla al personaje principal en sus diferentes ámbitos: el doméstico, el del ejecutivo, el del estudiante y el de esposo y papá. Por lo demás, su mujer, Lynne, representada con excepcional calidad por la actriz Amy Adams, se torna en un ser necesario, como si fuera la voz de la conciencia de Cheney. “Si tienes poder, la gente siempre tratará de quitártelo”, le dice a una de sus hijas, la señora, a quien, sin duda, le fascina estar en las alturas.

 

Esta película, con sutileza en el tejido argumental, va mostrando la catadura del poder político y, como una predicación sin aspavientos, el ejercicio de la mentira y de cómo su uso es una forma de subienda, de vuelo, de salto hacia la embriaguez que ocasiona el tener en las manos, como un marionetista, el destino de otros, de muchos, de los perdedores. La mentira como un mecanismo consuetudinario en la práctica política es representada en esta obra como una sátira de hondo calado; es la columna vertebral de las acciones “punitivas” que emprenderá Washington tras los atentados a las Torres Gemelas y la invención, sobre todo a cargo de Dick Cheney, de que Irak (antiguo aliado de EE.UU.) tiene armas de destrucción masiva.

 

Como puede suponerse, no recae en un solo hombre —en este caso en el vicepresidente, que no fue una figura decorativa— toda la responsabilidad de los ataques, bombardeos, destrucción de los tesoros históricos, de un patrimonio cultural de la humanidad, de bibliotecas y la muerte de miles de civiles en Irak, como las torturas en la cárcel Abu Ghraib, sino en todo un aparataje, un sistema. Y aquí podría darse de nuevo la discusión del rol de los individuos en la historia. ¿Qué tanto incidió Cheney en las decisiones de atacar a Irak como un centro de terrorismo mundial?

 

Resultado de imagen para pelicula el vicepresidente frases

Amy Adams, Steve Carell, Christian Bale, Sam Rockwell y Tyler Perry.

 

El Vicepresidente, digo, la película y no el personaje, muestra la inhumanidad de los atentados de una superpotencia contra un país soberano, al que los Estados Unidos violan en todas sus dimensiones. Cuando Bush, con ganas de ser presidente, le dice a Cheney que lo quiere como su vice, este le responde que por ningún motivo desea un cargo simbólico o de relleno. Le aceptará —le contesta— siempre y cuando él sea el responsable de supervisar la burocracia, el ejército, la energía nuclear y la política exterior, como quien dice los pilares del imperio. Además, es quien, desde el lenguaje, observa cómo hay que manipular, y suavizar cuando es necesario, o endurecer, si fuera el caso. No hay que decir “recalentamiento solar” sino “cambio climático”, por ejemplo. Es una de sus anotaciones. El eufemismo para ocultar.

Es una muestra de las aberraciones imperiales de EE.UU.

La carrera, el arribismo sin arcadas, de Cheney es el quid de la película, pero, a su alrededor, se aprecian los hilos del poder, las relaciones entre los funcionarios y la maquinación. Cheney hace ver a Bush como un mandatario sin vuelo, sin agallas. Es un vicepresidente con una gran acumulación de poder. En general, es una muestra, a escala, de las aberraciones de un sistema imperial, como el de los Estados Unidos, de una manera de dominar el mundo y de las agresiones e injerencia en los asuntos internos de otros países.

 

Si hay que torturar, se tortura. Si hay que agredir, se agrede. Si hay que disfrazar las circunstancias, pues se hace. Y listo. Todo por la voluntad de unos cuantos. Todo por el poder.

 

El filme, con actuaciones extraordinarias y una dirección talentosísima, tiene tintes de comedia y, en su desarrollo, hace guiños y carantoñas al espectador. Como una ingeniosa mamada de gallo, cuando, en apariencia, hace creer que ya se ha terminado la película. Y, además, con el juego de narradores, cuando el del principio, el de la voz en off, es abatido. Cheney es, si se quiere, un matón, un villano, un miembro de un conglomerado de superpoderosos que no temen traicionar ni manipular y que posan de moralistas y virtuosos, cuando no son más que seres perversos y sin corazón. Cheney es un desalmado.

 

Resultado de imagen para pelicula el vicepresidente frases